viernes, 29 de agosto de 2025

«Daniel», de Sidney Lumet, o el cine político con fundamento.

Recreación de la ejecución de los Rosenberg y la histeria anticomunista del macartismo. 

Título original: Daniel

Año: 1983

Duración: 130 min.

País: Reino Unido

Dirección: Sidney Lumet

Guion:  E. L. Doctorow. Novela: E. L. Doctorow

Reparto: Timothy Hutton; Mandy Patinkin; Lindsay Crouse; Ed Asner; Ellen Barkin; Julie Bovasso; Tovah Feldshuh; Joseph Leon; Carmen Mathews; Norman Parker; Amanda Plummer; Lee Richardson; John Rubinstein; Colin Stinton; Peter Friedman.

Música: Bob James

Fotografía: Andrzej Bartkowiak.

 

          Sidney Lumet ha hecho siempre un cine con un alto contenido social y, algunas veces, explícitamente político, como en este caso o en de la película que dirigió cinco años después, Un lugar en ninguna parte. En esta, como en la presente, Sidney Lumet es muy crítico con una suerte de compromiso político que margina la realidad personal individual en aras de una utopía: la revolución socialista en Usamérica. Daniel toma el título del hijo mayor del matrimonio Isaacson, que es un trasunto de los Rosenberg, que fueron ejecutados en la silla eléctrica por la vaga acusación de estar conspirando para facilitar datos de la bomba atómica usamericana a la URSS, según delación del propio hermano de Ethel Rosenberg, quien trabajó en el complejo de Los Álamos.

          La película, basada en una novela de E.L. Doctorow, cuya novela Ragtime fue llevada al cine espléndidamente por Milos Forman, con el mismo título, narra la historia del matrimonio Isaacson, trasunto de los Rosenberg, si bien quedan muy veladas las acusaciones, adjudicándoselas a uno de sus camaradas, quien lo hace para salvar su propio pellejo. La historia recrea la vida familiar de un miembro del partido comunista volcado tanto en la actividad del partido como en la educación de sus hijos, sobre todo del mayor, Daniel, a cuyo cuidado quedará la hermana pequeña cuando ambos esposos sean detenidos. La estructura narrativa es, pues, la de una indagación por parte del hijo de la causa de la detención y la acusación que llevo a sus padres a la silla eléctrica. Acogidos primero por una familiar que se los lleva a vivir con ella muy a su pesar, acaba renunciando a la tutela, que pasa a un matrimonio amigo de los padres, con quienes crecen como hijos adoptivos. La historia alterna la narración del pasada y del presente, de los tiempos felices familiares y del presente en el que ambos hermanos adoptan posiciones enfrentadas a costa del destino que han de dar al dinero familiar que recibirán al cumplir la mayoría de edad. La hermana, combativa como la familia, pretende crear una fundación que contribuya a dinamizar la misma lucha en la que perdieron los padres su vida; Daniel, ultraescéptico respecto de esos ideales ingenuos, lo ve como un pozo sin fondo por donde se irá todo el dinero sin un provecho cierto. El enfrentamiento entre ambos hermanos es total, y la hermana se burla de los estudios universitarios de Daniel y de su «acomodo» en un sistema explotador del que se beneficia. De hecho, la película se abre con la voz de Daniel recitando fragmentos de su tesis doctoral sobre la lucha de la Izquierda usamericana en los años 40 y 50 y los métodos de eliminación de los oponentes y/o disidentes. Más tarde, tras aquel enfrentamiento filial, no tardaremos en descubrir que la hermana acaba internada en un sanatorio mental tras un intento de suicidio, lugar de donde no volverá para ser dueña de su vida y reanudarla.

          Lumet, a diferencia del autor, Doctorow, ha privilegiado la recreación de la vida de los idealistas comunistas de los años 50, y ha destacado esa ola de entusiasmo religioso de sus militantes, lo que se manifiesta en la excursión colectiva a un concierto del cantante mítico de la izquierda, Paul Robeson, Premio Stalin de la Paz, en  Peekskill, tras el que los asistentes cayeron en una emboscada de los supremacistas blancos que atacaron sus autobuses, un secuencia en la que el protagonista resulta salvajemente atacado por esas hordas racistas ante la mirada perpleja de su hijo, Daniel, quien vive desde una perplejidad constante la entrega de su padre a la ideología comunista.

          En realidad, la historia pone el acento en la búsqueda del o de los delatores de sus padres y va alternando momentos dramáticos de la vida de los hijos, quienes se han de despedir de sus padres en la cárcel, teniendo el convencimiento social de que los ejecutarán y comprobando cómo el padre ha sufrido un serio trastorno mental que viene a explicar, genéticamente, el que sufrirá posteriormente su hija.

          Hay escenas de gran mérito, como la «explotación» propagandística de los hijos de los Issacson, cuando son llevados en volandas sobre una multitud congregada para protestar contra la detención de sus padres, y son exhibidos, después, en el escenario desde donde se han lanzado las arengas pertinentes. De todo ello, el director escoge, con buen criterio, la mirada atravesada de interrogantes del hijo mayor como muestra de la desconexión radical entre la «causa» y la vida corriente y moliente. De hecho, es una constante de la película la devoción absoluta hacia los padres asesinados que experimenta la hija y los reproches por haber sido tan abandonados por ellos que expresa Daniel. Esta claro que entre un héroe de la revolución y un padre, Daniel hubiera escogido siempre un padre, y ninguna explicación ideológica va a consolarlo de cuanto ha perdido. Y de ahí la búsqueda y el interés político en estudiar la vida de sus padres, la actividad del partido y el caso personal de su triste destino, tras la delación correspondiente.

          Las interpretaciones brillan a gran altura, en todas las épocas de la película, y los protagonistas niños, Ilan Mitchell-Smith y Jena Greco, realizan actuaciones de mucho mérito. Llama la atención, frente al joven activista del presente que es Timothy Hutton, el «investigador» cuya voz mantiene el hilo narrativo, la actuación de un irreconocible Mandy Patinkin, como el padre Isaacson, convertido, tiempo después, en una celebridad por su papel de Saul Berenson en la magnífica serie  Homeland. Algo más anodina resulta la interpretación de la entonces casi desconocida Ellen Barkin, en su tercera película,  y muy convincente, como corresponde a su reconocido prestigio, Ed Asner.

          La puesta en escena de los años cincuenta es muy apropiada, y marca perfectamente el contraste con el presente de Daniel, de su hermana y de sus padres adoptivos, así como el del abogado que defendió a sus padres y los amparó siempre. Bien puede decirse que la película tiene una parte «de época», exactamente la del macartismo, muy bien producida y llevada a la pantalla con una fotografía que resalta ese regreso en el tiempo a una época magníficamente retratada. En eso se ha de reconocer que la película no ha escatimado en gastos, y se nota y se agradece.

          La evolución política del protagonista, sujeta a toda la crítica que se quiera, es una fiel representación del carácter testimonial de ciertas actitudes vitales, pero está claro que el derecho a manifestación es, acaso, la única vía de expresión que tienen quienes no disponen del «cuarto poder» ni, por supuesto, de los otros tres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario