Una terrorífica historia de gemelos, mentiras y humana cobardía.
Título original: Subsuelo
Año: 2025
Duración: 115 min.
País: España
Dirección: Fernando Franco
Guion: Begoña Arostegui,
Fernando Franco. Novela: Marcelo Luján
Reparto: Julia Martínez; Diego
Garisa; Nacho Sánchez; Sonia Almarcha; Itzan Escamilla; Gerardo de Pablos; Jorge
Cabrera; Lucía de la Puerta; Iñigo de la Iglesia; Elvira Cuadrupani; .Helena
Zumel
Música: Maite Arroitajauregi
Fotografía: Santiago Racaj.
Después de una
ópera prima como La herida, que le valió el Goya al mejor director novel,
y que tanto me impresionó, por la aparente normalidad con que se contempla la
crudeza de un trastorno mental, no había vuelto a ver ninguna otra película de
Fernando Franco, y en parte lo achaco a las dificultades que tienen tantas
películas españolas para llegar al gran público, no al que las busca entre tantísimos
estrenos semanales o a los que se afanan en recuperar excelentes películas
olvidadas por la crítica y el público. Da igual, el caso es que al cine español
le cuesta algo más que Dios y ayuda llegar a ser conocido por espectadores
motivados a favor, como yo mismo. Las plataformas me descubren algunas de
ellas, y por eso he reparado en que, por ser de Fernando Franco, merecía la pena
ser vista. Y así ha sido. No hace mucho me pasó lo mismo con El talento,
de Polo Menárguez, una excelente adaptación de una obra de Arthur Schnitzler,
producida por Fernando León de Aranoa, también coguionista, y que ha sido
marginada totalmente en los Goya de este año. Reconozco que me muevo en el
ámbito de los espectadores «comodones», dados mis muchos intereses intelectuales,
de esos que esperan que les lleguen las noticias sobre algo tan querido como es
el cine del propio país, tan pródigo en excelentes realizaciones, desde
siempre. En fin, tendré que espabilarme, está claro.
Si La
herida era la historia de un personaje maltratado por un trastorno mental,
en esta adaptación de lo que todo da a entender, por las críticas de
FilmAffinity, que es una estupenda novela de Marcelo Luján, Subsuelo se entra
en la tormentosa relación que tienen dos gemelos, sobre todo porque Fabián
tiene una inequívoca tendencia psicópata que irá a más a lo largo de la
película. La historia es bien sencilla y no tiene ni trampa ni cartón, excepto
por una alteración en la narración de los acontecimientos que da un vuelco
argumental para el espectador y justifica la deriva angustiosa de la existencia
de su hermana, Eva. Una estampa tranquila de un par de matrimonios en una segunda
residencia, en verano, disfrutando de la noche, los hijos hablando
tranquilamente al lado de la piscina, si bien cuesta tanto entenderles, por esa
manía nefasta de privilegiar la ausencia de vocalización como una muestra de
realismo, de naturalidad, y nos obliga a ponerle subtítulos. Aparece Fabián, el
hermano gemelo, que se inmiscuye en la relación amistosoafectiva de su hermana.
En cierto momento, les piden que vayan por hielo a una gasolinera cercana y la
pareja está dispuesta a ir, aunque el hermano se autoinvita. Para desconcierto
de su hermano, el amigovio, Javier, le cede el asiento de la conducción a Eva,
pero apenas han llegado al Stop que hay a poco de salir de la casa, el coche se
le escapa justo en el momento en que otro circula, choca contra ellos y se
produce un accidente mortal y terrible.
A resultas del
choque, muere Javier y Fabián queda paralítico. La historia continúa en la casa
de campo, otro verano, con el hermano en silla de ruedas y a quien han instalado
una grúa junto a la piscina para poderlo bajar y que nade, aunque el mecanismo
no es muy del agrado del tetrapléjico. Lo que se nos narra después es la turbia
relación de sometimiento que ejerce Fabián sobre su hermana Eva, a quien graba
y controla a través de mensajes que le hacen la vida imposible, como ya se la
hiciera antes de sufrir el accidente. Me apresuro a destacar el trabajo de
ambos actores, gemelos en la ficción, Julia Martínez y Diego Garisa porque de
él depende el absoluto interés y recelo que la relación e ambos hermanos
despierta en los espectadores. Diego Garisa, de rostro angelical, recuerda en
todo momento a Michael Pitt en aquella película, Funny Games, de Micharl
Haneke, y se le mete al espectador un escalofrío cada vez que mueve los hilos
de la humillación de su hermana, desde una posición de poder que se acrecienta
cuando el sentimiento de culpa por su estado se instala en quien fue la
causante de su accidente, si bien, y de eso nos enteramos a mitad de película,
cuando los inspectores de la casa de seguros los visitan para interrogarlos una
y otra vez en busca de una explicación a cómo pudo ser posible que el conductor
se saltara un Stop perfectamente señalizado, descubrimos que Eva cambió el
cuerpo de Javier para que apareciera como el conductor, dado que ella, aún
menor de edad, no tiene carnet.
El drama que
afecta a ambas familias va a tener una evolución imprevista cuando el hermano mayor
de Javier, Ramón, interpretado por Nacho Sánchez, se enamora de Eva, con quien
va intimando una relación con un tacto extraordinario, porque pesa sobre ambos
el recuerdo del examigovio y del hermano, respectivamente. A esa lenta
progresión afectiva ha de añadirse la tensión que atenaza a la joven por la
relación sexualmente enfermiza que mantiene con su hermano. Nacho Sánchez, de
inquietante presencia per se fue el protagonista de una excelente película
del cancelado Carles Vermut, Mantícora, que, abundando en lo que he dicho al comienzo
de la crítica, fue totalmente marginada en los Goya del 23, a pesar de su
enorme calidad. La presencia de Ramón, así pues, le produce un pálpito
constante al espectador de que algo, y no bueno, ha de suceder, andando ese actor
de por medio...
La sorpresa de
la trama no es este el lugar para desvelarla, por supuesto, pero si conviene
decir que el tratamiento realista del trauma que afecta a ambas familias está
muy bien desarrollado, y cuenta con una actriz, la madre de los gemelos, Sonia
Almarcha, que vive de espaldas a lo que ocurre ante sus ojos ciegos y tiene una
relación distinta con cada gemelo: sobreprotectora con su hijo y muy agresiva
con su hija, cuya conducta no entiende de ninguna de las maneras y le crea una
incomodidad absoluta, además de hacerla responsable por supuesto de la postración
de su hermano. Con esos mimbres, ser capaz Fernando Franco de mantener la
tensión hasta el desenlace es muy digno de admirar, porque, y de ahí el
subsuelo, nos asomamos a perversiones ingratas de contemplar y a los difíciles
caminos por los que la verdad ha de abrirse relativo paso, que se desea «controlado»,
pero que acaba estallando como solo ella sabe hacerlo: deshaciendo todas las
máscaras que la ocultaban. El thriller psicológico tiene larga tradición
en el cine y Fernando Franco ha sabido pautar perfecta, milimétricamente, un
desarrollo que en ningún momento no solo no se le va de las manos, por el
peligro de la sobreactuación de los personajes, sino que vela datos importantes
con total naturalidad para que nos estallen como auténticas cargas de
profundidad en los momentos adecuados. Una maravilla.

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