domingo, 10 de noviembre de 2019

«La historia de Esther Costello», de David Miller, un potente melodrama olvidado.



Anterior a El milagro de Ann Sullivan y de la mano de Jack Clayton, Un lugar en la cumbre, una visión muy diferente del caso de Helen Keller: La historia de Esther Costello o la mercadotecnia de la compasión y la caridad…

Título original: The Story of Esther Costello
Año: 1957
Duración: 103 min.
País: Reino Unido
Dirección: David Miller
Guion: Charles A. Kaufman (Novela: Nicholas Monsarrat)
Música: Georges Auric
Fotografía: Robert Krasker (B&W)
Reparto: Joan Crawford, Rossano Brazzi, Heather Sears, Lee Patterson, Ron Randell, Fay Compton, John Loder, Denis O'Dea, Sid James, Bessie Love, Robert Ayres, Maureen Delaney, Harry Hutchinson, Tony Quinn, Janina Faye.

David Miller es, hoy, un director olvidado, pero nos ha dejado películas tan interesantes como Miedo súbito, también con Joan Crawford y con Jack Palance, en un duelo interpretativo de muchos quilates. Debería haberla criticado cuando la vi, porque me pareció un thriller casi «redondo», pero tras haber visto hace unos días esta joya sorprendente, he optado por criticar esta última, aunque animo a los amantes del buen cine a pasearse con fervor por Miedo súbito, porque me lo agradecerán.
Estamos, lo anuncio desde el título, ante un melodrama, pero construido a partir de la historia de Helen Keller, en cuya vida se inspiró el novelista Nicholas Monsarrat, aunque, cuando salió la novela, la Fundación Keller sopesó llevarlo a juicio y el autor hizo todo lo posible porque la obra no se difundiera, por más que la inspiración solo afectara a la primera parte de la película, y no al desarrollo total de la acción que se aparta mucho de lo que es la historia real de Keller. A pesar de ese amedrentamiento, la novela fue adaptada al cine, producida por Jack Clayton y dirigida por David Miller, en lo que, a mi entender, constituye, para Clayton, algo así como un anticipo de lo que sería su obra cumbre, Un lugar en la cumbre, esta sí que criticada en este Ojo Cosmológico, y que se traduce, en esta película en la más que interesante segunda parte cuyo nivel crítico respecto de los fenómenos masivos de la popular charity anglosajona está a la altura del melodrama que vive la protagonista y que tanto influirá en el desenlace de la película.
Antes de que Anne Bancroft fuera aclamada por su interpretación en la película magistral sobre Hellen Keller, Joan Crawford nos dio una visión más amable del proceso de aprendizaje de una niña que se queda ciega y sorda después de un accidente en Irlanda, cuando unos niños juegan con una caja de granadas, del IRA, que han descubierto y acaba estallando. La protagonista, una acaudalada norteamericana, hija de ese pequeño poblado irlandés al que vuelve de vez en cuando, entra en contacto con la niña y le repele el trato denigrante que recibe. Decide, a partir de entonces, protegerla y llevarla a revisiones médicas a Londres para confirmar el diagnóstico. No contenta con lo que le dicen, y alentada por la primera comunicación que puede entablar con la niña, la mujer se la lleva a Usamérica para educarla en una institución para criaturas sordas y ciegas. Comienza, entonces, un proceso de superación en el que descuella la interpretación de Heather Sears en su primer papel protagonista, el siguiente sería ya en la obra de Clayton, Un lugar en la cumbre, con Laurene Harvey. Réplica perfecta a la fluida interpretación de Crawford, Heather supo expresar facialmente el mundo de reacciones de todo tipo que exigía su proceso de aprendizaje.
Cuando todo va sobre ruedas y sus diferentes apariciones en conferencias le granjean la fama y la reputación de una persona capaz de superar el difícil trauma de haber quedado ciega y sorda a causa de la explosión, aparece un hombre en la vida de la madre y su hija adoptiva que en modo alguno esperaban: se trata del marido de ella, con quien estuvo casada y con quien se reencuentra para dejarse seducir de nuevo por la ilusión de renovar lo que una vez fue un amor apasionado. Él, de origen italiano, está interpretado por un más que convincente Rossano Brazzi, quien dos años antes había cautivado a Katharine Hepburn en la más que excelente Summertime  («Locuras de verano»), de David Lean. Antes de él, otro hombre ha aparecido en la vida de la protagonista, el joven periodista que contribuye, con sus artículos, a que la vida de Esther Costello se vaya convirtiendo en un fenómeno nacional.
Justo en se momento irrumpe en su vida un creativo publicitario que diseña una campaña efectista para lograr multiplicar los ingresos para la fundación de la protagonista, que recauda dinero para ayudar a otros jóvenes en su misma situación. Hay, en este momento, una perspectiva cinematográfica de esa campaña de charity comercial que recuerda enormemente la campaña política de Ciudadano Kane, por la puesta en escena y por los propios ángulos desde los que las cámaras captan esas asistencias masivas en grandes estadios y salas, así como la ritualización de unos gestos y representaciones que pretenden «conmover» la cartera de los asistentes, más que sus corazones, aunque a veces estos y aquella se superponen en el mismo lado de la chaqueta y se confunden a qué apelan los llamamientos publicitarios. No tardamos, claro está, en percatarnos que el marido y el creativo publicitario están conchabados para sacar un jugoso beneficio de esa suerte de «chollo» con el que pueden tocar la fibra sensible de los espectadores y donantes.
De forma paralela, el marido oportunista, a quien su mujer aún se empeña en seguir dándole oportunidades para regenerarse y dedicarse íntegramente a ella, desvía, sexualmente, la atención hacia la joven, con quien convive. No arruina ninguna expectativa sobre la película revelar la sutileza con la que se narra en la película ese proceso de degeneración del marido y la creciente atracción física que le despierta la joven. En una noche de tormenta, después de que se haya quedado solo con ella, el marido finalmente la asalta, si bien una estilizada elipsis nos descubre, cuando llega la madre adoptiva a casa y descubre uno de los gemelos que le ha regalado a su marido, para hacer las paces y empezar «de nuevo» la vida en común, en la cama de la hija, quien tras el drama sufrido ha recuperado la vista y la palabra, cumpliéndose el dicho de que un clavo saca otro clavo.
A partir de esa convicción, la mujer toma una decisión sobre la que sí que no desvelo nada y la película se encamina hacia un final marcado por su condición de melodrama de muy alta calidad e interpretado al viejo etilo de Hollywood, aunque la película se rodó en Inglaterra.
A mí me ha parecido una película espléndida, llena de fuerza, y con excelentes momentos dramáticos en los que la Crawford no carga las tintas lo más mínimo, y cuya interpretación merece ser vista por todos los amantes del cine. Lo dicho, pues. No se la pierdan.

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