La represión del pinochetismo en Chile desde los ojos de la clase alta.
Título original: 1976
Año: 2022
Duración: 94 min.
País: Chile
Dirección: Manuela Martelli
Guion: Manuela Martelli,
Alejandra Moffat
Reparto: Aline Küppenheim; Nicolás
Sepúlveda; Hugo Medina; Alejandro Goic; Antonia Zegers; Carmen Gloria Martínez;
Marcial Tagle; Amalia Kassai; Gabriel Urzúa; Mauricio Pesutic; Ernesto
Meléndez; Graciela Tenenbaum; Mora Recalde; Elvis Fuentes; Francisco Ossa; Germán
de Silva.
Música: Mariá Portugal
Fotografía: Soledad
Rodríguez.
Como no se puede
estar en todos los frentes, la actualidad, las obras maestras, los clásicos de
la época muda, el llamado cine étnico, las rarezas, etc., ¡qué bien viene poder
disponer de plataformas cinematográficas donde te aparecen, de repente, películas
que ni siquiera te imaginabas que existiesen, porque el cine no es mi monomanía,
sino una más de las plurales historias de mi pasión por las artes, aunque es
cierto que le dedico muchísimo más tiempo a esta que a otras.
1976 es
una cifra, pero para quienes vivieron como un mazazo de la Historia el golpe de
Estado en Chile, y la muerte de Salvador Allende, de Víctor Jara y de tanta
gente de demasiada buena fe, es un resumen sociológico, la cifra de un estado
totalitario, policiaco, que controla las vidas y haciendas de la población y
distingue a las personas entre «subversivos» y «gente de orden». ¿Qué sucede
cuando, por la ayuda que una mujer de la burguesía dominante presta en una
parroquia, una persona del segundo grupo se convierte en protectora de otra del
primero? 1976 es la respuesta.
La acción
transcurre durante las vacaciones de invierno, en la casa de la playa de un
matrimonio acomodado, él es cirujano, ella gobierna su casa y hace obras de
caridad, amén de ayudar a su hija con los nietos; una casa en obras que se han
de acabar antes de que lleguen los invitados, y, de hecho, la película comienza
con la señora probando mezclas de colores en una droguería para llevarse los
botes con los que pintar algunas paredes del salón, cuyo diseño incluye una
atrevida piscina interior donde nadan peces de acuario. Mientras compra las
pinturas, se oye un disparo en la calle y el mozo se apresura, después de que
la mujer se haya acercado a la puerta para ver de qué se trata, en bajar la
persiana metálica, porque, y eso lo intuimos, acaban de «cazar» a un
subversivo, dado que está vigente un toque de queda, lo cual va a complicar,
ciertamente, la deriva de la benefactora acción de la protagonista, quien se
encarga de cuidar a un hombre joven, un subversivo, herido de bala en una
pierna.
Por encargo
del cura, la mujer se irá convirtiendo, poco a poco, en el enlace entre el
herido y sus compañeros de lucha para ser transportado de la casa del cura a un
lugar seguro, porque al cura le preocupa que pueda ser descubierto, lo que implicaría,
acaso, a su provecta edad, ser trasladado a otra parroquia o expulsado del
sacerdocio. Es entonces cuando, de una manera muy sutil, la mujer comienza a
vislumbrar el peligro al que se expone y al que expone a toda su familia, que
lo ignora absolutamente todo de sus andanzas medianeras.
Lo esencial de
la película es el modo como la mujer, con una actuación memorable, llena de
delicadeza y naturalidad, se va involucrando en la suerte de un subversivo de
quien lo ignora todo, y viceversa, porque ella recibe el nombre en clave de
Cleopatra, lo que da pie a algún brote de humor de los que hay en la película,
pero sometidos a un control extraordinario, dado que es el aire de historia
policiaca el que predomina en la historia. La señora burguesa que ayuda a un
subversivo es, en 1976, una transgresión casi equivalente a la de ignorar el
precepto constitucional de presentar Presupuestos en una democracia, de ahí que
la entrada en los procedimientos de la clandestinidad de la protagonista vayan
acompañados de la sospecha de estar siendo vigilada, algo que se explicita
cuando encuentra el coche abierto y revueltos los papeles de la guantera. A
partir de ahí, no le entra el miedo el cuerpo, sino que se le triplica, porque
desde su primer contacto con otros miembros de la subversión, vive sin vivir en
ella, y muy preocupada de que su marido u otros miembros de la familia lleguen
a darse cuenta de sus «andanzas». Al margen de la aventura «política», la ya
abuela protagonista, que sigue siendo una mujer de magnifica presencia, con una
distinción propia de la persona de buen gusto, intercambia miradas con uno de
los albañiles que acaban la obra llenas de un deseo que no progresa, aunque
bien podrían considerarse de prevención por si supiera algo de sus movimientos,
pero en la medida en que el hermoso joven subversivo aparece ante ella como un
perfeto Adonis, a quien ella lava y asea sin que derive en ningún momento hacia
la sensualidad, me inclino a pensar que hay una suerte de canto de cisne de una
sexualidad que va camino de la extinción, a juzgar por la relación que tiene
con su marido. El repertorio de miradas de la protagonista es un mundo que los
espectadores han de contemplar y valorar en su justa medida, porque pocas veces,
solo con ellas, se ha dicho tanto en pantalla. La interpretación de Aline
Küppenheim, a quien veo por primera vez en pantalla, me ha recordado a aquellas
esposas burguesas de las películas de Antonioni, de Rossellini, de Fellini,
recluidas en un espacio reducido en el que se ahogan. La aventura de la
protagonista va mucho más allá de la caridad y del deseo, y solo es consciente
de ello cuando se siente cercada, vigilada y amenazada por las mismas fuerzas
que garantizan su elevada posición social. A este respecto, es muy ilustrativa
la conversación que tienen en el barco en el que pasean.
Está claro que
el reparto en su conjunto brilla a un nivel extraordinario, y no quiero pasar
por alto la parda en un bar muy modesto en el que tiene un diálogo muy tenso
con un parroquiano, interpretado por Germán de Silva, cuya profesión es la de buzo.
La atmósfera lograda en esa secuencia es ultrapropia de la película de terror
en la que está a punto de incurrir la película. Ahí, por ejemplo, es donde
descubro que el «completo» que le pide al camarero es lo que nosotros llamamos
un frankfurt, por ejemplo. Y esto me viene de perlas para elogiar la
puesta en escena en todos los momentos de la historia, porque son muchos
ambientes distintos los que aparecen, y cada uno de ellos tiene una dimensión
específica que redondea la producción, y todos ellos plasmados con una
fotografía de pimerísima calidad.

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