Título original: Bank
Holiday
Año: 1938
Duración: 86 min.
País. Reino Unido
Dirección: Carol Reed
Guion: Rodney Ackland, Roger Burford. Historia: Rodney Ackland, Hans
Wilhelm
Reparto: Margaret Lockwood; john Lodge; Hugh Williams; René Ray; Merle
Tottenham; Linden Travers; Wally Patch; Kathleen Harrison; Garry Marsh; Jeanne
Stuart; Wilfrid Lawson; Felix Aylmer; Michael Rennie.
Música: Charles Williams
Fotografía: Arthur Crabtree (B&W).
Título original: The Man in Grey
Año: 1943
Duración: 111 min.
País: Reino Unido
Dirección: Leslie Arliss
Guion: Margaret Kennedy, Leslie Arliss, Doreen Montgomery. Novela:
Eleanor Smith
Reparto: Phyllis Calvert: Margaret Lockwood; James Mason; Stewart
Granger; Harry Scott; Martita Hunt; Helen Haye; Beatrice Varley; Raymond Lovell;
Nora Swinburne.
Música: Cedric Mallabey
Fotografía: Arthur Crabtree
(B&W).
La extraña
mezcla del costumbrismo y el melodrama a
cargo de un magistral Carol Reed y una historia gótica de alto voltaje
emocional de la famosa productora Gainsborough Pictures.
El amor
manda es la sexta película de Carol Reed, y ya antes había tenido un gran
éxito con Kipps, basada en la obra de Wells. Aún estaba a una década de sus
obras más exitosas, El tercer hombre entre ellas, y nos sorprende en esta por
la inusual mezcla de melodrama y comedia en la misma película, logrando una
historia tan redonda que la convirtió en un gran éxito. No en vano, escogió
insertar ese melodrama en una festividad típicamente británica, la Bank
Holiday, un día festivo que cae en lunes y permite un largo fin de semana que
vacía la ciudad de Londres para desplazarse a las playas del sur, especialmente
a Brighton. El éxodo masivo en ferrocarril permite unas secuencias extraordinarias, llenas de viveza
y humor, porque la película, absolutamente coral, incluye la historia melodramática
en el marco de esa festividad. La película comienza con la espera de un hombre cuya
mujer está dando a luz. La noticia terrible es la muerte de la madre. La
enfermera encargada de comunicársela, quien ha entablado un breve contacto cordial
con el padre antes de saberse la noticia, siente inmediatamente una gran
empatía con ese hombre que, tras el mazazo, se desinteresa de la criatura y
acabará llevando a cabo un conato de suicidio. La enfermera tiene un
pretendiente con quien viaja en esa fin de semana a la costa para intimar y
confirmar una relación que acaso pueda convertirse en formal y preludiar un
inmediato matrimonio. Las intenciones de él son claras, las evasivas de ella,
auspiciadas, además, por la preocupación por el padre desesperado, manifiestas.
El tramo
sociológico de la salida festiva ocupa una buena parte del metraje de la
película, y la realidad de los londinenses ocupando las playaa para dormir en
ella, amontonados, porque los establecimientos hoteleros no dan abasto para albergar
esas muchedumbres es algo que sin duda llamará la atención de cualquier espectador
no británico. La trama se centra, además de en los protagonistas, en una
familia con tres hijos, cuyo pater familias está más pendiente de beber
en los pubs que de cuidar de los suyos, y en dos amigas, una de las cuales participa
en el concurso de misses, aunque la otra no deja de bromear sobre sus
escasas posibilidades. El ambiente festivo de la feria del Pier, el baile en en
el que la madre de familia acaba bailando con el protagonista, quien no se explica
que su pareja haya aceptado venir con él para luego mostrarse tan evasiva y
nada cómplice de un momento erótico y afectivo que puede ser trascendental para
ambos, la búsqueda desesperada de habitación en los hoteles ocupados, el
desarrollo del concurso de misses en el que, finalmente, no puede
participar la joven que cifraba en él un cambio en su vida, y que coincide con
el momento desolador en que el protagonista se entera de que su pareja ha
salido con dirección a Londres, porque intuye una gran tragedia por parte del
marido viudo, momento en que la joven aspirante cree que consolar a aquel hombre
es mucho más importante que participar en el concurso.
La historia
aún tendrá un contratiempo cómico en esa huida a Londres, porque, tras perder
el tren, acepta ser llevada por un hombre que acaba de cometer un desfalco.
Cuando son detenidos, la presencia de un policía zen que vive a cámara lenta
les complica la situación, porque quiere oír a todas las partes y decidir
serenamente qué ha de hacer y a quién o quiénes ha de privar momentáneamente de
libertad.
En conjunto, y
me abstengo de desentrañar el final, la película tiene un nivel fílmico que la
hace acreedora a ser más conocida por cualquier público. Digamos que se trata
de una mezcla afortunada de comedia de la Ealing y melodrama sirkiano, y todo
ello rodado con una atención a los detalles y a las diferentes psicologías de
los personajes que, aun siendo coral la película, logra individualizarlos para
permitirnos a los espectadores conectar con sus estados de ánimo, sus
desolaciones y sus escasas alegrías, todo sea dicho, porque, al margen de la
festividad tradicional, entre los personajes escogidos se destila una suerte de
fracaso muy distintos unos de otros, pero fracaso al fin y a cabo. Parece un
anticipo de tiempos más oscuros por venir, como serían los de la inminente
guerra y una dura posguerra.
Perfidia,
por su parte, es un melodrama sin paliativos, mezclado con un análisis de las
diferencias entre clases que nos llevarán a un insospechado desenlace. La película,
de época, fue uno de los grandes éxitos de la productora Gainsborough
Pictures, que dio a conocer no solo el cine británico, sino a actores de
tantísimo relieve en la industria como James Mason, joven y espectacular en este
papel desagradable de hombre egoísta, cruel y clasista que antepone el buen
nombre de su linaje a cualquier otro análisis de la realidad, o Stewart
Granger, además de dos clásicas estrellas del cine británico de entonces:
Margaret Lockwood, extraordinaria en Alarma en el expreso, de Hitchcock,
y Phyllis Calvert, la inolvidable protagonista, entre otras, de Mandy, del siempre reivindicable Alexander
Mackendrick. La película gira en torno a dos destinos de mujer muy distintos,
la clase baja y la baja nobleza, que coinciden en un internado de señoritas
donde ambas, sobre todo por la insistencia del personaje de Calvert, quien logrará
que el personaje altivo, orgulloso y
acomplejado que interpreta la Lockwood ceda, acabarán convertidas en amigas.
Los destinos de
ambas se separan, porque, a la que tiene la oportunidad, Hesther ―tan cerca, en
su pronunciación de hater...― se escapa y se une a un hombre con quien acaba
actuando en el teatro. Ahí conoce a Swinton, interpretando ambos Otelo, quien,
tras algunos azares, acaba convirtiéndose en el alma gemela de Clarissa, quien,
cuando vuelve a encontrarse con Hesther, por no menos azarosos caminos, la
invita a vivir con ella en su casa, para lo que pide permiso a su orgulloso y
vividor marido, Lord Rohan.
Aunque la amistad
de ambas mujeres parece sólida, el hecho de instalarse en la casa de Clarissa
va a propiciar, casi inmediatamente, un acercamiento erótico entre el marqués y
Hesther, paralelo al que experimenta Clarissa por el actor, Swinton, que se
enamora de ella y esta dispuesto a llevársela con él una vez haya recuperado
unas propiedades suyas en ultramar de las que fue injustamente desposeído. La
depravada conduta del marqués, engaño incluido con Hesther, no evita, sin
embargo, que el demonio de los celos, más por su reputación que por la de su esposa,
se lo lleve por delante y acabe enfrentado al actor.
Estamos, pues,
ante una película de sentimientos extremados y de mil peripecias que justifican
el tono más que de melodrama, de auténtico drama, porque la huida de Clarissa
está ligada al inequívoco contrato de independencia afectiva que firmó con su
marido cuando se casaron, el cual les lleva a vivir vidas distintas bajo un
mismo techo. Si a eso sumamos el profundo resentimiento y ansia de desquite que
lleva Hesther dentro y que la empujarán a comportarse de la manea más depravada
imaginable, solo a la altura de su amante y esposo de Clarissa, intuimos hacia
donde apunta un desenlace que se constituye en lo mejorcito de la película,
aunque todo lo anterior lo ha sembrado de la mejor manera posible: generando altísimas
expectativas en los espectadores. Las interpretaciones nada acartonadas de este
drama de época lo convierten en un análisis de las pasiones tremendamente
actual y estrictamente contemporáneo de cada espectador, la vea cuando lo vea,
porque ciertas psicologías perviven en el tiempo, y vienen de muy muy atrás.
Pueden cambiar las circunstancias, pero hay sentimientos y actitudes que apenas
se han modificado desde que vivimos en sociedad.
Lo mejor de
este dramón es la manifestación explícita del mal en unos personajes cuyas
actuaciones nos escandalizan y aterran, nada hay aquí atenuado ni «dulcificado»,
lo cual otorga un poder de persuasión a los personajes que redunda en beneficio
de la obra. Tratándose de una película inglesa, bien se entiende que la calidad
de la puesta en escena, al ser de época, es admirable, del mismo modo que las
interpretaciones brillan a gran altura, y en este campo quisiera destacar el
papel de una actriz secundaria excepciona: Martita Hunt, como directora del
internado, y quien ya destacara en el papel de Miss Havisham en Cadenas
rotas, de David Lean. Finalmente, quiero destacar que en este cine
británico de entre los años 30 y 50, solemos encontrar a importantes directores
en otras labores, bien como cinematografistas, montadores o ayudantes de
dirección. En estas dos, curiosamente, aparece un cinematografista que también tuvo
carrera como director: Arthur Crabtree. Llegó a dirigir hasta 21 películas y alguna
de ellas con gran éxito, pero a partir de mediados de los 50 decidió refugiarse
en la televisión. No estaría de más que alguien «visitara» la nómina de directores
británicos de aquellos años que, por lo que sea, no llegaron jamás al
reconocimiento de otros colegas suyos, y entre estos bien puede incluirse el director
de Perfidia, Leslie Arliss.
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