sábado, 30 de agosto de 2025

«El anticuario», de Russudan Glurjidze, duras realidades del este ignoradas.


La soledad, la vivienda y la inmigración ilegal georgiana en Rusia. 

Título original: Antikvariati

Año: 2024

Duración: 132 min.

País: Georgia Georgia

Dirección: Russudan Glurjidze

Guion: Russudan Glurjidze

Reparto: Salome Demuria; Sergei Dreiden; Vladimir Daushvili; Vladimir Vdovichenkov;

Marianne Schultz; Zurab Magalashvili; Dimitri Lupol.

Música: Gia Kancheli

Fotografía: Gorka Gómez Andreu, Alexander Glurjidze.

 

          Cuarta película georgiana que critico en mi Ojo, lo cual invita a pensar que algo profundo se mueve en aquella exrepública soviética cuyas novedades cinematográficas resultan tan interesantes. Y esta, hoy, de Russudan Glurjidze, más aún, y principalmente por la labor de un artista español que va cuajando una carrera muy notable, Gorka Gómez Andreu, responsable de una fotografía que le da a la película un empaque de obra de calidad evidente en todos sus planos, pero, sobre todo, en los planos exteriores del río Neva congelado y en las panorámicas de una ciudad dominada por el río, y por la que se mueve el protagonista de la película con una fragilidad física y mental que lo convierten en el retrato de las postrimerías no solo de un ser humano, sino, todo lo da a entender, de un modelo social asociado, dada su edad, al viejo régimen soviético en el que hubo de transcurrir toda su vida, aunque estemos, sin embargo, en la Rusia del sátrapa Putin, cuyo régimen nada tiene que envidiar, policialmente, al de la anterior Rusia soviética. Que Georgia, en su idioma Sakartvelo, haya sido una de las repúblicas de la extinta URSS añade un elemento de interés muy notable a la represión de la inmigración georgiana contra la que luchan las autoridades putinescas con ardores trumpianos, porque dios los cría y ellos se emulan, el uno al otro… E invito a los espectadores que lean esta crítica a interesarse por el «problemón» independentista de Georgia: Abjasia y Osetia del Sur. 

          El esquema narrativo es bien simple: una trabajadora en un taller ilegal de reparación de muebles artísticos que le llegan de contrabando de otras repúblicas, Georgia entre ellas, tiene que buscar alojamiento en San Petersburgo, para radicarse en la ciudad como proyecto de vida. Antes de que llegue a la vivienda de un jubilado ruso a quien su único hijo nunca visita, una agente inmobiliaria le enseña el piso a una pareja de «jóvenes», así los califica, que frisan la cincuentena; visita que se tuerce cuando, finalmente, ha de comunicarles el único «inconveniente» del piso: que han de alquilarlo con el inquilino dentro. Este planteamiento da mucho de sí, y la película de Bernabé Rico, así titulada, El inconveniente, lo demuestra, si bien desde la perspectiva cómica, o tragicómica. Los últimos días de una persona metódica, amante de la ópera y la música clásica en general, celosa de sus pertenencias y de su espacio vital, que quiere que le respeten tal y como él lo conserva, sin intervenciones de mano ajena que se lo puedan, como de hecho ocurre, «desfigurar», se convierten en una morosa descripción de las postrimerías, a través, además, de un hombre enfermo, pero autónomo, y con la amenaza permanente de la demencia senil, de la desmemoria o, en última instancia, de la desorientación típica de las edades avanzadas. Hay algo de epopeya en la descripción de esa supervivencia del hombre apegado a su kéfir y celoso de su «territorio», aunque, por necesidad, haya de compartirlo con una inmigrante georgiana a quien mira desde una suerte de racismo primario que se confunde con el rechazo al «otro», esto es, a la amenaza de invasión de lo suyo propio, primero, preludio de la expulsión definitiva de su hogar.

No se trata, pues, de un personaje con el que el espectador pueda empatizar o por quien pueda sentir un mínimo de compasión, a pesar de su aparatosa decadencia, si bien no tardamos en advertir que hay algo de metafórico en su existencia, un signo premonitorio de la vieja Rusia que perece con él, y que fue la Rusia que acabó a su vez con la vieja Rusia de su atormentada historia, y no hay más que reparar en el desencuentro radical entre padre e hijo para darnos cuenta de ello.

La inmigrante, Medea, es una mujer emprendedora que dirige una empresa de restauración de antigüedades, al servicio de una persona que, y de nuevo otra metáfora…, la controla telefónicamente desde la contemplación del ojo de las cámaras de vigilancia donde trabaja Medea, a modo de Gran Hermano anónimo que salva su identidad frente a una posible redada de las fuerzas de orden para acabar con los extranjeros ilegales que trabajan en el país. Su amante georgiano está empleado en ese tráfico clandestino de muebles antiguos, pero tiene la desgracia de caer en una de las redadas que hacen imposible su reencuentro con Medea, quien había comprado la casa, incluso con el «inconveniente» para convivir en ella con él.

Quien hace su aparición en la casa, sin embargo, es el hijo del protagonista, que contempla la presencia de Medea con un doble rasero: una aventura sexual y una intrusa que puede privarle de un bien heredable. Coinciden de nuevo en la tienda y todo parece que discurra entre ellos con una cierta complicidad, hasta que revela al hijo que ha comprado la casa de su padre, lo que es recibido por este como un desafío al que está dispuesto a contestar. En ese punto la historia decae desde el punto de vista de la congruencia, porque  pasa por delante la narración del proceso de extradición de los inmigrantes ilegales, deportados en vuelos nocturnos a sus lugares de origen, en condiciones infrahumanas, llega el deshielo de la primavera y la mujer parece sustituir, con sus paseos en bicicleta, los paseos del jubilado por la orilla del imponente Neva helado.

Estamos ante una película descriptiva que, aun teniendo el marco de la represión de la inmigración ilegal en Rusia, se centra en dos personajes muy distintos, Medea y el jubilado, quienes llegan, a pesar de todo lo que los distancia, a establecer un trato cordial que sorprende a ambos, y ahí está la contemplación del curling, esa suerte de juego de petanca helada en la que se mitiga la fricción de la piedra barriendo el hielo ante ella, como emblema de una identidad nacional sin apenas espectadores, como se refleja en pantalla. La discreción de la mujer, respetuosa, no impide que, en su afán de favorecer la comodidad del anciano, se lance a una limpieza poco respetuosa de la casa y provoque un feroz enfrentamiento con el agonizante propietario. Otros significados más complejos pueden advertirse en la aparición de un armario de la familia, llevado por el hijo, y que habrá de servir como escondite para la mujer durante la irrupción de la policía en el taller y la detención de los inmigrantes que en él trabajan. Estrechamente asociado a la biografía del hijo, el armario acaba convirtiéndose en una suerte de mueble salvífico al que Medea debe su permanencia en el país.

En una película tan de «ambientes», y con una puesta en escena que homenajea la degradación, pero desde una exquisitez fotográfica, el trabajo del cinematografista español Gorka Gómez Andreu es una pieza fundamental en el acabado estético de la película, y le confiere un valor que no solo se exhibe en la descripción de los interiores, sino, sobre todo, en la dimensión fantasmagórica, y casi apocalíptica, del invierno en San Petersburgo, con ese anciano deambulando por un escenario nevado con el fondo del río y con unos planos panorámicos de inmensa belleza que nos acercan la historia a la fábula y aun hasta al mito.

Bellísima. Un poema a estrofa lenta en un marco de absoluta crueldad.   

           

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