Mostrando las entradas para la consulta Las zapatillas rojas ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Las zapatillas rojas ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de mayo de 2018

"Las zapatillas rojas", de Powell y Pressburger, la exigencia inhumana de la excelencia artística.



Un número musical que vale una película; una película que va a la raíz del conflicto entre la vocación artística y la vida privada: Las zapatillas rojas o la maldición de la belleza suma.

Título original: The Red Shoes
Año: 1948
Duración: 133 min.
País: Reino Unido
Dirección: Michael Powell,  Emeric Pressburger
Guion: Emeric Pressburger
Música: Brian Easdale
Fotografía: Jack Cardiff
Reparto: Anton Walbrook,  Moira Shearer,  Marius Goring,  Leonid Massine,  Albert Basserman, Robert Helpmann,  Esmond Knight,  Ludmilla Tcherina.

¡Qué suerte me depara mi anárquica formación! Me pasó con Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy y ahora me ha vuelto a pasar con Las zapatillas rojas, del dúo Powell-Pressburger, un caso de bicefalia directora tan exitoso como el de los Hermanos Taviani, los Coen o cuantos han hecho del trabajo en equipo una vocación superadora de las limitaciones individuales. A veces, ciertos títulos los damos por vistos, porque nuestra memoria asocia títulos muy reconocidos con un asentimiento que da por descontado que, a lo largo de tantos años de afición continuada, en programas especializados, en ciclos, en la Filmoteca y en las propias salas de cine es imposible que no los hayamos visto en uno u otro momento de nuestra vida. ¡Bendito olvido!, sin embargo en el caso de que, en efecto, la hubiera visto hace 35 o 40 años. Lo primero que llama la atención de esta película es el color tan marcado, tan decantado hacia una intensidad que, unida a la iluminación, es capaz de crear incluso una textura, porque hay algo de táctil en el uso del color: nos pasa con los muebles, con los vestidos, con las paredes, con cualesquiera objetos, habitualmente exquisitos, si la acción transcurre en el ambiente elegantísimo del productor del ballet, Lermontov, una especie de sosias de Diaghilev, el creador de los ballets rusos y promotor de Nijinski. Que, a partir de un cuento breve de Andersen, Powell y Pressburger hayan sido capaces de construir una reflexión esteticista y profunda a la vez sobre el misterio de la entrega  en cuerpo y alma al arte, en este caso a la danza, supone un acierto de tal naturaleza que no me extraña en absoluto que la película tenga el predicamento que tiene. En Filmin hay una selección hecha por Scorsese de las películas que uno ha de ver a lo largo de su vida “obligatoriamente”. Entre ellas está esta. La manera despótica como el promotor del ballet rige la vida de sus contratados al servicio de la gloria artística, exigiéndoles una entrega apasionada y una dedicación más allá de los límites de una profesión, porque lo que Lermontov les exige a todos es profesar la religión del arte y de la belleza absoluta, con lo que ello conlleva de sacrificio, dedicación, perseverancia y vida casi monástica, nos entrega una aproximación nada fantástica, sino punzante e incluso hiriente a los entresijos de una gran compañía, a todo aquello que cae fuera del conocimiento del público que aplaude, entusiasmado, El lago de los cisnes o el Preludio a la siesta de un fauno, por ejemplo. La película se abre con la despedida de la primera bailarina del ballet que anuncia su inminente matrimonio. A partir de ahí, una joven acomodada intenta que el productor se fije en ella para incorporarla a su compañía, lo que consigue tras no pocos desplantes y humillaciones, porque la virtud del productor radica en no engañar a nadie: el camino hacia la fama está sembrado de fosos peligrosos en los que caen, para perderse irremisiblemente, quienes no tienen un espíritu autocrítico feroz y más allá de la autocomplacencia y de las críticas ajenas. Así las cosas, está fuera de toda duda que el protagonista de la película, Lermontov, un excepcional Anton Wallbrook, dueño de registros sutiles que confieren a la película ese tono de delicatessen de la crueldad y la sofisticación, y el público lo agradece, porque se le echa de menos en las pocas secuencias en las que no aparece, se convierte en el eje central del relato: todo baila a su alrededor…. La bailarina protagonista cumple escrupulosamente con su papel, del mismo modo que el director y compositor que acaba convirtiendo Las zapatillas rojas en una obra maestra, y que ambos se enamoren y acaben convirtiéndose en una amenaza para el productor marcará el dramático desenlace de la película, puesto que nadie puede salir indemne de un contencioso entre el amor humano y el excluyente amor al arte. La película está rodada en exteriores de la Costa Azul y siete años antes que Atrapa a un ladrón, de Hitchcock, por lo que no es desatinado pensar que debió de ver esta película con sumo interés. El delicado trabajo de orfebrería psicológica llevado a cabo por Powell y Pressburger para ofrecernos un relato tan detallista de los abismos a los que aboca en el alma humana la sed de belleza absoluta se vehicula a través de un repertorio de planos medidísimos en los que la puesta en escena acaba teniendo un valor muy destacado. El trabajo cromático de la película recuerda mucho el de esa otra película excepcional de Powell, El fotógrafo del pánico, y ambas pueden considerarse estudios de una perturbación: en un caso el móvil es la muerte y en el otro la belleza, pero los destrozos que causa en los sujetos que la padecen no son diferentes. Dejo para el final un breve comentario, porque es imposible describirlo con palabras, sobre el número de baile del ballet que da nombre a la película: Las zapatillas rojas, una maldición que acaba yendo más allá de la ficción para habitar en la vida real de la protagonista. La coreografía del ballet es obra de  Robert Helpmann, quien interpreta al primer bailarín de la compañía, y supongo que debió de colaborar  con Léonide Massine, quien coreografió, a su vez, el papel del “zapatero” fabricante de las zapatillas rojas: ambos fueron grandes figuras del mundo del ballet. También Norma Shearer fue famosa bailarina, pero la película eclipsó el reto de su obra, en el ballet y en el cine. Powell contó con ella, 12 años después, para El fotógrafo del pánico. La secuencia del ballet, unos 13 minutos ininterrumpidos de actuación es brillantísima. Pocos números musicales he visto yo en el cine tan espectaculares, ¡y he visto miles! Comienza siendo una retransmisión in situ, en el teatro, de la pieza, pero enseguida la acción evoluciona hacia lo fantástico, con una puesta en escena y unos movimientos de cámara y recursos especiales que bien podría decirse que son obra de dos maestros del cine musical, y lo cierto es que de esa secuencia se ha nutrido buena parte del cine musical que vino después de esta película. Toda la película es imprescindible, pero a quienes se les antoje que el mundo del ballet, la crisis existencial de la devoción al arte y el melodrama correspondiente son “excesivos”, les recomendaría que hicieran por ver, siquiera, esa interpretación del ballet, porque me lo van a agradecer.

lunes, 27 de enero de 2025

«Made in England», de David Hinton (y, sin duda, Martin Scorsese…).

 


Martin Scorsese rinde tributo a dos genios del cine inglés: Michael Powell y Emeric Pressburger, The Archers

 

Título original: Made in England: The Films of Powell and Pressburger

Año: 2024

Duración: 131 min.

País: Reino Unido

Dirección: David Hinton

Reparto: Martin Scorsese; Thelma Scgoonmaker; Michael Powell; Emeric Pressburger.

Música: Adrian Johnston

Fotografía: Ronan Killeen.

 

          Todo el mundo conoce o ha oído hablar de Martin Scorsese, pero pocos aficionados al cine que no sean especialistas o particularmente cinéfilos habrán oído hablar de The Archers, esto es, Michael Powell y Emeric Pressburger, dos cineastas, uno húngaro exiliado, posteriormente nacionalizado inglés y el otro inglés, quienes se conocieron a través del productor Alexander Korda. La colaboración entre ambos, desde 1939 hasta 1972, ha dejado no pocas películas que son consideradas auténticas joyas del séptimo arte, y cada cual tiene sus gustos al respecto, pero nadie discute que Las zapatillas rojas, Narciso Negro o Los cuentos de Hoffman son obras de arte incomparables.

          Este documental tiene como presentador, aunque en este caso bien podría hablarse de «conductor», sin el sentido del anglicismo, porque Scorsese nos lleva montados en sus ojos y sus recuerdos en un viaje maravilloso a través de la accidentada historia de estos dos creadores que arrancan su colaboración, antes de formar The Archers, con un Oscar al mejor guion por Los invasores, dirigida en 1941 como parte del esfuerzo propagandístico de la
Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, el nieto de Pressburger, Kevin Macdonald, consiguió un Oscar por su película El último rey de Escocia. Bueno, a lo nuestro, decía que Martin Scorsese nos habla de su infancia ante el televisor y del poderosísimo efecto imaginativo y estético que le produjo la contemplación de las producciones de The Archers, cuya vibrante flecha en el blanco de la diana, el logo que precedía a los títulos de crédito en sus obras,  auguraba un intenso placer. Con enorme sabiduría, la propia de uno de los mejores directores del siglo XX y de este XXI recién iniciado, Scorsese, apoyado por un magnífico despliegue de fragmentos de las películas del dúo, pasará revista no solo a lo que de magistral hay en la realización de sus películas, sino, también, a la no siempre fácil historia de ambos cineastas para sacar adelante sus proyectos, e incluso de la marginación que sufrieron durante no pocos años en los que no encontraban financiación para unos rodajes complejos, caros y espectaculares, como se aprecia en Las zapatillas rojas y en Los cuentos de Hoffman, películas en las que el cine se alía con la música y la danza para crear un espectáculo total al que solo le faltaría la voz de la ópera para serlo. El dúo, sin embargo, tocó géneros muy diversos y tienen películas de un carácter íntimo o «de cámara» en las que brillan intensamente sus cualidades, tanto en el guion como en la realización.

          El documental no solo repasa la obra de ambos cineastas, con una interpretación crítica magnífica de Scorsese, sino que incluye grabaciones de ambos autores, entrevistas y otros reportajes a propósito de estrenos, homenajes, etc. ¿Cómo se ha conseguido ese material? Muy sencillo, cuando a ambos les es imposible rodar por falta de financiación, Powell se casa con la montadora habitual de las películas de Scorsese y se va a vivir a Nueva York, donde acaba estrechando una relación muy fructífera con el joven director usamericano, quien cuenta en sus rodajes con la presencia habitual del director británico, con quien consulta no pocos extremos de su actividad. No es de extrañar, pues, que, con el recuerdo que tiene Scorsese de sus visionados juveniles de las obras del dúo,  pensara alguna vez en rendirles el homenaje que ambos se merecen. Y este ha sido el documental que nos cuenta una historias de afecto y admiración entre artistas, todo ello hecho desde la humildad de quien, aun siendo quien es, se rinde ante el genio de la pareja inglesa, de ahí el título del documental: Made in England, como queriendo dar a entender que se trata de un cine inequívoca y artesanalmente británico, algo que es necesario explicarle al público usamericano, porque los aficionados tenemos la suerte de saber que cada país, incluso por poco que pueda representar en el mundo total de la cinematografía, ha producido y realizado películas con una fuerte señal de identidad que las convierte en cinematografías dignas de ser exploradas: pongamos, por caso, el cine japonés, o el francés… Lo importante, al cabo, es lo que de universal hay en todas esas películas que descubrimos en las cinematografías ajenas, pero no lejanas, porque solo reflejando en el cine lo próximo ensanchamos las fronteras de esas historias.

          Si será convincente la exposición crítica de Scorsese, y si será «encantador» Michael Powell, quien parece más un elfo que una persona, que me he hecho el firme propósito de dedicarle un especial crítico a toda su obra. Y siempre con el recuerdo estremecedor de una película de terror psicológico que me clavó en la butaca a mis diecisiete años, El fotógrafo del pánico, una experiencia muy parecida a la sufrida al ver Repulsión, de Polanski, dos años antes. Las zapatillas rojas ya la tenía como un peliculón mayúsculo, del mismo modo que me fascinó Sé a dónde voy, pero voy a aprovechar para ver cuantas hay en Filmin y rendirles, a mi modesta manera, mi propio homenaje. De momento he visto Narciso negro, ¡una maravilla!; Corazón salvaje, en la versión europea, no en la amañada por O’ Selznick, que quedó disconforme con la versión de los autores, y estoy a punto de acabar la Vida y muerte del coronel Blimp, que me recuerda mucho Las maniobras del amor, de René Clair, quien, muy probablemente, viera con interés y provecho la del famoso dúo.

          Estoy convencido de que nadie que vea este documental podrá frenar la súbita necesidad de descubrir, si no las conoce, algunas obras de estos autores o, si ya los conoce, de revisitar películas inolvidables o aprovechar para ver esas que tanto tienen de desconocidas, como Su peor enemigo, que estoy deseando descubrir…

 

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

«Los invasores», «Vida y muerte del coronel Blimp», «Un cuento de Canterbury», «Sé a dónde voy», «Narciso negro», «Las zapatillas rojas», «Su peor enemigo», «Corazón salvaje» y «Los cuentos de Hoffmann,» de Michael Powell y Emeric Pressburger o «Made in England»…

 Discreto homenaje a Los Arqueros, una firma heraclitiana de lujo (βιός es «arco» y «vida»…) para dos cineastas tan singulares como excelentes y fuera de lo común. 


 

Título original: 49th Parallel

Año: 1941

Duración: 132 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell

Guion: Emeric Pressburger, Rodney Ackland

Reparto: Eric Portman; Leslie Howard; Laurence Olivier; Raymond Massey; Anton Walbrook; Glynis Johns; Niall MacGinnis; Finlay Currie; Raymond Lovell; John Chandos;

Basil Appleby; Eric Clavering; Charles Victor.

Música: Ralph Vaughan Williams

Fotografía: Freddie Young (B&W).

 

 

          El desafortunado título español, Los invasores, en modo alguno hace justicia al original, Paralelo 49, que delimita una frontera política entre los nazis y los aliados en Norteamérica, es decir, entre un país implicado en la Segunda Guerra Mundial,  Canadá, y otro neutral, en esos momentos, Usamérica. Pero la historia es muy otra y se inicia en las heladas aguas de Canadá cuando un submarino planea un sorprendente invasión para hacerse con un puerto donde crear una cabeza de puente para posteriores venidas de tropas. Descubierto por la aviación, es sometido a fuego continuo hasta que logran hundirlo, pero los hombres enviados acuerdan continuar con su misión, lo cual los lleva a apoderarse de una base aislada del mundo que sirve de mercado para el negocio de pieles de los inuit. Esa escaramuza deja bien clara la lucha dialéctica entre el totalitarismo y la libertad que va a atravesar toda la película en muy distintas circunstancias, siendo esta primera de las más efectistas de una película en la que se respira, más allá del belicismo propio de los soldados nazis, un muy interesante  espíritu de aventura en paisajes sobrecogedores y un clima muy adverso. Tres son los encuentros «antropológicos» que contribuirán a ir mermando la patrulla alemana y a desarrollar el choque dialéctico entre el nazismo y la democracia liberal: el primero es en territorio de los inuit; el segundo es con la secta religiosa de los huteritas, de origen alemán y con un dialecto austrobávaro, y el tercero con un antropólogo que estudia a los indios canadienses en las montañas, con un Leslie Howard fantástico, del mismo modo que el capitán alemán, absolutamente embargado de los ideales del Tercer Reich, interpretado por Eric Portman, lleva a cabo una actuación insuperable, lo cual redunda en el beneficio de la película, una historia que fue premiada con un Oscar cuando todavía existía el Oscar a la mejor idea para una película, un premio distinto del concedido al guion. Dedicar un especial a Los Arqueros, y pretender analizar estas nueve películas, una por una, supondría usar un espacio que nadie estaría dispuesto a visitar, de ahí que sintetice al máximo mis impresiones, a pesar de la injusticia que supone para algunas de sus películas que, por encima de su carácter sobresaliente, bien pueden ser consideradas, sin exceso crítico, como «obras maestras». En esta, Paralelo 49, hay secuencias antológicas, como la identificación de los soldados alemanes en una fiesta popular, dignas del mismísimo Hitchcock, o un final para rebobinar y verlo nada más haberlo visto en pantalla, por lo ingenioso y por la realización del mismo, en la frontera usamericana-canadiense, junto a las cataratas del Niágara. En cada uno de los tres encuentros de los militares alemanes con lo que podríamos llamar las «fuerzas vivas» de la democracia, esto es, los defensores cotidianos de dichos valores universales, la altura de los encuentros dialécticos brilla a un gran nivel, y recuerdan poderosamente un clásico de la defensa de esos valores como Esta tierra es mía, de Jean Renoir, entre otras.



Título original: The Life and Death of Colonel Blimp

Año: 1943

Duración: 164 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Roger Livesey; Anton Walbrook; Deborah Kerr; John Laurie; Roland Culver; James McKechnie; David Hutcheson; Ursula Jeans; Patrick MacNee.

Música: Allan Gray

Fotografía: Georges Périnal.

 


Vida y muerte del coronel Blimp es una película cuyo título ha de ser explicado, dado que, durante la proyección, no aparece por parte alguna el tal «Blimp» y sí un protagonista llamado Clive Candy, de quien se nos va a contar su historia desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta su retiro en tiempos de la Segunda. El título, que serviría para un apodo que nunca se usa en la historia, lo toman Powell y Pressburger de una tira cómica de David Low con un personaje, el coronel Blimp, que se presenta como un jingoísta; Blimp es un apodo tomado, al parecer, de los globos que servían de barrera antiaérea, parecidos a un zepelín, blimp. Aunque es película rodada en plena contienda mundial, la pareja Powell-Pressburger escogen contarle al público una compleja historia en que van de la mano el belicismo justificado y el antibelicismo, a través de las historias cruzadas de dos militares, uno prusiano y otro inglés, Theo Kretschmar-Schuldorff y Clive Candy, quienes se conocen en Berlín, antes de que estalle la Primera Guerra Mundial, quienes se batirán en un duelo del que ambos salen heridos y que se celebra con una pompa llevada al cine con todo el aire de opereta, propio de algunas películas de Lubitsch o Stroheim. En o que ambos coinciden va a ser en enamorarse de la misma mujer, aunque será el alemán quien consigue retenerla junto a sí, si bien el hecho de darse cuenta de estar enamorado de ella, se le revela al protagonista una vez ha decidido regresar a Inglaterra.

Esta película es la primera rodada en color por el dúo realizador, y se advierte en el uso del color un gusto por el cromatismo acentuado y una depurada fotografía que llevarán a su máxima expresión en películas por venir, como la inconmensurablemente bella Narciso negro y la acaso obra cumbre del dúo: Las zapatillas rojas. La película arranca desde el presente del personaje, durante el desarrollo de unas maniobras de retaguardia que, adelantándose a lo programado, toman prisioneros a los mandos en una sauna desde donde el protagonista evoca lo que ha sido su vida, rompiendo el tono de farsa que hasta ese momento ha tenido la película, si bien el preámbulo de espionaje que precede al estallido de la Primera Guerra Mundial adopta un aire de opereta que, ya antes del duelo, se manifiesta en el encuentro en la cervecería —unas secuencias que recuerdan muy mucho las posteriores del putsch de Baviera a cargo de Hitler y sus correligionarios, antes de formar el partido nazi—, todo muy «belle époque» y caballeresco, al estilo de Las maniobras del amor, de Rene Clair. Si alguien destaca en esta película, más allá del dúo protagonista es la tercera en discordia, una Deborah Kerr que realiza tres papeles diferentes con una solvencia que deja pasmado al espectador, quien comprueba cómo no es en vano que ciertas famas se deben a la alta profesionalidad de quienes se la han ganado con creces. Los diferentes ritmos que imprimen los directores a esta narración que alterna la comedia bufa y el drama, así como un profundo antibelicismo, dotan a a película de un atractivo que complementa la depurada puesta en escena. Vale decir, con todo, que, en su momento, Churchill llegó a maniobrar para que la película no se estrenara, y se intuye por qué fácilmente, porque, a pesar del nacionalismo del personaje, prevalece la vena escéptica sobre los horrores de la guerra y su profundo sinsentido como medio de solución de problemas.


Título original: A Canterbury Tale

Año: 1944

Duración: 124 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Eric Portman; Sheila Sim; Dennis Price; John Sweet; Esmond Knight; Charles Hawtrey; George Merritt; Edward Rigby; Freda Jackson.

Música: Allan Gray
Fotografía: Erwin Hillier (B&W). 


Un cuento de Canterbury tiene un inicio feliz, porque, ambientados en el siglo XV, el vuelo de una rapaz nos transporta, en bella elipsis, a un avión que cruza los mismos cielos, en los mismos paisajes, ahora azotados por la guerra. Dos sargentos de permiso llegan a la vieja ciudad, presidida por la catedral, que da nombre a las narraciones de Chaucer. Enseguida la catedral se constituye en objeto de su peregrinación, pero, antes, una peripecia, propia del espíritu juguetón y lleno de alacridad de la obra de Chaucer, enfrenta a ambos hombres y a la mujer que llega con ellos en el tren a un suceso extraño: amparado en la noche, alguien se acerca a las mujeres y les rocía el pelo con pegamento. Determinados a investigar a quién corresponde la autoría de tales hechos, los dos jóvenes demoran su estancia en el pueblo para tratar de esclarecer el suceso. La pericia narrativa de Powell y Pressburger les lleva a escoger a un sargento real del ejército usamericano, John Sweet, para convertirlo en el vehículo periférico perfecto para adentrarse en un suceso arraigado en la más profunda historia del pueblo británico. A través del cadencioso y espontáneo hablar de Sweet, tan diferente del habla de los locales y del resto del trío protagonista, advertimos las constantes universales que van más allá del tan arraigado espíritu nacional, como cuando mantiene una animada charla con unos agricultores del lugar y se da cuenta las enormes similitudes que hay entre la forma de hacer las cosas en su lejano país, en Oregón,  y este en el que él combate contra una amenaza universal, concretamente en el tratamiento del secado de la madera. La dialéctica campo-ciudad forma, también, parte de la tensión que se manifiesta en la historia, máxime cuando descubren que la broma pesada del pegamento no reclama sino una atención hacia la campiña inglesa, camino de despoblarse y de perder no ya la identidad, sino la propia supervivencia. Es impactante, por ejemplo, la secuencia en la que el juez habla con la joven en unas hierbas en la ladera de una montaña cercana a la ciudad, y ambos se recuestan entre ellas para no ser descubiertos por los dos sargentos que continúan su eterno diálogo poco antes de echarse a correr ladera abajo. «A su edad no creía en nada, ahora solo creo en los milagros», le dice el juez a la joven voluntaria para trabajar en el campo como parte de la contribución de la mujer al esfuerzo bélico. Parecen, los cuatro personajes, en ese momento, fruto de la propia tierra que pisan, a juzgar por el modo como «sienten» la naturaleza donde se recrean. A mí, particularmente, me ha gustado la relación del sargento usamericano con los niños de la localidad, quienes juegan a la guerra del tal manera que me ha parecido estar viendo una anticipación de La guerra de los botones, de Yves Robert. La historia de la joven que acompaña a los dos sargentos tiene una innegable fuerza dramática, porque ella sí que pretende arraigarse en la localidad, desfigurada por los bombardeos alemanes, a raíz de unas vacaciones en una caravana de las que disfrutó tiempo atrás. Ahora, heredera de la caravana, pretende congraciarse con su pasado, una vez que el presente de la guerra le ha arrebatado a su novio, cuya familia la menospreciaba por ser una dependienta. Como era de suponer, el desenlace de la película tiene como escenario la Catedral, y es bien curioso, al respecto, el diálogo entre los dos organistas, el sargento y el titular de la catedral. Como todos os diálogos de la película, está lleno de ese ingenio y buen humor que veremos a lo largo de toda la película. Como el sargento parte para la guerra, el titular l3e dice que toque él y le invita a demostrar lo que sabe, «pero no el ponga mucho swing», le advierte. La conjunción de la música de Bach y el movimiento de la cámara en el interior de la catedral es otro de esos momentos felices de los muchos que hay en esta película, aparentemente «menor», pero llena de un amor a la vida y una esperanza en la bondad del ser humano que me parece casi necesario verla urgentemente.


Título original: I Know Where I'm Going!

Año: 1945

Duración: 92 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Wendy Hiller; Roger Livesey; Finlay Currie; Pamela Brown; John Laurie; Norman Shelley; Nancy Price; Catherine Lacey; George Carney; Petula Clark.:

Música: Allan Gray

Fotografía: Erwin Hillier (B&W).


De Sé a dónde voy no creo que pueda añadir nada distinto de lo que dije en su día en la crítica con la que la celebré en este Ojo:

https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/search?q=S%C3%A9+a+d%C3%B3nde+voy

 




Título original: Black Narcissus

Año: 1947

Duración: 100 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion; Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Rumer Godden

Reparto: Deborah Kerr; Sabu: David Farrar; Flora Robson; Kathleen Byron; Jean Simmons; Jenny Laird; Esmond Knight; Judith Furse; Ley On; Eddie Whaley Jr.; Nancy Roberts; Shaun Noble; May Hallatt.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Jack Cardiff.


Narciso negro, película que acabo de ver, movido, como las que no había visto, por el emotivo documental de Scorsese sobre la pareja de realizadores, me ha parecido la obra maestra que todos los críticos reconocen que es. Se trata, además, de un prodigio de producción, en tiempos en los que ni se soñaba con los recursos cibernéticos, porque, transcurriendo la historia en un monasterio tibetano, anteriormente un burdel de las concubinas del General de Mopu, la película fue rodada íntegramente en Gran Bretaña, en estudio y en lugares no mu distantes de Londres, sin que la película pierda en ningún momento el sagrado principio de verosimilitud del que tantísimas producciones de nuestro tiempo se apean, a pesar de los recursos disponibles, o quizás precisamente por ello, y el progresivo anquilosamiento de la imaginación creadora. La historia, tan colonial como atractiva, tiene que ver con el encargo que reciben las monjas de una congregación para hacerse cargo de un monasterio donde, además de rendir culto a dios, han de abrir un dispensario médico y una escuela para los niños de Mopu, en un esfuerzo del General gobernante para instruir a sus gentes, animado por las sugerencias del influyente inglés que lo aconseja en la gobernación, Mr. Dean,  un hombre de indudable atractivo que provocará una alteración capital en la vida del convento, quien choca contra la priora, encarnado por Deborah Kerr y atrae irresistiblemente a la hermana Ruth, maravillosamente fotografiada por Powell e interpretada por Kathleen Byron, con unos primerísimos planos que forman parte de la historia del cine,  cuando aún Bergman, Música en la oscuridad, no ha explotado, como luego lo haría, hasta sus últimas consecuencias ese recurso fílmico.

La puesta en escena de Narciso negro —el título alude a una marca de perfume, Caron Narcisse Noir, lo que nos pone en la lista del choque entre la castidad y la lascivia que supondrá un fuerte choque para las mentalidades pacatas de la época en que se filmó— en la recreación del monasterio que había sido mansión de los placeres para el padre del actual General es de una calidad como pocas veces se habrá visto en la pantalla. Las salas, las pinturas, las ventanas, la perspectiva mágica de los encuadres que consigue la cámara dejan al espectador boquiabierto ante tanto arte, ante tante exquisitez y delicadeza, ¡y no digamos el vuelo de los hábitos blancos de las hermanas en esos espacios! El consejero británico del General, interpretado por David Farrar, es un elemento de involuntaria «discordia» que, de forma pasiva, porque no toma en ningún momento la iniciativa de asedio a ninguna de las mujeres que habitan en el monasterio; de forma pasiva, decía, suscitará los deseos carnales de una hermana, hasta conseguir que renuncie a sus hábitos y se le ofrezca en forma mundana, con un poder lascivo de seducción que la cámara, el maquillaje y el color elevan hasta la excelencia. Reconozco que la indumentaria de Mr. Dean, vestido siempre con unos pantalones cortos muy sucintos, para unas piernas que tampoco son el colmo de la tentación, para qué vamos a negarlo —y a lo mejor por ello en Su peor enemigo, representa a un artificiero con una pierna ortopédica, siempre vestido de pantalón largo, por supuesto…— me distancio no poco de su papel y de lo que representaba en términos de «modernidad» para la población remota donde transcurre la acción. Recordemos que los niños van a la escuela porque el General paga a las familias para que los lleven, y que entre ellos destacarán dos sobre todos: una jovencísima Jean Simmons, en el papel de una protegida del General para que su naciente sexualidad no la lleve por donde no debe, y el hijo del General, interpretado por Sabu vitalísimo, quien quiere adquirir todos los conocimientos que pueda, pueda o no. La película se ciñe a la vida cotidiana en el monasterio y a los conflictos de todo tipo que van surgiendo, para los que la hermana superiora, la hermana Clodagh, ha de proveer solución, si bien no puede impedir que el deseo sexual acabe apoderándose de la hermana Ruth y que esta le plante cara en su «conquista» de Mr. Dean, porque sabe que ella, Clodagh, también está enamorada del consejero. La película recuerda, en flash back, que la hermana superiora tuvo un amor fracasado antes de entrar en la orden, un recuerdo que la acompaña siempre, pero que no le impide cumplir con sus responsabilidades presentes; recuerdos que, por cierto, fueron censurados en la edición de la película en Usamérica. Dean ya le avisa a la  hermana Clodagh de que los monjes que ocuparon su lugar acabaron yéndose con la llegada de los monzones, y a ella y sus compañeras les augura lo mismo, con la pose cínica y agnóstica con que contempla los esfuerzos apostólicos de las religiosas. La película nos cuenta la historia de ese fracaso con un color incomparable —y pienso ahora en la primera película en color de Ford, Corazones indomables, que impresionó tanto al director que le impidió volver a rodar en color, persuadido de que no podría superar la belleza del de esa película— y con una atención a los detalles y a la construcción de los personajes que ninguno nos pasa desapercibido, y menos aún el estrafalario de la mujer que cuida del lugar o del niño pequeño que es puesto a servicio de las monjas como ayudante, cuya naturalidad y desparpajo le hace apropiarse de no pocas escenas. Son los primeros planos de la pulsión sexual de la hermana Ruth los que se llevan la palma de la realización, sin duda, pero el momento culminante de la película es el enfrentamiento a muerte entre las hermanas Ruth y Clodagh en una escena absolutamente hitchcockiana al borde del precipicio donde está instalada la campana del monasterio. ¡Hay que verla! De nada vale describirla. Ninguna palabra es capaz de traducir esa secuencia. Y, como ella, tantas otras de una película a la que cabe, con todos los honores, el calificativo de «magnética». Recordemos, a título no precisamente anécdótico,  que al frente de la fotografía en la película está Jack Cardiff, quien luego fue director de obras como El soñador rebelde o Último tren a Katanga...


Título original: The Red Shoes

Año: 1948

Duración: 133 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion; Emeric Pressburger

Reparto: Anton Walbrook; Moira Shearer; Marius Goring; Leonid Massine; Albert Basserman; Robert Helpmann; Ludmilla Tcherina; Esmond Knight.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Jack Cardiff.


Para Las zapatillas rojas, su indiscutible obra maestra, en la que unen estrechamente la música, la danza, la interpretación y las consiguientes innovaciones técnicas en la realización de las secuencias de baile, voy a remitirme, de nuevo, a la crítica que hice en este Ojo, porque mi deslumbramiento fue entonces el mismo de ahora, indeleble:

https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/search?q=Las+zapatillas+rojas



Título original: The Small Back Room

Año: 1949

Duración: 106 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Nigel Balchin

Reparto: David Farrar; Kathleen Byron; Jack Hawkins; Leslie Banks; Michael Gough; Cyril Cusack; Milton Rosmer; Walter Fitzgerald; Emrys Jones; Michael Goodliffe; Renée Asherson; Anthony Bushell; Patrick MacNee; Robert Morley.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Christopher Challis (B&W).


Su peor enemigo es, acaso, la obra más «oscura» de Los Arqueros. Decididamente morbosa y claustrofóbica, porque nos sentimos atrapados en el interior de una persona discapacitada físicamente —ha perdido una pierna en su desempeño como artificiero—, resentida, desengañada, desesperanzada y nihilista, que ha decidido hundirse en el alcoholismo contra el que, con la ayuda de la mujer con quien convive, casi de forma clandestina, porque son compañeros de trabajo, lucha con denodados esfuerzos que no son suficientes para vencer en esa batalla, en la que lleva la peor parte, en que su debilidad le ha puesto. El ingeniero Sammy Rice trabaja en una oficina en la que se desarrollan proyectos de nuevas armas que colaboren en el esfuerzo bélico, se trata, pues, de una visión de la guerra desde la retaguardia, desde el entramado burocrático que administra los recursos y el ingenio con que hacer frente al desafío alemán. Y el retrato de la comisión político-militar que ha de informar sobre los trabajos de esa oficina donde se gestan los proyectos de armamento es de una finísima ironía que deja tocado el propio sistema. Pero más allá de ese desempeño nacional, lo importante de la película es la trayectoria personal de quien, teniendo constantemente la tentación al lado, lucha contra la adicción con un talante sombrío que solo halla recompensa en el amor con que su compañera lo ayuda y protege, hasta que una recaída la aleja de él. Y en esa recaída hallamos la parte sustancial de la película, porque los Arqueros han filmado una suerte de delirio alcohólico con imágenes distorsionadas que reflejan a la perfección el grado de enajenación a que conduce la tentación imposible de resistir.  El hombre aguanta durante casi toda la película, hasta que la depresión de su ánimo le hace imposible luchar contra la necesidad de alimentar su drogadicción como medio para olvidar la amputación de una de sus piernas. La película cuenta con un reparto de primer orden, porque la compañera es Kathleen Byron y el ingeniero, David Farrar, quienes repiten colaboración, tras Narciso negro. A ellos ha de sumarse dos apariciones de mucho peso: Jack Hawkins, perfecto protagonista de la magnífica película de Ford, Un crimen por hora, algo así como 24 horas en la vida den un inspector de Scotland Yard, y Cyril Cusack, inolvidable protagonista de Fahrenheit 451, entre otras.

El desenlace tiene que ver con el arrojo del artificiero para tratar de desactivar explosivos lanzados por los alemanes, ubicados en una playa donde se expone a un accidente como el que lo privó de una de sus piernas. Ya lleva sobrio una temporada, pero, aunque ha rehecho su vida profesional, no ha ocurrido lo mismo con su vida amorosa, pero… y ahí pueden disfrutar los espectadores de un final como mandan los cánones del optimismo «a prueba de bombas»…


Título original: Gone to Earth

Año: 1950

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Mary Webb

Reparto: Jennifer Jones; David Farrar; Cyril Cusack; Sybil Thorndike; Frances Clare; Hugh Griffith; George Cole; Beatrice Varley; Valentine Dunn; Owen Holder; Esmond Knight;

Edward Chapman; Daniel Stephens.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Christopher Challis.

 


Corazón salvaje es el título en español que se usa para dos versiones, una inglesa y la otra usamericana, Gone to Earth y The Wild Heart, que tuvo esta película producida por David O’Selznick, el mítico productor de Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, y marido de la actriz protagonista de la película de Los Arqueros, Jennifer Jones. El título inglés procede de la práctica de la caza del zorro e indica cuando el zorro, descubierto, se esconde bajo un arbusto para pasar desapercibido. La película inglesa, la que yo he visto, fue del desagrado del productor usamericano porque se potenciaba más el lado telúrico de la historia, filmada en paisajes naturales de Gales, Shropshire, que era la tierra de la familia Powell,  que la peripecia vital de la protagonista. Llevados a juicio Los Arqueros, el productor perdió el juicio, pero el contrato le otorgaba prerrogativas para modificar la película en su estreno en Usamérica, y es lo que hizo, dirigiendo Robert Mamoulian los añadidos y añadiendo narración en off con la voz de Joseh Cotten.

Jennifer Jones encarna a la exótica gitana Hazel, que vive con su padre, un arpista y colmenero, incapaz de controlarla. La esplendorosa y seductora joven despierta la libido del terrateniente de la zona, quien vive solo con un criado que recuerda, por su interpretación, al criado de El jovencito Frankenstein, de Mel Brooks, Marty Feldman. Quien se acerca a la joven con intención de desposarla es el nuevo pastor de la parroquia, un Cyril Cusack de espíritu renovador que va a chocar con sus feligreses cuando decide casarse con la joven Hazel, a quien todos consideran poco menos que una bruja, como lo fue su madre, de quien ella heredó un libro de hechizos que suele consultar como un vademécum para tomar sus decisiones vitales. La película se abre con la carrera desesperada que emprende Hazel para salvar a su zorro, criado por ella desde recién nacido,  de la amenaza de los perros de la batida de caza. Pocas veces la campiña inglesa ha sido fotografiada como en esta película, y los planos intercalados de la fauna del lugar,  que tanto recuerdan los de una película que probablemente se inspirara en esta, La noche del cazador, de Charles Laughton, nos revelan bien a las claras que la protagonista de  esta película es más la propia naturaleza que Hazel, aunque esta, ha de considerarse una «emanación» de la otra. Y solo hay que ver esos planos del paisaje en el que este parece que hable, a juzgar por como el viento o las nubes forman mensajes como quien formula presagios. Como el pastor observa, tras casarse con ella, una severa castidad inicial, el terrateniente juega sus bazas y la seduce, no sin ejercer una medida violencia que se ajusta como un guante a las necesidades insatisfechas de la recién casada y preterida. Desde ese momento en adelante, el triángulo amoroso que se establece en términos de posesión, dominación y admiración va a sufrir diversos avatares que nos descubrirán transformaciones en los tres personajes, el párroco, la gitana y el noble, de tal manera que los tres perderán todo rastro de inocencia que en uno u otro grado pudiera haber habido en ellos. El primero se enfrentará a su madre ultraprotectora y la forzará a dejar el hogar familiar; Hazel descubrirá la hombría de bien del párroco, y en el tercero descubriremos el agresivo talante de su lascivia ultraposesiva, que lo lleva a considerar a Hazel un objeto de su propiedad. Con todos estos ingredientes es difícil esperar un desenlace feliz, porque todos parecen haber pecado, por exceso o por defecto. La naturaleza será, en última instancia, juez en los asuntos humanos y árbitro de sus disputas y transgresiones.



Título original: The Tales of Hoffmann

Año: 1951

Duración: 133 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Libreto: Dennis Arundell. Texto: Jules Barbier. Historias: E.T.A. Hoffman

Reparto: Moira Shearer; Leonid Massine; Robert Helpmann; Robert Rounseville; Anne Ayars; Pamela Brown; Frederick Ashton; Lionel Harris; Mogens Wieth.

Música: Richard Wagner

Fotografía: Christopher Challis.


Los cuentos de Hoffmann es la adaptación al cine de la famosísima opereta de Jacques Offenbach, aquí los autores han disociado la representación de la voz y, al final de la película se muestra, en debido homenaje, al actor y al intérprete vocal, quienes se saludan ceremoniosamente, como agradeciéndose la parte de cada cual. Súmese a todo ello la importancia de una puesta en escena y un vestuario de fábula y tendremos lo que podríamos llamar una «perfecta ceremonia del arte total». La realización en estudio  permite osadías de encuadres e iluminaciones en las que el dúo creativo han demostrada sobrada eficacia, y momentos hay en los que se nos viene a la memoria audacias como la del mar de Federico Fellini en su versión libérrima de Casanova, que no en vano se titula El Casanova de Federico Fellini, algo así como Los sueños de Kurosawa. Vaya por delante que esta es la única película del dúo que exige una devoción al arte e la ópera para poder disfrutar de ella, dado su carácter de representación fiel de la ópera. La música, por lo tanto, es parte definitiva de la representación y ha de formar parte, su degustación, de los hábitos de los espectadores, Con todo, hay piezas, como la famosa Barcarola, que recordarán incluso los no aficionados a la ópera, porque se trata de una de esas composiciones cuyo éxito va más allá de la propia ópera, como la no menos famosa habanera de Carmen, de Bizet.

Los tres actos de la ópera giran en torno a los amores de Hoffman y el destino trágico de todos ellos. La primera mujer, Olympia, es una marioneta y ese acto recuerda una película mágica de Lubitsch, La muñeca, que parece inspirada en la ópera de Offenbach. El segundo gira en torno a Antonia, una cantante que, por su enfermedad, no puede cantar, aunque, animada a hacerlo, por el malvado que persigue a Hoffmann, aquí encarnado por un excelente Léonide Massin, quien fuera rival en su día de Nijinski y coreógrafo y bailarín del famoso ballet ruso de  Diaghilev, acaba muriendo. El tercer acto, que transcurre en Venecia, tiene a Giulietta como protagonista, quien abre el acto con la célebre Barcarola, que en principio no fue escrita para esta obra, al parecer, sino para otra, Las hadas del Rin; pero como la ópera de Offenbach la dejó inacabada su autor, capítulo aparte merecería lo que los continuadores de la isma han hecho con ella. El caso es que en este acto, en el que entra en juego el tema de la sombra perdida, según el conocido cuento de Adelbert von Chamisso, Peter Schlemihl, el príncipe del mal que quiere vengarse de Hoffmann se bate en brillante duelo con él en una góndola, una secuencia tan impactante como la recreación del mundo veneciano.

Insisto, no obstante, en que se trata de una película hecha propiamente para los amantes de la ópera, pero confieso mi esperanza en que bien pudiera ser que se trate de una película que mueva a los espectadores a acudir a los coliseos operísticos para disfrutar de ese arte total que es la ópera. ¡Que así sea!

lunes, 4 de febrero de 2019

«Yuli», de Icíar Bollaín o los claroscuros de la fama y la perfección.



La emocionante y compleja biografía del bailarín cubano Carlos Acosta: entre el drama familiar, la vocación artística, el sentido de pertenencia y el ARTE sobre todas las cosas. 

Título original: Yuli
Año: 2018
Duración: 109 min.
País: España
Dirección: Icíar Bollaín
Guion: Paul Laverty
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Alex Catalán
Reparto: Carlos Acosta,  Santiago Alfonso,  Keyvin Martínez,  Edison Manuel Olvera, Laura de la Uz,  Yerlin Pérez,  Mario Elías,  Andrea Doimeadiós, Carlos Enrique Almirante,  Cesar Domínguez.

La misma tarde de la gala de los Goya fui a los Meliès a ver Yuli. Mi primera sorpresa fue tener que hacer cola para entrar. La segunda, que casi todos iban a la sala donde proyectaban Yuli. La tercera, que había muchas criaturas, supongo que practicantes de la danza. La  última sorpresa, esta muy desagradable, fue darme cuenta de que la película de Icíar Bollaín había pasado casi totalmente desapercibida para los miembros de la Academia. Ignoro si porque el protagonista es el bailarín cubano Carlos Acosta -que tuvo el detalle de asistir a la Gala-, si porque vieron la película como una película cubana, más que española, o por qué, pero el caso es que una joya de película como esta ha sido despreciada por los académicos, pero, por lo que pude ver en la sala, no por el público. Y esta crítica quiere alertar a los espectadores para que no se les pase el visionado de la misma, porque es una película nacida para la pantalla grande y en ella se disfruta como se debe. Dada la similitud de régimen político, y la  cercanía de su contemplación, en todo momento tuve presente una película muy similar: El último bailarín de Mao, de Bruce Beresford ( director de la oscarizada Paseando a Miss Daisy), una excelente película australiana que llevó al cine la autobiografía del bailarín  Li Cunxin. Yuli, sin embargo, por la cercanía entrañable al pueblo cubano, no a sus autoridades ni a su régimen totalitario, digamos que me ha tocado más la fibra sentimental, además de por la belleza del español cubano que es siempre una delicia oír, en cualquier momento. La riqueza de acentos sudamericanos del español es uno de nuestros grandes tesoros, y siempre disfruto con ellos, como lo hago aquí en España cuando el español regional se impone al estereotipo del “castellano de Valladolid” con que, como se había hecho en el franquismo en la radio, la televisión y el cine, se renegaba de los mismos. Icíar Bollaín ha realizado una película canónicamente biográfica y, al mismo tiempo, ha realizado una exploración psicológica muy notable para conciliar puntos de vista radicalmente opuestos como los que se observan en la pantalla y en la vida compleja de Carlos Acosta: el guion, escrito sobre la autobiografía del propio Acota, es, a ese respecto, modélico. El hilo conductor es la realización de un espectáculo de ballet contemporáneo acerca de la vida y obra del bailarín cubano, espectáculo que incluye fragmentos extraordinarios de ballet que desembocan en una especie de catarsis individual del autor-director cuando ha de dirigir a los bailarines que lo interpretan y revivir los traumas íntimos que jalonaron una de las más brillantes trayectorias en el mundo del ballet de los últimos años. Digámoslo rápido, Carlos Acosta fue un bailarín excepcional muy a su pesar, porque lo fue más por el empecinamiento del padre que por su propia voluntad. De orígenes humildísimos, bisnieto de esclavos, y con una habilidad innata para la danza, que se manifiesta en su primeros años de niño con la imitación de los bailarines pop usamericanos, su padre decide presentarlo a las pruebas de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba, una de esas instituciones propagandísticas típicas de los regímenes comunistas y, al mismo tiempo, meca del mejor arte. El proceso de integración de un superdotado en un sistema tan rígido se lleva buena parte de la película, porque los esfuerzos del niño para salir de él y poder seguir su vida normal, como todos los chiquillos de su barrio, se extienden hasta su juventud, cuando ya es una estrella, pero la añoranza de Cuba, sobre todo en un Londres frío y lluvioso, donde fue el primer bailarín negro en triunfar y hacer un Romeo y Julieta, por ejemplo, es demasiado fuerte para Acosta. Choca, ese cubanismo integral del artista, cuando todos a su alrededor no están pensando sino en echarse al mar y cruzar en balsas las pocas millas que separan Cuba de Miami. Estamos en presencia, pues, de una individualidad muy marcada, para bien y para mal, cuya vida no se nos presenta como un relato ejemplar, sino casi como una odisea del dolor, de los dolores. La relación familiar, con la figura central del padre - cuyo actor, Santiago Acosta, hubiera merecido el premio al mejor actor protagonista en una Gala de los Goya sin anteojeras nacionalistas-en el eje de la trama, es, a mi entender, el verdadero núcleo central de la película, bastante más que la azarosa vida de bailarín del protagonista. La escena de la salvaje flagelación del hijo, por ejemplo, que parece tener una derivada en la enfermedad mental de la hermana de Carlos Acosta, porque desde entonces se le declara, una enfermedad mental que acaba en un suicidio lleno de dramatismo cromático -¡que sinfonía de grises amenazadores!- en el malecón de la Habana, en una escena escalofriante y al mismo tiempo con la belleza sombría del arte con mayúsculas; esa flagelación, digo, que tiene una recreación en el ballet autobiográfico que está ensayando la compañía dirigida por Acosta, es un momento clave de la película, porque, al fin y al cabo, estamos hablando de algo así como de la “doma” de un rebelde que, paradójicamente, ignora la trascendencia del arte que será capaz de expresar, si bien solo lo logrará a través del sufrimiento. La relación compleja, de amor y de odio entre él y el padre es, quizás, lo más atractivo de la película, aunque desde el punto de vista estrictamente técnico, la película no hace sino darnos alegrías visuales escena tras escena. Fotografiar La Habana y su malecón viéndolo como si lo vieras por primera vez, por la fotografía impecable de la película, es una gozada inenarrable; del mismo modo que el descubrimiento del teatro en ruinas que no se siguió construyendo, y que es visita turística, con un eco espectacular, le sirve de refugio al niño, es una suerte de extraña ruina arquitectónica de inmenso valor y extraordinaria belleza, en cuyo interior la directora consigue unos planos magníficos. La historia no rehúye  la crítica al régimen cubano, muy presente en los afanes de huida de la isla, la abuela del protagonista, sus amigos, la convicción del padre de que él ha de forjar su carrera y hacer su vida fuera de la isla, para poder aprovechar todo su potencial y llegar a la cima de su profesión; pero tampoco renuncia al reconocimiento de instituciones como la del Ballet Nacional que, convertido en una escuela de élite, asegura la estabilidad económica y formativa de los alumnos que forman parte de ella. La película tiene todo el aire de ser una apuesta por la transición pacífica a la democracia, pero en modo alguno construye un discurso político en que tal cosa se explicite. Está muy centrada en la vida de un bailarín que es una gloria nacional, y se limita a mostrar los claroscuros de una sociedad en la que, a estas alturas, ignoro si se podrá ver la película, porque lo que a nosotros nos puede parecer tibieza en la crítica a un régimen dictatorial, en Cuba se leerá como una traición imperialista yanqui… o ansí. Más allá de la belleza inherente al ballet de gran altura que se filma con una generosidad que es de agradecer, porque, para deleite de los aficionados ocupa buena parte del metraje, la película ha sabido “leer” el auténtico drama íntimo de un ser complejo en una familia humilde, y cómo los caminos el máximo arte son, a menudo, los del más intenso sufrimiento. ¡Una joya! Si le gustó Billy Elliot, si le gustó Pina, si le gustó Las zapatillas rojas, si le gustó Nijinsky…, no lo dude, esta es su película. Si nunca le interesó la danza, pero sí los dramas familiares, tampoco lo dude, esta es su película. En fin, si quiere disfrutar con dos actorazos descomunales como Santiago Alfonso (bailarín y coreógrafo que fue maestro de Yuli cuando este era un niño), que hace de su padre, y Edison Manuel Olbera, que hace del Yuli niño con una naturalidad, veracidad y convicción entrañables. O yo tengo poca pesquis cinematográfica o tengo la impresión de que esta película va a ir creciendo poco a poco a medida que los entusiastas, como yo ahora mismo, vayamos relatando a otros su virtudes. Veremos.