martes, 16 de junio de 2026

«El caso de Laura Stern», de Akim Isker, un acuciante drama universal.

 

Con ecos del «caso Dreyfuss», y de ahí la canción Je t’accuse, que ilustra la serie, un drama contundente sobre la violencia contra la mujer y las causas justas que llevan a la injusticia «en defensa ajena».

 

Título original: L'affaire Laura Stern

Año: 2026

País:  Francia

Dirección: Akim Isker

Guion: Marie Kremer, Frédéric Krivine

Reparto: Valérie Bonneton; Pauline Parigot; Rym Foglia; Catherine Amé; Pascal Rénéric; Samir Guesmi; Hélène Lambert: Yannick Renier; Eva Huault; Talia Joly: Darren Muselet; Souad Alla; Marjorie Lapp;

Côme Creyx Collet; Maëlle Foucaut; Melissa Olexa; Leila Guérémy; Léontine d'Oncieu; Marie-Sophie Ferdane; Margaux Langlest; Yves Leberquier; Joël Villy; Charlie Nelson; Reyhan Hessami; Sarah Lepicard; Gaspard Caens; Daniel Zagury; Nadir Legrand; Redouane Aadnane; Kamel Isker; Françoise Robin; Azize ; Kabouche; Lucienne Delille; Claire Cahen; Karol Olejnik; Julien Wolff Manesse; Arthur Rosas; Hubert Girard; Nathalie Tuleff; Raphaël Brottier; Mathieu Brassier.

Música: Éric Neveux

Fotografía: Julien Bullat.

 

          Una serie de cuatro episodios, muy centrada en el tema que trata. y con unas excelentes interpretaciones al servicio de una narración que permite pocos respiros y que retrata con habilidad los principales personajes de la trama.

Laura Sern es una farmacéutica que ha creado una asociación en defensa de las mujeres maltratadas. Su farmacia es el centro de reunión y de acción, porque, siguiendo los modelos sociales progresistas, crea una red de asistencia y apoyo que genera un fuerte sentido de pertenencia entre sus miembros. Está casada y tiene dos hijos, y la serie muestra también el progresivo alejamiento de sus responsabilidades, libremente contraídas, para con su esposo y sus hijos.

          El terrible arranque de la serie, el caso de una mujer que sufre el acoso de un marido al que la Justicia ha dictado una orden de alejamiento, ya nos pone sobre aviso de la durísima realidad que vamos a ver en la serie. Como ha de ir a recoger a su hijo a la escuela, las mujeres que están compartiendo con ella el drama de la amenaza que supone la presencia del agresor en la calle, frente a la farmacia, deciden acompañarla en grupo a la escuela, actuando como una coraza que aísle a la protagonista de su agresor. Este, sin embargo, forcejea hasta que logra apartarla de las otras mujeres y le pide/exige una reconciliación que ella no está dispuesta a conceder. Acto seguido, el hombre saca una pistola y la asesina ante los ojos incrédulos y desesperados de sus acompañantes.

De ese mazazo cuesta recuperarse, porque son, no lo olvidemos, los primeros compases de la serie. Y todo ha transcurrido dentro de lo que podríamos denominar como un intento de cinema verité e incluso de neoneorrealismo. A ello contribuye el hecho de que la serie no cuenta con actrices y actores de primerísimo nivel, que hubieran distraído a los espectadores sobre sus actuaciones, lo que permite ver los hechos y a sus protagonistas con un plus de verosimilitud que concede a la serie un rigor magnifico y permite generar una atmósfera hiperconvincente.

          Al primer asesinato, le sucederán las llegadas de dos nuevos casos desesperados con los que la farmacéutica tendrá que lidiar, implicándose cada vez más en el sufrimiento de las mujeres y en la exploración de las vías para evitárselo. Un tercer caso, el de una de las empleadas de la farmacia, se suma a los que vertebran el eje dramático de la historia. La serie no ahorra ningún detalle escabroso de las relaciones de maltrato que sufren las mujeres que acuden a la farmacéutica, cuya capacidad de acogimiento parece infinita, si bien es así por el progresivo distanciamiento de su propio hogar, dado que no parece tener más vida que la de su asociación y el alivio de la situación de las mujeres maltratadas que acuden a ella. Todo ello va desarrollando en el ánimo de la mujer, sobre todo porque desde el primer capítulo se advierte que la policía no manifiesta gran interés en personarse para reducir a quien está quebrantando una orden de alejamiento, un intenso afán justiciero y vengativo que pretende poner un remedio «radical» a tan dolorosas situaciones como las de esas mujeres maltratadas, de diferente clase social y económica: una, profesora universitaria, la otra, limpiadora en la farmacia; una, francesa tradicional, la otra, de origen inmigrante.

          Tras el primer asesinato, un policía interroga a la farmacéutica sobre el desarrollo de los acontecimientos relativos al primer asesinato, pero esta, emocionada, se bloquea y no puede ni hablar. Más tarde, por error, en medio de la tensión que supone el accidente provocado en el que muere el segundo maltratador, un narcotraficante, marca el número del inspector y ha de improvisar que ya está en condiciones de declarar. A partir de su encuentro, Laura y el policía establecen una relación de cordialidad y afecto que lleva a la protagonista, quien se cree incomprendida en su propia casa, a pesar de que su marido asume toda l responsabilidad de la casa y del cuidado de los niños, de cuyo día a día se distancia ella totalmente, a tener una aventura con el policía, encuentros furtivos en un hotel que suponen, para ella, el contrapeso necesario para sobrellevar la tensión que va en aumento en su asociación, y con mayor razón tras cometer los dos asesinatos que liberan a las dos  mujeres que estaban, ellas mismas, en riesgo de perder su propia vida.

          El peso moral de la culpa por la transgresión es lo que la lleva, tras romper con su amante, a declararse culpable ante la policía de ambos asesinatos. No así, de un tercero, en el que intervino directamente, pero sin que esa intervención fuera determinante en la muerte del agresor, dado que esta fue accidental. A partir de aquí comienza, propiamente, lo que podríamos considerar «El caso Stern», que se nos presenta como una  cause célèbre, porque, tras rechazar al primer abogado, pagado por el esposo, quien solo le da como opción declararse loca para atenuar la sentencia, se hace cargo de su defensa una abogada feminista, combativa y famosa, debido a sus apariciones en la televisión, lo que convierte el juicio en un caso «mediático», y, por aquí, llegamos enseguida a la vertiente «política» del asunto. No hay duda de que en el guion se les ha ido algo la mano con el personaje del fiscal y su línea inculpatoria, del mismo modo que la defensa de la abogada mediática es brillante sin otra apelación que a los datos de feminicidios y maltratos sufridos por las mujeres en Francia, para sorpresa del jurado y de los presentes. Todo ello lo verán los espectadores y sacarán sus propias conclusiones al respecto. A mí me interesa destacar lo mismo que avancé en el título: la defensa de lo que podría entenderse como «homicidio en defensa ajena», algo que, me hago cargo, parece una triquiñuela retórica para disfrazar y servir de atenuante al homicidio puro y duro. De todo ello se habla en ese juicio que, reservado al último capítulo no convierte la serie en una serie «de juicios», un género cinematográfico de larga tradición, porque el seguimiento circunstanciado de los tres casos permite un conocimiento de los malos tratos que bien podríamos calificar de exhaustivo, lo cual es evidente que predispone a los espectadores a favor de la homicida, pero, más allá del caso, es importante destacar la terrible soledad de la mujer frente a los malos tratos de algunos hombres y la dificultad con que ellas suelen abordar relaciones tan devastadoras con sus parejas. Y no hablo a humo de pajas. Soy hijo de maltratador y conozco las reacciones inverosímiles de mi madre frente al cafre de su marido. Por eso, las leyes de carácter ideológico no son, ni de lejos, un arma para acabar con esa lacra. A ese respeto, la insensibilidad policial, la falta de recursos, la ausencia de vigilancia, de protección a las víctimas y otras carencias del sistema, que impiden poner una distancia efectiva y real con el maltrato, permiten que esos comportamientos salvajes sigan dándose con casi absoluta impunidad.

          Se trata, como se advierte, de una serie polémica, porque, a pesar de las buenas intenciones de la ideologización de esa lacra, los resultados nos indican que la sociedad no hace lo que debiera para frenarla. Concienciar a las mujeres para que no entren en una relación tóxica o para que salgan de ella, si ya han entrado, no puede caer bajo su exclusiva responsabilidad; y asociaciones como la de la protagonista son parches bien intencionados que no evitan el mal, y que, como en la serie se denuncia, puede llevar a una acción justiciera completamente al margen de la ley.

          La controversia está servida.

          Lo que no podemos dejar de enaltecer es el soberbio papel no solo de la protagonista, Valérie Bonneton, sino de un elenco que está a su altura en todo momento, especialmente de Pauline Parigot, cuyo caso matrimonial de malos tratos se analiza con todo lujo de detalles para comprender cabalmente los distintos modos que adoptan tales agresiones, entre las que de carácter psicológico destacan con una virulencia equivalente a la muy llamativa de las secuelas físicas derivadas de las agresiones físicas.

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