martes, 16 de marzo de 2021

«Starlet», de Sean Baker o la soledad.

El insólito acercamiento afectivo de dos soledades, y sus secretos respectivos, desde dos edades separadas por el tiempo.

 

Título original: Starlet

Año: 2012

Duración: 103 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Sean Baker

Guion: Sean Baker, Chris Bergoch

Fotografía: Radium Cheung

Reparto: Dree Hemingway, Besedka Johnson, Stella Maeve, James Ransone, Liz Beebe, Cassandra Nix, Jessi Palmer, Amin Joseph, Kristina Rose, Eliezer Ortiz.

 

         Pues sí, The Florida Project fue la película con la que, finalmente, Sean Baker se asomó incluso a las nominaciones a los Oscar, todo un éxito en quien hasta esa película se ha movido en los circuitos de cine independiente, con relativo éxito de púbico, pero a cada nueva película con mayor reconocimiento crítico. No la vi, porque me esperaba, ignoro por qué razones, una suerte de corrección política buenista que ahora sé, después de haber visto Starlet, que es incompatible con el autor, porque se mueve en los márgenes de la realidad, en vidas vividas en los límites y en la indiferencia de lo que podríamos llamar «la marcha general de las cosas», a la que en Usamérica se refieren como mainstream.

         El inicio de la película activa las resistencias del espectador, pero no las del crítico, porque todo parece indicar que vamos a presenciar otra muestra más de «realismo sucio» no muy distante de un neonoir como Too Late, de Dennis Hauck, porque parte de la sordidez de algunas escenas de esta se mueven en el mismo ambiente del cine porno en que se desarrolla parte de la trama de Starlet; y he de reconocer que, a fuer de realista, el ambiente es muy deprimente y consigue distanciar emotivamente a los espectadores. No se trata de sentirse escandalizado, sino de que la industria del porno tiene una normalidad en la que cuesta acceder desde fuera, acaso no desde dentro, a juzgar por otras películas en que se manifiesta la profesionalidad que rigen sus relaciones.

         Instalada en casa de una amiga, que también trabaja en la misma industria, junto con su novio, que quiere destacar en la dirección de ese género, además de interpretarlo, la joven tiene una vida solitaria, centrada en su perro, Starlet, al que saca de paseo y poco más. Un buen día decide decorar su habitación y sale de compras por los mercadillos de los jardines traseros que se instalan en las casas de los barrios residenciales, donde los vecinos saldan los «trastos viejos» de los que se quieren deshacer. Entre lo que compra hay un termo que enjuaga con agua para limpiarlo y, al volcarlo, comienzan a caer fajos de billetes enrollados y atados con una goma, por un importe de unos 10.000 dólares.

A partir de ese momento se inicia una trama de aproximación de la joven a la vieja señora para tratar de devolverle el termo con el dinero, pero se encuentra con el rechazo frontal de la señora, que no quiere ser molestada. El modo como se irá aproximando a ella para intentar saber algo de su vida, si necesita o no ese dinero, cómo puede devolvérselo, va derivando poco a poco en un humano interés por conocerla, por conocer sus hábitos, sus deseos, sus recuerdos, y gracias a esa indagación en su vida se va estrechando la relación entre ambas, aunque, al principio, hay divertidos malentendidos, como cuando la ataca con gas pimienta acusándola de quererla robar y la denuncia a la policía, quien, obviamente, no haya conducta delictiva en su humano interés por hacer compañía a una persona de su edad, que no conduce, en un país en el que el coche es una auténtica «necesidad primaria».

De forma paralela, aunque bien avanzado el metraje, nos enteramos de que la protagonista es una actriz porno que va camino de convertirse en estrella, y la película nos ofrece una muestra suficiente, con total naturalidad de esa industria tan regida por los estereotipos. Ella, sin embargo, es una persona a la que podríamos calificar de «candorosa», a juzgar por el mimo exquisito con que lleva su relación con quien acaba siendo la única persona importante en su vida, y con quien planea un viaje a París, el viaje soñado de la anciana, para devolverle el dinero en especie. Ese dinero no lo echa la anciana de menos porque seguramente ni recordaba que existiera, si alguna vez supo que existiera, porque su marido era un apostador profesional «y le iba muy bien», de ahí que ella no tenga ninguna necesidad económica y pueda vivir con desahogo y con el único lujo de apostar semanalmente en el bingo.

La película apuesta por ese estilo casi de docuficción, a juzgar por la aproximación realista a las vidas, ¡tan distintas!, de los diferentes personajes de la trama y por los muchos exteriores de la película. Súmese a ello el verismo a ultranza de las actuaciones y tendremos una película llena de una especial ternura que aflora a partir de aquel «candor» que define a la protagonista por contraste con su oficio. Las dos actrices fundamentales, Dree Hemingway, hija de la inolvidable Mariel Hemingway de Manhattan, de Woody Allen, y la debutante Besedka Johnson, que moriría un año después de estrenarse la película que la vio debutar y que la consagró, forman un dúo extraordinario, y ello permite a los espectadores seguir con expectación e interés los lógicos vaivenes de una relación que a una persona de la edad de la anciana la sobrepasa, porque ella nunca llega a conocer el contenido del termo del que se deshizo en la back yard  sale típica de los suburbs usamericanos.

Está claro que la presencia de Starlet, el perro con nombre femenino, es dominante en la película, porque es, realmente, hasta que irrumpe ella en la vida de la anciana, su única compañía. Se multiplican los planos en los que aparece solo o en compañía de su ama y tiene, también, un desempeño importante en la trama, pero es mejor que los espectadores entren en esta película modesta, sin pretensiones, pero de tan hondo alcance. Y yo me afano en buscar The Florida Project, por supuesto…

 

lunes, 15 de marzo de 2021

«La mascota del regimiento», de John Ford o un western hindú.

 

¡Hasta con el «cine familiar» se atrevía John Ford para entregarnos una obra divertida, emocionante y bélica (dentro de lo que cabía…)! 

Título original: Wee Willie Winkie

Año: 1937

Duración: 100 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Ford

Guion: Julien Josephson, Ernest Pascal (Historia: Rudyard Kipling) (Obra: Mordaunt Shairp, Howard Ellis Smith )

Música: Alfred Newman, Louis Silvers, Cyril J. Mockridge, Edward B. Powell

Fotografía: Arthur C. Miller (B&W)

Reparto: Shirley Temple, Victor McLaglen, C. Aubrey Smith, June Lang, Michael Whalen, Cesar Romero, Constance Collier, Douglas Scott, Gavin Muir, Willie Fung, Brandon Hurst, Lionel Pape, Clyde Cook, Bunny Beatty, Lionel Braham.

 

         Confieso que las películas de ambientación colonial, a pesar de haber películas enormes como El hombre que pudo reinar, de John Huston, no me han atraído nunca; no así el cine hindú propiamente dicho, como la Trilogía de Apu, de Satyajit Ray, unas de las obras cumbres del cine de todos los tiempos. Por ello mismo, me resistía a entrar en La mascota del regimiento, un título ridículo para el original We Willi Winkie, que alude a un personaje tradicional del folclore escocés presto a meterse en un berenjenal tras otro. En cuanto, siguiendo mi camino de ver «todo Ford», me he adentrado finalmente en la película, me he llevado un sorpresón de mucho cuidado, tanto que estoy dispuesto a jurar sobre cualquier película del maestro que esta es una de las más grandes que ha rodado. La presencia de la pizpireta Shirley Temple pudiera parecer que Ford se avino a rodar a su servicio —entonces en la cumbre de su popularidad como niña prodigio— , cuando, en realidad, ocurrió justo lo contrario, Temple tuvo la gran fortuna de participar en una película fordiana hasta la médula, y supo formar parte de una historia en la que incluso el protagonismo es capaz de robárselo el inconmensurable Victor McLaglen, en un papel muy suyo, muy de Ford y a todas luces entrañable, porque el dúo que es capaz de formar con la aspirante a soldado convierte la película en una delicia difícil de superar, porque se reúnen dos monstruos de la naturalidad: la graciosísima Temple y el cascarrabias por excelencia del cine mundial.

 

         La historia es tan simple como hermosamente realizada por Ford, siempre atento a los detalles minúsculos que le dan músculo a la historia. Una joven viuda con su hija se reúne con su padre en el fuerte en el que está destacado, ejerciendo una labor de control de los señores feudales indios que luchan contra la dominación colonial de su país. El coronel, que no admite otro trato más que ese, ni el de padre ni el de abuelo, está interpretado por otro gran secundario del cine inglés y usamericano. C.Aubrey Smith, el coronel Zapt de El prisionero de Zenda,  de John Cromwell, representa la más tradicional idiosincrasia inglesa, del mismo modo que el personaje de McLaglen la escocesa, y ve, en la llegada de hija y nieta, más un estorbo que un placer.

         Desde el mismo inicio de la película, cuando llegan madre e hija a la estación y son recibidas por McLaglen se apunta la trama de los insurgentes, quienes intentan pasar armas de contrabando, momento en que su cabecilla es detenido. Se trata del actor de origen hispano-cubano César Romero, que aparece guapísimo como Rajá hindú, para deleite de la niña que guarda para él un collar que ha perdido en el forcejeo de su detención. Más adelante, la relación entre niña y proscrito dará un resultado narrativo muy potente, con la huida, con un ayudante indio del fuerte, a la fortaleza donde se refugia, un encuentro lleno de encanto por la inocencia infantil desde la que se ridiculiza un enfrentamiento que tiene un alto coste en vidas humanas. Pero dejemos el final para el final.

         La relación entre el sargento y la niña puede considerarse el núcleo central de la historia, sobre todo porque está llena de escenas de alta comicidad que, en el desarrollo de esa amistad entre ambos darán pasa a las de gran emotividad, como la mismísima muerte del sargento, filmada con una delicadeza exquisita por Ford al eliminar de plano al moribundo y centrar el encuadre en el ramo de flores que le regala la niña para que se recupere. De  hecho, es el aflojamiento de los dedos alrededor de las flores lo que representa el deceso. Antes, hemos vivido inolvidables escenas de la vida militar como si estuviéramos en un fuerte en el far west. Yen todas ellas, la presencia de la joven actriz añade un plus de calidad, cómica y dramática, de muchos quilates.

         Del mismo modo que la niña desarrolla una relación de amistad con el sargento, la película nos muestra cómo va desarrollándose la del acercamiento con su abuelo, a quien acaba ganándose de un modo muy natural, sin afectación ni empalagos de tipo alguno. Corre pareja esa relación con el distanciamiento con su hija, lo que incluso lleva a que la hija quiera abandonar el fuerte para regresar a Londres, tras haberse enamorado de un capitán a quien acaban arrestando por haber abandonado su puesto.

         La acción llega con el intento de los correligionarios del Rajá de liberarlo de su prisión, una refriega militar en la que el sargento acabará herido para perder poco después la vida. Ahí Ford se manifiesta «por derecho» de su filmografía y borda con suma energía esa incursión que libera al prisionero, a quien la niña ha hecho llegar, inocentemente, una nota en la que se le avisaba de tal rescate.

         Posteriormente, la expedición de la niña para pedirle al Rajá que no luche contra su abuelo, porque la Reina de Inglaterra quiere proteger a todos sus súbditos y conseguir que se hagan ricos… moviliza al abuelo para ir en su busca y rescate, porque la imagina secuestrada por el bandido. En fin, las secuencias finales entran dentro del cine conciliador apto para todo el público, que disfruta tanto de la ingenuidad de la niña como de la tensión dramática con que se aprestan ambas fuerzas a entrar en una lucha que…

         Ford tenia el don del detalle para captar la profundidad de los sentimientos y las noblezas o las vilezas del carácter de las personas, así como su lado más ridículo. Es ese prodigio de la vida viva, no filmada, el que se produce en esta película, en una India recreada en California, y en cada secuencia Ford nos la ofrece en su total integridad.

         No pasen por alto la escena en la que la niña piropea a McLaglen de niño en una foto que tiene en su mesita de noche… o aquella otra en la que, habiéndosele prohibido instruir a la pequeña como a una recluta, le corrige la posición de los brazos cuando ella quiere que le enseñe el arte de boxear… En fin, nada como Wee Willie Winkie para pasar un rato fantástico y muy emotivo.

domingo, 14 de marzo de 2021

«Bury me Dead» y «The Amazing Mr. X, de Bernard Vorhaus, «blacklisted» por McCarthy.


Un represaliado del macartismo, el desconocido director Bernard Vorhaus, que merece ser descubierto. Dos ejemplos de su maestría y de la del cinematografista John Alton. 

 

Título origina  Bury Me Dead

Año: 1947

Duración: 68 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Bernard Vorhaus

Guion; Dwight V. Babcock, Karen DeWolf (Obra: Irene Winston)

Música: Emil Cadkin

Fotografía: John Alton (B&W)

Reparto: Cathy O'Donnell, June Lockhart, Hugh Beaumont, Mark Daniels, Greg McClure, Milton Parsons, Virginia Farmer, Sonia Darrin, Cliff Clark.

 

 

Título original:  The Amazing Mr. X

Año: 1948

Duración: 78 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bernard Vorhaus

Guion: Crane Wilbur, Muriel Roy Bolton , Ian McLellan Hunter

Música: Alexander Laszlo

Fotografía: John Alton (B&W)

Reparto: Turhan Bey, Lynn Bari, Cathy O'Donnell, Richard Carlson, Donald Curtis, Virginia Gregg.

 

         He aquí un descubrimiento absoluto que también me ha deparado la selección de obras clásicas de YouTube. Antes de ser represaliado por McCarthy y «emigrar» a Inglaterra, donde se dedicó, dejando el cine, al negocio de restauración de casas, Bernard Vorhaus ya tenía una larga carrera iniciada en 1928 y acabada en 1953, como ayudante de dirección de Wiliam Wyler en Vacaciones en Roma, aunque con pseudónimo. En Inglaterra trabajó con Michael Powell al amparo de una promoción pública del cine inglés, época en la que David Lean trabajó como montador para un par de películas suyas. Rodó también en Berlín y en Roma, en Cinecittá. Estamos en presencia, pues, de un miembro de esa segunda generación de cineastas que se forjaron en todos los oficios del cine hasta llegar a la dirección, y que conocen la industria desde dentro. Por ello, sus películas, como en  este caso de Vorhaus, tienen  un acabado de calidad que, más allá de su trascendencia dentro de la Historia del Cine, constituyen un ejercicio artístico que ha de ser reconocido como se merece. Estas dos películas que he visto, para introducir a los lectores de este Ojo en la obra de este autor del que seguramente, como a mí me pasaba, no habrán oído hablar nunca, no solo constituyen dos ejercicios de cinematografía de muchos quilates, sino que ambas cuentan con el apoyo técnico de un director de fotografía tan brillante como John Alton, que imprimió, sobre todo a la segunda, una personalidad, por la iluminación y la atmosfera que crea, que va más allá de la trama a cuyo servicio está, aun no siendo desdeñable.

         Bury Me dead es una película de corte policiaco que combina a la perfección la trama criminal con la mejor comedia usamericana, llena de respuestas ingeniosas y situaciones tan brillantes como las apariciones del boxeador del que, en principio, parecen haberse enamorado dos hermanas, una de las cuales se entera, tras la lectura del testamento del padre, que no ha sido adoptada legalmente, por lo que toda la herencia va a su hermana mayor. La película arranca con un incendio en el que, por el brazalete encontrado, todos creen que ha muerto la heredera. A continuación, una mujer coge un taxi y se dirige al cementerio. El taxista le pregunta al entierro de quién va, y ella le contesta: «Al mío». Desde lejos observa la ceremonia sin dejar de hacerse la única pregunta posible en este caso: ¿Quién querría verla muerta? A partir de ahí, se «aparece» a su abogado, en primer lugar, después a su esposo, a su hermana, al servicio, etc. La trama se complica porque la hermana, que estudia psicología, se va a vivir sola y, estando enamorada del marido de su hermana, se enamora, por despecho, de un boxeador, de cuya novia, a su vez, se enamora el marido de la heredera, quien, para darle celos a su marido, de quien quiere divorciarse, también se enamora del boxeador, una figura equivalente a la del «gracioso» de nuestro teatro clásico, o a la del miles gloriosus de Plauto, que va a proporcionar a la película algunos gags de verdadera altura, ninguno de los cuales le chafo a los futuros espectadores parta que los disfruten como yo lo he hecho, porque en esos momentos, la trama criminal queda brillantemente supeditada al delicioso estilo de comedia sofisticada que tanta tradición tiene en el cine usamericano. Poco a poco, pero sin tiempos muertos, la película progresa hacia el misterio del asesinato de uno de los personajes, porque la película es una serie de flashbacks encadenados que nos van llevando hacia las conclusiones lógicas que siempre se imponen en estos casos, no sin que las falsas atribuciones de culpabilidad generen un suspense que se mantiene poderosamente hasta el mismísimo final, en que recuperamos el tono alegre de la comedia que nos ha hecho pasar un rato tan estupendo. Sí, no lo duden, estamos ante una peli de serie B, pero con todos los ingredientes del mejor cine de serie A. El reparto es muy ajustado y las actuaciones saben moverse con encanto entre esos dos géneros, el criminal y la comedia.

         The Amazing Mr.X se abre con el tono de una película misteriosa, casi gótica, y propia, acaso, de un melodrama  sobre el culto a la memoria de los muertos amados en vida. Una imponente mansión en lo alto de un acantilado, desde la que desciende una escalera hasta una playa diríase que «particular», a juzgar por los acantilados         que la cierran sin paso accesible a la orilla. Por esas arenas pasea la protagonista, con el traje blanco largo y vaporoso de rigor, junto al oleaje, una luna llena que riela sobre las aguas y la persistente y dolorosa sensación de que entre el viento y el mar susurran su nombre, llamándola, atrayéndola. Allí encuentra un cuervo y un hombre misterioso que sele ofrece como vidente.

         La protagonista ha perdido a su marido, un pianista, y lleva tiempo ya percibiendo su presencia, que la arrastra, sobre todo por las noches, a una deambulación nocturna que tira de ella hacia la playa en la falda del acantilado donde se yergue la casa, un escenario perfecto de novela gótica en el que lo más natural es la presencia de espíritus o fantasmas. La mujer ha intentado rehacer su vida y tiene incluso un pretendiente, pero la firme impresión que le causa la sensación de entrar en contacto con su marido impide que dicha relación progrese. Finalmente, acude a la consulta del vidente y a través de sus artes consigue crear en la viuda la esperanza de entrar en relación con su esposo.

         No tarda la trama en desnudar los artificios del mago, la relación íntima de una de las doncellas de la casa con él para extorsionar, vía espiritualista, a la clienta , y a ello se suma la intuición de la hermana pequeña de la protagonista, quien se presenta en casa del vidente para intentar «descubrir» qué trama tiene a su hermana como objetivo central. Lo que ocurre es que la pánfila muchachuela queda literalmente «hechizada» por el amazing vidente, quien le acaba pareciendo la humana encarnación de todas las gracias masculinas que esperaba conocer ella. Van juntas a una sesión en la que el mago despliega todas sus armas para impresionar a dos mujeres dispuestas a dejarse impresionar. Se complica todo cuando el prometido irrumpe con la policía en la sesión y no descubren nada de los trucos, bien protegidos del vidente. Le obligan, eso sí, a repetir la sesión para desacreditarlo, pero, en ese momento, vuelven a oírse las notas del Nocturno número 9 en si bemol menor de Chopin que funcionan como un leit motiv a lo largo de toda la película para anudar la relación psicológica de dependencia entre la protagonista y su difunto marido, y, al fondo de la sala, envuelto en claridades de niebla espesa aparece la figura del marido, todo ello ante el desconcierto del vidente que ignora qué está pasando…

         A partir del secreto desvelado y del concierto de voluntades para esquilmar a la presunta viuda, la trama toma un rumbo no por bien conocido interpretado con un convencimiento total que logran suspender el ánimo de los espectadores ante lo que todo da a entender que será un suicidio «programado», pero ahí me detengo, a punto de pisar en falso en lo alto del acantilado sobre la playa…

         Está fuera de toda duda de que nos movemos en una producción en B, pero la poderosa fuerza de las imágenes iluminadas, o, mejor dicho, ensombrecidas por John Alton le proporcionan a la película un empaque de serie A total. A ello contribuye también la interpretación del reparto, con actores y actrices de segundo nivel, como el vidente Turhan Bey, de padre turco, o Cathy O’Donnell, quien murió prematuramente con 46 años, en el apogeo de su carrera. En esta sesión doble, ella actúa con una capacidad de entusiasmo que ya presagiaban su magnífico desempeño en otros papeles más complejos, como en la ópera prima de Nicholas Ray, Los amantes de la noche. Ambas películas le permiten una gama de registros interpretativos que les hacen ganar muchos enteros.

         No son pocas las películas centradas en las estafas del espiritismo, pero en esta de Bernard Vorhaus ha de ponerse el acento en la capacidad extraordinaria de crear una atmósfera en una puesta en escena que permite auténticos encuadres de obra maestra, como todos en los que, con la ventana abierta, las cortinas se mueven en un bationdeo rítmico mientras la luna se enmarca en el rectángulo del dintel y las jambas, hacia los que se acerca la cámara con una lentitud que anticipa un peligro inminente… Por otro lado, y para «compensar» los desasosiegos que esas tensiones le causan al espectador, la figura pícara del vidente estafador está descrita con tal tono de comedia y farsa que nos parece imposible que se preste a un juego tan sucio como el del difunto marido…

         En fin, si he logrado interesar a alguien en un director «rescatado» del olvido en que, como tantísimos otros, había caído, me doy por satisfecho. En este sentido, bucear en el pasado del cine es siempre una aventura llena de recompensas, como en este caso.

 

jueves, 11 de marzo de 2021

«Jack el Destripador», de Hugo Fregonese o una interesante versión libre del caso célebre.

 


Fino humor británico y números musicales para un asesino torturado por un trauma familiar o Jack el Destripador como pretexto narrativo. 

 

Título original: Man in the Attic

Año: 1953

Duración: 82 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Hugo Fregonese

Guion: Barré Lyndon, Robert Presnell (Novela: Belloc-Lowndes)

Música: Hugo Friedhofer

Fotografía: Leo Tover (B&W)

Reparto: Jack Palance, Constance Smith, Byron Palmer, Frances Bavier, Rhys Williams, Tita Phillips, Lisa Daniels, Sean McClory, Lilian Bond, Harry Cording, Isabel Jewell.

 

         Hugo Fregonese fue un argentino de Mendoza que siguió sus caminos cinematográficos en Usamérica, en Inglaterra y en su propio país, aunque no fue precisamente lo que llamamos «profeta en su tierra». A su etapa usamericana pertenece esta película inspirada en el célebre caso de Jack el Destripador, una suerte de producción B, pero excelentemente rodada y con un buen guion que desarrolla una historia inspirada en el famoso asesino que aterrorizó la ciudad de Londres a finales del XIX y que llegó a aparecer en obras literarias como La caja de Pandora, de Wedekind, cuya protagonista, Lulú muere asesinada por él.

         La seleccioné en la cinta de correr por la aparición en el reparto de Jack Palance, un rostro muy adecuado para una película de terror, sin duda, pero, contrariamente a lo que podríamos imaginar, el protagonista casi rebosa bondad y delicadeza, lo que lleva a que la sobrina de los propietarios de la casa en cuyo ático se hospeda acabe medio enamorándose de él. El matrimonio, encarnado por dos actores de reparto tradicionales: Frances Bavier y Rhys Williams, le dan a la película un toque de humor excelente que contribuye a distender los ánimos de los espectadores hasta que, como era lógico pensar, aparecen las sospechas sobre el inquilino que, habiendo pagado por adelantado y siendo un eminente patólogo clínico. La lucha entre las sospechas y las evidencias de mujer y marido constituyen un capítulo costumbrista de corte excelente.

         Como la sobrina de los hospederos es artista de variedades, con un número musical muy picante para la época, porque aparecen, ella y sus girls, bien ligeritas de ropa, la película tiene esa dimensión musical que incluso se completa con la interpretación de otra canción por parte de una mujer a la que acompañan los policías hasta su casa, donde será asesinada por «el Destripador», como recogen al día siguiente los periódicos y vocean los vendedores. La aparición de Scotland Yard, uno de cuyos agentes investigadores, se enamora de la cantante y rivaliza con el huésped de sus tíos, incorpora un triángulo amoroso cuyo desarrollo está más en función del acercamiento entre la sobrina y el huésped que en el progreso de las investigaciones, aunque el hecho de tomarse en serio las sospechas de la tía lo involucra más en la tensión policiaco-amorosa que se establece. Antes de ello, el patólogo, que trabaja hasta muy tarde por la noche, se ha sincerado con la sobrina cantante y en una notabilísima escena hemos conocido los antecedentes de la vergüenza profunda y dolorosa de un hijo que ha sufrido cómo la madre humilla al padre y cómo acababa sus días «en el arroyo», lo que provoca un trauma en el niño que acabará volviendo a su presente cuando, en otra de las buenas escenas de la película, advierta la lascivia con que los hombres miran los provocadores pasos de las chicas en el escenario, su «amada» incluida.

         No se trata tanto, como se advierte por lo dicho, de una versión tradicional de la truculenta historia de Jack el Destripador cuanto la historia de un asesino traumatizado por un recuerdo de infancia que lo induce al asesinato. ¿Qué hay de la verdadera historia de Jack the Ripper en la película? Pues una excelente ambientación victoriana, una hermosa y casi expresionista fotografía de los adoquines húmedos, las calles oscuras y la niebla londinense clásica, es decir, una puesta en escena cuidadísima, a la altura de la magnífica y fluida narración que consigue Fregonese, quien conduce el relato con una precisa economía de medios, puntuando con sobresaliente intriga los pasajes del relato que contribuyen a alimentar el interés de los espectadores. Por otro lado, las interpretaciones de Palance y de Constance Smith, que se desenvuelve con mucho arte en los pícaros números musicales y en el intento de redimir al hombre dolido que tanta compasión por sus heridas le inspira, son la baza fundamental, al margen del contrapunto humorístico de los tíos de ella. Palance, el único actor al que le calza como un guante lo de la cara «anfractuosa» como descripción de lo más destacado de su persona, consigue, desde su irrupción en escena, seducir a los espectadores, y, de hecho, se le echa de menos en las ocasiones en que la acción transcurre por la vía paralela de las investigaciones o las sospechas de sus hospedadores.

         Da igual que se conozca la historia de cabo a rabo, da igual que el ambiente, la fotografía y la puesta en escena nos remitan a otras películas con idéntico o parecido asunto, estamos ante una película muy digna de ser vista. ¡Y que nadie se pierda la persecución final de los coches de caballo, como si de un Ben-Hur victoriano se tratase! ¡Espléndida!

 

 

lunes, 8 de marzo de 2021

«I Am Mother», de Grant Sputore o la mujer cuidadora…

 

Una parábola sobre la necesidad primordial del cuidado de la prole para evitar la extinción de la especie tras el apocalipsis del planeta.

 

 

Título original: I Am Mother

Año: 2019

Duración: 114 min.

País:  Australia

Dirección: Grant Sputore

Guion: Michael Lloyd Green

Música: Dan Luscombe, Antony Partos

Fotografía: Steve Annis

Reparto: Clara Rugaard, Hilary Swank, Luke Hawker, Tahlia Sturzaker, Jacob Nolan, Summer Lenton, Hazel Sandery, Maddie Lenton.

 

         Tras un corto, Legacy, y dirigir una serie de cuatro episodios, Castaway, Grant Sputore debuta en el largometraje con una historia futurista llena de sugerencias, recuerdos y propuestas que a buen seguro van a desconcertar a muchos espectadores, quien esto escribe incluido. No tiene una trama enrevesada, pero se necesita estar muy atento para que las frases que, dichas un poco casi como de paso, y que sirven para descifrar las entrañas de la trama, no nos pasen desapercibidas. Reconozco humildemente que un extremo de la película solo he podido aclararla a través de la crítica que le hizo el chileno J. Páez en FilmAffinity.

         La acción se inicia en lo que tiene toda la pinta de ser una estación espacial. En ella, un robot selecciona un embrión humano de los muchos que guarda congelados y activa el proceso de su desarrollo. «Nace» una niña y el robot, de voz dulcísima, la acompaña en su crecimiento hasta que llega a la mayoría de edad, siguiendo, siempre, todas las indicaciones del robot a quien llama «madre» con auténtico cariño, porque «cuida» de ella con una solicitud y esmero indesmayables. La comunicación entre ambas es cariñosa y leal.

         Como un aviso que nos habla de la relación de la estación espacial con el exterior, un día la joven descubre un ratón, el único ser vivo, junto con ella, de la estación. Por motivos higiénicos, sin embargo, su madre se lo quita y lo incinera, lo que contraría notablemente a la muchacha. La joven tiene grabaciones del mundo que parece haberse extinguido, y del que solo ella es, ahora, la única representante en un mundo de robots que la cuidan y que proveen a sus necesidades. En ese momento en que la joven comienza a asumir una mayor autonomía y a cuestionar, de modo anecdótico, las decisiones de su madre robótica, irrumpe en escena, desde el exterior, una mujer, herida en una pierna, que desconcierto por completo a la joven, quien estaba convencida de que no existían seres humanos como ella. A partir de ese momento, se genera una tensión entre «las tres» llena de misterios profundos que desconciertan a la joven, quien, lógicamente, se ve en la tesitura de acercarse bien a su madre cibernética, bien a su «semejante». En ese momento los espectadores descubrimos lo que no se nos ocultaba: que el robot materno es, así mismo, una poderosa arma letal, capaz de todo para evitar que le «roben» la cría.  En medio de esa tensión, la madre-robot decide iniciar a su hija en el descongelamiento y gestación de un «hermano» escogido entre los embriones congelados, un proceso que cumplen a la perfección, mientras la «intrusa» se recupera en la enfermería de la herida de bala que, según la madre-robot, se ha infligido ella misma, para acabar de confundir del todo a su hija.

         Pasada la hora larga de acción en la plataforma, que recuerda mucho la nave de Alien, aunque, en este caso, sea la joven lo «extraño» en ese mundo cibernético, la mujer logra convencer a la chica para que se escapen juntas, previa amenaza a la madre-robot de degollar a la hija si se lo impide. El mundo exterior, con una tierra de ceniza, plantaciones de maíz en la que se refugian cuando son perseguidas por una aeronave de la estación, la visión del mar con un buque enorme partido en dos y varado en la playa, son señales inequívocas del cataclismo que debe de haber acabado con la vida humana en el planeta. La mujer lleva a la joven al contenedor donde ha instalado su casa y sobrevive como puede, aunque, para desengaño de la joven, no hay ni rastro de otros seres humanos con los que poder socializar o compartir una aventura de vida: solo están ellas dos frente a la organización de la plataforma, con la que todo parece indicar que la mujer tiene alguna «cuenta pendiente».

         A partir de aquí, está claro que nos acercamos a la parte final de la trama, en la que la joven, muy espabilada, irá haciendo los descubrimientos pertinentes que le ponen en antecedentes de lo que ha pasado, de lo que está pasando y de lo que va a pasar si… Y ahora sí que he de enmudecer, antes de que me aborrezcan para siempre.

         La jovencísima actriz que lleva todo el peso de la película, Clara Ruggard, es un acierto pleno, porque no solo aguanta perfectamente el pulso con una actriz tan experimentada como Hillary Swank, sino que incluso acaba imponiéndose en ese duelo, si juzgamos por la amplia gama de sentimientos que es capaz de expresar en esa tensión que la sitúa entre la lealtad a su madre y la lealtad a su congénere.

         Me temo que esta suerte de celebración de la «maternidad» no acabe de ser del agrado de algunas corrientes feministas, pero sí de otras pioneras como la condesa de Campo Alange, por ejemplo, para quien la maternidad es el signo distintivo por excelencia de la mujer. Lo que está claro es que en un escenario apocalíptico como en el que se sitúa la acción la maternidad es la única clave para la recuperación de la especie, un proyecto del que las tres figuras, el robot maternal, la mujer y la joven forma parte.

         La puesta en escena de la película es muy meritoria, y la desolación de los exteriores, con el buque varado en la playa, que recuerda, en parte, a El planeta de los simios, magnífica. Por fuerza, la escasez de personajes puede parecerles un hándicap a algunos espectadores, pero, a mi entender, la trama discurre siguiendo unas pautas muy precisas en la que los motivos dinámicos aparecen a tiempo para evitar esa posible sensación de claustrofobia, una sensación que, a larga, operará en sentido contrario del que los espectadores se imaginan…, pero que ellos lo descubran.

 

 

sábado, 6 de marzo de 2021

«La boda de Rosa», de Icíar Bollaín: la boda boba.

 

Autoestima pública neoliberal o una deseada mascletá de risas que, sin embargo,  fa figa por el verbenismo castizo mal entendido…

 



Título original: La boda de Rosa

Año: 2020

Duración: 100 min.

País:  España

Dirección: Icíar Bollaín

Guion: Icíar Bollaín, Alicia Luna

Música: Vanessa Garde

Fotografía: Sergi Gallardo, Beatriz Sastre

Reparto: Candela Peña, Sergi López, Nathalie Poza, Paula Usero, Ramón Barea, Xavo Giménez, María Maroto, Eric Francés, Lucín Poveda, María José Hipólito.

 

         Lo reconozco, habiéndonos ofrecido Icíar Bollaín un peliculón como Yuli, que pasó en los Goya sin pena ni gloria, no acabo de entender que se nos descuelgue con una comedieta que apunta en la buena dirección: la insoportable esclavitud de una mujer «ayudadora» que ha dado literalmente su vida por los demás y que, en el medio «dantesco» del camino de su vida, toma la sabia decisión de huir de los compromisos para comprometerse con su propio proyecto vital; pero que yerra en un desarrollo que mezcla drama y comedia a partes iguales con una galería de personajes a los que se retrata de forma tan escueta que es imposible verlos sino como torpes «figurantes» de la aventura de la protagonista.

Estaríamos, pues, ante una película que hace de la heroína, de quien, por su buena fe, abusan cuantos la rodean, en el trabajo y en la familia, una supuesta «heroína de nuestro tiempo», una mujer abusada que decide liberarse de todos los yugos, algunos incluso queridos, y reafirmarse en sí misma con esa ñoña energía de los libros de autoayuda: darse un baño de refuerzo positivo con una ceremonia que ni siquiera como disparate dinamizador de las contradicciones sociales logra disfrazar la bobería absurda que es. Bien mirada, se parece mucho, la película, a esas comedias románticas usamericanas que acaban en boda, pero no a El graduado, de Nichols, desde luego… Insisto, como elemento absurdo que irrumpe en los esquemas tradicionales del resto de personajes con quienes tantas cosas comparte no acaba de funcionar, dicha bobería. De ahí que el conato de drama que podría haber maquillado una supuesta «comedia levantina», espero que sin deseos de homenajear a Berlanga…, derive por la pendiente de esas escenas corales llenas de tanta alegría estereotipada de manual como la propia boda en la cala o la «fiesta» de las mujeres en la mercería.

De nuevo parece que las resbaladizas «buenas intenciones» han arruinado un planteamiento que, de indagar en los diferentes abusos que sufre la protagonista, con algo más de «mordiente», podría habernos deparado una excelente y necesaria película reivindicativa, porque el comienzo de la película, con la modista habiéndose de encargar ¡hasta del gato de la amiga! que se va de vacaciones y la expresión, ¡tan familiar!, de la devastación reflejada en su rostro, enfrentándose, para acabar el día, con la decisión de su padre, viudo, de instalarse con ella, porque es de entre los tres hijos «su ojito derecho»… prometía mucho, en efecto.

Es cierto que una comedia se construye con gags, pero hilvanar gags no es suficiente para construir una comedia. Lo prueba el excelente de la hija de la protagonista teniendo que dar de comer a sus gemelos al tiempo que intenta mantener una videoconferencia con su madre. Te arrancan la sonrisa, como algunos comentarios del hermano, un Sergi López tan apocado como desorientado en un papel en el que, exactamente, no sabe qué pinta en la narración, salvo el humilde papel de coro y coartada para que la protagonista lleve adelante su sueño de liberación neoliberal, antipodemita y de manual de autoayuda, porque de esa manera puede también entenderse el hecho de casarse con uno mismo como, habitualmente, nos casamos con nuestra opinión, con nuestra empresa o con nuestras aspiraciones de todo tipo: artísticas, deportivas, políticas…

La crítica de la institución familiar como un semillero de discordias emocionales, de rivalidades psicológicas y de intereses utilitaristas cae dentro de la perspectiva tradicional de las comedias transgresoras, pero en La boda de Rosa digamos que dicha institución está algo así como «achatada por los polos…», porque enseguida se advierte que se trata de buscar un complemento más o menos gracioso que esté a la altura de la supuesta, y real, bobería de la protagonista. A ello contribuye Sergi López con eficacia, y logra arrancar alguna sonrisa, ya digo, pero su propio personaje se desmorona a la que se rasca un poco en él, ¡y no digamos ya cuando de lo que se trata es de mantener la ficción de la boda! Cuando una bobería se alarga, es imposible que salgan a flote las buenas intenciones iniciales, tan magníficas como lo atestigua el maratón onírico que abre la película.

Los mejores momentos de la película son, sin duda, los del encuentro de la protagonista con el recuerdo de la madre, con su «obrador» de costurera, con el propio local que regentaba, ¡con esos hermosos maniquíes «retro»! y con la imagen del gato instalado junto a las cajas de los botones en las estanterías del local. Si bien se mira, hay un cierto parecido entre esa parte y la película de Coixet, La librería, que a mí me pareció un bodrio sentimetaloide de primera. La diferencia está en la sosería de Emily Mortimer y la actriz «de raza», se decía antes —e ignoro qué corrección política la ha sustituido— de Candela Peña, a quien ayer vi por partida doble: en el capítulo correspondiente de la segunda temporada de Hierro, ¡magnífica serie!, y en esta película en la que, por contraste, se aprecia mucho mejor la versatilidad interpretativa de la actriz.

Una película tan desequilibrada, sin armonía entre sus diferentes líneas temáticas, corre serios riesgos de acabar desinteresando al espectador, y eso es lo que a mí me ocurrió. Celebraba algunos momentos, pero veía enseguida la búsqueda de «momentos» para cada miembro del reparto, una confidencia a calzón quitao aquí, un abrazo muy emotivo allí, una perplejidad acullá, y los raudales de previsibilidad en lo que los demás esperan de nosotros y lo que nosotros no hemos sabido entender de los demás…, pero con un exceso de sol, de playa y de las redichas buenas intenciones. La España plurilingüística está bien resuelta, porque los cambios de un idioma a otro son la moneda corriente en los territorios bilingües, y más aún en las familias de diferente origen regional, como es el caso de la de Rosa. Otra cosa es el indispensable realismo que media entre los «proyectos personales» y la realización material de los mismos, y en estos días de pandemia vemos cómo se las ven y desean algunos para mantener a flote esos proyectos en los que han invertido su vida. Hay en ese aspecto, algo de buenismo de color de rosa en la aventura empresarial de Rosa por el que la película pasa de puntillas, huyendo del «realismo sucio» para centrarse en la «emotividad sentimental», muy en línea con los tiempos actuales en que los sentimientos eclipsan las razones. Ya veremos cómo acaba esa contienda…

 

viernes, 5 de marzo de 2021

«Anatomía de un Dandy», de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega: Umbral o la casa herida.


 Cruzar los Umbrales enmascarados nos lleva al centro del laberinto donde late una herida, la herida: una ausencia irremediable y fatal, mortal y rosa… 

Título original: Anatomía de un Dandy

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España

Dirección: Charlie Arnaiz, Alberto Ortega

Guion: Óscar García Blesa, Emilio González, Álvaro Giménez Sarmiento

Fotografía: Luis Ángel Pérez

Reparto: Documental, (Voz: Aitana Sánchez-Gijón) (intervenciones de: Francisco Umbral, María España Suárez, Raúl del Pozo, Juan Cruz, Manuel Jabois, Pedro J. Ramírez, Ángel Antonio Herrera, Antonio Lucas, David Gistau, Victoria Vera, Ramoncín).

 

         Llegué tarde al Umbral novelista, a pesar de ser tan prolífico y de la polémica que en el 77 despertó ¡el título! de su obra La noche que llegué al Café Gijón, porque los puristas decían que había de escribirse la preposición «en» precediendo al relativo. En aquella juventud ignorante mía poco más se me quedó de aquella exploración de la memoria. Umbral, entonces, era, para mí y para muchos, el Umbral de las negritas de El País, un cronista de sociedad con verbo valleinclanesco y muy mala leche, aunque con un excelente ojo clínico para radiografiar la época. Umbral era una figura antigua: de salones literarios, conjuras de redacciones y exhibiciones wildeanas de dandismo de capa española o abrigo de astracán. Umbral fue siempre, un «muchachito de Valladolid» con ganas de «comerse el mundo» y sentar plaza de escritor reconocido y celebrado. Las ninfas, que leí no hace mucho, es algo así como la crónica de la despedida de la «provincia», de igual manera que La noche que llegué al Café Gijón es la crónica del encuentro con su «destino».

         El documental toma el título de su libro sobre Larra, un referente indiscutible para cualquiera que quiera convertirse en un periodista que vaya más allá de la noticia y aspire a detectar el pulso de una época y sea capaz de radiografiarla del modo más elocuente y lúcido posible. Que fuera amparado por Delibes en El Norte de Castilla y luego avalado por él para su aventura madrileña nos habla de un auténtico profesional del periodismo que aspira, sin embargo, a convertirse en escritor celebrado, teniendo, como tenía, muy cercano el ejemplo de Camilo José Cela, quien lo ayudó en sus comienzos para que le fueran publicadas sus primeras novelas.

         Un documental biográfico es un género muy frecuente, pero construirlo con los materiales precisos para seleccionar lo esencial no está al alcance de todos cuantos frecuentan dicho género, y a veces, sobre todo por la selección de los invitados, puede haber alarmantes descensos de nivel. No es el caso. Cualquier espectador que lo vea tendrá una acabada imagen del escritor y es posible que incluso le resulten novedosas algunas revelaciones que solo muy recientemente fueron conocidas, como sus orígenes familiares y, sobre todo, la visión del lado familiar de Umbral antes, durante y después del nacimiento, desarrollo y muerte de su hijo «Pincho», quizás la parte más dolorosa y humana del documental, una fatalidad que marcó desde muy temprano la vida del escritor, pues el hijo muere en 1974, a los seis años de edad. El desengaño, el acerbo nihilismo del autor lo lleva a crear un personaje, ese que acabará siendo uno de los ejes de la vida mediática de este país, el archiclásico  personaje del «Yo he venido aquí a hablar de mi libro», en la célebre entrevista en televisión, entonces la única. La glaciación que sufrió el autor a resultas de la muerte de su hijo lo congeló en una imagen estereotipada a la que, sin embargo, logró, por sus propias capacidades intelectuales, extraerle un rendimiento extraordinario, en término de posición social y literaria. Con todo, las varias caras de Umbral se ven con claridad en el documental y todos podemos comprobar, más allá de la figura pública, la existencia de un profesional de la Literatura que trabajaba con rigor y perseverancia, lo que se sumaba a las dotes innatas que le permitieron realizar una obra que se ha ido revalorizando con el tiempo.

         La presencia de su mujer María España Suárez, que fuera fotógrafa de El País, tiene un valor histórico irreemplazable, y todo lo relativo a la relación de «Paco» con su hijo y con la tragedia sufrida logran emocionar al espectador, porque esa faceta hogareña y de padre dedicado al «hijo», una vida que iba mucho más allá de la mera descendencia tanto para ella como para él, y, por lo visto en el documental, la criatura era un auténtico cascabel que podía colmar plenamente las expectativas de sus padres.

Umbral no solo quería ser escritor, sino también «leyenda». Valle Inclán  dijo en una ocasión que él no escribía en gallego porque ser el primero en la lengua del terruño era demasiado fácil, que él lo que quería era competir con cuatrocientos años de gloriosa literatura española. Umbral, sin esa megalomanía de don Ramón, pero teniendo presente que Madrid ha sido el centro de una Literatura tan importante como la española, aspiró siempre a dejar la impronta de su persona y, por supuesto, de su obra. El retrato de Umbral con su bufanda, su abrigo largo de astracán, la melena al viento, las largas patillas a punto de ser de hacha y las gafas cuadradas como dos grotescas y diminutas pantallas de televisión ha quedado para siempre, ¡inconfundible! Pero también su figura de periodista innovador y leidísimo, siguiendo la estela de su amado Larra. No solo por sus famosas negritas y por sus crónicas de la «Movida» y de una sociedad, como la madrileña, en permanente ebullición desde el 78, arrebatándole a Barcelona la capitalidad cultural de España, o por sus artículos biográficos de escritores que culminaban una tradición, la de las biografías que escribiera Ramón Gómez de la Serna, con quien también tiene Umbral no pocos puntos de contacto.

Como reciente aficionado a su obra —lo primero que he hecho después de ver el documental es ir a comprar Mortal y rosa, por supuesto—, me ha llamado poderosamente la atención que no apareciera ni siquiera citada una obra suya que para no pocos críticos pasa por ser su obra maestra, me refiero a Leyenda del César visionario, sobre la figura de Franco, los escritores falangistas que apoyaron el Movimiento Nacional y sobre la terrible España ultramontana que estaba gestando esa rebelión contra la Segunda República. Umbral ha acabado creando un estilo propio, pero muy cercano a los dos grandes referentes de su obra: Valle Inclán y Cela. Su envidiable capacidad de penetración en el pulso de una época, además del uso y abuso de la temeridad en los juicios históricos y personales de las grandes figuras del pasado y del presente, una iconoclastia propia del «muchachito de Valadolid» que ha de destronar a sus predecesores para ocupar su propio espacio, tienen en la novela sobre Franco y lo que tímidamente comenzaba a ser el franquismo una verdadera joya literaria que satisfará a los intelectores más exigentes.

La sabia combinación de las fuentes documentales y la presencia de testimonios vivos, salvo el malogrado periodista David Gistau, permiten componer un retrato acabado del escritor. Para muchos espectadores, repasar la vida de Umbral constituye un ejercicio de autobiografía, porque, por lejos que se estuviera de su obra seria o periodística, ¡no menos seria!, Umbral ha sido lo que todos entendemos como «personaje público» mucho antes de que estallara esta sociedad mediática y mediatizada por el éxito a cualquier precio y sin ninguna virtud, justo lo contrario de lo que él representó; su figura, sus salidas de tono, sus desplantes, sus transgresiones, su dandismo en tiempos de mediocridad, etc. nos han acompañado a muchos a lo largo de nuestra larga vida. Este documental, sin embargo, tiene la virtud de abrirnos de par en par la exacta dimensión de la herida íntima que transformó su vida, para bien, para mal y para disfrute o aborrecimiento del público al que todo lo daba y al que nada debía. Las imágenes patéticas de su final son el contrapunto de las soberbias de su época triunfal, pero ambas son máscaras, enseguida se advierte y él lo reconoce, de otro Umbral, íntimo y herido, que todos los espectadores podemos contemplar con sobrecogimiento y una compasión que, imagino, jamás aceptó de nadie. ¡Cómo resuena aún esa reacción humana suya cuando alguien quiere consolarlo diciéndole «Si Dios lo ha querido…» y a él le sale de las entrañas el «Pues muy hijo de puta Dios, ¿no?»!

En definitiva, un acercamiento honesto y riguroso a una figura clave de la España intelectual del posfranquismo y el estallido democrático del 78. Descanse en paz (Junto a «Pincho»). Se le lea en paz.