lunes, 8 de junio de 2026

«La luz», de Fernando Franco, sobre la pederastia eclesiástica.

La devastación de las víctimas y el desmoronamiento del agresor: dos dramas desiguales, y una solo depravacion original: la pederastia.

 

Título original: La luz

Año: 2026

Duración: 118 min.

País: España

Dirección: Fernando Franco

Guion: Fernando Franco

Reparto: Alberto San Juan; Pedro Casablanc; Miguel Rellán; María Galiana; Luis Callejo; Ramón Barea; Pablo Gómez-Pando; Nacho Sánchez: Santiago Mayorga; Antonio Zafra; Itziar Aizpuru; Iñigo de la Iglesia; Carolina Montoya.

Música: Maite Arroitajauregi

Fotografía: Santiago Racaj.

 

          No es casual que la penúltima película de Fernando Franco, autor de La herida, un drama sobre el trastorno que te deja hundido en la butaca, se titule Subsuelo y la última La luz. Hay en las circunstancias de las dos últimas una suerte de continuidad que nos lleva de la depravación inconfesable entre dos hermanos gemelos a la búsqueda desesperada de una redención por los abusos sexuales cometidos contra tres niños durante el tiempo en que el sacerdote fue profesor en un colegio.

          Se estrena La luz coincidiendo con la visita del papa León xiv a España, viaje en el que, solo tras los preceptivos estira y afloja, se entrevistará con alguna asociación de víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia católica, sin duda para afirmar la solidaridad con esas víctimas, prometerles reparación, condenar los hechos y correr el famoso «tupido velo» con que tan a menudo se resuelven estos casos. Vaya por delante que La luz no tiene nada que ver con El club, la excelentísima película de Pablo Larraín que retrata la vida enclaustrada y alejada del mundo de los ofensores, castigados por las autoridades eclesiásticas. La película de Franco discurre por otros cauces, pero no menos interesantes, porque nos acercamos a una historia individual, la de Manuel —y recordemos que en la terminología cristiana Emmanuel («Dios con nosotros») es, también, el nombre de Cristo— y la peripecia que sigue su petición de ser dispensado de sus votos para recuperar su vida civil. A esa historia intimista ajusta milimétricamente Franco la puesta en escena, muy conseguida, dada la austeridad de las vidas de los sacerdotes encargados de una parroquia.

          La narración de la película sigue, hasta cierto punto, la herencia kafkiana del acusado que ignora su condición de acusado y quiere indagar de qué se le acusa, aunque, en este caso, lo que no ignora es cuál es el delito cometido, porque fue trasladado a una diócesis lejana como castigo, y aunque, como no tarda en confesar ante sus superiores, lleva diez años tratándose farmacológica y psicológicamente para no reincidir en la pederastia que ha marcado su vida. Así que sabemos que ha sido denunciado, de lo cual se entera cuando el director del colegio donde trabajó se lo revela, sin poder añadir más información, y requiriéndole que abandone las instalaciones el colegio como el apestado por el que se le tiene, todo el afán de Maue será entrevistarse con los tres niños de los que abusó para mostrarles su sincero arrepentimiento y pedirles el perdón que alivie su torturada conciencia. Como vemos, el hecho de que la película se centre en el abusador, quien sufre un proceso profundo de arrepentimiento y ansía la exculpación, aunque la sufra como un martirio, porque está dispuesto a ir a la cárcel y penar o que haga falta, escoge un protagonismo, el del sacerdote, que, sin eclipsar el drama de las víctimas, no acaba de integrarlas en la narración con la dimensión que a mi juicio merecen. Ese es el gran peligro de la película, valiente, decidida, abierta, desafiante; pero muy cerca de confundir cuál es el verdadero drama, el de las víctimas, ante el del victimario que ansía liberarse de la pesada losa de un pasado criminal, porque es terrible el destino de al menos dos de las víctimas, porque otra ha logrado, parece, superar aquel episodio traumático de la niñez. La secuencia en la consulta del dentista, una de las víctimas, sí que manifiesta de un modo extraordinario lo que supone la vigencia de un trauma del pasado, así que lee en la ficha médica el nombre del abusador. Tanto Pablo Gómez-Pando como Nacho Sánchez —inolvidable protagonista de Mantícora y con un destacadísimo papel en Subsuelo— brillan en sus secuencias respectivas y nos ofrecen momentos muy intensos psicológicamente. Frente a ellos, el perdón deseado de su abusador, Manuel, parece una transacción comercial, una suerte de ajuste de cuentas para descansar en paz, algo que, a medida que avanza la historia se convierte en su único afán.

          Si esas dos interpretaciones de las víctimas pone la carne de gallina, el equívoco, acaso deseado, de la película, la expiación del agresor, llevada a sus últimas consecuencias, denuncia pública de sus crímenes incluida, ante sus feligreses, y posteriormente difundidas por la prensa, como siguiendo el modelo crístico de la pasión, nos sitúa ante lo que puede ser considerado un acto inusual: la asunción pública de su nefando pecado y el inicio de una lucha social por la transparencia en la Iglesia que le enajenará el favor de sus superiores jerárquicos y lo acercará a la equivoca empatía que se busca despertar en los espectadores hacia él. No digo que sus esfuerzos por atajar la corrupción no la merezca, ciertamente, como le dice su madre: «No entendimos (ella y la hermana de Manuel) lo que hiciste, pero entendemos lo que haces ahora».

          No voy a desvelar algunos datos propios e la trama que explican el giro de los acontecimientos, y mucho menos el desenlace, que se reviste con los ropajes de la hipocresía más tradicional y rancia, pero sí quiero dejar constancia de que estamos en presencia de una película intimista en la que una realidad devastadora se enfoca desde muchas perspectivas que una veces entran en conflicto y otras constituyen callejones sin salida que no nos dejan ninguna salida. Las interpretaciones brillan a gran altura y, sobre todo, el papel de Alberto San Juan, acaso uno de los mejores de una carrera llena de ellos, y solo hay que recordar el de La cena, de Manuel Gómez Pereira, único que se salva del naufragio general de la película. En este cura atormentado que quiere iniciar una nueva vida y se encuentra, como en una delirante pesadilla, con un pasado que vuelve para pasarle las cuentas de sus atrocidades, ha hallado San Juan todos los matices de una interpretación que no descuida, en ningún momento, los matices de una personalidad compleja, que cuida con mimo su acicalamiento, que mira con dejes de viejas tentaciones a los niños en la calle o que cuida con mimo la relación con un joven con quien quiere iniciar una nueva vida, todo ello sin desatender sus labores parroquiales con la complicidad de quien atiende a sus feligreses y ha sabido granjearse su confianza e incluso su admiración. Todo ello sabe expresarlo San Juan a la perfección, muy dueño de todos los registros que nos permiten transitar por el vía crucis en que se convertirá su vida, una vez que la denuncia en sede judicial parece haberlo exigido para que sea cabeza de turco que relaje la presión social sobre la Institución. Lo que es impagable es el modo como se contempla desde dentro el tratamiento de una realidad hiriente que se tiende a minusvalorar, cuando no a negar. Se trata de un repertorio de comportamientos que son sobradamente conocidos, aunque el conocimiento popular no atenúa el clamor social contra tan aberrantes prácticas.

          ¡Ojalá León xiv, desvestido de su pompa, y vestido de calle, para no llamar la atención, se atreviera a ir al cine, sacar una entrada y ver la película! Las víctimas lo merecen.


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