La película húngara en la que se inspiró Evasion o Victoria, de John Huston: un tributo a la lucha contra el nazismo, a la dignidad humana y al fútbol como vehículo de expresión de los más altos valores.
Título original: Két félidö
a pokolban;
Año: 1961
Duración: 140 min.
País: Hungría
Dirección: Zoltán Fábri
Guion: Péter Bacsó, Zoltán
Fábri
Reparto: Imre Sinkovits; Dezsö
Garas; József Szendro; István Velenczei; Gyula Benkö; János Görbe;
Tibor Molnár; János Makláry.
Música: Ferenc Farkas
Fotografía: Ferenc Szécsényi
(B&W).
Primera
película que veo de Zóltan Fábri, un director bien visto por el régimen soviético
húngaro y autor premiado en diversos festivales. Una de sus películas, Los
muchachos de la calle Pal, de 1969, fue nominada a Oscar a la mejor
película de habla no inglesa, si bien se trataba de la adaptación de una novela
de Ferenc Molnár que en 1934 ya había sido llevada al cine por Frank Borzage,
titulada entonces Hombres de mañana, un poderoso alegato antibelicista
que tenía profundo sentido en aquellos años convulsos que precedieron al
ascenso de los fascismos y que he criticado en este Ojo.
No sé si en
Filmin la han programado con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol que se
está celebrando actualmente, pero aunque por ello haya sido, bienvenido sea este
estreno en nuestras pantallas domésticas, porque, hasta donde me ha sido
posible rastrear una fecha de estreno comercial en España, no he logrado ningún
resultado satisfactorio. Considerémosla, pues, como se merece: un estreno, a 65
años visto del estreno en Hungría, eso sí.
Los aficionados al fútbol y al cine
seguro que han visto una película de John Huston que consiguió un gran éxito de
público: Evasión o victoria. Entre los futbolistas profesionales que
actuaron, ningún aficionado podría olvidar la presencia de tres ganadores mundialistas:
Pelé, Bobby Moore y Osvaldo Ardiles, aunque a ellos se unieron otros de menos
renombre, pero de sólida carrera, como Paul Van Himst, Mike Summerbee o Hallvar
Thoresen. No sé si entonces, 1981, se conocía la existencia de esta película, Match
en el infierno, porque yo vi de estreno Evasión o Victoria, pero ni
leí ni oí nada sobre esta precedente. Lo cierto es, al parecer, que Fábri y su
coguionista, Péter Bacsó, se inspiraron
en lo que se conoce en el ámbito soviético como el mito del «Partido de la
muerte», que responde a la creación de un equipo formado por exjugadores del Dinamo
de Kievy del Locomotiv de Kiev, que trabajaban en una panadería bajo la
ocupación alemana de la ciudad, el FC Start, que se enfrentó en varias
ocasiones a equipos militares alemanes y aliados de los ocupantes. El partido
más famoso y que sustenta el mito fue contra el equipo alemán de la Luftwaffew,
el Flakelf, y por el hecho de ganarlo se derivaron las represalias contra los
jugadores soviéticos.
Fábril
traslada la situación a un campo de concentración húngaro, regido por autoridades
húngaras, aunque bajo mando alemán. Que sean los compatriotas los gestores del
campo no priva a los prisioneros de ninguna de las maldades y malos tratos que
dispensan a los prisioneros. Lo que sí se da, hasta cierto punto, es una
relación más franca entre unos y otros, porque, aunque los torturen o maten de
hambre, hay algún conato de comedia que sobrevuela la terrible situación de
ambos, vigilantes y vigilados. La dinámica esencial de los trabajos forzosos de
los prisioneros cambia de la noche a la mañana para unos pocos cuando un
antiguo futbolista, detenido por agredir a un militar, es convocado por un alto
mando de las fuerzas colaboracionistas de los nazis y le propone a Ónodi,
apodado Dió, un futbolista que fue famoso internacionalmente, organizar un
equipo de fútbol para enfrentarse a un equipo alemán para celebrar el
cumpleaños de Adolf Hitler. En su tensa negociación, Ónodi exige un balón, liberarse
del trabajo forzado, tener tiempo para entrenar y, principalmente, un
suplemento alimentario, porque las condiciones en que están los prisioneros
hace imposible que puedan tener fuerza para jugar un partido de noventa
minutos.
A todo ello
acaban accediendo las autoridades húngara y alemanas, y entonces comienza la selección
de jugadores entre los despojos humanos que apenas pueden ni sostenerse en pie.
Ser compañeros de encierro no significa que no haya rivalidades, rencillas y
enemistades profundas entre los prisioneros. El hecho de «salvar» a unos y
otros, gracias al suplemento de comida, provoca no pocos enfrentamientos, y lo
que en principio se ve como un rayo de esperanza, siquiera sea para algunos,
enseguida se convierte en que quienes son escogidos por Ónodi se conviertan en
apestados para el resto. El solo hecho de enfrentarse en un partido contra los
asesinos nazis es visto por algunos como colaboracionismo: convertirse en
marionetas de los enemigos para celebrar el aniversario de su Jefe, contribuir como
marionetas a la diversión de los asesinos.
Hay, pues, de
fondo, más allá de la celebración del partido de fútbol, una trascendencia
moral de los hechos que es sometida a debate a lo largo de toda la película,
como un bajo continuo que no nos deja acabar de centrarnos en lo meramente
deportivo, hasta.... En efecto, hasta que rueda el balón y, desde ese momento,
la situación real de todos y cada uno de los presentes, soldados alemanes y
prisioneros del campo, desaparecen de la faz de la tierra para erigirse en un
clamor la lucha nada atlética entre unos soldados robustos y perfectamente
alimentados y once alfeñiques, piel y huesos, que Ónodi ha intentado convertir
en un equipo capaz de saltar al campo. La realidad, sin embargo, sigue estando
presente casi hasta el último momento, porque muy poco antes del partido, los
jugadores reducen al guardián que los vigilaba y deciden huir, seguros de
llegar, a través del bosque, hasta as posiciones de los miembros de la
resistencia contra el invasor. Sin éxito, aunque, cinematográficamente, la huida
a la carrera a través del bosque está filmada con una exquisita sensibilidad y
dinamismo. De hecho, toda la película, rodada en un blanco y negro lleno de
grises de transición, presenta una estética de obra clásica que emparenta con lo
mejor de la tradición del cine soviético y lo mejor del neorrealismo italiano,
aún vigente en países del famoso e infame Pacto de Varsovia.
La película
atiende muy pormenorizadamente a las vidas de algunos personajes, y pone de
manifiesto la naturaleza humana que pugna por sobrevivir y hace lo posible y lo
imposible, moralmente, para lograr esa supervivencia que permita el regreso con
los familiares de quienes han sido separados. Destaca el futbolista de éxito
que tuvo aventuras galantes con las que entretiene, de vez en cuando, a
compañeros y a guardianes, sobre todo la secuencia de la narración con la
sueca, en la que aparece como el mito que aquí se forjó en la España del
desarrollo.
Decía que
todas las circunstancias políticas, religiosas o sociales acababan siendo puestas
entre paréntesis cuando el balón echa a rodar y el pedregal donde se juega el
partido se convierte en el único territorio real de la aventura de la película.
Con ser una parte reducida del metraje, en ese partido agónico se adensa y
trasciende buena parte del contenido, y, a su manera, advertimos la intensidad
de esos momentos cumbre como el canto de la Marsellesa en la taberna de Rick en
Casablanca, de Michael Curtiz. El gol es, entonces, mucho más que un
gol; la victoria en un juego, mucho más que una victoria o que incluso la victoria
sobre el invasor nazi; y hasta el árbitro fascista italiano, que pita un
penalti y es conminado por un oficial alemán para que lo anule, saca pecho y se
reafirma en su decisión, porque en ese espacio rectangular donde se celebra el
gran desafío, él, árbitro, es la única autoridad con todo el poder para
sancionar.
La vistosidad
de Evasión o victoria no tiene nada que ver con la austeridad, la
fidelidad a la realidad histórica y la verosimilitud estricta de cuanto ocurre
en este Match en el infierno, y los aficionados al cine y al futbol —aficiones
nunca reñidas, y ahí está Pier Paolo Pasolini para dar fe de la feliz y doble pasión—
disfrutarán de una película emotiva, ideológicamente comprometida y rodada con
una exquisita sensibilidad y fidelidad a la realidad histórica de los terribles
campos de concentración que sembró el nazismo por toda Europa.

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