jueves, 25 de junio de 2026

«Match en el infierno», de Zóltan Fábri, un estreno con 65 años de retraso.

La película húngara en la que se inspiró Evasion o Victoria, de John Huston: un tributo a la lucha contra el nazismo, a la dignidad humana y al fútbol como vehículo de expresión de los más altos valores.

 

Título original: Két félidö a pokolban;

Año: 1961

Duración: 140 min.

País: Hungría

Dirección: Zoltán Fábri

Guion: Péter Bacsó, Zoltán Fábri

Reparto: Imre Sinkovits; Dezsö Garas; József Szendro; István Velenczei; Gyula Benkö; János Görbe;

Tibor Molnár; János Makláry.

Música: Ferenc Farkas

Fotografía: Ferenc Szécsényi (B&W).

 

 

          Primera película que veo de Zóltan Fábri, un director bien visto por el régimen soviético húngaro y autor premiado en diversos festivales. Una de sus películas, Los muchachos de la calle Pal, de 1969, fue nominada a Oscar a la mejor película de habla no inglesa, si bien se trataba de la adaptación de una novela de Ferenc Molnár que en 1934 ya había sido llevada al cine por Frank Borzage, titulada entonces Hombres de mañana, un poderoso alegato antibelicista que tenía profundo sentido en aquellos años convulsos que precedieron al ascenso de los fascismos y que he criticado en este Ojo.

          No sé si en Filmin la han programado con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol que se está celebrando actualmente, pero aunque por ello haya sido, bienvenido sea este estreno en nuestras pantallas domésticas, porque, hasta donde me ha sido posible rastrear una fecha de estreno comercial en España, no he logrado ningún resultado satisfactorio. Considerémosla, pues, como se merece: un estreno, a 65 años visto del estreno en Hungría, eso sí.

          Los aficionados al fútbol y al cine seguro que han visto una película de John Huston que consiguió un gran éxito de público: Evasión o victoria. Entre los futbolistas profesionales que actuaron, ningún aficionado podría olvidar la presencia de tres ganadores mundialistas: Pelé, Bobby Moore y Osvaldo Ardiles, aunque a ellos se unieron otros de menos renombre, pero de sólida carrera, como Paul Van Himst, Mike Summerbee o Hallvar Thoresen. No sé si entonces, 1981, se conocía la existencia de esta película, Match en el infierno, porque yo vi de estreno Evasión o Victoria, pero ni leí ni oí nada sobre esta precedente. Lo cierto es, al parecer, que Fábri y su coguionista,  Péter Bacsó, se inspiraron en lo que se conoce en el ámbito soviético como el mito del «Partido de la muerte», que responde a la creación de un equipo formado por exjugadores del Dinamo de Kievy del Locomotiv de Kiev, que trabajaban en una panadería bajo la ocupación alemana de la ciudad, el FC Start, que se enfrentó en varias ocasiones a equipos militares alemanes y aliados de los ocupantes. El partido más famoso y que sustenta el mito fue contra el equipo alemán de la Luftwaffew, el Flakelf, y por el hecho de ganarlo se derivaron las represalias contra los jugadores soviéticos.

          Fábril traslada la situación a un campo de concentración húngaro, regido por autoridades húngaras, aunque bajo mando alemán. Que sean los compatriotas los gestores del campo no priva a los prisioneros de ninguna de las maldades y malos tratos que dispensan a los prisioneros. Lo que sí se da, hasta cierto punto, es una relación más franca entre unos y otros, porque, aunque los torturen o maten de hambre, hay algún conato de comedia que sobrevuela la terrible situación de ambos, vigilantes y vigilados. La dinámica esencial de los trabajos forzosos de los prisioneros cambia de la noche a la mañana para unos pocos cuando un antiguo futbolista, detenido por agredir a un militar, es convocado por un alto mando de las fuerzas colaboracionistas de los nazis y le propone a Ónodi, apodado Dió, un futbolista que fue famoso internacionalmente, organizar un equipo de fútbol para enfrentarse a un equipo alemán para celebrar el cumpleaños de Adolf Hitler. En su tensa negociación, Ónodi exige un balón, liberarse del trabajo forzado, tener tiempo para entrenar y, principalmente, un suplemento alimentario, porque las condiciones en que están los prisioneros hace imposible que puedan tener fuerza para jugar un partido de noventa minutos.

          A todo ello acaban accediendo las autoridades húngara y alemanas, y entonces comienza la selección de jugadores entre los despojos humanos que apenas pueden ni sostenerse en pie. Ser compañeros de encierro no significa que no haya rivalidades, rencillas y enemistades profundas entre los prisioneros. El hecho de «salvar» a unos y otros, gracias al suplemento de comida, provoca no pocos enfrentamientos, y lo que en principio se ve como un rayo de esperanza, siquiera sea para algunos, enseguida se convierte en que quienes son escogidos por Ónodi se conviertan en apestados para el resto. El solo hecho de enfrentarse en un partido contra los asesinos nazis es visto por algunos como colaboracionismo: convertirse en marionetas de los enemigos para celebrar el aniversario de su Jefe, contribuir como marionetas a la diversión de los asesinos.

          Hay, pues, de fondo, más allá de la celebración del partido de fútbol, una trascendencia moral de los hechos que es sometida a debate a lo largo de toda la película, como un bajo continuo que no nos deja acabar de centrarnos en lo meramente deportivo, hasta.... En efecto, hasta que rueda el balón y, desde ese momento, la situación real de todos y cada uno de los presentes, soldados alemanes y prisioneros del campo, desaparecen de la faz de la tierra para erigirse en un clamor la lucha nada atlética entre unos soldados robustos y perfectamente alimentados y once alfeñiques, piel y huesos, que Ónodi ha intentado convertir en un equipo capaz de saltar al campo. La realidad, sin embargo, sigue estando presente casi hasta el último momento, porque muy poco antes del partido, los jugadores reducen al guardián que los vigilaba y deciden huir, seguros de llegar, a través del bosque, hasta as posiciones de los miembros de la resistencia contra el invasor. Sin éxito, aunque, cinematográficamente, la huida a la carrera a través del bosque está filmada con una exquisita sensibilidad y dinamismo. De hecho, toda la película, rodada en un blanco y negro lleno de grises de transición, presenta una estética de obra clásica que emparenta con lo mejor de la tradición del cine soviético y lo mejor del neorrealismo italiano, aún vigente en países del famoso e infame Pacto de Varsovia.

          La película atiende muy pormenorizadamente a las vidas de algunos personajes, y pone de manifiesto la naturaleza humana que pugna por sobrevivir y hace lo posible y lo imposible, moralmente, para lograr esa supervivencia que permita el regreso con los familiares de quienes han sido separados. Destaca el futbolista de éxito que tuvo aventuras galantes con las que entretiene, de vez en cuando, a compañeros y a guardianes, sobre todo la secuencia de la narración con la sueca, en la que aparece como el mito que aquí se forjó en la España del desarrollo.

          Decía que todas las circunstancias políticas, religiosas o sociales acababan siendo puestas entre paréntesis cuando el balón echa a rodar y el pedregal donde se juega el partido se convierte en el único territorio real de la aventura de la película. Con ser una parte reducida del metraje, en ese partido agónico se adensa y trasciende buena parte del contenido, y, a su manera, advertimos la intensidad de esos momentos cumbre como el canto de la Marsellesa en la taberna de Rick en Casablanca, de Michael Curtiz. El gol es, entonces, mucho más que un gol; la victoria en un juego, mucho más que una victoria o que incluso la victoria sobre el invasor nazi; y hasta el árbitro fascista italiano, que pita un penalti y es conminado por un oficial alemán para que lo anule, saca pecho y se reafirma en su decisión, porque en ese espacio rectangular donde se celebra el gran desafío, él, árbitro, es la única autoridad con todo el poder para sancionar.

          La vistosidad de Evasión o victoria no tiene nada que ver con la austeridad, la fidelidad a la realidad histórica y la verosimilitud estricta de cuanto ocurre en este Match en el infierno, y los aficionados al cine y al futbol —aficiones nunca reñidas, y ahí está Pier Paolo Pasolini para dar fe de la feliz y doble pasión— disfrutarán de una película emotiva, ideológicamente comprometida y rodada con una exquisita sensibilidad y fidelidad a la realidad histórica de los terribles campos de concentración que sembró el nazismo por toda Europa.

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