viernes, 27 de diciembre de 2019

«Muerte al amanecer», de Josep Maria Forn o el buen cine policiaco barcelonés.



Una trama enrevesada que mantiene el interés del espectador durante toda la película: Muerte al amanecer o una variación del «falso culpable» con una esmeradísima realización.

Título original: Muerte al amanecer
Año: 1960
Duración: 94 min.
País:  España
Dirección: Josep Maria Forn
Guion: Josep Maria Forn, Mario Lacruz (Novela: Mario Lacruz)
Música: Federico Martínez Tudó
Fotografía: Antonio Macasoli, Sebastián Perera (B&W)
Reparto: Antonio Vilar, José María Rodero, Nadia Gray, Antonio Almorós, Pedro Porcel, Rafael Navarro, José María Caffarel, Vicente Soler, Howard Vernon.

El cine español trató de adaptar los códigos narrativos del cine negro desde bien poco después el final de la Guerra Civil, así que el país comenzó a despertar, poco a poco, de tan trágico suceso. Las películas policiacas barcelonesas, muchas y muy buenas, en la década de los 50 están presentes en la cuidada realización de esta versión de una novela de Mario Lacruz, El inocente, cuyo guion escribieron al alimón él y Forn. La sinfonía de puntos de vista que es la novela, amén de los flash back que la estructuran, exigen del espectador una visión atenta para no perder el hilo de una trama que sigue en lo esencial, los pasos del hijo cuyo padre adoptivo es encontrado  muerto en su casa, presumiblemente asesinado. Se trata, por cierto, de una de esas películas que no se han "estrenado" en Filmfinity: ni puntuación ni críticas, lo que nos habla de lo poco conocida que será entre los aficionados.
La acción se inicia en Sitges, donde la policía encuentra al hijo del fallecido, aunque los espectadores aún no sabemos nada del caso,  en un hotel, completamente desorientado, como viviendo en una nube, pálido y sin saber ni qué le ocurre ni casi quién es y mucho menos dónde está. En el fantástico trayecto a través de las cuestas del Garraf, con planos espectaculares del coche bordeando los mojones que previenen de despeñarse por los riscos de esa carretera trazada prácticamente sobre el mar, el detenido sufre la tentación de abrir la portezuela del coche de policía y lanzarse al vacío. Lo que hace, sin embargo, es, tras llegar a Barcelona, aprovechar la parada en un semáforo para abrir la puerta y escaparse del policía que, antiguo futbolista, no puede alcanzar al huido por culpa de una lesión que le impide correr, y que sus superiores ignoraban que padeciera.
A partir de ese momento, se inicia la larga huida del sospechoso de asesinato, un Antonio Vilar -actor portugués que desarrolló una prolífica carrera en España, y a quien ya vi en La calle sin sol, de Rafael Gil, un drama social ambientado en el Raval de Barcelona, una película espléndida- ajustadísimo a un papel bien curioso, porque, como confesaría Lacruz en su momento, debido a la censura de la época, la acción y los personajes, con nombres extravagantes, buscaban descontextualizar una obra en la que, sin embargo, había referencias sociales inequívocas y que en la presente película han desaparecido, como la de los maquis, por ejemplo.
El protagonista está convencido de su inocencia, pero no descarta que pueda ser también culpable y que padezca una amnesia que le impida recordar las circunstancias del asesinato que bien podría haber cometido, por las malas relaciones que tenía con su padre, quien lo visitó para pedirle mucho dinero.
Hay, en la película una insinuación evidente de una relación incestuosa entre los hermanastros, porque la hermanastra enseguida se apresura a tratar de ayudarlo, como ya hizo otras veces, como cuando fue expulsado del colegio, lo cual nos pone en antecedentes de un hijo conflictivo que choca, sin embargo, con el presente del personaje. Ese presente desorientado, como si el protagonista viviera fuera de la realidad, lo asocian los críticos, al parecer, con la confusión y la angustia vital del existencialismo entonces dominante, como corriente filosófica en el continente.
A esta trama familiar ha de sumarse la aparición de un José María Rodero, siempre eficacísimo, que interpreta al inspector de la agencia de seguros que ha de pagar a la familia una póliza de vida bien cuantiosa, excepto que él sea capaz de «descubrir» que, frente a lo que parece presentarse como una muerte accidental, lo que en realidad ha habido es un asesinato. No tardaremos en descubrir que su interés viene alentado por el deseo de hacer méritos para ser destinado a la central suiza de la firma, razón por la que…, mejor lo dejo aquí, para no multiplicar las pistas, algo de lo que la película se encarga con profusión.
El planteamiento está claro, pues, hay dos investigaciones paralelas que la trama va siguiendo con alguna pequeña confusión, como cuando se mezcla por el medio, casi con afán de despistar, una turbia relación del protagonista con lo que parecen ser hampones de cuello blanco, lo que sirve como Macguffin, ciertamente, pero complica en exceso la trama y despista lo suyo. Con todo, esa diseminación de posibles culpables se «endereza» pronto y enseguida sabemos a qué atenernos, pero, mientras tanto, la fatalidad ha jugado sus bazas y lo insospechado acaba irrumpiendo con la fuerza con que penetra lo absurdo siempre en la frágil racionalidad humana de la especie.
La realización, muy cuidada, estamos en la segunda película de Forn y tiene precedentes muy ilustres en el cine español, como Muerte de un ciclista, de J.A.Bardem, aunque Forn cuenta con menos medios de los que sabe extraer una total efectividad. Los exteriores están perfectamente seleccionados y la alternancia entre Barcelona y Tarragona en cuyo puerto, con unos espléndidos planos tiene lugar el desenlace, nos permite una variedad singular en aquellos años en que la ciudad condal era el escenario privilegiado de las mejores películas policiacas españolas. La visión que ofrece Forn de la permisiva noche barcelonesa, y de una policía poco escrupulosa en términos morales,  pretende acogerse a la libertad del género negro, en el que no son infrecuentes ciertas psicologías torturadas como la que se nos muestra del protagonista, y en la que, realmente, no acaba nunca la película de «entrar» de forma convincente, aunque el protagonista sí que la interprete con total convicción.
Incluso la banda sonora, una suerte de jazz estruendoso, con mucho metal, compuesta por un clásico de la filmografía española como el Maestro Federico Tudó, en cuyo haber hay más de 82 películas de todo tipo y condición, contribuye a esa adscripción genérica que forma parte de las aspiraciones del director, sin duda. 
En conjunto, y a pesar del laberinto de pistas que se siembra en el metraje, Forn resuelve muy bien tanto el planteamiento como el desenlace, y consigue atraer la atención del espectador no solo a la trama en sí, sino, sobre todo, en este 2019 que languidece, aquella sociedad de los años 60 a punto de iniciar un proceso sociológico hacia la imposible modernidad de la que la separaban unos 20 años de distancia…

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