sábado, 3 de octubre de 2020

«Sólo para hombres», de Fernando Fernán Gómez o el feminismo en tiempos duros, bonita…

Un magnífico retrato de la época finisecular en clave de humor ácido que no desdeña el “contexto”… La emancipación, o manumisión…, de la mujer. 

Título original: Sólo para hombres

Año: 1960

Duración: 81 min.

País:  España

Dirección: Fernando Fernán Gómez

Guion: Fernando Fernán Gómez (Obra: Miguel Mihura)

Música: Antón García Abril

Fotografía: Ricardo Torres

Reparto: Fernando Fernán Gómez, Analía Gadé, Manuel Alexandre, Elvira Quintilla, Juan Calvo, José María Lado, José Orjas, Carola Fernán Gómez, Joaquín Roa, Erasmo Pascual, Rafaela Aparicio, Maite Blasco, Ángela Bravo, Rosario García Ortega.

 

         Los habituales de este Ojo sabrán de mi predilección por el cine español y de lo mucho que agradezco la emisión de un programa como Historia del Cine Español, de La 2, de RTVE, que permite a los aficionados conocer o revisar ciertos títulos fundamentales del cine hecho en español, y en España. Esta película de Fernando Fernán Gómez, sin embargo,  la he encontrado revisando los clásicos de Filmin, y enseguida me he aplicado a verla, pues la referencia de estar basada en una obra teatral de Mihura, Sublime decisión, invitaba a ello con mayor fundamento.

         Se trata de una película “de época”, con un prólogo en el que FFG se dirige a los espectadores desde 1895 para «introducirlos» en una época cuyos hábitos, cuyas costumbres diferían mucho de las de los espectadores. Ese recuento inicial, lleno de gracia y una excelente puesta en escena, con graciosísimas interpretaciones, como la del frío de cuantas, por la ley del «balconeo» que obligaba a «exhibirse» para atraer a los machos casaderos, habían de exponerse a furiosas pulmonías; si bien el frío, ese «gris» helado tan típico del Madrid antiguo, afecta incluso a quienes se exponen a las corrientes en las escaleras o la propia vía pública. ¡Impagables, los ejercicios gimnásticos de los dos «pollos» casaderos antes de entrar en la casa de la protagonista, Florita, para, con el pretexto de esos fines casaderos, merendar gratis…!

         Folorita es una joven singular que no piensa en un posible matrimonio, sino en estudiar aritmética a espaldas de sus padre y de su tía, y ello con la intención de tomar, para la época, una «sublime decisión»: ponerse a trabajar, para no morirse de hambre a la espera del inencontrable «príncipe azul», es decir, cualquier empleaducho con un ingreso fijo, por paupérrimo que fuera…

         Quienes, como servidor, hayan trabajado en la Administración del Estado como funcionarios del nivel inmediatamente superior al de los bedeles, esto es, como chupatintas de primera…, se divertirán casi a mandíbula batiente con el retrato de la Administración que más se parece a la «oficina siniestra» de la Codorniz que a otra cosa. Los pupitres, las labores, el ritmo pausado de las horas sin hacer nada, los malos tratos a los ciudadanos, la caricatura, en suma, de lo que ha de ser una Administración seria y responsable, es lo que nos ofrece esta adaptación cinematográfica de FFG, que se suma a otra cuyo éxito me ha hecho verla en no menos de treinta o cuarenta ocasiones, La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, asesinado en Paracuellos cuatro meses después de proclamarse el golpe de estado contra la Segunda República, y ello porque solía pasársela a mis alumnos.

         Aunque es cierto que la obra se ríe de la penosa situación de la mujer en la época y del destino que se les reservaba a todas ellas, no es menos cierto que deja de chupa de dómine a los pobres diablos que buscaban el calor y la merienda en casas de las «bellas», de ahí que el encuentro de Florita y de Pablo, la pareja protagonista, en la siniestra oficina permite deshacer el equívoco que lo llevó, como hijo de un padre rico, a ponerse morado de las galletas que tantas penalidades les originaron a quienes no tenían otro fin que casar a sus hijas.

         Parte importante de la película es la crítica política de la alternancia de la Restauración, una suerte de consuelo, ¡en 1960!, para quienes habían olvidado ya qué era una vida parlamentaria democrática, por imperfecta que fuera, con ese terrorífico vaivén de cesantes según el color del gobierno que subiera al poder. En cierto modo, bien puede entenderse esa critica política como algo también achacable a nuestra situación actual de parálisis gubernativa por el desmoronamiento del bipartidismo y la indefinición del futuro modelo pluripartidista.

         Cuando, finalmente, Florita es admitida como funcionaria en Fomento, se nos ofrece uno de los mejores tramos de la película, aquel en el que los funcionarios ociosos andan buscando como locos, trabajo para aquella «máquina de actividad infernal» que es la funcionaria, quien acabará trastocando el anquilosado orden heteropatriarcal para convertir la oficina en una pugna de Romeos lanzados a la conquista de la ejemplar joven.

         Insisto, aunque la trama tiene un fondo de crítica feminista muy positivo, e incluso atrevido para la época, ¡a escasos tres años de esa película habría yo de ver la «lucha» de mi madre contra mi padre para usar pantalones, por ejemplo…!; a pesar de esos valores fundamentales, la película tiene un valor artístico eminente, por lo que a la recreación del Madrid finisecular se refiere. La puesta en escena, estudiadísima, con un vestuario ad hoc y unas caracterizaciones estupendas, crea, con su blanco y negro equilibrado, sin acentuación del claroscuro, una suerte de pátina que nos transmite la impresión indubitable de estar ante un «documento de época». Las actuaciones de FFG, de Analía Gadé, y la complementaria de Manuel Aleixandre, caen del lado de las grandes interpretaciones a que el cine español nos tiene acostumbrados en esa década prodigiosa de mediados de los años 50 hasta mediados de los 60, propiamente, me atrevería a decir,  hasta La caza, de Saura, donde conviven las viejas glorias y las estrellas futuras que les cogen el relevo.

         No olvidemos, a pesar de lo dicho, que se trata de una comedia, y que tiene como principal objetivo hacer reír al espectador, algo que consigue a la perfección, sin perder nunca de vista que detrás de la risa emerge la luz benefactora del pensamiento crítico.

         ¡Que la disfruten!

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