sábado, 30 de octubre de 2021

«El club» y «Ema», de Pablo Larraín, autor de «Jackie» entre ambas…

  

Título original: El Club 

Año: 2015

Duración: 98 min.

País: Chile

Dirección: Pablo Larraín

Guion: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos, Pablo Larraín

Música: Carlos Cabezas

Fotografía: Sergio Armstrong

Reparto: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso, Gonzalo Valenzuela, Diego Muñoz, Catalina Pulido, Francisco Reyes, José Soza.

 


Título original: Ema

Año: 2019

Duración: 102 min.

País:  Chile

Dirección: Pablo Larraín

Guion: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín

Música: Nicolas Jaar

Fotografía: Sergio Armstrong

Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Santiago Cabrera, Giannina Fruttero, Catalina Saavedra, Eduardo Paxeco, Mariana Loyola, Paola Giannini, Antonia Giesen, Josefina Fiebelkorn, Susana Hidalgo.

 

        

La profunda versatilidad de un cineasta que no rehúye ni lo escabroso, ni la modernidad: dos películas sobre el Chile de siempre y el de hoy…


    Al buscar información sobre Larraín, después de acabar de ver dos de sus películas, descubro que fue el director de Jackie, que tanto me gustó en su día, aunque la vi para acompañar a mi Conjunta, porque, desde siempre, la figura de la viuda de Kennedy y luego inexplicable señora de Onassis me había dejado indiferente e incluso me atrevería a decir que no me caía particularmente bien. El retrato que Larraín construyó en su película, sin embargo, era muy atractivo. O sea, que, sin saberlo, andaba yo ya inclinado a su favor, críticamente… Vi el tráiler de Ema y decidí ver la película porque en ese tobogán de imágenes que pretenden alentar a ver la película había algunos ingredientes que me fascinaban, como el uso del fuego y el de las coreografías, en mi condición de veterano aficionado a los musicales. Advierto al lector/espectador de que esos tráilers se montan, a veces, con mayor habilidad de la que se tuvo para montar la propia película, y se puede «engañar» a los «clientes» con suma facilidad. El paradigma de lo que ahora destaco ha sido, para mí, desde que lo vi, el «corto» fabuloso que anunciaba Eyes wide shut, de Kubrick. Salí del cine deseando que llegara el día de su estreno. Y pocas películas me han decepcionado tanto, en función de mis expectativas, como esa.

         El club es una película que ya quise ver en su momento, a pesar de lo claustrofóbico del proyecto, pero no me animé porque ese submundo amoral de los sacerdotes gravemente pecadores desde la óptica vaticana siempre me ha producido desasosiego, en parte porque los considero víctimas de su Teocracia y en parte por su cobardía para renunciar a su «profesión» y afrontar el futuro sin otro poder que el de sus propias habilidades, como ha hecho recientemente el ya exobispo de Solsona. Cuatro curas castigados por las autoridades eclesiásticas expían sus pecados en una casa «llevada» por una monja que ha establecido con ellos una suerte de complicidad que les permite vivir no solo con tranquilidad, su máxima aspiración, sino un aliciente menor como el de competir en carreras de galgos para sacarse unos dineritos para sus caprichos, bien pocos, la verdad. La llegada de un nuevo interno y un supervisor les trae, así mismo, la presencia de una víctima del recién llegado, un joven de relativas escasas luces que fue violado por él, quien protesta a voz en grito delante de la casa, del «club» de indeseables, dicho en los términos de la película. El «club» está ubicado en lo alto de una colina que domina una playa donde se dan cita algunos surfistas y donde uno de los curas entrena a su galgo con no poco de endiablado engaño para ponerlo en forma. La vida mínima que llevan en la casa, con rígidos horarios que no les dejan mucho tiempo libre —la hermana lo detalla cuando le da las instrucciones al recién llegado—, contrasta con la vida máxima de los pecados cometidos, de los cuales poco o nada arrepentidos están los miembros del «club», excepto el recién llegado, quien, cuando le facilitan una pistola para que dispare al aire y asuste a su denunciante, quien está creando un serio conflicto en la barriada, lo que hace es salir y, frente a la pobre alma sodomizada, se vuela la tapa de los sesos. La indagación del supervisor pretende esclarecer el suicidio y ahí es cuando la monja se planta contra él, porque la intención de las autoridades eclesiásticas es cerrar ese centro y diseminar a los curas por otros, lo que implica otro destino para la monja, quien está perfectamente donde está y se resiste a perder ese «privilegio». La película está dominada por la sutileza de los recursos psicológicos que emplean todos los personajes en sus luchas dialécticas con los otros, para defender lo que consideran un statu quo que no les gustaría ver alterado de ninguna de las maneras. Pocas voces más altas que otras, excepto las de la víctima, quien, con una cantinela de ser de pocas luces, es el único que describe con sus nombres reales, la sexualidad que le forzaron a vivir y que ha acabado asumiendo como la única posible, como lo demuestra la cruda  escena en la que intenta tener relaciones con una mujer. La fotografía en más negro que blanco confiere a la película una atmósfera muy cercana a lo que metafóricamente puede representarse como la lucha de la luz contra las tinieblas. El club  se nos presenta a medio camino entre el documento, esas casas de «retiro forzado» existen, y las películas de terror, y de hecho, hay no poco de las segundas en la segunda parte de la película, lo cual es reflejo, sin duda, de ese otro terror metafísico al que están sometidos los personajes ante el tribunal de su propia conciencia, por más que, cuando el espectador comienza a conocerlos, se da cuenta de que allí no hay ningún «pecador» y que todos creen haber obrado con total rectitud, inspirados por el amor a dios y a los hombres o a los niños, como el sacerdote culpado de entregar niños que las madres no querían a otros matrimonios, niños «robados» en última realidad. La película tiene un ritmo endiabladamente sosegado, como corresponde a quienes son movidos por la obediencia, aun no aceptando su particular «rebeldía», pero la irrupción de la víctima les presenta un desafío que va a dar un giro insospechado a la película y la va a acercar, con total fundamento, a ese género de terror al que me refería. Pero me está vedado decir nada más. Si acaso, que todas las interpretaciones son extraordinarias, sobre todo la de la «monjita» —la víctima siempre habla de los «curitas», por ejemplo—, Antonia Zegers, un prodigio de sutileza dialéctica y de interpretación minimalista, con altísimas dosis de ambigüedad. Es difícil, para el espectador, tomar partido en esta película, quizás porque advierte que el realizador, Larraín, ha sido lo suficientemente habilidoso como para transferirnos esa necesidad a la que él se ha hurtado. Ante esas almas no atormentadas, pero de execrable conducta, pacíficas, sin embargo, en su monótono retiro que altera radicalmente la llegada del nuevo novicio y de su víctima, nos quedamos en una suerte de limbo de la empatía que nos incomoda, como lo hacen todas aquellas películas en las que no podemos escoger «bando». Esa es una de las grandes virtudes de la película, amén de una realización en la que no se da puntada sin hilo, plano sin intención… Larraín ha realizado una película llena de turbios asuntos humanos encarnados en personas dedicadas a los asuntos divinos, pero ha sabido construir, sobre todo, una atmósfera y una magnífica película de terror, porque la casa sobre la colina, con la playa a sus pies, evoca esos grandes caserones del cine de terror que albergan fantasmas o malvados espíritus vengativos; la de El club alberga dóciles ánimas en pena que asumen sus nefandos pecados, pero no se sienten abrumados por ellos. De hecho, el supervisor que intenta conocerlos sufre una curiosa evolución que se resuelve en el sorprendente final de una película tan valiente como desafiante y nada fácil de ver para el espectador, aunque, como a mí me ha pasado, he acabado agradeciendo que la haya realizado y que haya llegado a las pantallas, no solo porque, como ya pasara con Spotlight, de Tom McCarthy, los abusos de los religiosos han de ser conocidos y llevados a juicio, sino, sobre todo, por la magnífica puesta en escena, interpretación y realización de esta película.

         Ema es la antítesis de El club, porque pasamos de un modo de justicia endogámico y desconocido del gran público a la vida de una pareja, un coreógrafo y una bailarina, en un Valparaíso fotografiado con un curioso mimo y en el que los personajes tienen unas vidas que parecen representar el no va más de la modernidad chilena, sobre todo por lo que al modo de entender el arte y la sexualidad se refiere. La historia está contada, además, de tal manera que tardamos lo nuestro en pasar del desconcierto por lo que vemos al perfecto guion trazado por Ema para «recuperar» a su hijo adoptivo. Antes de seguir he de reconocer públicamente que nos fue preciso utilizar los subtítulos en español para ver una película chilena, no tanto por el desconocimiento del léxico, aunque hay muchos localismos, sin duda, cuanto porque parece que en Chile siguen la misma tónica que muchas películas españolas: no vocalizar, lo que, sumado al registro en directo del sonido, da como resultado lo que a nosotros nos pasó: sin los subtítulos nos hubiéramos perdido como las tres cuartas partes de los diálogos. No sé si es lo mejor para nuestra lengua, desde luego, pero ahí queda la anécdota. Me recordó al comienzo de Amores perros, de González Iñárritu, buena parte de cuyos primeros minutos salvo el “güey” reiterado, mec costó horrores entenderla. Curiosamente, el protagonista de ambas es el mismo Gael Bernal. Aquí ya bien madurito y encarnando a un coreógrafo estéril que pretende construir arte con la danza, y alejarse del reguetón popular que domina incluso a su mujer, primera bailarina de la compañía. Dada su reconocida infertilidad, la pareja adopta un hijo, pero, instruido por la madre adoptiva en el amor al fuego y a los lanzallamas caseros, el niño acaba quemando la mitad de la cara de su tía, la hermana de la protagonista, y la pareja se ve obligada a «devolver» la criatura quien es dada en adopción a otra pareja. A partir de esa situación, el conflicto entre ambos esposos está servido, pero se acabará extendiendo también a su vida profesional y sexual, tres ejes narrativos que se van superponiendo a través fe la película, sin saber el espectador a dónde se dirigen los pasos de la protagonista, aunque los seguimos no solo con curiosidad, sino también con extrañeza, porque nos habla de una realidad chilena muy diferente de la tradicional que conocemos. En primer lugar, por la abierta y natural descripción de un club lésbico que suma a su sexualidad un amor por el baile inspirado en el reguetón que se opondrá a las coreografías modernas del «esteta» para quien casi todas ellas trabajan. La película, así pues, se vertebra, en parte, a través de coreografías espléndidas, tanto las exquisitas del coreógrafo, con una puesta en escena muy esmerada, como las urbanas de la protagonista y sus amigas en rincones de la ciudad perfectamente escogidos. Valparaíso queda muy bellamente retratada en la película y, sin duda, contribuirá a su potenciación turística, aunque en modo alguno sea ese uno de los objetivos de la película. El eje narrativo de la devolución de la criatura sí que lo viven ambos esposos como lo que es: un drama. De hecho, cuando el enfrentamiento dentro de la pareja llega a su cénit, esa situación incluso se comenta en unos de los ensayos de la compañía; del mismo modo que se comenta en el trabajo auxiliar que la protagonista realiza en un colegio como profesora de expresión corporal y aparece el tema en una reunión del claustro de profesores. En realidad, poco más puedo decir sobre la película sin chafarle a los espectadores su original desarrollo, como si la película girara hacia el género de la intriga, pero sin la variante criminal. El hermetismo expresivo de la protagonista, con una enorme capacidad de seducción que acaso no acaben de ver algunos espectadores, como este que escribe, va a tomar unas iniciativas cuya coherencia no descubriremos hasta el final de la película, pero como el camino hasta ese final está lleno de magnificas escenas de todo tipo, sexuales, musicales, dramáticas, sentimentales…, bien merece la pena recorrerlo. Claro que le pido al espectador que confíe en mi criterio, pero si me hace caso, me imagino que la película no le defraudará. Sí que hay cierta deriva hacia el retrato de las tribus urbanas que pueden gustarnos más o menos, pero ello está al servicio de una historia de redención que merece la pena. Larraín ha cambiado totalmente de orientación temática, pero su habilidad narrativa es muy poderosa y sabe extraer de sus protagonistas lo máximo: Gael Bernal no necesita ningún elogio de su buen hacer, porque siempre lo acredita, incluso en alguna película tan floja como La ciencia del sueño, de Michel Gondry. Mariana di Girolamo, sin embargo, «construye» un personaje lleno de dureza, sensibilidad y pasión por el fuego, capaz de cualquier cosa, incluso de lo que más le gusta, sobre todo, para conseguir el objetivo que se ha propuesto. La determinación de la protagonista que encarna, unido a su mutismo y su capacidad para la estrategia son toda una sorpresa para quienes van asistiendo al progreso de la película sin saber exactamente hacia dónde se dirige, lo cual añade un interés evidente a la acción. Muy sorprendente, esta película de Larraín, sin duda, pero admirable.

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