viernes, 22 de mayo de 2026

«1976», de Manuela Martelli o el cine político a contrapelo.

 


La represión del pinochetismo en Chile desde los ojos de la clase alta.

 

Título original: 1976

Año: 2022

Duración: 94 min.

País: Chile

Dirección: Manuela Martelli

Guion: Manuela Martelli, Alejandra Moffat

Reparto: Aline Küppenheim; Nicolás Sepúlveda; Hugo Medina; Alejandro Goic; Antonia Zegers; Carmen Gloria Martínez; Marcial Tagle; Amalia Kassai; Gabriel Urzúa; Mauricio Pesutic; Ernesto Meléndez; Graciela Tenenbaum; Mora Recalde; Elvis Fuentes; Francisco Ossa; Germán de Silva.

Música: Mariá Portugal

Fotografía: Soledad Rodríguez.

 

          Como no se puede estar en todos los frentes, la actualidad, las obras maestras, los clásicos de la época muda, el llamado cine étnico, las rarezas, etc., ¡qué bien viene poder disponer de plataformas cinematográficas donde te aparecen, de repente, películas que ni siquiera te imaginabas que existiesen, porque el cine no es mi monomanía, sino una más de las plurales historias de mi pasión por las artes, aunque es cierto que le dedico muchísimo más tiempo a esta que a otras.

          1976 es una cifra, pero para quienes vivieron como un mazazo de la Historia el golpe de Estado en Chile, y la muerte de Salvador Allende, de Víctor Jara y de tanta gente de demasiada buena fe, es un resumen sociológico, la cifra de un estado totalitario, policiaco, que controla las vidas y haciendas de la población y distingue a las personas entre «subversivos» y «gente de orden». ¿Qué sucede cuando, por la ayuda que una mujer de la burguesía dominante presta en una parroquia, una persona del segundo grupo se convierte en protectora de otra del primero? 1976 es la respuesta.

          La acción transcurre durante las vacaciones de invierno, en la casa de la playa de un matrimonio acomodado, él es cirujano, ella gobierna su casa y hace obras de caridad, amén de ayudar a su hija con los nietos; una casa en obras que se han de acabar antes de que lleguen los invitados, y, de hecho, la película comienza con la señora probando mezclas de colores en una droguería para llevarse los botes con los que pintar algunas paredes del salón, cuyo diseño incluye una atrevida piscina interior donde nadan peces de acuario. Mientras compra las pinturas, se oye un disparo en la calle y el mozo se apresura, después de que la mujer se haya acercado a la puerta para ver de qué se trata, en bajar la persiana metálica, porque, y eso lo intuimos, acaban de «cazar» a un subversivo, dado que está vigente un toque de queda, lo cual va a complicar, ciertamente, la deriva de la benefactora acción de la protagonista, quien se encarga de cuidar a un hombre joven, un subversivo, herido de bala en una pierna.

          Por encargo del cura, la mujer se irá convirtiendo, poco a poco, en el enlace entre el herido y sus compañeros de lucha para ser transportado de la casa del cura a un lugar seguro, porque al cura le preocupa que pueda ser descubierto, lo que implicaría, acaso, a su provecta edad, ser trasladado a otra parroquia o expulsado del sacerdocio. Es entonces cuando, de una manera muy sutil, la mujer comienza a vislumbrar el peligro al que se expone y al que expone a toda su familia, que lo ignora absolutamente todo de sus andanzas medianeras.

          Lo esencial de la película es el modo como la mujer, con una actuación memorable, llena de delicadeza y naturalidad, se va involucrando en la suerte de un subversivo de quien lo ignora todo, y viceversa, porque ella recibe el nombre en clave de Cleopatra, lo que da pie a algún brote de humor de los que hay en la película, pero sometidos a un control extraordinario, dado que es el aire de historia policiaca el que predomina en la historia. La señora burguesa que ayuda a un subversivo es, en 1976, una transgresión casi equivalente a la de ignorar el precepto constitucional de presentar Presupuestos en una democracia, de ahí que la entrada en los procedimientos de la clandestinidad de la protagonista vayan acompañados de la sospecha de estar siendo vigilada, algo que se explicita cuando encuentra el coche abierto y revueltos los papeles de la guantera. A partir de ahí, no le entra el miedo el cuerpo, sino que se le triplica, porque desde su primer contacto con otros miembros de la subversión, vive sin vivir en ella, y muy preocupada de que su marido u otros miembros de la familia lleguen a darse cuenta de sus «andanzas». Al margen de la aventura «política», la ya abuela protagonista, que sigue siendo una mujer de magnifica presencia, con una distinción propia de la persona de buen gusto, intercambia miradas con uno de los albañiles que acaban la obra llenas de un deseo que no progresa, aunque bien podrían considerarse de prevención por si supiera algo de sus movimientos, pero en la medida en que el hermoso joven subversivo aparece ante ella como un perfeto Adonis, a quien ella lava y asea sin que derive en ningún momento hacia la sensualidad, me inclino a pensar que hay una suerte de canto de cisne de una sexualidad que va camino de la extinción, a juzgar por la relación que tiene con su marido. El repertorio de miradas de la protagonista es un mundo que los espectadores han de contemplar y valorar en su justa medida, porque pocas veces, solo con ellas, se ha dicho tanto en pantalla. La interpretación de Aline Küppenheim, a quien veo por primera vez en pantalla, me ha recordado a aquellas esposas burguesas de las películas de Antonioni, de Rossellini, de Fellini, recluidas en un espacio reducido en el que se ahogan. La aventura de la protagonista va mucho más allá de la caridad y del deseo, y solo es consciente de ello cuando se siente cercada, vigilada y amenazada por las mismas fuerzas que garantizan su elevada posición social. A este respecto, es muy ilustrativa la conversación que tienen en el barco en el que pasean.

          Está claro que el reparto en su conjunto brilla a un nivel extraordinario, y no quiero pasar por alto la parda en un bar muy modesto en el que tiene un diálogo muy tenso con un parroquiano, interpretado por Germán de Silva, cuya profesión es la de buzo. La atmósfera lograda en esa secuencia es ultrapropia de la película de terror en la que está a punto de incurrir la película. Ahí, por ejemplo, es donde descubro que el «completo» que le pide al camarero es lo que nosotros llamamos un frankfurt, por ejemplo. Y esto me viene de perlas para elogiar la puesta en escena en todos los momentos de la historia, porque son muchos ambientes distintos los que aparecen, y cada uno de ellos tiene una dimensión específica que redondea la producción, y todos ellos plasmados con una fotografía de pimerísima calidad.

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