«¡Capitán,
capitán...!» o la catarsis genuina ante la más pura amistad.
Título original: Dersu Uzala
Año: 1975
Duración: 141 min.
País: Unión Soviética (URSS)
Dirección: Akira Kurosawa
Guion: Akira Kurosawa, Yuri
Nagibin. Libro: Vladimir Arsenev
Reparto: Maksim Munzuk;
Yuriy Solomin; Svetlana Danilchenko; Vladimir Kremena; Dmitriy Korshikow;
Suymenkul Chokmorov
Música: Isaac Schwartz
Fotografía: Asakazu Nakai,
Youri Gantoman, Fyodor Dobronravov.
¡Me lo
debía! Cuando vi Dersu Uzala en el cine,
tuve la mala suerte de hacerlo en el cine Arcadia, en la calle Tuset. Se
trataba de un cine larguísimo, no menos de 30 metros, y con una pantalla no
precisamente grande, pues, al fin y al cabo, se trataba de un cine de los
llamados de «Arte y ensayo», una hermosa clasificación para salas en las que se
podían ver las películas «no aptas» para el gran publico en las grandes salas
de exhibición. Allí que me planté con mi Conjunta para ver la última película,
entonces, de Kurosawa, uno de nuestros directores favoritos, en la última fila,
y ya no recuerdo si fue porque no quedaban otras o por nuestra costumbre de
sentarnos lo suficientemente lejos de la pantalla para tener una visión
completa. En el recuerdo tengo haber visto Cabaret, de Bob Fosse, en la
segunda fila, en una pantalla panorámica y me requetejuré que no volvía al cine
si no tenía entrada en la última fila.
Todos los aficionados conocen esta
película, y la estima en que se tiene se corresponde con su calidad, pero hasta
hace unos días no había sentido la necesidad de volverla a ver en otras
condiciones distintas de la vez inicial. Si en aquella primera ocasión me costó
hasta identificar lo que pasaba en la pantalla, dado los numerosísimos planos
panorámicos de un espacio natural tan impactante como la taiga rusa, en sus dos
muy diferentes momentos: el invierno y el verano, el hielo y el verdor, esta
vez estaba dispuesto a no dejar pasar por alto ni un solo plano. Contra la boutade
de David Lynch, quien anatematizó los
teléfonos móviles y otros soportes tecnológicos para ver el cine, yo he querido
verla en mi móvil, cuya capacidad de resolución es extraordinariamente alta. Y
no he apartado ni los ojos ni la emoción, ¡ni un momento!, del desarrollo de
una de as grandes historias de amistad que se hayan rodado jamás.
El título de
la crítica quiere oponer el grito de reconocimiento de Dersu Uzala,
cuando vuelve a encontrarse en el verano con el amigo con quien vivió tantas
experiencias que a punto estuvieron de convertirse en dramas, al grito postizo
de El club de los poetas muertos, de Peter Weir, porque hay un abismo
entre ellos, y los jóvenes a quienes
engañó la tramposa película de Weir deberían comprobar, tras ver esta joya de
Kurosawa, la diferencia sustancial que hay entre ambos gritos. Este de Dersu se
te mete en las entretelas del corazón, te agita la respiración y te provoca un
acceso de llanto irreprimible. Toca en lo más profundo de los sentimientos,
porque el personaje de Kurosawa es la encarnación de la vida primigenia ligada
a la naturaleza y ajena a la obra de la civilización. Respira pureza por todos
los poros, tanta como ingenuidad, bondad y amor al espacio donde vive y a los
seres que lo habitan, entre los que algunos hombres son más peligrosos que las
fieras temibles, como el tigre al que cree haber matado en un momento de la
historia. Es bien sabido, además, que se trata de una historia real, pues la
película está basada en las memorias publicadas en 1923 bajo el título Dersú
Uzalá, un cazador de la etnia hezhen que lo acompañó durante su exploración
de la región siberiana de Sijoté-Alín
El contraste
entre los soldados y Dersu, y cómo las burlas hacia el hombre primitivo se vuelve
admiración cuando este domina admirablemente el conocimiento del medio en que
están y cómo ha sido capaz no solo de salvar la vida del capitán en una de las
secuencias más espectaculares de la película, sino también la propia, cuando
queda expuesto a la poderosa corriente del río que lo lleva hacia unas
cataratas donde perecerá, otra de las secuencias espectaculares de una película
llena de ellas, y casi todas relacionadas con las manifestaciones extremas de
la naturaleza. Películas en la que esta tiene un carácter protagonista hay
muchas, por supuesto, y baste recordar Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog,
La misión de Scorsese, Apocalypto, de Gibson o, bien
recientemente, Godland, de Hlynur Palmason, pero en esta película de
Kurosawa disponemos, como impagable regalo, de la creación de un personaje, el
caador Dersu Uzala, que nos roba el corazón desde que irrumpe en escena. A mí,
particularmente, me ha recordado el libro de Jaime Vándor, Los ricos de espíritu,
primos hermanos de los «pobres de espíritu». quienes, según los Evangelios, serán
los únicos que verán a Dios —acaso porque lo llevan dentro—, entre los que se
cuenta, por ejemplo, el príncipe Lev Nikoláyevich Myshkin, protagonista de El
idiota, de Dostoievski. Se trata de esos personajes que como el de El
hombre que no quería ser santo, de Edward Dmytryk. Viven casi ajenos a sí
mismos y volcados hacia el exterior desde la más humilde de las actitudes
imaginables y con una preocupación por el prójimo que no tienen por ellos mismos.
La relación
entre los dos protagonistas de la película, el capitán y Dersu está marcada por
la evolución de este último, quien, tras reencontrarse en el verano siguiente
al de su primer encuentro, comienza a recibir señales inequívocas de que sus
sentidos ya no le «obedecen» como él estaba acostumbrado, y el primero y fundamental
el de la vista: la escena de la caza del ciervo es vivida por Dersu como una
tragedia: ¿qué va a ser de un cazador que pierde la vista y es incapaz de
acertar al disparar a sus presas? El ofrecimiento del capitán: «mi casa es tu
casa», es la salvación para el viejo cazador, quien se agarra a ella con un
agradecimiento que vuelve a tocarnos muy adentro. Otra cosa muy distinta es lo
que sucede cuando al intrépido cazador de la taiga lo encierran entre loa muros
de una casa y se ve pasando las horas sin actividad ninguna, salvo mirar el
fuego de la estufa y recontar sus historias al «pequeño capitán», al hijo de su
amigo. Ahí advertimos el profundo contraste entre la vida salvaje y aventurera
(no quiere dinero de su amigo cuando este se va, porque dice que cazará martas,
que, para él, «son dinero». Si bien es cierto, como le cuenta en verano a su
amigo, que su ingenuidad lo llevó a dejarse embaucar por un aprovechado que, a
cambio de vodka, le robó el dinero ganado con la piel de sus martas.
Son tantas las
secuencias en las que nos sentimos formar parte de la naturaleza que no me
extraña que en su día se hablara de esta película como de un canto ecológico de
amor a nuestro planeta. Se trata de una película rusa, y no e extrañaría nada
que Kurosawa hubiera tenido muy presente una película de Mikhail Kalatozov, La carta que nunca fue enviada, rodada en
los mismos escenarios que Dersu Uzala quince años antes, en 1960. Se trata de
una película poco conocida del gran público, pero tan espectacular como esta de
Kurosawa y como otra suya, más conocida: Soy Cuba, una apología de la
revolución cubana con unas imágenes verdaderamente impactantes, un prodigio de
técnica y de sensibilidad.


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