domingo, 5 de marzo de 2017

Entre los tópicos y contra los tabúes: “Moonlight”, de Barry Jenkins, estilizada versión de un déjà-vu.




Homenaje al padre adoptivo: Moonlight, de Barry Jenkins, o del bullying homofóbico con el empaque narrativo de Boyhood.

Título original: Moonlight
Año: 2016
Duración: 111 min.
País: Estados Unidos
Director: Barry Jenkins
Guion: Barry Jenkins (Historia: Tarell Alvin McCraney)
Música: Nicholas Britell
Fotografía: James Laxton
Reparto: Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Ashton Sanders, André Holland, Alex R. Hibbert, Janelle Monáe, Jharrel Jerome, Shariff Earp, Duan Sanderson, Edson Jean.


Sale el espectador de Moonlight con la sensación de haber visto ya cuanto se le ha contado, tanto por el fondo como por la forma, la historia de la extrañeza del joven sensible y homosexual que se enfrente al mundo desde la desconfianza de quien se siente extraño a códigos, normas e incluso leyes que lo marginan. Todo ello, además, en un ambiente de degradación en un suburbio de Miami en el que el único referente familiar del niño protagonista es una madre adicta a las drogas y al cambio de acompañantes masculinos. La película está divida en tres partes bien diferenciadas cronológicamente: la infancia, la adolescencia y la madurez. El acierto de reparto ha sido fundamental para mantener el hilo narrativo, la atmósfera y la tensión introspectiva del protagonista con tres rostros que han sabido relevarse sin que echemos de menos ninguno de los rasgos que caracterizan. La misma mirada huidiza y perpleja ante sí mismo y frente a los demás la advertimos en las tres etapas vitales que se describen en la película. Se trata, creo entender, de un homenaje a los padres adoptivos o cómo actúan las leyes primitivas del determinismo afectivo y social. Las tres interpretaciones son excelentes, y brillan a un mismo nivel de calidad, si bien cada una de ellas tiene su singularidad específica, ya sea la mirada y el silencio del niño, ya la fragilidad y la ternura del adolescente, ya la falsa dureza del adulto hipermusculado que no ha superado aún la historia inconclusa y trágicamente quebrada de su primer amor homosexual.  A su manera, la homosexualidad entre los negros aquí descrita, y con un personaje en las antípodas de la fragilidad del amaneramiento gay, sería equivalente a lo que supuso el amor masculino entre los recios vaqueros solitarios de Brokeback Mountain: una voladura controlada de los más rancios tópicos y arraigados tabúes de una sociedad poco dispuesta a acoger valores que se aparten de lo tradicionalmente aceptado, esto es, como si, en su momento, el John Shaft interpretado por Richard Roundtree, en Shaft, hubiera sido, y así se manifestara explícitamente en la película, homosexual. En este sentido, la película aún puede ser considerada como una película militante por el reconocimiento a los derechos de la comunidad homosexual, por más que la historia en modo alguno sea un pretexto, sino una modélica narración en tres tiempos de una vida singular en la que el hijo adoptivo acaba siguiendo los pasos del padre que, un buen día, se tropezó con él en el sitio menos inesperado, para bien de ambos. Relacionaba la película con Boyhood no solo por la continuidad narrativa de la cinta, que enlaza perfectamente los tres momentos de la vida del protagonista, sino por el cuidado estético con que Jenkins, desde la primera huida del personaje, plasma en imágenes de sólida belleza esta historia de asunción del propio destino en un medio hostil. Abundan, en una historia tan intimista, los momentos líricos, de los que se eleva hacia la serenidad del espacio incluso el propio título, tan definitorio de la sensibilidad del personaje. Resulta difícil soslayar la empatía que busca captar en los espectadores la historia del joven amante que ha de hacer frente no tanto al medio adverso que tan duramente lo castiga, de acuerdo con las salvajes leyes sociales de la “normalidad”, sino a sí mismo, para ser capaz de aceptarse y sobrevivir en aquél sin perder la mínima autoestima imprescindible que exige la supervivencia. Insisto, no hay nada en la película, atendiendo a cuanto un cinéfilo ha visto y ve año tras año, que sorprenda en Moonlight, excepción hecha del modo mágico como Jenkins ha logrado captar la hiperestesia de un personaje dominado por la emoción en un medio terriblemente hostil. Para el recuerdo queda, eso sí, la lírica secuencia de la iniciación sexual del joven en una playa y el asalto que sufre a cargo de la madre, con síndrome de abstinencia, para que le dé el dinero que le da la “madre adoptiva”, de modo que pueda pillar algo de droga con la que calmarse. Dos elementos estructurales de la película son más que notables: el uso perfecto de la elipsis y el poder expresivo del silencio como rasgo definitorio de la personalidad del protagonista. No sé si el premio a Moonlight quiso ser un mensaje a Trump, pero sí es cierto que se premió una visión de la Usamérica real que poco o nada tiene que ver con la xenofobia de sus votantes y del propio malhadado presidente recién elegido, aunque cierto componente “viril” de los traficantes, tanto del padre adoptivo, como de la máscara de su sucesor, esté muy en la línea del tough thinking del presidente.

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