domingo, 24 de mayo de 2026

«Dersu Uzala», de Akira Kurosawa, o la emoción, la amistad, la naturaleza...

 



El auténtico Dersu Uzala

«¡Capitán, capitán...!» o la catarsis genuina ante la más pura amistad.

 

Título original: Dersu Uzala

Año: 1975

Duración: 141 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Akira Kurosawa

Guion: Akira Kurosawa, Yuri Nagibin. Libro: Vladimir Arsenev

Reparto: Maksim Munzuk; Yuriy Solomin; Svetlana Danilchenko; Vladimir Kremena; Dmitriy Korshikow; Suymenkul Chokmorov

Música: Isaac Schwartz

Fotografía: Asakazu Nakai, Youri Gantoman, Fyodor Dobronravov.

 

          ¡Me lo debía!  Cuando vi Dersu Uzala en el cine, tuve la mala suerte de hacerlo en el cine Arcadia, en la calle Tuset. Se trataba de un cine larguísimo, no menos de 30 metros, y con una pantalla no precisamente grande, pues, al fin y al cabo, se trataba de un cine de los llamados de «Arte y ensayo», una hermosa clasificación para salas en las que se podían ver las películas «no aptas» para el gran publico en las grandes salas de exhibición. Allí que me planté con mi Conjunta para ver la última película, entonces, de Kurosawa, uno de nuestros directores favoritos, en la última fila, y ya no recuerdo si fue porque no quedaban otras o por nuestra costumbre de sentarnos lo suficientemente lejos de la pantalla para tener una visión completa. En el recuerdo tengo haber visto Cabaret, de Bob Fosse, en la segunda fila, en una pantalla panorámica y me requetejuré que no volvía al cine si no tenía entrada en la última fila.

Todos los aficionados conocen esta película, y la estima en que se tiene se corresponde con su calidad, pero hasta hace unos días no había sentido la necesidad de volverla a ver en otras condiciones distintas de la vez inicial. Si en aquella primera ocasión me costó hasta identificar lo que pasaba en la pantalla, dado los numerosísimos planos panorámicos de un espacio natural tan impactante como la taiga rusa, en sus dos muy diferentes momentos: el invierno y el verano, el hielo y el verdor, esta vez estaba dispuesto a no dejar pasar por alto ni un solo plano. Contra la boutade de  David Lynch, quien anatematizó los teléfonos móviles y otros soportes tecnológicos para ver el cine, yo he querido verla en mi móvil, cuya capacidad de resolución es extraordinariamente alta. Y no he apartado ni los ojos ni la emoción, ¡ni un momento!, del desarrollo de una de as grandes historias de amistad que se hayan rodado jamás.

          El título de la crítica quiere oponer el grito de reconocimiento de Dersu Uzala, cuando vuelve a encontrarse en el verano con el amigo con quien vivió tantas experiencias que a punto estuvieron de convertirse en dramas, al grito postizo de El club de los poetas muertos, de Peter Weir, porque hay un abismo entre ellos, y  los jóvenes a quienes engañó la tramposa película de Weir deberían comprobar, tras ver esta joya de Kurosawa, la diferencia sustancial que hay entre ambos gritos. Este de Dersu se te mete en las entretelas del corazón, te agita la respiración y te provoca un acceso de llanto irreprimible. Toca en lo más profundo de los sentimientos, porque el personaje de Kurosawa es la encarnación de la vida primigenia ligada a la naturaleza y ajena a la obra de la civilización. Respira pureza por todos los poros, tanta como ingenuidad, bondad y amor al espacio donde vive y a los seres que lo habitan, entre los que algunos hombres son más peligrosos que las fieras temibles, como el tigre al que cree haber matado en un momento de la historia. Es bien sabido, además, que se trata de una historia real, pues la película está basada en las memorias publicadas en 1923 bajo el título Dersú Uzalá, un cazador de la etnia hezhen que lo acompañó durante su exploración de la región siberiana de Sijoté-Alín

          El contraste entre los soldados y Dersu, y cómo las burlas hacia el hombre primitivo se vuelve admiración cuando este domina admirablemente el conocimiento del medio en que están y cómo ha sido capaz no solo de salvar la vida del capitán en una de las secuencias más espectaculares de la película, sino también la propia, cuando queda expuesto a la poderosa corriente del río que lo lleva hacia unas cataratas donde perecerá, otra de las secuencias espectaculares de una película llena de ellas, y casi todas relacionadas con las manifestaciones extremas de la naturaleza. Películas en la que esta tiene un carácter protagonista hay muchas, por supuesto, y baste recordar Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog, La misión de Scorsese, Apocalypto, de Gibson o, bien recientemente, Godland, de Hlynur Palmason, pero en esta película de Kurosawa disponemos, como impagable regalo, de la creación de un personaje, el caador Dersu Uzala, que nos roba el corazón desde que irrumpe en escena. A mí, particularmente, me ha recordado el libro de Jaime Vándor, Los ricos de espíritu, primos hermanos de los «pobres de espíritu». quienes, según los Evangelios, serán los únicos que verán a Dios —acaso porque lo llevan dentro—, entre los que se cuenta, por ejemplo, el príncipe Lev Nikoláyevich Myshkin, protagonista de El idiota, de Dostoievski. Se trata de esos personajes que como el de El hombre que no quería ser santo, de Edward Dmytryk. Viven casi ajenos a sí mismos y volcados hacia el exterior desde la más humilde de las actitudes imaginables y con una preocupación por el prójimo  que no tienen por ellos mismos.

          La relación entre los dos protagonistas de la película, el capitán y Dersu está marcada por la evolución de este último, quien, tras reencontrarse en el verano siguiente al de su primer encuentro, comienza a recibir señales inequívocas de que sus sentidos ya no le «obedecen» como él estaba acostumbrado, y el primero y fundamental el de la vista: la escena de la caza del ciervo es vivida por Dersu como una tragedia: ¿qué va a ser de un cazador que pierde la vista y es incapaz de acertar al disparar a sus presas? El ofrecimiento del capitán: «mi casa es tu casa», es la salvación para el viejo cazador, quien se agarra a ella con un agradecimiento que vuelve a tocarnos muy adentro. Otra cosa muy distinta es lo que sucede cuando al intrépido cazador de la taiga lo encierran entre loa muros de una casa y se ve pasando las horas sin actividad ninguna, salvo mirar el fuego de la estufa y recontar sus historias al «pequeño capitán», al hijo de su amigo. Ahí advertimos el profundo contraste entre la vida salvaje y aventurera (no quiere dinero de su amigo cuando este se va, porque dice que cazará martas, que, para él, «son dinero». Si bien es cierto, como le cuenta en verano a su amigo, que su ingenuidad lo llevó a dejarse embaucar por un aprovechado que, a cambio de vodka, le robó el dinero ganado con la piel de sus martas.

          Son tantas las secuencias en las que nos sentimos formar parte de la naturaleza que no me extraña que en su día se hablara de esta película como de un canto ecológico de amor a nuestro planeta. Se trata de una película rusa, y no e extrañaría nada que Kurosawa hubiera tenido muy presente una película de Mikhail Kalatozov,  La carta que nunca fue enviada, rodada en los mismos escenarios que Dersu Uzala quince años antes, en 1960. Se trata de una película poco conocida del gran público, pero tan espectacular como esta de Kurosawa y como otra suya, más conocida: Soy Cuba, una apología de la revolución cubana con unas imágenes verdaderamente impactantes, un prodigio de técnica y de sensibilidad.

 

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