La doble herida del orgullo maltrecho y la esperanza infundada.
Título original: The
Hireling
Año: 1973
Duración: 108 min.
País: Reino Unido
Dirección: Alan Bridges
Guion: Wolf Mankowitz. Novela: L.P. Hartley
Reparto: Robet Shaw; Sarah Miles; Peter Egan; Elizabeth Sellars;
Caroline Mortimer; Ian Hogg.
Música: Marc Wilkinson
Fotografía: Michael Reed.
De L.P. Hartley
llevó Joseph Losey al cine su novela The Go-Between, titulada en las
pantallas El mensajero. Dos años más tarde, Alan Bridges adaptó The Hireling,
con el título reflejado ut supra. En ambas hay amores imposibles y un
soterrado conflicto de clases que separa abruptamente a los imposibles amantes.
La película gustará
sobremanera a los amantes de las series inglesas de corte clásico, en las que
se insiste en esas diferencias de clase que más recuerdan al sistema de castas
indio que a cualquier realidad más o menos civilizada de la Europa del siglo XX.
Una mujer, que
ha sufrido un internamiento por una crisis nerviosa tras el fallecimiento de su
esposo en la Primera Guerra Mundial, es recogida por un taxi para llevarla a su
casa. La mujer contempla con ojos casi embelesados la vida exterior de la que
ha estado ausente, y ahora se enfrenta a ella con una fragilidad evidente. De hecho,
la buena sintonía que establece con el chófer, de impecable uniforme con gorra —que
genera el primer equivoco, al menos en mí, cuando advierto que ambos, uniforme y
gorra, recuerdan mucho a los uniformes nazis...—, y se trata, además de un excombatiente,
va a ir convirtiendo a este en algo así como un apoyo constante para
reencontrarse con su nueva vida y desarrollarla plenamente, algo, con todo, que
la protagonista hará paulatinamente. El chófer es el propietario de una empresa
de taxis que comparte con un socio, y, poco a poco, el socio se va percatando de
que, puesto casi exclusivamente al servicio de la protagonista, una encantadora
Sarah Miles, de cuyas dulcísimas maneras se va enamorando el chófer, un fornido
y apuesto Robert Shaw, quien, más allá de sus obligaciones, ira forjando en su
alma la quimera de ser estricta y absolutamente necesario para quien lo
contrata, porque con él lo consulta prácticamente todo.
Lo cierto es
que al espectador no le pasa por alto que la devoción del hombre por la mujer
no es ni alimentada ni correspondida por esta, quien agradece la preocupación
por ella par parte de su chófer, pero no parece darse cuenta de lo que esa
abnegación significa, porque el chófer aspira a que ella se dé cuenta del trato
y acabé honrándole con un amor que, en aquella Inglaterra, ¡y aun en esta de
nuestros días!, se consideraría un disparate sin igual. De todo ello, tanto el
espectador como el protagonista, el chófer, nos percatamos cuando la mujer cede
al galanteo de un capitán, excombatiente, y de su misma clase, para irritación
tremenda de quien se había hecho unas ilusiones sin fundamento ninguno. Hasta
ese momento, la acción bien podría describirse como la conquista del puesto de
mando en la existencia de la enferma, quien solo gracias a la diligencia del nuevo
«amigo» es capaz de ir sorteando el difícil proceso de readaptación a una vida
social de la que se había apartado y a la que no parece verle mucho sentido.
Gracias a la ayuda de quien la empuja a reasumir sus funciones sociales, la
mujer va atreviéndose a realizar actos sociales que le hubiera parecido
imposible hacer, de haberse visto sola. La confianza que deposita en el chófer
tiene, a veces, un sesgo confidencial que bien pudiera entenderse en el sentido
en que el chofer desea entenderlo, porque, a medida que pasa el tiempo y él se
va convirtiendo en «el amo de la casa», dando órdenes y adoptando disposiciones
que suavizan extraordinariamente el contacto de la viuda con la realidad, ella
parece expresar mediante sus quiescencias a las decisiones de él, sus sonrisas
y sus miradas de agradecimiento que hay entre ellos algo más que una
complicidad social por la que le está infinitamente agradecida, pero sin que
ello signifique ningún paso hacia una consolidación de su relación en términos
que ella jamás se ha imaginado o siquiera planteado como una posibilidad, pues
hubiera sentido un horror que es, finalmente, el que sí siente quien se da
cuenta del equívoco y no puede hacer nada por deshacerlo para presentar una
candidatura imposible a la mano de la viuda.
La película,
de naturaleza intimista, progresa muy lentamente a través de pequeños detalles,
de conversaciones en el interior del vehículo, que se convierte en el espacio
privado de ambos, donde se pueden mostrar con casi absoluta libertad. No diría
que recuerda aquella película famosa que desdeñé ver en su día: Paseando a
Miss Daisy, de Bruce Beresford, porque aquella es algo así como el reverso
de la presente, y mucho menos Green Book, de Peter Farrelly, que sí vi,
con enorme placer, porque en esta la diferencia de clases es sustituida por la
diferencia de razas y las diferencias culturales. Comparten la presencia casi
constante del espacio interior del vehículo como puesta en escena, pero el
retrato el chófer como un empecinado arribista que quiere trepar en la escala
social a través de sus servicios a la relativamente joven viuda acercaría más
la película a Un lugar en la cumbre, de Jack Clayton, mutatis
mutandis, por supuesto.
El duelo
interpretativo entre Sarah Miles y Robert Shaw se complementa con una puesta en
escena que recoge fielmente la vida en una comunidad rural pequeña, atenta a
costumbres, fiestas e instituciones , como el club de boxeo para el que trabaja
el chófer como entrenador cuyos pupilos competirán por un trofeo con el nombre
del marido de la viuda y que esta ha de entregar al ganador de una competición
a la que la invita a asistir, a pesar de la reticencia de ella.
La austeridad,
el paisaje invernal, la diferencia de interiores entre el lujo de la viuda y a
menesterosidad de chófer nos permiten entender ese larvado conflicto de clases
que parece que se acerquen, hasta que a incorrección de las aspiraciones de uno
chocan con los apetitos de la otra, quien se conduce en sociedad, en todo
momento, con la propiedad de quien pertenece a una clase superior, por más que
confraternice con el «servicio».
La película se
inscribe en la tradición de esas películas inglesas que narran historias muy
comunes, sin alharacas ni falsos
dramatismos, con la británica contención que ha hecho famosas muchas de sus
tramas psicológicas, en el cine y en la televisión. Su director, Alan Bridges,
ha tenido más éxito en la TV que en las pantallas, pero está clara la herencia
que ha recibido de grandes directores como David Lean, por ejemplo.

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