miércoles, 4 de octubre de 2017

Un interesante director menor, un western mayor: “La puerta del infierno”, de Charles Marquis Warren.


Las relaciones de los sudistas y los unionistas en un western penitenciario: La puerta del infierno o el desierto como cárcel y anfiteatro del horror…

Título original: Hellgate
Año: 1952
Duración: 87 min.
País: Estados Unidos
Director: Charles Marquis Warren
Guion: Charles Marquis Warren, John C. Champion
Música: Paul Dunlap
Fotografía: Ernest Miller (B&W)
Reparto: Sterling Hayden,  Joan Leslie,  Ward Bond,  James Arness,  Peter Coe,  John Pickard, Robert J. Wilke,  James Anderson,  Richard Emory,  Dick Paxton,  William Hamel, Marshall Bradford,  Timothy Carey.


No es Charles Marquis autor de ningún exitazo de relumbrón, pero la presencia de Sterling Hayden, un actor que sí los tiene, en esta película me hizo sospechar que bien pudiera merecer la pena verla, llevado por una intuición que no siempre acierta, la verdad. El caso es que esta vez puedo agradecerle haber acertado, porque, a pesar de su humildad, de su ausencia de pretensiones éticas y estéticas, La puerta del infierno es una película que a mi entender, complacerá a quienes gusten de este tipo de películas en las que la historia gira en torno a la injusticia legal y las pruebas por las que ha de pasar el héroe para no abdicar de su suprema responsabilidad ética frente a las injusticias, y a fe que en esta historia parecen arracimarse en su contra para condenarlo a no volver a reunirse con su esposa. Un veterinario sudista es acusado de haber vendido unos caballos a una banda de criminales para poder burlas la persecución de la justicia. En tiempos heroicos de la aplicación de la ley y de los derechos individuales, cuando campaba a sus anchas la agresiva ley de Lynch, el sospechoso sudista no puede evitar ser condenada y llevado no tanto a una prisión cuanto a, propiamente, un campo de exterminio, en un penal con condiciones infrahumanas, sin agua corriente, rodeados de desierto a unos cincuenta kilómetros de Méjico y con un alcaide del penal resentido porque su familia fue asesinada por los sudistas que incendiaron su casa, incendio en el cual perecieron su esposa y su hijo. La puesta en escena de ese infierno hostil es una de las grandes bazas de la película, pero la trama se bifurca entre los intentos del prisionero por escapar del penal y los esfuerzos de su esposa por que se revise su causa, dada la inocencia manifiesta del condenado. Hay, está claro, no poco efectismo y cierto acartonamiento en los personajes secundarios, sobre todo en los compañeros de celda, ante quienes ha de hacerse valer para asegurarse siquiera la propia supervivencia, al margen del castigo de las autoridades. Se ve obligado a participar en el intento de huida que es delatado por uno de los internos, pero en ese juego, él guarda la revelación que le hizo un interno antes de morir, sobre el mapa y a manera de llegar a Méjico. Cuando se declara una epidemia de tifus y no hay manera de conseguir agua, el alcaide cede y deja caballos y dinero al prisionero para conseguir agua y combatir la epidemia. En vez de alejarse hacia la frontera, el veterinario tuerce el caballo y cambia de dirección, ante la indignación del engañado alcaide, y aquí suspendo la sinopsis de la trama para no arruinar el final. Es posible que pocos vean esta película, aunque la tiene aquí a su disposición, lamentablemente en versión doblada, pero estoy convencido de que quienes lo hagan gozarán de lo lindo con la soberbia actuación de un actor austero en registros, pero derrochador en convicción y credibilidad. Insisto en que se trata de una película del género carcelario que, como Papillon, un caso parecido al de la presente, por la tortura de la celda de castigo, aquí un auténtico horno en el que asan a quienes son castigados a ocuparlas, que genera una tensión narrativa centrada en el conato de fuga, pero cuyas líneas narrativas básicas tienen más que ver con la venganza, la ética y la responsabilidad. En fin, un western modesto, pero eficaz y grande por su exquisita humildad.  

martes, 3 de octubre de 2017

La dura vida de una actriz desconocida: “Ellie Parker”, de Scott Coffey


Un La La Land sin más música que la del llanto: Ellie Parker o el nuvelvaguista  antiglamour  de la profesión de actriz.

Título original: Ellie Parker
Año: 2005
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
Director: Scott Coffey
Guion: Scott Coffey
Música: Neil Jackson, BC Smith
Fotografía: Scott Coffey, Blair Mastbaum
Reparto: Naomi Watts,  Scott Coffey,  Rebecca Rigg,  Mark Pellegrino,  Chevy Chase, Jennifer Syme,  Greg Freitas,  Samantha Shelton.


Cine independiente, si hemos de entenderlo como el alejado de las grandes producciones de los estudios que encarnan los centros de poder de la industria cinematográfica, no solo ha existido siempre, sino que es consustancial a la esencia de este arte. Grandes obras, en todas las épocas, no han contado sino con el impulso decidido de la imaginación y la contribución entusiasta de románticos mecenas que han optado por las pérdidas económicas y la gloria artística de ver asociado su nombre a esos proyectos, en el caso de que salgan bien, claro. Independiente no significa arte indiscutible. Estos días se premia en San Sebastián el reverso del concepto: una película sobre la “peor película” de la Historia del cine, una clasificación sobre la que habría mucho que hablar y muchos títulos que admitir en la lid para conseguir ese puesto de deshonor. Ellie Parker ha sido producida por Naomi Watts y dirigida por Scott Coffey, autor de solo dos películas, la presente que comentamos y Adult World que, si no he leído ni investigado mal, no ha sido estrenada en España y sí distribuida en vídeo. Por el tráiler se advierte que Coffey incide en la misma historia que en Ellie Parker, pero cambia una relativamente madura actriz fracasada por una jovencita aspirante a consagrarse como poeta. Volvamos a lo nuestro. La cámara al hombro de la nouvelle vague es, desde el inicio de la película un factor disuasorio para todos aquellos que padezcan de vértigo o con diferentes patologías de la visión, porque el ritmo oscilante de la cámara siguiendo la agenda loca de una aspirante a actriz por los castings en Los Angeles y con una vida íntima que se rompe en mil pedazos no es apto para todas las órbitas oculares ni para todos los paladares. Es un rasgo cinematográfico antiguo, nada “moderno”, pero absolutamente imprescindible para reflejar “con toda propiedad” el estilo de vida de la protagonista, quien va de fracaso en fracaso hasta el desengaño final que, en realidad, es solo un descanso momentáneo antes de lanzarse de nuevo a la rueda hamsteriana de una profesión implacable que puede acabar con la estabilidad de cualquiera. Se trata de una producción minimalista muy al estilo de algunas películas de Cassavettes y, a mi parecer, está emparentada directamente con Opening Night, de Cassavetes, por lo que tiene de acercamiento a la vida de una actriz y por su condición de producto independiente, aunque los planteamientos son muy distintos y los resultados formales más aún: Opening night es una grandísima película; Ellie Parker no pasa de una buena película. Las interpretaciones de Rowlands y de Watts también son distintas, pero en este aspecto los resultados están más igualados: magníficas actrices ambas. Hay en Elllie Parker, poseída por ese antiglamour que describe con espíritu casi documental la película, una valentía interpretativa que supone una suerte de reflexión interior profunda y dolorosa sobre lo que significa la profesión en la parte más débil de la cadena industrial, los aspirantes a actores y actrices cuya vida depende del capricho de alguien que decide el signo de tu futuro, independientemente de los esfuerzos que tú hagas por profesionalizarte al máximo, algo que se refleja cruelmente en la película. Es evidente que hay un fondo documentalista en la película, porque el “repaso” que se le da a la industria, en las diferentes ramificaciones del negocio, en muchas ocasiones excelentes oportunidades para vivir a costa de los ingenuos, como la propia Ellie Parker, poseída por el alto ideal de la vocación actoral y completamente ajena a sus propias emociones e incluso a su propio yo, desplazado por la proyección de una gloria futura que nunca acaba de llegar. El mensaje, tanto en Ellie Parker, como, sobre todo en Adult World, más explícito, es: “Crece, deja de comportarte como una chiquilla”. Ellie Parker es una película dura, dramática, sobre los sueños rotos o en vías de romperse definitivamente, una película de “supervivientes” en la durísima sociedad competitiva usamericana que arrumba a las personas fracasadas como auténticos trastos rotos en un desván. La cámara móvil escogida por el director, los primerísimos planos que no nos esconden las imperfecciones epidérmicas y contribuyen a ahondar en la inseguridad del personaje, amén de la sensación claustrofóbica que se consigue con una puesta en esfena que tiene el interior del coche, en Los Angeles, casi como la única puesta en escena de una suerte de road movie ciudadana en la que se va de desengaño en desengaño, incrementando la pegajosa sensación del fracaso que se apodera de la protagonista, un pelele de los extraviados caprichos de la industria, o de lo que se le parece, constituyen las grandes bazas estéticas de la película. Aunque está construida episódicamente, EllieParker exhibe una férrea unidad temática: la propia vida de la protagonista, que no desaparece de la pantalla en ningún plano ni secuencia de la misma, y cuya obsesiva presencia consigue transmitir plenamente el drama de una vida bastante más que insatisfactoria para su desengañada poseedora. El recital interpretativo de Naomi Watts es el principal aliciente de la película, sin duda. Una actriz poderosa, llena de recursos, convincente y que se exhibe con un esplendor desbordante. Se trata de un proyecto muy personal, de ahí que produjera la película, además de interpretarla, quizás porque se ha sentido en la necesidad de ser solidaria, desde su éxito como actriz, con todas esas mujeres que se dejan la vida en el empeño por llegar a donde ella ha llegado. Sin ser una película totalmente redonda, me parece que se ha ganado el derecho a ser considerada una excelente ópera prima, la película es de 2005, que no se ha visto refrendada por la crítica y el público, porque hubo de esperar siete años para rodar su siguiente película, Adult World, de 2012. El propio Hollywood ha sido siempre tema recurrente en muchas películas, porque constituye un submundo, una suerte de ecosistema social muy curioso y en el que, como se ha visto con La La Land, la vieja historia, como viejo es el mundo, esta de Ellie Parker, se vuelve a contar una y otra vez. La versión de Scott Coffey es magnífica, porque Naomi Watts está soberbia y ella llena la pantalla de principio a fin.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Cine de ideas contra el fanatismo autoritario (si alguno no lo es): “Vida para Ruth”, de Basil Dearden


Los límites del poder de los padres en la educación de sus hijos: Vida para Ruth o un drama causado por la fe y la generosidad. 

Título original: Life for Ruth
Año: 1962
Duración: 93 min.
País: Reino Unido
Director: Basil Dearden
Guion: Janet Green, James McCormick (Obra: Janet Green)
Música: William Alwyn
Fotografía: Otto Heller (B&W)
Reparto: Michael Craig,  Patrick McGoohan,  Janet Munro,  Paul Rogers,  Malcolm Keen, Megs Jenkins,  Michael Bryant,  Leslie Sands,  Norman Wooland,  John Barrie, Walter Hudd,  Michael Aldridge,  Basil Dignam,  Maureen Pryor,  Kenneth J. Warren.


Parece que los hados se conjuran contra mí. Harto de la situación política que vivo en Cataluña, donde una explosión de nacionalismo identitario ha hecho llover sobre todo el territorio un fango espeso e innoble que nos está dejando a todos hechos fosfatina, por activa o por pasiva, voy yo y me pongo Vida para Ruth, de Dearden, un director al que el Ojo mima con delectación, porque él lo merece, porque ninguna de sus películas defrauda y porque, más allá de la crónica de la vida británica de posguerra, suele llevar a sus películas temas para los que los periódicos reservan el adjetivo “candentes”, por más en retroceso que esté su uso. No se trata, pues de una visión documentalista, sino de una indagación ética en ciertos comportamientos, actitudes y propuestas que condicionan el normal desarrollo de la vida social. Víctima, sobre la homosexualidad y Barrio peligroso, sobre la delincuencia juvenil, son las dos películas suyas que había criticado. Vida para Ruth, que tiene un origen teatral, la obra de  Janet Green, también guionista, lo que facilita ese planteamiento de debate de ideas sobre un comportamiento en el seno familiar que, sin referirse en ningún momento a la secta de los Testigos de Jehová, sabemos que es de ello de quien se habla porque, de acuerdo con sus creencias religiosas, el marido, autoridad máxima en una pareja en aquellos años, tanto en Inglaterra como en España como en toda Europa, impide que se le haga a su hija la transfusión que ha de salvarle la vida. La película, con un blanco y negro matizado que describe una localidad costera, supuestamente County Durham, aunque la película se rodó casi enteramente en  Seaham, con unos exteriores llenos de belleza, sobre todo la playa al lado del faro donde tiene lugar el drama, en ningún momento se deja llevar por la herencia teatral de la obra, y Dearden consigue una narración ajustada y con un juego de exteriores/interiores muy sugestivo, porque la tragedia se resuelve en ambos, pero en diferentes personas, la hina y el propio padre. Un ingeniero deja a su hija y al hijo de un vecino jugando en la playa con otros críos. Al pasar a recogerlos, en un dia de mar muy agitada, uno de los niños, de un puntapié ha lanzado la pelota de la niña a las olas. La hija y su amiguito cogen una barca para intentar recoger la pelota y, antes de hacerlo, son arrastrados por el oleaje hacia las rocas, contra las que lleva camino de estrellarse. El padre desciende por el acantilado arriesgando la vida, se lanza al agua y al ver que el hijo de los vecinos ha caído al agua y pide auxilio, decide, porque su hija aún está en la barca, ir a salvar al pequeño primero, y luego a su hija, con la mala suerte de que la niña acaba contra las rocas y haciéndose un corte que la desangra. En el hospital, el padre ha de decidir si autoriza lo único que la salvaría: un trasplante de sangre. Se niega y la niña muere. Y ahí comienza la segunda parte de la película, el drama judicial, una especialidad del cine que tiene en  Testigo de cargo, del maestro Wilder, una de sus grandes manifestaciones, y en Matar a un ruiseñor, del aplicado Robert Mulligan, otra, por ejemplo. Se va a juicio porque el médico que quería salvar a la niña, despechado por la actitud fanática del padre lo denuncia ante la ley. A lo largo del juicio, en tensos interrogatorios de la acusación, queda claro, y aquí es donde los hados se complacen en no dejarme salir del atzucac, del callejón sin salida en que nos está metiendo el nacionalismo identitario catalán golpista a los catalanes, que el padre era muy consciente de haber impuesta su voluntad sobre su hija, impidiendo que esta pudiera ejercitar, con el tiempo, su inequívoco derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. El padre, como hicieron sus propios padres con él, imbuía a su hija de sus principios religiosos como verdades absolutas, pero -y este es el pero que nos traslada a la “alienación política nacionalista” que sufre buena parte de la infancia catalana- acaba reconociendo ante el abogado de la acusación que, en efecto, en modo alguno podía poner la mano en el fuego porque su hija de 8 años “comprendiera” exactamente qué significaba todo aquello que su padre le estaba embutiendo en un cerebro en formación. El tema, como se advierte, es de órdago, de esos que solo pueden resolverse bien desde la conciencia íntima del respeto que nos merecen los seres humanos, sobre todo en el periodo de formación, bien desde las leyes que han de limitar el alcance de la potestad paterna sobre los hijos a su cargo. No voy a revelar el veredicto del juicio, porque ahí empieza la tercera parte de la película, la más interesante y dramática, perfectamente resuelta por el guión de una historia impactante y magníficamente interpretada, porque el trío protagonista, el doctor, Patrick McGoohan, y los padres, Michael Craig y Janet Munro, sobre todo esta última, bordan unas interpretaciones que, por obra de la autora, están desprovistos de cualquier maniqueísmo, porque el fanatismo religioso del padre en ningún momento tiene una traslación social que condicione negativamente su relación con los demás. Se trata, pues, de un drama íntimo, de esos viejos conflictos que en aquellos años cincuenta podíamos hallar en Al fila de la navaja, de Maugham y otros autores con semejantes preocupaciones éticas, un grupo de novelistas y novelas. “de ideas”, acerca de los que Jaime Vándor escribió un libro de ensayo prodigioso, Los ricos de espíritu, que recomiendo vivamente. Cada película que veo de Basil Dearden más me lo confirma como un cineasta capital del cine europeo y, por supuesto, del británico. Vida para Ruth no es una película fácil de ver, porque nos interpela en lo más íntimo de nuestros posicionamientos vitales, filosóficos y éticos, y nos hace replantearnos muchas cosas, a cada cual las suyas, pero me parece una película de obligada visión, porque son muchas sus recompensas, tanto desde la realización, con una puesta en escena minimalista que acentúa el drama interior de los personajes, y una fotografía espectacular de quien fotografió esa obra singular y magnífica que fue El fotógrafo del pánico, de Michael Powell, como por la intensidad emotiva del propio relato que, sin embargo, no cae en la sentimentalidad grosera en la que caen los dirigentes del nacionalismo xenófobo catalanista.

martes, 26 de septiembre de 2017

Un visionado condicionado por el contexto político catalán: Rabia, de David Cronenberg.


 Después de La noche de los muertos vivientes, ¡qué difícil se les hizo a ciertos creadores buscar su lugar en el mundo de las historias? Rabia, de Cronenberg, o una realización de serie B para un propósito de escarnio moral de serie A. 


Título original: Rabid
Año: 1977
Duración: 90 min.
País:  Canadá
Director: David Cronenberg
Guion: David Cronenberg
Fotografía: René Verzier
Reparto: Marilyn Chambers,  Frank Moore,  Joe Silver,  Susan Roman,  Howard Ryshpan, Patricia Gage.
  

Cronenberg es, quién lo duda, un autor singular y poco dado a dejarse clasificar, porque su filmografía tiene prácticamente de todo, desde películas propiamente de serie B, como la presente, a superproducciones, como La mosca, películas geniales como Inseparables o Crash y tostones como El almuerzo desnudo o desatinos como Un método peligroso, pero nunca, ni siquiera cuanto te aburre, te deja indiferente. Nunca renuncio a ver películas suyas. En este caso, Rabia, que se presenta como una historia de terror basada en la idea recurrente de la infección que se extiende como una amenaza para la humanidad. Si la película la hubiera estrenado en los 50, a buen seguro que todo el mundo hubiera hecho una interpretación política sobre la invasión comunista de Usamérica. Vista en 2017, 40 años después de su estreno, y en Cataluña, es indudable que, aun traída por los pelos, admite una lectura política que pueda relacionarse con un fenómeno de propagación de una enfermedad delictiva que va ganando adeptos a fuerza de negar el imperio de la ley, y que exige, del Estado, una respuesta eficaz para controlar la epidemia y garantizar la salud del cuerpo social. Se aprecia enseguida, desde el inicial accidente de moto de la protagonista, que los medios andan escasos, pero no la imaginación. Ayudada de urgencia por los servicios médicos de una clínica de cirugía estética, la joven es ingresada en ella y sometida a un trasplante regenerador que, al instalarse en su cuerpo, genera una mutación que impele a la protagonista -la actriz de cine porno Marilyn Chambers -aunque Cronenberg había elegido para el papel a una joven desconocida llamada Sissy Spacek-, cede a la necesidad de atacar a sus víctimas para, mediante una suerte de falo afilado que le sale del costado, matar a sus víctimas, de quienes bebe la sangre, víctimas que, a su vez, se reanimaran como muertos vivientes para seguir atacando, a su vez, a otras víctimas, algo que hacen con unas manifestaciones corporales del mal semejantes a las de la rabia, por más que las autoridades sanitarias no sepan exactamente de qué rabia se trata y menos aún sepan cómo tratarla. El proceso de seducción de las víctimas, al menos de la portadora del origen del mal, es a través de la seducción sexual, algo muy propio de las historias de Cronenberg. La película se sigue con total normalidad, y la luz y la textura del film la aproximan a muchas otras de aquella época con estética cercana, como Laberinto mortal, la incursión usamericana de Chabrol, aunque con temáticas muy diferentes, de terror en un caso, de intriga criminal en el otro. Lo que no puede desconcertar es que Rabia tuviera muy buena acogida de taquilla y de distribución. Se juntaban dos elementos llamativos: la sexualidad y el terror, un “filón” que inundó, sobre todo, los cines de doble sesión, en los que tantas horas de espectador pasé en mi ida, para  bien y para mal, claro está. En Rabia, que se acoge a veces al estatus de película documental, como las partes del seguimiento periodístico del asunto que pone el énfasis en la reacción política ante el mismo, hay un intento deliberado de narración en tono menor, de “incidente” cotidiano en el “normal” desarrollo de la vida de una ciudad  que le confiere a la película ese aire de serie B del que hemos hablado, pero le confiere una libertad singular para huir, merced a la naturaleza epidémica del asunto, de una coherencia argumental que ni puede ni debe tener. El único hilo narrativo medianamente fuerte es el de la recuperación de la relación amorosa con la protagonista por parte de su novio, que conducía la moto en el momento del accidente, y que se salda, al final, del único modo posible, dada la evolución de la epidemia. Construida, pues, como una película episódica cuya incidencia en la vida urbana se mide en función del incremento de los “casos”, puede decirse que, al modo de la más o menos reciente Estallido, de Wolfgang Petersen, Cronenberg crea, gracias a esa mezcla de sexualidad y terror un producto eficaz que consigue mantener el interés del espectador. Máxime si este asiste a su contemplación mientras en las calles de su ciudad se extiende esa otra epidemia de irracionalidad nacionalista que amenaza con reeditar viejas escenas de tiempos que creíamos ya afortunadamente superados. El terror que no descansa.

viernes, 22 de septiembre de 2017

El pasado vasco, ¿el futuro de Cataluña?: La casa de mi padre, de Gorka Merchán.




Cine político con resonancias chabrolianas: “La casa de mi padre” o la herida incicatrizable, un estremecedor choque de relatos.

Título original: La casa de mi padre
Año: 2008
Duración: 100 min.
País: España
Director: Gorka Merchán
Guion: Iñaki Mendiguren
Música: Fernando Velázquez
Fotografía: Aitor Mantxola
Reparto: Carmelo Gómez,  Emma Suárez,  Verónica Echegui,  Juan José Ballesta,  Álex Angulo, Irene Bau,  Aitor Beltrán,  Mikel Aramburu,  Iñaki Font.


Sigo estremecido aún, tras la tensa contemplación de una película sobre el drama familiar vasco que supuso, y sigue suponiendo, la irrupción del terrorismo como arma política en aquella privilegiada zona geográfica española. Tras la dictadura, todos pensamos que ETA renunciaría a la violencia y se “incorporaría” a la vida política española en igualdad de condiciones con los otros partidos para defender pacíficamente, mediante la palabra, un ideal de independencia al que, por lo que vemos ahora en Cataluña, no le parece fácil encajar la derrota legal que supone ser incapaz de luchar contra un estado de derecho que prácticamente hace imposible la consecución de ese ideal fantasioso, autoritario y criminal, si nos atenemos a la realidad histórica de España en sus más de quinientos años de Historia. Sigo en estado de choque, porque no solo la película, sino el coloquio posterior, con el director, con Gorka Landáburu, víctima del terror, y una estudiosa de la violencia y su traslación cinematográfica compactaron un estado de ánimo y una reflexión que por fuerza le dejan a uno, por insensible que quiera o finja ser, sumido en un dolor sordo, constante y agudo. He visto la película con una doble visión: la de la propia película y la de los tumultos orquestados contra la acción de la ley en defensa de la democracia en Barcelona, frente a un gobierno, el de la Generalidad, que los días 6 y 7 de setiembre se colocaron del otro lado de la ley, en una acción de desafío al estado que ha hallado una justa respuesta en la desarticulación del referéndum ilegal propuesta por el gobierno catalán y en la consiguiente puesta a disposición judicial del nivel no aforado de funcionarios y cargos políticos empeñados en llevar tal referéndum a cabo. No he leído Patria. O, mejor dicho, la he leído indirectamente a través de mi Conjunta. Pero ahí la tengo, en el estante-vestíbulo, no ignorando que mis pocas prisas nacen del seguimiento doloroso que he hecho toda mi vida, a golpe de siniestros titulares, de ese fenómeno a medio camino entre la delincuencia común y la política descerebrada. Sé que se trata de una historia “concreta”; pero haber leído tanto de tantos le deja a uno la falsa sensación de estar “al cabo de la calle”. La película por fuerza tiene mucho que ver con la novela, porque se trata de un enfrentamiento familiar que toma como pretexto el regreso de un empresario amenazado por ETA para acompañar a su hermano, exactivista de la banda, de la que ya ha renegado, en los últimos momentos de su enfermedad terminal. El empresario y su mujer vuelven de Argentina, donde ha vivido casi todos los años de su vida su hija, esta con un fuerte acento argentino que no tienen los padres, lógicamente. Se trata de un estupendo recurso narrativo, de un factor de distanciamiento, para que, con ojos externos, exentos de la contaminación de las pasiones que afectan al resto de personajes, veamos la índole peculiar de un conflicto que rompe familias en enfrentamientos que pueden llegar incluso a desear la desaparición del miembro de la familia que no se aviene a comulgar con el ideal patriótico que domina la vida cotidiana con un poder de coerción que Haneke plasmó a la perfección en La cinta blanca, una radiografía exquisita de la genealogía del nacionalismo autoritario (si es que hay alguno que no lo sea…).El hijo del hermano enfermo es militante de la kale borroka y está a un paso de empuñar la pistola para proseguir ese camino que lleva de la ikastola a la kale borroca y a las pistolas y las bombas. El encargo del hermano enfermo es que lo aparte de ese camino. Las tensiones entre la mujer del empresario, la cuñada viuda, que pretende “seducir” para la causa a la sobrina llegada del más allá del océano y alguna historia paralela, como la del periodista que renuncia a los escoltas para no “perder” su vida, que sigue haciendo con total heroísmo día tras día hasta que es asesinado con el famoso “tiro en la nuca”, o la propia historia amorosa entre los primos, el “preetarra” y la “argentina” sirven para describir, a grandes rasgos, una vida social en un pequeño pueblo costero no identificado, aunque fue rodada en Hernani, Fuenterrabía, Rentería y Tolosa, en la que, por mor de la narración, se concentran unos personajes y unos actos que se ajustan a la intención expositiva del relato, aunque choque, a simple vista, la libertad de acción de los terroristas. Queda claro que el empresario que vuelve renuncia a que le asignen la escolta que le ofrecen, lo que lo deja expuesto a que sea asesinado, como su compañero periodista. Esa “tensión” de la amenaza constante es una presencia fílmica de primer orden que, sin llegar al Mcguffin del maestro, nos tiene atados a la silla y sospechando de cualquier sombra. Estamos ante una película que sin los actores y actrices que tiene podría haber sido un bodrio espantoso. Pero la labor de los cinco principales: Gómez, Suárez, Echegui, Angulo y un excepcional Juan José Ballesta, que me recordó enormemente la actuación de otro gudari, Óscar Jaenada, en Todos estamos invitados, de Gutiérrez Aragón, una película que, para más casualidad, se estrenó el mismo año que la presente y con la que guarda no pocas similitudes, sobre todo por lo que al posicionamiento crítico frente al terror se refiere. Landáburu destaca de aquellos años de plomo algo en lo que no he dejado de pensar obsesivamente desde que empaticé con las víctimas: el silencio espeso y viscoso que se cierne sobre toda una comunidad; un silencio cómplice; un silencio Albal que todo lo envuelve y casi adecenta: si no se habla de ello, no existe. Si existe y no te toca, cojonudo… Ver La casa de mi padre no es fácil, sin que a uno se le dispare la vena vengativa, el odio que alienta a la parte filoterrorista de la población que, como en el caso de la cuñada, se siente agraviada por haber padecido el abuso de la autoridad y cree, en estremecedora respuesta que “hay motivos por los que es necesario dar la vida”, opuesta a la convicción de la sobrina de que ningún motivo justifica matar a nadie. Estamos, pues, ante dos concepciones de esas que se llaman “diametralmente opuestas”, porque se trata de un enfrentamiento, de posiciones que no se está dispuesto a reconsiderar ni por un momento. Que, además, anden de por medio, las rencillas de la vida cotidiana, las pequeñas historias de los rencores, los agravios o los desencuentros de una vida en una pequeña localidad, otorga a la película ese aire chabroliano que menciono en el título, un espacio reducido en el que las pasiones parecen dispararse en relación con la opresión del medio. La película, teniendo en cuenta la fortísima carga ideológica que hay en ella, no se ve con los ojos críticos habituales. Fluye, por así decirlo, con una caligrafía transparente que permite seguir la historia con agilidad y una buena planificación de los momentos esenciales que forman parte de la historia. Hay encuadres y secuencias muy conseguidas, pero la sensación de vida conseguida es de tal naturaleza que vamos más allá del concepto de documental y entramos directamente en “la vida misma” representada ante nuestros ojos atónicos con un extraordinario convencimiento que va mucho más allá de la lectura simbólica que admite y del uso discriminado de las señas de identidad. Insisto, la situación golpista que vivimos en Cataluña me ha hecho ver la película con un ojo puesto en la historia que cuenta y con el otro en las noticias alarmantes de los tumultos callejeros que intentan hacer triunfar un golpe de estado que en modo alguno puede ni debe triunfar. Me ha parecido una película valiente, desacomplejada, efectiva argumentalmente y con la virtud de poner las cartas sobre la mesa para que los espectadores lleguemos a nuestras propias conclusiones. El director se quejaba del silencio que halló como respuesta a su propuesta; la indiferencia de quienes, imagino, hubieran querido que “machacara” hasta el aniquilamiento a esta o a aquella parte, en función de las ideas que cada cual defiende. Lo que no sea “hacer sangre”, en este país tan apasionado, ya sabemos que no se estila y que se tacha de “equidistante”, sino de “complaciente” con el terror, por ejemplo. En fin, a mí me parece una película muy interesante y positiva, que toma partido por la vida e incluso, en el futuro inmediato, por el amor, como se manifiesta en la caricia con que se separan los dos jóvenes enamorados a los que separa la trinchera del odio…Hay que verla, de verdad. Por la verdad.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Cuando el yo y el cuerpo no coinciden: “La chica danesa”, de Tom Hooper





Preciosismo pictórico impecable para la vieja historia de la dramática  transexualidad: La chica danesa o la biografía contenida de una pionera del cambio de sexo.


Título original: The Danish Girl
Año: 2015
Duración: 120 min.
País: Reino Unido
Director: Tom Hooper
Guion: Lucinda Coxon (Novela: David Ebershoff)
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Danny Cohen
Reparto: Eddie Redmayne,  Alicia Vikander,  Matthias Schoenaerts,  Amber Heard, Ben Whishaw,  Sebastian Koch,  Victoria Emslie,  Adrian Schiller,  Richard Dixon, Paul Kerry,  Helen Evans,  Michael Gade Thomsen,  Alicia Woodhouse.


Lo bueno de ver ciertas novedades cuando van camino de convertirse en vejedades, si se me permite el neologismo, es que se libra uno de cualquier condicionamiento a la hora de plantarse ante ciertas películas polémicas, porque resulta casi imposible sustraerse a esa visión colectiva que son las opiniones, críticas, rumores, pases boca a boca, recomendaciones, etc., que tanto me suelen agobiar y frente a las que me defiendo, creo, bastante bien. El otro día me senté ante La chica danesa sin saber absolutamente nada de ella, excepto, claro está, que se había estrenado y que tenía que ver, oí/leí vagamente sobre la transexualidad o el travestismo o algo así. Fuera por la razón que fuese, no entró en el cupo de películas imprescindibles. Ahora la recupero y he salido del visionado de la misma con una excelente impresión, aun reconociendo un exceso de esteticismo en la búsqueda de la puesta en escena perfecta, una frivolidad relativa en el tratamiento del caso y una estilización respecto del original que le quita “hierro”, por así decirlo, a la relativa dimensión chocante que tuvo la biografía real de Einar Wegener, convertido, tras las operaciones de rigor, en Lili Elbe. Solo hay que ver las diferencias entre el original y el estilizadísimo sosias de la película para darnos cuenta de que la ficción es muy piadosa respeto de la realidad, sobre todo porque Eddie Redmayne, travestido en Jessica Chastain, consigue, con muy pocos aderezos, naturalizar la presencia femenina del personaje. La película reduce las cinco operaciones de cambio de sexo a una y dramatiza la relación matrimonial de ambos pintores, su mujer Gerda, invitándola a travestirse para servirle de modelo, le acaba descubriendo una identidad que estaba latente en Einar y que acaba conduciéndole, primero a una profunda crisis de identidad, y, segundo, a descubrir su verdadera naturaleza de mujer, desde la que ve su condición  masculina como una agresión insufrible de la que quiere liberarse cuanto antes. Berlín, la capital más avanzada del mundo en el tratamiento de la sexualidad durante la República de Weimar, es el destino para quien, bajo el asesoramiento de  Magnus Hirschfeld, un apóstol indiscutible de la revolución sexual que no se consumaría hasta la década prodigiosa de los 60 del mismo siglo, decide emascularse, primero y, después, hacerse una construcción vaginal en Dresde, como aparece en la película. Quizás todo hubiera ido más o menos bien en el proceso de cambio de sexo, si no hubiera sido por la “necesidad” de Elbe de querer ser madre, para lo que hasta le llegaron a implantar ovarios que le provocaron un fuerte rechazo y hubieron de ser retirados. La película, no obstante, se mueve en un terreno no idealizado, pero sí, hasta cierto punto de vista liviano, en el que se ahorran los pormenores biológicos del asunto, centrándose en el proceso psicológico del cambio de sexo y en un juego de máscaras, ahora Lili, ahora Einer, que corre parejo al deterioro de la relación entre dos esposos que se convierten en dos amigas, y que, en cierta forma, me ha recordado la película de Ozon, Una nueva amiga, donde Roman Duris le hace una seria competencia a Eddie Redmayne, quien es posible que algo haya tomado de aquella interpretación, aunque la suya, la de Redmayne es espectacular. Me ha llamado la atención un fenómeno curioso: Lili no surge sola de Einer. Primero es la mujer, Gerda, quien la saca a la luz, y, después, es Lili quien ha de ir aprendiendo en infinidad de modelos cuál es el comportamiento adecuado al que quiere adaptar la nueva criatura femenina nacida a partir de Einer. Esas secuencias de la imitación furtiva de los modelos está, me parece, entre lo más sobresaliente de la película. Desde el punto de vista de la realización, la puesta en escena maravillosa de la casa de los pintores, así como de casi todos los interiores, cuidadísimos, que aparecen en la película se anuncia ya desde el principio de la película con el juego entre el paisaje y la recreación artística del mismo, lo que se retoma, como era de esperar, al final de la película. La ciudad de Copenhague, por otro lado, esta fotografiada con una delicadeza en consonancia con el resto de escenarios. En España se han hecho dos películas notabilísimas con este tema y en los dos sentidos posibles, Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán y Cambio de sexo, de Vicente Aranda. Luego hay otras sobre el travestismo, como Un hombre llamado Flor de otoño, de Pedro Olea, y otras que se apartan del tema que nos ocupa. Por cierto, a título anecdótico, travestismo fue una palabra inventada y puesta en circulación por Magnus Hirschfeld. La crítica al esteticismo de la película, como un severo defecto, no acabo de entenderla, porque la historia tiene como protagonistas a dos artistas, dos pintores que ven el mundo desde una perspectiva estética que condiciona no solo su visión del mundo, sino, hasta cierto punto, su vida cotidiana, pequeños detalles incluidos. La escena del retrato que hace la mujer de un hombre en su estudio, estando ambos solos, nos pone sobre la pista de una reflexión muy oportuna: la incomodidad del hombre al sentirse observado tan intensamente por la mirada de una mujer. Esa incomodidad es la que sufre el protagonista cuando, convertida en mujer, se siente observada, a su vez, y curiosamente, por otra mujer. A pesar de que el efecto sorpresa de la transformación es poderosamente llamativo en la interpretación de Redmayne,  a ningún espectador puede pasarle por alto la excelente interpretación de Alicia Vikander, la chica sueca…, y la matizada gama de sentimientos y sensaciones que logra transmitir en la vivencia de una relación marital que atraviesa por fases tan distintas como sorprendentes, ¡en el primer tercio de siglo XX! En resumidas cuentas, un espectáculo visual, moral y reivindicativo de primera magnitud.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Un excelente film olvidado de Abel Gance: “Cyrano y D’Artagnan”.


La sabiduría narrativa de un maestro para una archicuriosa película olvidada: Cyrano y D’Artagnan o la ciencia y la ficción creando una nueva dimensión.
  
Título original: Cyrano et D'Artagnan
Año: 1964
Duración: 115 min.
País:  Francia
Director: Abel Gance
Guion: Abel Gance
Música: Michel Magne
Fotografía: Otello Martelli
Reparto: José Ferrer,  Jean-Pierre Cassel,  Sylva Koscina,  Daliah Lavi,  Rafael Rivelles, Laura Valenzuela,  Julián Mateos,  Michel Simon,  Philippe Noiret,  Gabrielle Dorziat.


Abel Gance ha sido uno de los pilares del cine europeo y mundial, y su Napoleón (al menos la versión reducida a 4 horas), de 1927, me causó, en los inicios de mi afición al cine, una impresión que aún hoy me dura. No había vuelto a ver ninguna película suya y el otro día, en Tallers 79, cayó en mis manos esta película que, por el año, 1964, la producción española, de Dibildos, y la nómina de actores y actrices españoles que en ella aparecen me hizo sospechar si no se trataba de otro Abel Gance, o de un posible hijo suyo o de una coincidencia nominal. Nada. El legítimo, el auténtico creador del inmortal  Napoleón, filmó esta película en cuyo guion participó un escritor tan dotado para las historias de acción y episódicas como Rafael García Serrano, así como el propio productor, José Luis Dibildos. La película, aun siendo de temática francesa ha tenido una distribución , al menos en DVD, exclusivamente en español, lo que me priva de la versión original, pero aparecen tantos intérpretes españoles que bien puede decirse que estamos ante una versión semioriginal. A mí la película me ha encantado, a pesar de ciertas concesiones que el director hubo de hacer a la inevitable dimensión de producto de consumo que impone la producción y que, en otra ocasión posterior, tanto éxito tuvo, en producción de Dibildos y con interpretación de Alain Delon en El Tulipán negro, con un divertido Marsillach en el ridículo papel de malvado. Lo primero que ha de decirse es que la historia escogida por Gance una mezcla de ficción y realidad, un personaje real, Cyrano, y uno de ficción, D’Artagnan, le van a permitir desarrollar una intriga en torno a las conocidas y difíciles relaciones entre Luis XIII y su mujer, Ana de Austria, interpretada eficazmente por Laura Valenzuela, en la que lo de menos será precisamente esa vieja historia repetida hasta la saciedad en la mil y una versiones hechas de Los tres mosqueteros. Lo importante es el retrato de los personajes, sobre todo el de Cyrano, cuya fanfarronería y lirismo corren parejos con su espíritu científico y su calidad de visionario. Guardo como un tesoro un viejo librillo comprado de segunda mano y leído, me imagino por varios cientos de ojos, del Viatge a la lluna, traducido al catalán por Martí de Riquer. Cyrano, en el relato de Gance se caracteriza por ser poco menos que un émulo de Leonardo de Vinci, aunque sin las habilidades pictóricas de este, pero sí las físicas y matemáticas. Empieza la película con el vuelo rasante de un engendro aeronáutico que dura apenas unos minutos en el aire, para ver descender, después, al personaje en un peculiar paracaídas. El dinamismo enloquecedor de Cyrano, su exuberancia vital, no es, sin embargo, la de un Cyrano joven, sino la de un Cyrano maduro, dueño de una experiencia con la que se abre paso en la Corte, junto a D’Artagnan, de quien se narra, como es preceptivo, su ingreso en el selecto club de los Mosqueteros. Habiéndose ganado la envidia y el odio de muchos rivales, Cyrano tiene una secuencia hermosísima en la que ha de pelear él solo contra una caterva de facinerosos que, guiados por un noble rival, pretenden acabar con él. La presencia de dos damas, de una de las cuales está enamorada -de la otra lo está D’Artagnan, claro- sirve como acicate para la demostración de bravura y habilidad con la espada. En el momento crítico, cuando casi a traición es reducido por tres oponentes al tiempo, tres aves de presa vuelan en su auxilio y se ceban en los ojos de sus asaltantes. Ello se debe, no lo había dicho antes, a que Cyrano es un ser que tiene el poder de hablar con los elementos de la naturaleza y especialmente con los pájaros, de quien recibe los secretos para diseñar sus aeronaves. Esa dimensión ecológica, del personaje, o franciscana, o propia de Apolo y de Orfeo, le otorga una dimensión moderna al personaje que casa a la perfección con su sed de conocimiento científico. El ideal de vida de Cyrano es, por otro lado, muy propio de lo que tanto se estila hoy: vivir el presente, el aquí y ahora, haciendo caso omiso del futuro y del pasado. Todo ello se manifiesta en cada uno de sus actos, llenos de optimismo y en los que e desenvuelve a través de una sonrisa que va de la franqueza hasta la insolencia e incluso a la burla despiadada. La puesta en escena de la película, con unos exteriores francamente magníficos y perfectamente fotografiados, así como con unos interiores, sobre todo en su terruño, llenos de encantadora verosimilitud, confieren a la cinta una dignidad de realización que poco o nada tiene que ver con ciertos pasajes adocenados y casi vulgares, me refiero al juego de equívocos galantes con las damas o a ciertas escenas palaciegas con un Richelieu demasiado envarado y un Philippe Noiret algo bobón en su Luis XIII. José Ferrer, quien ya había interpretado el personaje con anterioridad, lo anima con una campechanía rural francesa que no es incompatible con su refinada formación humanística. Se conjugan en su persona las mejores virtudes populares y la exquisitez de una formación delicada. Todo ello, claro está, referido a un Cyrano en el apogeo de su fama y dueño de una experiencia vital que aflora en muchas de sus expresiones cuando la seriedad de la situación lo requiere. El tono general bon vivant domina en la relación de los dos personajes y aunque el exceso de risas de Cyrano puede acabar pareciéndole al espectador algo exagerado e impropio del personaje, vale decir que privarle de ellas sería tanto como privarle a don Juan de su exhibicionismo. Sí, es una película de circunstancias, pero Abel Gance ha impreso en ella el sello inconfundible de su buen hacer, algo que la hace un apetitoso manjar para los cinéfilos que aún no se hayan acercado a catarla. ¡Gran honor para Dibildos, haberla producido!