Recreación de la ejecución de los Rosenberg y la histeria anticomunista del macartismo.
Título original: Daniel
Año: 1983
Duración: 130 min.
País: Reino Unido
Dirección: Sidney Lumet
Guion: E. L. Doctorow. Novela: E. L. Doctorow
Reparto: Timothy Hutton; Mandy Patinkin; Lindsay Crouse; Ed Asner; Ellen
Barkin; Julie Bovasso; Tovah Feldshuh; Joseph Leon; Carmen Mathews; Norman
Parker; Amanda Plummer; Lee Richardson; John Rubinstein; Colin Stinton; Peter
Friedman.
Música: Bob James
Fotografía: Andrzej
Bartkowiak.
Sidney
Lumet ha hecho siempre un cine con un alto contenido social y, algunas veces, explícitamente
político, como en este caso o en de la película que dirigió cinco años después,
Un lugar en ninguna parte. En esta, como en la presente, Sidney Lumet es
muy crítico con una suerte de compromiso político que margina la realidad
personal individual en aras de una utopía: la revolución socialista en
Usamérica. Daniel toma el título del hijo mayor del matrimonio Isaacson,
que es un trasunto de los Rosenberg, que fueron ejecutados en la silla eléctrica
por la vaga acusación de estar conspirando para facilitar datos de la bomba atómica
usamericana a la URSS, según delación del propio hermano de Ethel Rosenberg,
quien trabajó en el complejo de Los Álamos.
La
película, basada en una novela de E.L. Doctorow, cuya novela Ragtime fue
llevada al cine espléndidamente por Milos Forman, con el mismo título, narra la
historia del matrimonio Isaacson, trasunto de los Rosenberg, si bien quedan muy
veladas las acusaciones, adjudicándoselas a uno de sus camaradas, quien lo hace
para salvar su propio pellejo. La historia recrea la vida familiar de un
miembro del partido comunista volcado tanto en la actividad del partido como en
la educación de sus hijos, sobre todo del mayor, Daniel, a cuyo cuidado quedará
la hermana pequeña cuando ambos esposos sean detenidos. La estructura narrativa
es, pues, la de una indagación por parte del hijo de la causa de la detención y
la acusación que llevo a sus padres a la silla eléctrica. Acogidos primero por
una familiar que se los lleva a vivir con ella muy a su pesar, acaba
renunciando a la tutela, que pasa a un matrimonio amigo de los padres, con
quienes crecen como hijos adoptivos. La historia alterna la narración del
pasada y del presente, de los tiempos felices familiares y del presente en el
que ambos hermanos adoptan posiciones enfrentadas a costa del destino que han
de dar al dinero familiar que recibirán al cumplir la mayoría de edad. La
hermana, combativa como la familia, pretende crear una fundación que contribuya
a dinamizar la misma lucha en la que perdieron los padres su vida; Daniel,
ultraescéptico respecto de esos ideales ingenuos, lo ve como un pozo sin fondo
por donde se irá todo el dinero sin un provecho cierto. El enfrentamiento entre
ambos hermanos es total, y la hermana se burla de los estudios universitarios
de Daniel y de su «acomodo» en un sistema explotador del que se beneficia. De
hecho, la película se abre con la voz de Daniel recitando fragmentos de su
tesis doctoral sobre la lucha de la Izquierda usamericana en los años 40 y 50 y
los métodos de eliminación de los oponentes y/o disidentes. Más tarde, tras
aquel enfrentamiento filial, no tardaremos en descubrir que la hermana acaba internada
en un sanatorio mental tras un intento de suicidio, lugar de donde no volverá para
ser dueña de su vida y reanudarla.
Lumet,
a diferencia del autor, Doctorow, ha privilegiado la recreación de la vida de
los idealistas comunistas de los años 50, y ha destacado esa ola de entusiasmo religioso
de sus militantes, lo que se manifiesta en la excursión colectiva a un concierto
del cantante mítico de la izquierda, Paul Robeson, Premio Stalin de la Paz, en Peekskill, tras el que los asistentes cayeron
en una emboscada de los supremacistas blancos que atacaron sus autobuses, un
secuencia en la que el protagonista resulta salvajemente atacado por esas
hordas racistas ante la mirada perpleja de su hijo, Daniel, quien vive desde
una perplejidad constante la entrega de su padre a la ideología comunista.
En
realidad, la historia pone el acento en la búsqueda del o de los delatores de
sus padres y va alternando momentos dramáticos de la vida de los hijos, quienes
se han de despedir de sus padres en la cárcel, teniendo el convencimiento
social de que los ejecutarán y comprobando cómo el padre ha sufrido un serio
trastorno mental que viene a explicar, genéticamente, el que sufrirá
posteriormente su hija.
Hay
escenas de gran mérito, como la «explotación» propagandística de los hijos de
los Issacson, cuando son llevados en volandas sobre una multitud congregada
para protestar contra la detención de sus padres, y son exhibidos, después, en
el escenario desde donde se han lanzado las arengas pertinentes. De todo ello,
el director escoge, con buen criterio, la mirada atravesada de interrogantes del
hijo mayor como muestra de la desconexión radical entre la «causa» y la vida
corriente y moliente. De hecho, es una constante de la película la devoción
absoluta hacia los padres asesinados que experimenta la hija y los reproches por
haber sido tan abandonados por ellos que expresa Daniel. Esta claro que entre
un héroe de la revolución y un padre, Daniel hubiera escogido siempre un padre,
y ninguna explicación ideológica va a consolarlo de cuanto ha perdido. Y de ahí
la búsqueda y el interés político en estudiar la vida de sus padres, la
actividad del partido y el caso personal de su triste destino, tras la delación
correspondiente.
Las
interpretaciones brillan a gran altura, en todas las épocas de la película, y
los protagonistas niños, Ilan Mitchell-Smith y Jena Greco, realizan actuaciones
de mucho mérito. Llama la atención, frente al joven activista del presente que
es Timothy Hutton, el «investigador» cuya voz mantiene el hilo narrativo, la
actuación de un irreconocible Mandy Patinkin, como el padre Isaacson, convertido,
tiempo después, en una celebridad por su papel de Saul Berenson en la magnífica
serie Homeland. Algo más anodina
resulta la interpretación de la entonces casi desconocida Ellen Barkin, en su
tercera película, y muy convincente,
como corresponde a su reconocido prestigio, Ed Asner.
La
puesta en escena de los años cincuenta es muy apropiada, y marca perfectamente el
contraste con el presente de Daniel, de su hermana y de sus padres adoptivos,
así como el del abogado que defendió a sus padres y los amparó siempre. Bien
puede decirse que la película tiene una parte «de época», exactamente la del
macartismo, muy bien producida y llevada a la pantalla con una fotografía que
resalta ese regreso en el tiempo a una época magníficamente retratada. En eso
se ha de reconocer que la película no ha escatimado en gastos, y se nota y se
agradece.
La
evolución política del protagonista, sujeta a toda la crítica que se quiera, es
una fiel representación del carácter testimonial de ciertas actitudes vitales,
pero está claro que el derecho a manifestación es, acaso, la única vía de
expresión que tienen quienes no disponen del «cuarto poder» ni, por supuesto,
de los otros tres.
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