miércoles, 4 de julio de 2018

"El momento de la verdad", de Francesco Rosi o la mirada impasible.



Una visión antropológica de España  centrada en la tauromaquia como ascensor social.

Título original: Il momento della verità
Año: 1965
Duración: 110 min.
País: Italia
Dirección: Francesco Rosi
Guion: Ricardo Muñoz, Pedro Beltrán, Francesco Rosi, Pedro Portabella
Música: Piero Piccioni
Fotografía: Gianni di Venanzo
Reparto: Miguel Mateo,  Linda Christian,  José Gómez,  Pedro Basauri,  Luque Gago, Salvador Mateo.

Acabo de ver esta película de Rosi que había grabado en el programa de La 2 sobre la historia del cine español y cuyas primera secuencias me movieron a engaño, porque comienzan con la Semana Santa, con una decidida voluntad documental que, poco después, deja paso a una fiesta popular con novillo al que marean hasta la perdición los mozos del pueblo, para, finalmente, centrarse en uno de esos mozos que, harto del ningún futuro de la explotación agrícola de la que viven sus padres, decide marcharse a la ciudad a probar fortuna. La ciudad, está claro, es Barcelona, y las secuencias de la llegada del joven, la imposibilidad de encontrar un buen trabajo sin tener un formación profesional y el modo como ha de sobrevivir, durmiendo en una sala que parece el dormitorio de un campo de concentración y comiendo los típicos guisos de comedor barato son de los mejor de la película. Si se le añade la excursión por el barrio chino, donde Rosi consigue unas secuencias documentales verdaderamente impactantes por su valor antropológico: usos y costumbres de los jóvenes inmigrantes que buscan el desahogo de la carne. Hasta entones, todo tiene un inequívoco aire de documental en el que la cámara, jugando con la iluminación, la cercanía y la cámara al hombro consigue momentos brillantes, llenos de verdad y realismo naturalista. Poco después, el joven descubre una cutre academia de toreros ubicada en un sótano donde un extorero pretende aleccionar en el arte de Cúchares a jóvenes que aspiran a convertirse en “figuras” a las que le sonría la fortuna y se conviertan en “fenómenos” de masas como El Cordobés, que era el ejemplo paradigmático del analfabeto triunfador. El protagonista, Miguel Mateo, Miguelín, fue un matador de toros polémico y triunfador en su momento. De él se recuerdan varias “hazañas”. Una de ellas, haberse lanzado de espontáneo durante una faena de El Cordobés para demostrar que los toros eran mansos y estaban “afeitados”; otra, haber conseguido cortar las dos orejas a los seis toros en la Corrida de la Prensa en Madrid, habiendo sido él el único en conseguirlo, y, finalmente, ya al margen de su carrera taurina, su intento de suicidio con una tijera para hacerse el harakiri justo cuando seguía una brutal dieta de adelgazamiento para reaparecer, lo que no volvió a suceder. La película, cuando le sigue a él, de forma exclusiva, narra los primeros pasos de la futura figura y cómo va haciéndose con un nombre, mejorando el caché, mejorando la vida de los padres y la suya propia, convirtiéndose en objeto del deseo de mujeres de alcurnia que se lo disputan en fiestas que aparecen ante el espectador como el reflejo especular de aquellas escenas entre prostitutas en el barrio chino de Barcelona, mutatis mutandis. La película, con todo, no tiene un claro sentido narrativo, porque en todo momento el único interés de Rosi consiste en describir un coro de rostros y personajes muy propios del paisaje humano de aquellos años, sorprendentemente “antiguos” y recios para tratarse de 1965. Sucede, al ver la película que nos sorprenden esos personajes como nos sorprenden los de Los Santos inocentes, que parecen propios de los años 40, no de los 60 en que transcurre la historia de Delibes. No hay más que ver, por ejemplo, los métodos de producción rudimentaria del campo para darnos cuentas del atraso en que aún subsistía buena parte del país. Insisto, el valor documental de la película es altísimo, y ahí Rosi demuestra escoger con un tino excelente planos cuyos detalles y motivos nos sorprenden por su enorme valor descriptivo, que nos recuerda las fotos de La España oculta de Cristina García Rodero, auténticas joyas también. De Francesco Rosi ya critiqué no hace mucho en este Ojo una película tan combativa políticamente como Las manos sobre la ciudad, que tanto tiene que ver, por cierto, con el último documental que acabo de criticar, sobre la activista usamericana Jane Jacobs. Todo parece organizarse al modo laberíntico de los puzles en este Ojo atento, por intuición, a fenómenos que se asocian libremente pero de un modo casi necesario. Quiero destacar, sobre todo, la mirada impasible con que Rosi se acerca a unos hechos organizados po guionistas españoles entre los que destaca Pere Portabella (cuando firmaba Pedro, con total naturalidad…), y por los que Rosi pasa sin atarse emocionalmente a ellos, esto es, manteniendo un frialdad propia del afán documentalista con que encaró su acercamiento a una tradición como la de la tauromaquia, que le parece merecer un respeto que no excluye una soterrada crítica al salvajismo imprescindible del espectáculo. La propia presencia de un “matador” como protagonista cuya capacidad expresiva se agota en el dialogo cara a cara con las bestias, no dejando nada para cuando se ha de relacionar con las personas, parece empujar a Rosi a construir su película desde esta vertiente descriptiva de la que vengo hablando, y a fe que lo consigue con una naturalidad que demuestra que, a menudo, el ojo ajeno es capaz de retratar mejor que el cercano lo que nos es tan propio. Con todo, Miguelin aún fue capaz de rodar otra película, esta vez con Carmen Sevilla, El relicario, dirigida por Rafael Gil, aunque en modo alguno a la altura de sus grandes obras, algunas de ellas criticadas elogiosamente en este Ojo. No quiero dejar de señalar que Javier Pérez Andújar debería ver urgentemente la parte barcelonesa de esta película, porque forma parte inequívoca de lo que ha sido el mundo en el que él nació y que habrá oído contar mil veces a sus mayores…


jueves, 28 de junio de 2018

“Citizen Jane: Battle for the City”, de Matt Tyrnauer o David/Jacobs contra Goliat/Moses…



El activismo ciudadano contra los despiadados poderes fácticos urbanísticos: La lucha de Jane Jacobs contra la paradójica deshumanización humanitaria urbanística de Nueva York en los años 50.

Título original: Citizen Jane: Battle for the City
Año: 2016
Duración: 92 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Matt Tyrnauer
Música: Jane Antonia Cornish
Fotografía: Chris Dapkins, Nick Higgins, Paul Morris
Reparto: Documentary,  Thomas Campanella,  Mindy Fullilove,  Alexander Garvin, Paul Goldberger,  Steven Johnson,  Max Page,  Mary Rowe,  Michael Sorkin.

Reticente como soy a ver documentales en el cine, excepción hecha de algunas joyas como La sal de la Tierra, de Wim Wenders o Inside Job, de Charles Ferguson, enseguida nos interesó a mi Conjunta y a mí este documental sobre la figura de la activista usamericana Jane Jacobs en su lucha contra el promotor inmobiliario Robert Moses en los años 50, cuando se impuso la teoría de derribar ciertos barrios degradados y volver a construir en esos espacios “higienizados” edificios tipo colmena con grandes espacios entre ellos que esponjasen la densidad de los viejos barrios tan tupidos urbanísticamente como, sin embargo,  llenos de vida. A lo largo del documental asistiremos, por una parte, a un retrato biográfico de la periodista que fija su interés intelectual y activista en una lucha contra la desnaturalización de la ciudad y, mediado el metraje, en su lucha contra la descerebrada idea, ¡nada menos!, de acabar con la plaza Washington Square, en el Greenwich Village, para construir una autopista que facilitara el tráfico en un Manhattan que se quería poner al servicio del tráfico rodado, no de los habitantes. El documental alterna los planteamientos urbanísticos teóricos con las luchas civiles contra proyectos que atentaban contra una concepción de la ciudad como organismo vivo en el que las personas determinan sus usos, sus dominios y le confieren un carácter propio, aunque como hablamos de grandes metrópolis, todas ellas, sea en China, en Sudamérica o en Europa, comparten no pocos rasgos de identidad que Jacobs defendía como un valor tradicional frente a un urbanismo aséptico que atendía más al negocio que a la concepción humana de la asociación en barrios cuya personalidad, como venimos diciendo, han construido los vecinos a lo largo de las generaciones que han habitado en ellos. Sí, el título de la lucha entre David y Goliat que le he puesto a la crítica refleja, en efecto, lo que fue la dedicación vital de Jane Jacobs a la lucha, junto con muchas personas que la secundaron, contra la especulación inmobiliaria y contra el intento de la autoridad de diseñar una ciudad de espaldas a los ciudadanos, con el pretexto de que ciertos barrios degradados no admitían más solución que arrasarlos para construir de nuevo. Y el defensor de esa posición "higiénica", Robert Moses, actúa en el documental en el papel de "villano", que desempeña con una convicción para la que parecía haber nacido, desde luego. El documental incide mucho en que esa solución, que desarraigó a los nuevos ocupantes de esos bloques de la ciudad tal y como la habían vivido hasta que acabaron con barrios como el West Village, se reveló una solución falsa: la gente no puede vivir donde la vida comunitaria brilla por su ausencia. Esos bloques gigantescos acabaron degradándose al ritmo que lo hacían quienes no superaron el hecho de tener que vivir en ellos, y, al final, acabaron siendo derruidos, una vez que se habían degradado a extremos mayores de la supuesta degradación urbana que venían a combatir. La parte del león del documental se la lleva la lucha contra la autovía rápida que iba a atravesar la plaza Washington Square. Al principio se menospreció el movimiento vecinal calificándolo como la “revolución de las amas de casa”, con un menosprecio absoluto de las razones urbanísticas y sentimentales que animaban a quienes hicieron de esa protesta una lucha a la que consiguieron atraer, en su defensa, incluso a personalidades como Eleanor Roosevelt. La presión vecinal, mediática y el permanente estado de agitación social que supo liderar Jane Jacobs, pusieron en entredicho la política destructiva del Ayuntamiento y les obligaron a retractarse del proyecto, lo que significó una derrota política para el promotor Robert Moses de la que ya no se recuperaría. Lo que el documental viene a demostrar a los ingenuos izquierdistas de salón europeos, es la vitalidad de los movimientos asociativos usamericanos, que hunden sus raíces en los tiempos de la propia construcción de su nación soberana. Es cierto que Jacobs fue acusada de desacato a la autoridad y que se le pidió una condena que, finalmente, no llegó a cumplir, aunque esa presión judicial sí que consiguió que cambiara su residencia a Toronto, Canadá, donde, sin embargo, continuó practicando lo que mejor sabía hacer: organizar la protesta ciudadana contra los caprichos injustificables de las autoridades. Se trata de un documental muy oportuno, porque la tensión que se vive en muchas ciudades europeas que han sido tocados por la varita ambigua del turismo de masas tiene mucho que ver con decisiones del poder municipal que pueden agravar o aliviar dichas situaciones. Desde el punto de vista local, barcelonés, hay algo que llama mucho la atención en este documental: la diferencia abismal que uno advierte entre activistas como Jacobs, profesional, lúcida, no sectaria ni demagógica, y otras como nuestra insufrible alcaldesa, Immaculada Colau, cuyo sectarismo, cuya falta de preparación, cuya demagogia y cuya inoperancia política son algo así como el reverso de la activista usamericana. Por supuesto, Jacobs hizo más por la ciudad de NY desde su activismo que la señora Colau por la ciudad de Barcelona desde el sillón presidencial del Consistorio. ¿Es o no es curioso? El documental, muy clásico en su estructura: entrevistas a especialistas que pueden analizar con amplio criterio la acción de la activista; recortes de prensa; fragmentos de noticieros antiguos, tomas de la ciudad que subrayan cuanto se está exponiendo en la película, abundantes fotos de la protagonista y su antagonista… permite conocer la ciudad en una época de poderosa transformación. A quienes tanto nos dolió retrospectivamente el derrocamiento de la Pennsylvania Station, una joya arquitectónica que acabó dando paso al Madison Square Garden y al soterramiento de los trenes, somos conscientes de que ni todos los activismos del mundo, a veces, son capaces de impedir barbaridades urbanísticas como la que acabo de citar, y ello, poco tiempo después de las victorias de Jacobs, porque las piqueta empezaron a demoler la Penn en 1961… La loa de la ciudad como un organismo vivo que se autorregula recuerda mucho Berlín: Sinfonía de una ciudad, de Walter Ruttmann, aunque estética y narrativamente poco tengan que ver, desde luego. En cualquier caso, la vida de las ciudades constituye un tema tan cautivador que pocos serán los que vean este documental sin quedar absolutamente complacidos.

“Fear and Desire”, de Stanley Kubrick o sus primeros pasos bergmanianos.



El antibelicismo perpetuo de un director único: Fear and Desire o la búsqueda de las humanísimas raíces del odio.

Título original: Fear and Desire
Año: 1953
Duración: 68 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Stanley Kubrick
Guion: Howard Sackler
Música: Gerald Fried
Fotografía: Stanley Kubrick
Reparto: Frank Silvera,  Kenneth Harp,  Paul Mazursky,  Steve Coit,  Virginia Leith,  David Allen.

Encontrarse, por azar, con la primera película de Kubrick por fuerza ha de ser motivo de alborozo para cualquier aficionado al cine. No es aún el Kubrick que será, pero en su primer trabajo, con nula repercusión comercial, se advierten líneas narrativas y estéticas que caracterizarán su cine cuando dé el salto de profesionalidad que significó en su carrera Atraco perfecto, su primera obra maestra. Hay, en Fear and Desire, mucho de tanteo, de prueba, de “vamos a ver qué somos capaces de hacer” con tan poco dinero, bastante imaginación y la convicción de que una reflexión existencialista sobre la guerra, en aquellos años de apogeo de la Guerra fría, suponía afirmar una posición que sería vista con desagrado en su país, pero que Kubrick mantendría hasta el final de su carrera, con La chaqueta metálica, un  duro alegato antibelicista en las postrimerías de su carrera.. Lo mismo le pasó,  tres años más tarde, cuando, con Kirk Douglas empeñado en el proyecto, rodó Senderos de gloria.  De hecho, incluso Espartaco, a cuyo frente se puso tras haber sido despedido Anthony Mann, podríamos decir que forma parte de ese pensamiento antibelicista del autor. Miedo y deseo, aunque ignoro si la película se ha estrenado comercialmente en España,La película deriva hacia lo simbólico y hacia una exploración formal del espacio y de la psicología humana enfrentada a situaciones de desconcierto, miedo y, como taza el título, deseo, porque la captura de una mujer y su retención por parte del pelotón que busca cómo orientarse en la isla para poder salir de ella sin ser hechos prisioneros por las fuerzas enemigas, a las que se observa a través de los prismáticos, pero que no parecen representar un peligro inminente para la patrulla perdida. De hecho, hasta son capaces de incursionar hasta su territorio y liquidarlos certeramente, mientras el joven soldado acuciado por el deseo sexual se queda al cargo de la prisionera que han hecho y que no parece entender su lengua, razón por la que los primeros planos de ella, ¡estupendísimos!, puro Bergman, buscan transmitirnos, y a fe que lo consiguen, las reacciones de la mujer ante los avances sexuales del joven soldado, quien, acuciado por el miedo a quedar abandonado en la isla por el resto de sus compañeros, va perdiendo poco a poco contacto con la realidad hasta que se figura que ella, la prisionera, está deseando corresponderle sexualmente, razón por la cual la desata, para facilitar “ser abrazado” y consolado de su angustia. Lo que ocurre, sin embargo, es que ella echa a correr, después de quitárselo de encima de un empujón y él no duda en disparar contra ella y matarla. El blanco y negro de la película consigue una extraordinaria tonalidad brillante mediante la iluminación, lo que favorece una nitidez fotográfica que recuerda mucho la fotografía de las primeras películas de Bergman, en quien seguro que Kubrick se inspiró para acercarse a una estética de la imagen como la que pretendió mostrar en esta película que quiso destruir para que nadie la viera. Es cierto que la “aventura” de esta patrulla perdida, mezclada con ciertas reflexiones de sus componentes que parecen refritos de muchas otras películas, Obetivo Birmania, entre ellas, con la que esta película guarda no pocos puntos de contacto. Si no recuerdo mal la película de Walsh se rodó en la finca del productor y en un jardín botánico, y Kubrick escoge unos exteriores bastante neutros que hacen las veces de una isla, desde donde la patrulla ha de salir en una balsa. Las imágenes de la locura del joven soldado arrastrando la balsa sobre la que yace, muerto, otro compañero del pelotón son decididamente de lo mejor de la película, junto con las escenas de la torpe seducción de la joven. El guion casi brilla por su ausencia, y a la película le falta un hilo narrativo poderoso y una creación de clímax hacia el que avanzar. Con todo, el “ensayo” cinematográfico de Kubrick no merecía el desdén por su parte de pretender evitar a toda costa que nadie la viera. Se ve, eso sí, como el balbuceo de quien llegó a ser después, y poco más, aunque no falta el perfeccionismo técnico que caracterizará casi todas sus películas. Se trata, como dicen los historiadores, de una película que costó unos 13.000 dólares, aportados casi en su totalidad por su tío, Martin Perveler, que solo pidió a cambio aparecer en los títulos de crédito como productor ejecutivo. Ninguna película con la firma de Kubrick puede ser una obra totalmente fallida, y su primer película es una prueba evidente de lo que digo. Y ando ya con ganas de ver su segundo largo, El beso del asesino, a cuyos productores pudo, tras sus triunfos, reintegrarles el dinero con que la financiaron…, no digo más.





miércoles, 27 de junio de 2018

“Eight Days a week. The Touring years”, de Ron Howard o los Beatles como fenómeno de masas.



La irrupción de la adolescencia, vía la música popular, en la economía de mercado: Eight Days a week. The Touring Years o el hechizo cósmico de la beatlemanía.

Título original: The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years
Año: 2016
Duración: 120 min.
País: Reino Unido
Dirección: Ron Howard
Guion: Mark Monroe (Historia: P.G. Morgan)
Fotografía: Michael Wood
Reparto:  John Lennon,  Paul McCartney,  George Harrison,  Ringo Starr.

Es posible que, sobre los Beatles, se haya escrito casi todo, hayamos visto casi todas las grabaciones y sigamos aún sin poder descifrar el enigma que supuso su irrupción en el panorama musical de todo el planeta, a un nivel que, como diría Lennon -y no pocos problemas le supuso al grupo tal afirmación, ellos eran más populares que Jesucristo, y no le faltaba razón, ciertamente, porque la fama de los Beatles llegó a todos los rincones del planeta. Ron  Howard, autor, entre otras de Una mente maravillosa, y supongo que ferviente beatlemaníaco él mismo, se ha aplicado con destreza, claridad y concisión a la elaboración de un documental que aborda, sobre todo, los años en que los Beatles se ganaban la vida con los conciertos, dado el nefasto acuerdo de royalties sobre la venta de los discos. La película presenta material no visto hasta ahora sobre los conciertos en Usamérica y un buen número de entrevistas inéditas con ellos y con un periodista que siguió su gira usamericana como cronista para un periódico. La voz narrativa que sirve de nexo de unión entre el caudal espléndido de imágenes sobre el cuarteto de Liverpool acentúa lo que de revolucionario supuso la aparición de los Beatles y, fundamentalmente, las reacciones histéricas de sus infinitas fans. Algo de ello se había vislumbrado ya con cantantes como Elvis Presley, desde luego, pero el despertar al unísono de miles de adolescentes que incluso provocaban problemas de orden público por querer acceder físicamente al contacto con sus héroes musicales, bien puede decirse que pilla por sorpresa a las puritanas opiniones públicas de Inglaterra, primero y de Usamérica, después, y preparan, en cierto modo, al menos desde la reafirmación de su poder social como nuevo sujeto mediático, aquella revolución del 68 que, desde una perspectiva más ideologizada, representaba, sin embargo, una revolución en las costumbres y en ciertas concepciones sobre la religión, la amistad, el sexo, el triunfo social, etc. Para los fans de los Beatles, entre los que me cuento -aunque el primer disco que compré de jovencito fue el Paint it black de los Rolling- desde la aparición en España de Twist and shout que le trajeron de Londres a mi hermano mayor, la película de Howard, de dos horas de duración que pasan en un suspiro, permite acceder a cierta información valiosa, como la rígida sociedad creadora que McCartney y Lennon establecieron, y que bien puede calificarse de auténtica fusión, y el modo como, a trancas y barrancas, en la vorágine en que se convirtieron sus vidas, fueron creando unas canciones inmortales, todas ellas. A pesar de que la película se centra en la época de los espectáculos en directo, en los que sufrían lo indecible porque, dado el griterío de las fans, les era incluso imposible oírse unos a otros cuando tocaban, la película traza una curva cronológica que lleva al grupo desde sus primeros clásicos propiamente juveniles, a la madurez de su etapa adulta, cuando fueron definiendo sus respectivas individualidades y comenzaron a ser más músicos de estudio que músicos de directo. ¡Lo que ganó la música moderna contemporánea con aquella decisión! Porque si algo caracteriza a los Beatles ha sido la experimentación. En modo alguno, a pesar de aquellos trajes y corte de pelo tan de uniforme de su primer época, los Beatles eran un grupo destinado a tener unos cuantos éxitos y desaparecer, como era habitual en sus inicios,  porque Lennon y McCartney son dos genios de la música y a ellos se debe una auténtica revolución en el arte de componer canciones que ha perdurado hasta hoy. El cierre de la película con el concierto en el tejado de los estudios, que cierra, también, la última película de los Beatles, la excelentísima Leti t Be, da a entender inequívocamente lo que va de los inicios de los Beatles a su final como grupo. Ha sido una buena estrategia narrativa el rescate de la perspectiva del periodista que acompañó a los Beatles en la gira americana y que ofrece un ángulo desde el cual la percepción social de lo que supuso el paso del cuarteto por aquellas tierras en una época en la que el racismo de apartheid daba sus últimos coletazos,  y entrañable es la entrevista a Whoopi Goldberg en la que narra su vivencia individual de aquella presencia que traía unos aires liberadores frente a la rígida mentalidad conservadora blanca usamericana. A mí, particularmente, además de la relación profesional entre los dos geniales compositores, me ha interesado mucho el trazado perfecto de la evolución de los cuatro componentes del grupo, cómo fueron viendo que se les quedaban pequeñas ciertas canciones insustanciales y ciertos sonidos mecanizados, que podían y debían aspirar a más, como acabaron demostrándolo en el Sargent Peppers o en el álbum blanco. Llama la atención, a pesar de la atención preferente que se le concede a Brian Epstein en la definición de la imagen del grupo y de su carrera profesional, que se pase de puntillas por el controvertido suicidio o accidente, porque nunca se sabrá con certeza qué fue, que acabó con la vida de Epstein en 1967 justo cuando habían decidido dejar de actuar en directo. Salvando ese detalle, ya digo que el documental se sigue con muchísimo interés y, los aficionados de pro, con no poca emoción.

sábado, 23 de junio de 2018

“Jeanne Eagels”, de George Sydney: una actriz olvidada, una tragedia eterna…



Magnífico guion de John Fante, novelista “maldito”, para una biografía espectacular interpretada por una Kim Novak mítica: Jeanne Eagels o una digna heredera de Eva al desnudo.

Título original: Jeanne Eagels
Año: 1957
Duración: 108 min.
País: Estados Unidos
Dirección: George Sidney
Guion: John Fante, Daniel Fuchs, Sonya Levien
Música: Mischa Bakaleinikoff, George Duning, Gil Grau, Howard Jackson
Fotografía: Robert H. Planck (B&W)
Reparto: Kim Novak,  Jeff Chandler,  Agnes Moorehead,  Charles Drake,  Larry Gates, Virginia Grey,  Gene Lockhart.

No ha sido premeditado, que conste, esta coincidencia biográfica en dos actrices usamericanas de muy diferente condición y no contemporáneas, pues hay una generación de distancia entre una y otra. Si Frances Farmer encarna la maldición de la fama y la caída del ídolo fabricado por Hollywood, Jeanne Eagels es la clásica historia de la decidida voluntad de alcanzar el estrellato en el mundo del teatro viniendo desde lo más cutre, las barracas de feria con números picantes para aldeanos reprimidos. Allí estaba Jessica Lange, con una interpretación muy destacada; pero aquí, dilectos frecuentadores de este Ojo, está nada menos que Kim Novak, que venía de Picnic, de Joshua Logan e iba hacia Vértigo, de Hitchcock el año siguiente a esta, o sea, en el momento cumbre de su carrera, porque en el mismísimo 1957 también rodaría a las órdenes de Sidney Pal Joey, con Frank Sinatra y Rita Hayworth. La vida de Jeanne Eagels arranca con el sueño de una joven que está dispuesta a todo para conseguir llegar a su meta: debutar como actriz en  Broadway, por más que el camino para llegar allí esté lleno de no pocos contratiempos y una vida vagabunda en el mundo de los circos ambulantes, a los que se une porque uno de los propietarios de una barraca acepta “recogerla”, tras ser engañada por un vendedor ambulante de que sería elegida la reina de un concurso de belleza entre las jóvenes de la localidad, que había de realizarse en la barraca del singular “empresario”, quien, como Jeanne, también tiene sus sueños de convertirse en el gran propietario de las atracciones de Coney Island. El malentendido de su relación sentimental supone, sin embargo, la primera dificultad seria a la que habrá de enfrentarse para determinar cuál ha de ser el rumbo de su vida, porque mientras ella lo subordina todo, absolutamente todo, a su ambición profesional; su empleador y luego amante, quien vende su negocio para instalarse con ella en Nueva York y poder facilitarle así  la conquista de su objetivo, tiene unos planes tradicionales y familiares en los que ella no se ve de ninguna de las maneras. Poco a poco, pues, las vidas de se separan y ambos llegan a triunfar, pero el precio que han de pagar ambos es muy diferente: el empresario, el de la soledad y la imposibilidad de formar una familia; ella, su propia vida. Si la película me ha sorprendido no es, ¡aunque parezca mentira esta afirmación!, por la exquisita, sólida y convincente interpretación de Kim Novak, un auténtico animal fotogénico, sino por una dirección y una puesta en escena que tiene momentos en que roza incluso la grandeza. Hay encuadres de una originalidad indiscutible y de un clasicismo propio de los grandes directores. Sobre todo en los interiores con una profundidad de campo que revela un suerte de dialéctica entre el espacio y los personajes que sorprende a los espectadores, arrastrados a la confrontación con la permanente esquizofrenia en que vive la protagonista: sumisa a su codicia; añorante de los tiempos felices anteriores. Las secuencias del robo de una obra a la actriz caída en desgracia que aspira a volver con ella a la primera fila de la profesión constituyen un pequeño minidrama que se resuelve, a la manera de las películas de terror, con la irrupción de la actriz robada en las bambalinas del teatro, junto a la actriz que escucha los aplausos que la reclaman para salir a escena, para pasar, posteriormente, a la escena del suicidio de la desdichada, una suerte de premonición de su propio final, y de ahí la congoja callada con que vive el desenlace de ese drama paralelo dentro del de la propia Jeanne Eagels. La película es, sin duda, una crónica de la insatisfacción y la comprobación empírica de que los caminos no éticos que llevan al triunfo nunca permiten que la felicidad sea su meta. Sí, la mezcla de ficción y realidad está lo suficientemente dosificada como para que las licencias dramáticas postizas permitan construir un hilo narrativo que atrape a los espectadores y realce, como se debe, el drama íntimo que vivió la actriz durante esos años de profesión en los que, presionada por el sindicato de atores, que incluso le prohibió actuar, llegó a triunfar efímeramente en el cine poco antes de iniciar un descenso a los infiernos de la drogadicción del que ya no saldría. Las escenas de la despedida del año con su marido, un exjugador de football americano,  ambos borrachos y solos como dos perros, están rodadas con una frialdad casi documental que recuerda algunas de Días de vino y rosas, de Edwards. Del mismo modo que una secuencia final, con la aspirante a actriz que entra en el camerino de la estrella a la que pide una ayuda que la impulse hacia el camino del triunfo nos devuelve a la memoria de Eva al desnudo, de Mankiewicz, como no puede ser de otra manera… Y a fuer de sincero he de reconocer que esta película de Sidney bien merecería una reconsideración crítica para ser mencionada con todos los honores en ese reducido círculo de las películas de carácter metaartístico que, centrada en este caso en el teatro, exploran el difícil terreno de la estabilidad mental de las personas que alcanzan la cima en tan difícil profesión.


viernes, 22 de junio de 2018

“Rivales”, de Hawks y Wyler con Frances Farmer at her best…



La caprichosas segundas oportunidades imposibles del amor a través del tiempo: “Rivales” o cómo tratar de enmendar, ¡a destiempo y despersona!,  las decisiones movidas por el interés. 

Título original: Come and Get It
Año: 1936
Duración: 99 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Howard Hawks,  William Wyler
Guion: Jules Furthman, Jane Murfin (Novela: Edna Ferber)
Música: Alfred Newman
Fotografía: Rudolph Maté, Gregg Toland (B&W)
Reparto: Edward Arnold,  Joel McCrea,  Frances Farmer,  Walter Brennan,  Mady Christians, Mary Nash,  Andrea Leeds,  Frank Shields,  Edwin Maxwell,  Cecil Cunningham, Charles Halton.

Y lo autoimpuesto lo satisfice casi a continuación de la anterior. Rivales es una película extraña, cuya rareza consiste en que hubiera de necesitar dos directores, uno consagrado ya, Hawks, y el otro a punto de consagrarse, Wyler, por el capricho del productor, Samuel Goldwyn, ante la excesiva libertad de Hawks frente al guion que rodaba. En cualquier caso, la historia era y sigue siendo atractiva por muchas razones, entre las que no es la menor la presencia de un elenco de artistas que encabezado por Frances Farmer, una auténtica diosa del celuloide, de tristísima vida, como vimos en el drama biográfico interpretado por Jessica Lange, y seguido por Edward Arnold, Joel McCrea y el inefable Walter Brennan, nos regala una historia vivida con una intensidad y una sensación de verdad que pasan muy por encima de cierta previsibilidad de la trama y de las situaciones dramáticas tópicas que nutren la historia de amores y desamores, de traiciones y de arrepentimientos, de orgullos y de humildades… Y, que es lo que yo quería ver en ella, la presencia imantadora de Frances Farmer, con un poderío fotogénico y unas maneras de gran actriz que tanto le valen para cuadrar una cantinera amoral como una jovencita deseada y deseante…La historia tiene su miga social, porque se denuncia, desde el comienzo, con unas magníficas secuencias de naturaleza documental la explotación de los bosques que, sin embargo, no se repueblan en ningún momento, a pesar del daño ambiental inequívoco infligido. A pesar de ello, el negocio maderero le sirve al protagonista para construir un imperio de la explotación forestal gracias a la decisión de compartir su vida con la hija del dueño del negocio para quien trabaja, pero eso ocurre justo después, ¡ay!, de haberse enamorado de la cantinera que le roba el sentido y a la que, sin embargo, no duda en abandonar para cumplir su sueño empresarial. Las escenas de la pelea en la cantina, que tienen un aire muy de Ford, con esas bandejas como discos lanzadas contra el mostrador, el espejo y las botellas de los estantes, generan lo que parece una indestructible unión entre una mujer desengañada de su suerte, con un deje escéptico en la voz ronca que contrasta con el luminoso esplendor de su belleza, y un industrial emprendedor, seguro de sí mismo y que sabe lo que quiere, y ello hasta el punto de renunciar al amor por el beneficio. El prólogo de la película, casi la primera parte, toda ella de Hawks, tiene, en la amistad entre los personajes de Arnold y Brennan un excelente regusto fordiano que a buen seguro ha de complacer a cualquier espectador, la inverosímil boda incluida entre la cantinera y el amigo del protagonista, que casi le triplica la edad. La segunda parte, cuyo último tercio pertenece, al parecer, a Wyer, da un salto en el tiempo y nos muestra al protagonista casado con la hija del empresario, que le ha dado dos hijos, una hija y un hijo, y al amigo que vive con la hija de la cantinera, de quien es doble exacto, de ahí que, cuando se celebra el reencuentro entre ambos, inmediatamente el empresario se siente atravesado, de nuevo, por la misma flecha del amor que lo unió a la madre de la ahora protagonista y que él mismo rompió. Un equívoco -la pretensión del empresario de establecer una doble vida adúltera con la joven, lejos del lugar donde viven, instalándola a todo tren en Chicago- que dura acaso más de lo debido, pero que sirve para exhibir el lucimiento de Frances Farmer, en un registro totalmente diferente en la hija del que vimos en la madre, da pie, poco después, cuando el protagonista los instala cerca de él, con un contra caritativo para con su amigo, al inevitable flechazo entre su hijo, el apuesto Joel McCrea y la joven, lo que conducirá al protagonista a una suerte de espiral celosa que amenaza con ponerlo en el disparadero de una acción algo más que disparatada, porque no acaba de entender que ella, la hija, no sea ella, la antigua amante a la que abandonó, creyendo que el destino ha te ido a bien darle la oportunidad de enmendar el terrible error que cometió en su momento. Este drama le llega al espectador con un envoltorio formal  de gran producción, ¡nada de series B!, en la que intervienen nada menos que os directores de fotografía de tanto nivel como Gregg Toland, a quien se debe Ciudadano Kane y Las uvas de la ira, por ejemplo, ¡y menudos ejemplos! Y Rudolph Maté, quien más adelante se convertiría en director y filmaría obras tan impactantes como D.OA, criticada en este Ojo como se merece. Si a todo ello añadimos el potente ritmo narrativo que sabe imprimir Hawks en la primera parte, y el mimo psicológico con que trata Wyler los celos paternos del hijo y el enamoramiento, por parte de la hija, de un sencillo pero emprendedor trabajador de su empresa, así como la distancia que, con sabia mano izquierda, lejos de cualquier aspaviento melodramático, sabe poner la mujer del protagonista, compasiva y ecuánime, la película se redondea como un ejemplo de melodrama que merece ser visto por todos aquellos a quienes no les asusta la representación cinematográfica de las pasiones fuertes ajustadas al más estricto sentido de la verosimilitud y la grandeza estética. ¡Todo un descubrimiento, el de Frances Farmer y el de la propia película de dos magníficos directores y dos maestros de la fotografía!

“Frances”, de Graeme Clifford: los pies de barro de Hollywood.



La vida trágica de una actriz  y persona amantes de la libertad: Frances o el poder perverso del matriarcado.

Título original: Frances
Año: 1982
Duración: 134 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Graeme Clifford
Guion: Nicholas Kazan, Eric Bergren, Christopher De Vore
Música: John Barry
Fotografía: Laszlo Kovacs
Reparto: Jessica Lange,  Sam Shepard,  Kim Stanley,  Bart Burns,  Jeffrey DeMunn, James Karen,  Christopher Pennock,  Kevin Costner,  Anjelica Huston.

¡Bueno, bueno, qué descubrimiento, el de la historia de la actriz Frances Farmer, una mujer libre y desprejuiciada que se inició en el éxito mediático nada menos que a través de un concurso de redacción escolar que ganó con un ensayo en el que defendía que Dios no existía, ¡en un país que lo incluye como artículo de fe en su moneda nacional!, que hizo un viaje a la Unión Soviética, contra la sugerencia de su madre y de quienes le auguraban una prometedora carrera de actriz, y que se atrevió a plantar cara a los estudios cinematográficos que, dada su belleza espectacular, querían convertirla poco menos que en una adocenada pin-up objeto de explotación.  Su relación con Clifford Odets, el autor de teatro, guionista y director de cine, supuso un antes y un después en su vida. De temperamento irascible, Farmer no tardó en encontrar en el alcohol un nefasto aliado para hundir su vida personal y su carrera profesional. Por mantener una actitud antisocial, fue internada en un sanatorio mental donde pasó unos meses hasta que, finalmente, logró escapar de él. Su madre se convirtió en su defensora y le fue adjudicada la patria potestad de la joven, si bien la tensión entre ambas, dado el control sobre su vida personal y su carrera que quería ejercer la madre, acabaron dando con ella, de nuevo en el sanatorio. Salió a los pocos meses y mientras su madre quería devolverla al estrellato cinematográfico que ya había adquirido, ella se negó en redondo a seguir siendo “usada” por esa industria que destruía a personas como ella, nada propensas a la complacencia con roles humillantes que anulaban la dignidad de las personas. Finalmente, tras una crisis histérica, favorecida por el enfrentamiento radical con su madre, Farmer es “encarcelada” de nuevo, porque bien puede hablarse de un encarcelamiento con saña, y es sometida a los rigurosos métodos psiquiátricos de la época, que incluían los electroshocks, las duchas escocesas, las camisas de fuerza e incluso, aunque parece que no está probado en su caso, la lobotomía. Las escenas de la película en las que se describe la vida de las internas, con los tratos infames que les deparaba el sistema represivo, son realmente impactantes y recuerdan las espeluznantes de Nido de víboras, de Anatole Litvak, otra película que hizo no poco en favor de la reconsideración de los tratos crueles a los enfermos mentales antes de que llegara, en Europa, la antipsiquiatría. A todo ello hemos de añadir que los celadores del sanatorio tenían montado un negocio de prostitución de las enfermas, y eso sí que, al parecer, es un hecho fidedigno: que la actriz fue repetidas veces violadas durante su internamiento en el centro. Se entiende, pues, que el alta, finalmente, liberara a una mujer tan poderosamente traumatizada y anulada que poco o nada tenía que ver ya con la actriz joven, impulsiva, vivaz y reivindicativa que fue en sus inicios. La película comienza casi como un biopic, con la incongruencia, además, de esos 16 años de la protagonista que se podrían haber ahorrado; pero enseguida deriva hacia la trágica historia de una persona nada dispuesta a ser complaciente con todo aquello que no encajaba en su alto concepto de la profesión de actriz. Su debut teatral en Golden Boy, de Odets, cuando mantuvo una relación amorosa con él, y el consiguiente fiasco de la negativa de este a que la representara fuera de Usamérica, en parte por salvar su propio matrimonio y en parte por la presión de los estudios que tenían un contrato exclusivo con a actriz, fueron determinantes, como ya he dicho, en la “caída” de la actriz a los infiernos de la drogadicción  y del sistema psiquiátrico cuyo poder para anular a las personas o mantenerlas recluidas contra su voluntad siempre me ha parecido que constituye una frontera muy poco definida en términos legales. A título anecdótico, la madre de Farmer en la película, la actriz Kim Stanley, también tuvo una relación amorosa con Odets, lo mismo que Fay Wry, la actriz de King Kong. Aunque  hablemos de una actriz de finales de los 30, Farmer fue realmente una estrella de Hollywood, una estrella, además, cuya vida fue pasto de todo lo que, desgraciadamente, rodea al séptimo arte; las despiadadas cabalgadas de los cuatro jinetes del apocalipsis de las reputaciones individuales y los nobles ideales.  Aunque aún llegó a hacer una película, tras salir del sanatorio, Farmer inició un declive del que ya no pudo salir. La actriz Jessica Lange tuvo, en esta interpretación, un vehículo perfecto para mostrar sus excelentes dotes de actriz, y los amantes de las anécdotas, recordarán siempre que en esta película se conocieron ella y Sam Shepard, con quien conviviría los siguientes 27 años hasta que se separaron, poco antes de que Shepard muria a causa de la ELA. Está claro que el hecho de haber tenido un padre débil que cedió ante las posiciones manipuladoras de la madre impidió que Farmer hubiera tenido, al menos, un refugio frente a la actitud castradora de la madre, asustada ante la profesión de libertad a todos los niveles que exhibía su hija, un temperamento fuerte que, al final, acabo jugando contra ella, al manifestarse agresivamente contra otros, autoridades incluidas e incluso en las propias vistas de sus juicios. La película mezcla ficción y realidad a partes desiguales, pero consigue lo que se propone: que los espectadores empaticen con el aciago destino de la actriz y se interesen por ella. Y de ahí que, nada más acabar de verla, buscase en Filmin, alguna película en la que poder verla en todo su esplendor cinematográfico, que era muchísimo.