Título original: Persépolis
Año: 2007
Duración: 95 min.
País: Francia
Dirección: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud
Guion: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud. Cómic: Marjane Satrapi
Reparto: Voces de: Chiara Mastroianni; Catherine Deneuve; Danielle Darrieux: Simon Abkarian: Gabrielle Lopes Benites.
Música: Olivier Bernet
Fotografía: Animación.
Título original: Mamlaket Al-Qasabaka
Año: 2025
Duración: 105 min.
País: Irak
Dirección: Hasan Hadi
Guion: Hasan Hadi
Reparto: Baneen Ahmad Nayyef;
Sajad Mohamad Qasem; Waheed Thabet Khreibat; Rahim AlHaj; Muthanna Malaghi;
Ahmad Qasem Saywan; Maytham Mreidi; Thaer Salem; Ali Khalaf; Fatima Abouharoon;
Mahmoud Mazen Lazen; Aqeel Wadi; Mohammed Rheimeh.
Fotografía: Tudor Vladimir
Panduru.
Dos notables óperas primas: cine político y autobiográfico de animación y el color del neorrealismo del siglo xxi.
Se ha dado la
triste circunstancia de la muerte de la autora de la novela gráfica Persépolis,
llevada por ella misma al cine de animación con idéntico título para que viera
una película sobre la que siempre había oído hablar muy bien pero que, por
razones ignotas, del orden de los caprichos de Azar, aún no había visto. He de
añadir que una muerte tan inesperada, tras el fallecimiento del hombre con
quien había compartido unos treinta años de vida, ha añadido un plus de interés
para ver la película. Se trata de la historia de su vida y, en ese sentido, la
obra se ha de considerar como lo que es, una autobiografía, en la que hay no
pocos aspectos que nos chocan, como, sobre todo, la caída en la indigencia, de
la que sale regresando, gracias a la financiación de sus padres, al Irán natal
donde va a sufrir un violento choque moral y político, tras haber vivido las
libertades absolutas de una democracia occidental en Viena. El contraste
permanente entre dichas libertades y la terrible represión, sobre todo contra
las mujeres, propias del régimen teocrático de los ayatolás, articulará la
película, pero no podemos perder de vita el rico mundo de inspiración liberal
que conforma su familia en Irán, una familia que la apoya para que ella se
forme en el extranjero y que la acoge de vuelta, aunque tiemble cuando ella
decide convertirse en «activista» contra el Régimen. Como cine de animación se
ha de considerar si el estilismo de la novela gráfica se refleja o no adecuadamente
en la pantalla, y me parece que sí, porque estamos ante un tipo de dibujo muy
personal que saca un rendimiento espectacular de sus posibilidades. La puesta
en escena, que juega con el claroscuro constantemente, así como con planos que
nos ofrecen perspectivas insólitas, consigue meternos de lleno en la narración
y «vivirlo» todo con notable intensidad. El cine iraní, magnífico y con
excelentes realizadores que han filmado obras maestras, tiene su correlato en
esta animación que acentúa las sombras terribles del Régimen teocrático que se
impone tras las revueltas contra el Sah, cuando todos los manifestantes que
luchaban para derrocarlo no se podían n imaginar el régimen satánico que se les
echaba encima y contra el que acabará tomando partido la concienciada
protagonista de Persépolis. Muy poco después de hacerse con el poder,
los ayatolas inician una guerra contra el Irak de Sadam Hussein, porque el
ayatolá Jomeini quiso potenciar a la minoría chií de Irak para lograr la implantación
de una República islámica, mientras que Hussein se apoyaba en la mayoría suní
para contrarrestar esa influencia, por lo que, en cierto modo, hubo, también,
una guerra religiosa larvada en Irak, promovida por Irán. El conflicto duró
ocho años y arrojó un balance de muertos que superaba el medio millón de
personas. La acción de la ópera prima de Hasan Hadi transcurre en 1987, cuando
se festeja el quincuagésimo aniversario del dictador Sadam Hussein. Y este
breve apunte histórico nos sirve de transición para hablar de la película de
Hadi, que ha recibido muy buenas críticas, aunque la película, en términos
generales muy notable, tiene algunos fallos en el guion que rebajan algo el
acabado final de la obra.
La tarta
del presidente es una película de corte neorrealista que transcurre en un
estado sumido en una guerra con Irán y que nos ofrece una estructura social
realmente deprimente, nada que ver con la sociedad iraní que, hasta la llegada
del antidemócrata islamista Jomeini, ofrecía una estructuración social muy
occidentalizada, por más que el poder autocrático de la dinastía Palevi
ejerciera un férreo control de la sociedad para evitar cualquier tipo de
oposición. Las libertades de sus habitantes eran claramente mayores que las de
la sociedad árabe de Irak. Recordemos que los iraníes son musulmanes, pero no
árabes.
El pretexto
argumental de la película de Hadi puede parecer excesivamente nimio: en una escuela,
por sorteo, a la protagonista, Lamia, le toca elaborar una tarta en homenaje al
presidente, mientras que a su amigo Saeed le toca llevar algunas frutas. Lamia
vive con su abuela en una choza situada en las marismas de Mesopotamia, un
ecosistema en la confluencia e los ríos Tigris y Éufrates, de poderosas
resonancias bíblicas para las religiones del Libro, pues por esa latitud se
ubica en la Biblia el Paraíso terrenal. No es precisamente un paraíso donde
vive Lamia con su abuela, porque son, literalmente, pobres de solemnidad, pero
la belleza de esos parajes y la necesidad de desplazarse en ese medio con unas
barcazas que la protagonista usa para incluso para ir a la escuela es
espectacular. En ese espacio se consiguen secuencias tan hermosas que quieren
servir de contraste, a pesar de la humildad de las moradas en chozas de cañas
sobre los humedales, con la degradación absoluta de la capital, Bagdad, que se
nos muestra como una suerte de laberinto adverso en el que la pequeña Lamia vivirá
una aventura, propiamente una odisea, para conseguir los ingredientes del
pastel, algo difícil por la carencia de alimentos que sufre el país, inmerso en
la guerra con Irán. Y alguna escena hay en que vemos un ataque aéreo de la fuerza
aérea de Irán. La abuela, Bibi, va a la capital, con diferente intención que su
nieta. Antes, para reafirmar la mezcla de costumbrismo y drama, nieta y abuela
son llevadas a Bagdad en el coche de un repartidor de Correos, al que acompaña
un amigo cuya historia, dramática, pone la risa en los acompañantes y en los
espectadores, como una excelente muestra del mejor humor negro, que tiene
carácter universal. Cuando llegan a Bagdad, Bibi lleva a Lamia a un restaurante
donde la abuela quiere «colocar» a la niña, «la mas inteligente de su clase»,
en la que desde fuera intuimos que se trata de una «venta» acuciada por su mala
salud y el presentimiento de que no anda lejos de su muerte. La niña,
inteligente como es, y eso se trasluce en su penetrante mirada, se huele el
percal del trato y sale huyendo del local, para desesperación de su Bibi, quien
inicia una búsqueda de la nieta que la llevará a la policía, donde exige, con
la autoridad que le da su extrema vejez —su rostro es una hermosa sinfonía de
las arrugas que el Tiempo ha esculpido
en su faz— , que la busquen y la encuentren. Ha ido allí acompañada por el
funcionario de Correos, quien promete a la abuela que buscará a su nieta hasta encontrarla
para devolvérsela.
Desde ese
momento, la niña, en compañía de su amigo Saeed, inicia el periplo de
acontecimientos relacionados con la compra de la harina, el azúcar, los huevos y
la levadura para poder cocinar el pastel que le ha encargado el profesor. El
retrato social que nos brinda el director es el de una sociedad sin cohesión
alguna, llena de desaprensivos, de miseria y de una policía corrupta que está
más pendiente de la celebración del cumpleaños del dictador, como todo el país.
La picaresca, su amigo Saeed es hijo de un cojo para quien trabaja hurtando dinero a quienes se recrean en la feria, no tarda en manifestarse
también a través de la pobre niña, a quienes dos sinvergüenzas estafan el
dinero honrado que han sacado de la venta del reló del padre de Lamia para poder
comprar los ingredientes. La película progresa en una espiral de sucesos entre
los que no falta una de un tinte tan oscuro y pervertido que nos mete el
espanto en el cuerpo solo de imaginar que llegue a producirse como, a buen
seguro, debía de ocurrir en la realidad no cinematografiada.
Dada la
deprimente realidad retratada, sorprende que tanto Laia como Saeed no
despierten críticamente a una mínima reflexión sobre la estructura de poder
medieval que se sustenta en la autocracia todopoderosa del presidente cuyo
aniversario todos festejan, alumnos incluidos, a los gritos de «¡Con nuestra
sangre y con nuestra alma, nos sacrificaremos por ti, Sadam!». Cuesta creer que
tantas adversidades como las sufridas en la capital, donde Lamia vive momentos
trascendentales no dejen estos poso ninguno en su despierta mente infantil,
algo que no le ocurre a la protagonista de Persépolis, quien distingue
nítidamente entre las libertades y la represión teocrática de los ayatolás,
pero son edades diferentes y, también, sociedades muy distintas.
A título de
curiosidad, porque me llamó mucho la atención la escena en la película, la niña
entra en una mezquita en la que, siendo niña, comparte el espacio con hombres,
algo prohibidísimo en el Islam. Se trata, al parecer, de una variante del
islam, propia de las marismas donde vive Lamia, llamada «mandaeos».


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