Una versión discutible de una novela triste: En la playa de Chesil o la aversión al
sexo de una mujer víctima, se insinúa, del abuso paternal.
Título original: On Chesil
Beach
Año: 2017
Duración: 110 min.
País: Reino Unido
Dirección: Dominic Cooke
Guion: Ian McEwan (Novela: Ian McEwan)
Música: Dan Jones
Fotografía: Sean Bobbitt
Reparto: Saoirse Ronan, Billy
Howle, Emily Watson, Anne-Marie Duff, Samuel West, Adrian Scarborough, Bebe Cave,
David Olawale Ayinde, Philip
Labey, Christopher Bowen, Ty Hurley, Bernardo Santos, Christian Wolf-La'Moy, Oliver Johnstone, Mike Ray,
Jonjo O'Neill, Simon North, Claire Ashton.
Las primeras imágenes de En la playa de Chesil recuerdan el espectacular inicio de La Isla Mínima, pero a escala, un
paisaje bellísimo, pero frío; una belleza desoladora, por la ausencia de vida
que solo aparece, al final, cuando el zoom se acerca a las diminutas manchas
negras en el paisaje que resultan ser los recién casados de quienes se nos va a
contar una historia tristísima magníficamente interpretada por los dos
protagonistas, en auténtico estado de gracia: Saoirse Ronan, a quien ya admiramos
en su maravillosa interpretación como protagonista conmovedora de Lady Bird, de Greta Gerwig, criticada en
este Ojo, y Billy Howle, a quien veo por vez primera.
Dos jóvenes muy distintos, ella músico y él aspirante a historiador, se
enamoran y, tras un noviazgo con frustrados avances sexuales que no parecen
ensombrecer la relación, acaban casándose, muy jóvenes, y aún sin oficio ni beneficio,
razón por la cual el padre, además de dotarlos con 20.000£, ofrece un trabajo
al joven como viajante de su empresa. La película alterna el presente de la
noche de bodas en el hotel de Basil Beach y los flash backs pertinentes para explicarnos
no solo su historia de amor, sino la individual de cada uno de los miembros de
la pareja, con vidas de muy diferente naturaleza. A través de ellos, y siempre a propósito de lo
que sucede en la habitación del hotel donde ambos jóvenes intentan consumar,
sin suerte, su matrimonio, vamos teniendo conocimiento de la difícil relación erótica
que han tenido siempre. Lo que ignora el flamante marido es que la aversión al
contacto físico que sufre ella, una auténtica fobia sexual minuciosamente
descrita en la novela, tiene su origen, aunque en la película lo veamos fugazmente
y se nos insinúe más que crípticamente, en los abusos de su padre, un empresario
de éxito casado con una mujer escritora, filósofa, más dedicada a sus menesteres
intelectuales, parece también insinuarse, que a los materiales. De hecho, la
insensibilidad materna hacia los estudios de su hija, violinista, a quien le pide
que se abstenga de ejercitarse en casa cuando ella tiene una reunión de
trabajo, confirman ese retrato de insinuada negligencia respecto de sus
obligaciones maritales. Estamos en presencia, pues, de un caso patológico de
aversión al sexo, por un lado, y, por otro, ante el retrato sociológico de una
determinada manera, castrante, de encarar las relaciones sexuales en tiempos
anteriores a la revolución juvenil que encarnará la nueva generación de
mediados y finales de los 60. Aunque la historia transcurre en Gran Bretaña,
poca diferencia encuentro entre los planteamientos represivos y conservadores
que conocí en mi juventud en la España franquista o, en épocas anteriors, en
novelas como La tía Tula, llevada al
cine magistralmente por Miguel Picazo. Después de verla, con ninguna otra
película española podría compararla sino con El buen amor, de Francisco Regueiro,que me parece incluso superior,
fílmicamente a este debut de Dominic Cooke. No muy lejos le anda Nueve cartas a Berta, de Patino, pero
ahí la política y la historia dejan una impronta demasiado marcada; no obstante,
el drama sexual del protagonista, me conmovió profundamente cuando la vi. La
joven pareja no es insensible a la situación política, desde luego, y de hecho,
cuando aún no se conocen, coinciden ambos en las manifestaciones en Piccadilly
Circus contra el armamento atómico, pero la presencia del contexto histórico,
excepción hecha de la alusión al antisemitismo, que provoca una reacción colérica
y violenta por parte del protagonista, no pasa de la categoría de marco casi
insignificante. Lo importante es la descripción terrible de una situación
erótica en la que se suman nada menos que dos inexperiencias y una fobia. ¡Qué podía
salir bien en ese encuentro casi surrealista, al estilo del del paraguas y la
máquina de coser en la mesa de disección…! Esa noche de bodas que acaba en separación
a la mañana siguiente pudiera creerse que es algo excepcional, pero a poco que
se escarbe en la memoria de los allegados y conocidos, siempre vamos a
encontrar alguna historia semejante. Lo que sí sorprende, desde la católica y
represiva España es que la historia transcurra en Inglaterra, pero hay en la
sociedad británica una tradición tan conflictiva con el sexo, probablemente por
la influencia nefasta de la percepción religiosa de lo que ha de ser la vida
sexual “sana”, e incluso “devota”, que en modo alguno nos extraña una historia tan
triste y ridícula como la que verá el espectador. Porque sí, hay un mucho de
tragedia ridícula en la inexperiencia de ambos jóvenes. Algún crítico de la
novela se atrevía a hablar del “humor” de la novela, pero enseguida advertimos
que, tanto en la novela como en la película, lo que prima es la aversión a los
humores, a los fluidos corporales. Aunque el autor se ha encargado de la adaptación
y firma el guion, he de advertir al espectador de que lo que verá será una versión
de la novela, sobre todo en la parte del desenlace, que se aparta totalmente de
la novela, y nos entrega una especie de final melodramático que roza el
ridículo, pero allá quienes así lo decidieron. A mi entender es como un borrón imperdonable
en una exquisita página caligráfica cinematográfica, y aunque hay otras “libertades”,
como la impactante desnudez, algo forzada, de la madre del protagonista, que
padece una severa lesión cerebral, producto de un traumático percance, la puesta
en escena, los primeros planos, el pulso narrativo y una espléndida fotografía cálida
del cinematografista habitual de Steve McQueen, Shame y 12 años de esclavitud,
otorgan a la película un estatus de ópera prima archinotable. Ya hemos reseñado
la interpretación notabilísima de la pareja protagonista, pero, como suele
suceder en las cinematografías consolidadas, no hay secundario que no esté a la
altura de los protagonistas, y de ahí la sensación de película redonda con que
saldrán los espectadores de este prometedor debut de Dominic Cooke.






