domingo, 31 de julio de 2022

«El político», de Robert Rossen, una radiografía del populismo.

 


El mejor cine político para descubrir la esencia del populismo actual: actores y actrices en estado de gracia y un Rossen inspiradísimo. 

Título original: All the King's Men

Año: 1949

Duración: 109 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Robert Rossen

Guion: Robert Rossen. Novela: Robert Penn Warren

Música: Louis Gruenberg, George Duning

Fotografía: Burnett Guffey (B&W)

Reparto: Broderick Crawford, Mercedes McCambridge, John Ireland, Joanne Dru, John Derek, Shepperd Strudwick, Anne Seymour, Ralph Dumke, Katherine Warren, Raymond Greenleaf, Grandon Rhodes, Walter Burke, Will Wright.

 

         Con sumo cuidado debió de ver Elia Kazan esta película antes de dirigir Un rostro en la multitud, tan soberbia como esta, y tan relacionada, porque, sea en la política, sea en los media, el triunfo y el fracaso parecen tener exigencias muy similares, sobre todo cuando la base de la historia se centra en dos personas «del pueblo», dos utopistas honestos y bien intencionados que, por unas u otras razones, acaban sucumbiendo a la dura realidad de venderse al mejor postor para sacar adelante una carrera que les permita satisfacer sus ambiciones y, en parte, sus promesas populistas a las masas a las que, en origen, pretendían representar.

         La película tiene unos encuadres que transmiten a la perfección muchas sensaciones propias de los personajes, como, al inicio, la llegada al pueblo de un periodista al que le es retenida la cámara, del mismo modo que se le ha impedido a un candidato hablar en el espacio público y repartir los folletos con su candidatura: la secuencia del periodista, el alcalde y el candidato en un espacio diminuto, abarrotado de gente, en un día de calor angustioso genera una atmósfera que significa justo lo contrario de lo que la autoridad presume: que están en el país de la democracia y la libertad de expresión, lo que demuestra devolviendo la cámara y los carteles aunque la cámara, eso sí, sin el carrete que lleva estampado el abuso de autoridad.

         La historia de un político de base que quiere acabar con las corruptelas de quienes gobiernan la localidad va evolucionando hasta que, tras perder las elecciones, el candidato, guiado por su esposa, se convierte en  abogado y deriva su ambición política a la ayuda de los demás a través de la defensa de sus derechos. Después del éxito que obtuvo como revelación cuando luchaba «por libre», y tras haber denunciado la ruina de muchos servicios públicos, el lamentable accidente en una escuela, con a muerte de varios alumnos, abre los ojos a sus vecinos y les convence de que él, el ahora abogado, era quien les decía la verdad. A partir de ese momento, el abogado se fija como objetivo la lucha para ser elegido Gobernador del estado, un puesto de auténtico poder real en Usamérica, preludio siempre de ser elegido congresista o senador y trampolín, para los más ambiciosos, hacia la Presidencia de la nación. Sin embargo, sus rivales deciden optar por él para dividir el voto en la elección y conseguir que salga elegido otro candidato. Ajustándose al programa creado por sus interesados promotores, el candidato advierte cómo se van esfumando sus opciones, hasta que se rebela contra ese juego perverso y se afirma en su compromiso con «la gente», en este caso los granjeros y agricultores como él mismo lo ha sido, y en su lucha contra «los poderosos». Por cierto, ¿le suena a alguien este simplicísimo esquema del populismo más barato, tras el resumen del año político hecho por el presidente Sánchez Castejón? Estamos, en consecuencia, ante una película política que se enfrenta desde una excelente perspectiva diacrónica -porque las elipsis funcionan que es un contento para abarcar el mayor número posible de años y «tropelías» por parte de un Gobernador que, rodeado por un equipo fiel entre los que se encuentran los dos personajes que intuyen desde el comienzo de su aventura política el final de la misma, una enamorada en la sombra, Mercedes McCambridge, de corta carrera, pero papeles extraordinarios, y John Ireland, un actor al que acaso le cuadrara el calificativo de indie, no solo por una carrera de secundario glorioso, sino por haber rodado una discreta película de título premonitorio: The Fast and the Furious.

         La película no se limita a la evolución depravada del político, sino que presta especial importancia a las complejas relaciones humanas que este tiene con su mujer, Lucy, maestra que dejó la escuela para ayudar a su marido, y a quien impulsó hasta conseguir el título de abogado, con su «consejera» y con la novia del periodista, John Ireland, que lo «descubre» para el gran público y que asiste impotente a la seducción que el vibrante discurso demagógico del político populista ha ejercido sobre ella, porque la deslumbra y se convierte en su amante, llegado incluso a traicionar a su propio hermano para salvar a su amante de una acusación penal que podría haber acabado con su carrera.

         ¿A quién debemos tan espectacular interpretación del político? Pues nada más ni nada menos que a Broderick Crawford, a quien le concedieron un Oscar por su papel de Willie Stark; un actor en racha que, al año siguiente, con Nacida ayer, de George Cukor, logró el segundo de sus dos éxitos absolutos e indiscutibles. Tuvo una larga carrera, pero nunca estuvo tan deslumbrante como en estas dos películas. En El político, Crawford encarna al político populista corrupto con una verosimilitud total. Y los espectadores vemos, como lo más natural, que sus votantes le sigan siendo fieles, porque él no se cansa de repetir que está a su servicio y en su defensa contra los poderosos. La deriva autoritaria del protagonista la narra Rossen casi como si se tratara de un documental. La película no llega a la altura de Ciudadano Kane, de Welles, pero es muy estimable en su retrato del paternalismo que fideliza a los votantes con una imagen tan próxima como distinto es el camino hacia la riqueza y la vida fácil que sigue su propia vida. La historia del hijo adoptado pone el punto melodramático a una historia que va creciendo hacia el modelo del gansterismo institucionalizado en el que, a sus correligionarios, anulado el sentido crítico, solo les queda decidir entre el «conmigo o contra mí», una lucha que, a lo largo de toda la película, encarna el periodista desde cuyo punto de vista privilegiado seguimos las andanzas de esta muestra inequívoca del más rancio de los populismos. Dada nuestra política actual, me parece un visionado muy oportuno. El título en inglés, All the King’s Men, «Todos los hombres del rey”, otorga a la historia un aire chespiriano que se pierde en la traducción española, y como un drama fatal ha de verse esta película en la que la fuerza de las pasiones más elementales tiene un protagonismo esencial. En modo alguno los 73 años pasados desde su estreno le pesan; antes al contrario: parece hecha ayer mismo… Es lo que tiene haber dirigido un «clásico».

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