miércoles, 10 de junio de 2026

«Persépolis» y «La tarta del presidente», los dos lados totalitarios de un conflicto bélico atroz.

 

Título original: Persépolis

Año: 2007

Duración: 95 min.

País:  Francia

Dirección: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud

Guion: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud. Cómic: Marjane Satrapi

Reparto: Voces de: Chiara Mastroianni; Catherine Deneuve; Danielle Darrieux: Simon Abkarian: Gabrielle Lopes Benites.

Música: Olivier Bernet

Fotografía: Animación.


 








Título original: Mamlaket Al-Qasabaka

Año: 2025

Duración: 105 min.

País: Irak

Dirección: Hasan Hadi

Guion: Hasan Hadi

Reparto: Baneen Ahmad Nayyef; Sajad Mohamad Qasem; Waheed Thabet Khreibat; Rahim AlHaj; Muthanna Malaghi; Ahmad Qasem Saywan; Maytham Mreidi; Thaer Salem; Ali Khalaf; Fatima Abouharoon; Mahmoud Mazen Lazen; Aqeel Wadi; Mohammed Rheimeh.

Fotografía: Tudor Vladimir Panduru.

 

         Dos notables óperas primas: cine político y autobiográfico de animación y el color del neorrealismo del siglo xxi.


            Se ha dado la triste circunstancia de la muerte de la autora de la novela gráfica Persépolis, llevada por ella misma al cine de animación con idéntico título para que viera una película sobre la que siempre había oído hablar muy bien pero que, por razones ignotas, del orden de los caprichos de Azar, aún no había visto. He de añadir que una muerte tan inesperada, tras el fallecimiento del hombre con quien había compartido unos treinta años de vida, ha añadido un plus de interés para ver la película. Se trata de la historia de su vida y, en ese sentido, la obra se ha de considerar como lo que es, una autobiografía, en la que hay no pocos aspectos que nos chocan, como, sobre todo, la caída en la indigencia, de la que sale regresando, gracias a la financiación de sus padres, al Irán natal donde va a sufrir un violento choque moral y político, tras haber vivido las libertades absolutas de una democracia occidental en Viena. El contraste permanente entre dichas libertades y la terrible represión, sobre todo contra las mujeres, propias del régimen teocrático de los ayatolás, articulará la película, pero no podemos perder de vita el rico mundo de inspiración liberal que conforma su familia en Irán, una familia que la apoya para que ella se forme en el extranjero y que la acoge de vuelta, aunque tiemble cuando ella decide convertirse en «activista» contra el Régimen. Como cine de animación se ha de considerar si el estilismo de la novela gráfica se refleja o no adecuadamente en la pantalla, y me parece que sí, porque estamos ante un tipo de dibujo muy personal que saca un rendimiento espectacular de sus posibilidades. La puesta en escena, que juega con el claroscuro constantemente, así como con planos que nos ofrecen perspectivas insólitas, consigue meternos de lleno en la narración y «vivirlo» todo con notable intensidad. El cine iraní, magnífico y con excelentes realizadores que han filmado obras maestras, tiene su correlato en esta animación que acentúa las sombras terribles del Régimen teocrático que se impone tras las revueltas contra el Sah, cuando todos los manifestantes que luchaban para derrocarlo no se podían n imaginar el régimen satánico que se les echaba encima y contra el que acabará tomando partido la concienciada protagonista de Persépolis. Muy poco después de hacerse con el poder, los ayatolas inician una guerra contra el Irak de Sadam Hussein, porque el ayatolá Jomeini quiso potenciar a la minoría chií de Irak para lograr la implantación de una República islámica, mientras que Hussein se apoyaba en la mayoría suní para contrarrestar esa influencia, por lo que, en cierto modo, hubo, también, una guerra religiosa larvada en Irak, promovida por Irán. El conflicto duró ocho años y arrojó un balance de muertos que superaba el medio millón de personas. La acción de la ópera prima de Hasan Hadi transcurre en 1987, cuando se festeja el quincuagésimo aniversario del dictador Sadam Hussein. Y este breve apunte histórico nos sirve de transición para hablar de la película de Hadi, que ha recibido muy buenas críticas, aunque la película, en términos generales muy notable, tiene algunos fallos en el guion que rebajan algo el acabado final de la obra.

          La tarta del presidente es una película de corte neorrealista que transcurre en un estado sumido en una guerra con Irán y que nos ofrece una estructura social realmente deprimente, nada que ver con la sociedad iraní que, hasta la llegada del antidemócrata islamista Jomeini, ofrecía una estructuración social muy occidentalizada, por más que el poder autocrático de la dinastía Palevi ejerciera un férreo control de la sociedad para evitar cualquier tipo de oposición. Las libertades de sus habitantes eran claramente mayores que las de la sociedad árabe de Irak. Recordemos que los iraníes son musulmanes, pero no árabes.

          El pretexto argumental de la película de Hadi puede parecer excesivamente nimio: en una escuela, por sorteo, a la protagonista, Lamia, le toca elaborar una tarta en homenaje al presidente, mientras que a su amigo Saeed le toca llevar algunas frutas. Lamia vive con su abuela en una choza situada en las marismas de Mesopotamia, un ecosistema en la confluencia e los ríos Tigris y Éufrates, de poderosas resonancias bíblicas para las religiones del Libro, pues por esa latitud se ubica en la Biblia el Paraíso terrenal. No es precisamente un paraíso donde vive Lamia con su abuela, porque son, literalmente, pobres de solemnidad, pero la belleza de esos parajes y la necesidad de desplazarse en ese medio con unas barcazas que la protagonista usa para incluso para ir a la escuela es espectacular. En ese espacio se consiguen secuencias tan hermosas que quieren servir de contraste, a pesar de la humildad de las moradas en chozas de cañas sobre los humedales, con la degradación absoluta de la capital, Bagdad, que se nos muestra como una suerte de laberinto adverso en el que la pequeña Lamia vivirá una aventura, propiamente una odisea, para conseguir los ingredientes del pastel, algo difícil por la carencia de alimentos que sufre el país, inmerso en la guerra con Irán. Y alguna escena hay en que vemos un ataque aéreo de la fuerza aérea de Irán. La abuela, Bibi, va a la capital, con diferente intención que su nieta. Antes, para reafirmar la mezcla de costumbrismo y drama, nieta y abuela son llevadas a Bagdad en el coche de un repartidor de Correos, al que acompaña un amigo cuya historia, dramática, pone la risa en los acompañantes y en los espectadores, como una excelente muestra del mejor humor negro, que tiene carácter universal. Cuando llegan a Bagdad, Bibi lleva a Lamia a un restaurante donde la abuela quiere «colocar» a la niña, «la mas inteligente de su clase», en la que desde fuera intuimos que se trata de una «venta» acuciada por su mala salud y el presentimiento de que no anda lejos de su muerte. La niña, inteligente como es, y eso se trasluce en su penetrante mirada, se huele el percal del trato y sale huyendo del local, para desesperación de su Bibi, quien inicia una búsqueda de la nieta que la llevará a la policía, donde exige, con la autoridad que le da su extrema vejez —su rostro es una hermosa sinfonía de las arrugas que el Tiempo ha  esculpido en su faz— , que la busquen y la encuentren. Ha ido allí acompañada por el funcionario de Correos, quien promete a la abuela que buscará a su nieta hasta encontrarla para devolvérsela.

          Desde ese momento, la niña, en compañía de su amigo Saeed, inicia el periplo de acontecimientos relacionados con la compra de la harina, el azúcar, los huevos y la levadura para poder cocinar el pastel que le ha encargado el profesor. El retrato social que nos brinda el director es el de una sociedad sin cohesión alguna, llena de desaprensivos, de miseria y de una policía corrupta que está más pendiente de la celebración del cumpleaños del dictador, como todo el país. La picaresca, su amigo Saeed es hijo de un cojo para quien trabaja hurtando dinero a quienes se recrean en la feria, no tarda en manifestarse también a través de la pobre niña, a quienes dos sinvergüenzas estafan el dinero honrado que han sacado de la venta del reló del padre de Lamia para poder comprar los ingredientes. La película progresa en una espiral de sucesos entre los que no falta una de un tinte tan oscuro y pervertido que nos mete el espanto en el cuerpo solo de imaginar que llegue a producirse como, a buen seguro, debía de ocurrir en la realidad no cinematografiada.

          Dada la deprimente realidad retratada, sorprende que tanto Laia como Saeed no despierten críticamente a una mínima reflexión sobre la estructura de poder medieval que se sustenta en la autocracia todopoderosa del presidente cuyo aniversario todos festejan, alumnos incluidos, a los gritos de «¡Con nuestra sangre y con nuestra alma, nos sacrificaremos por ti, Sadam!». Cuesta creer que tantas adversidades como las sufridas en la capital, donde Lamia vive momentos trascendentales no dejen estos poso ninguno en su despierta mente infantil, algo que no le ocurre a la protagonista de Persépolis, quien distingue nítidamente entre las libertades y la represión teocrática de los ayatolás, pero son edades diferentes y, también, sociedades muy distintas.

          A título de curiosidad, porque me llamó mucho la atención la escena en la película, la niña entra en una mezquita en la que, siendo niña, comparte el espacio con hombres, algo prohibidísimo en el Islam. Se trata, al parecer, de una variante del islam, propia de las marismas donde vive Lamia, llamada «mandaeos».

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