miércoles, 13 de marzo de 2024

«El parador del camino», de Jean Negulesco y la fotografía de Joseph LaShelle.

 


Entre el melodrama y el cine negro… una sobresaliente Ida Lupino.

 

Título original: Road House

Año: 1948

Duración: 95 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Jean Negulesco

Guion: Edward Chodorov. Historia: Margaret Gruen, Oscar Saul

Reparto:  Ida Lupino; Cornel Wilde; Celeste Holm; Richard Widmark; O.Z. Whitehead;

Robert Karnes; George Beranger; Ian MacDonald; Grandon Rhodes.

Música: Cyril J. Mockridge

Fotografía: Joseph LaShelle (B&W).

 

          Que Joseph LaShelle, ganador de un Oscar por la cinematografía de Laura, y después nominado en otras ocho ocasiones, esté al mando de la atmósfera lumínica que respira la película es algo así como ponerse a rodar sabiendo que has de hacer muy poco para no malograr tanta sabiduría fílmica como, en efecto, aparece en esta película con una historia sencilla, local y sin misterio, pero con una intensidad en el modo como la viven sus personajes que podemos cifrar en la sobresaliente actuación de la «Bette Davis de los pobres», como se definió Ida Lupino, de idéntica manera que se autotituló la «Don Siegel de los pobres» cuando se pasó a la dirección y nos regaló obras que van ganando crédito con el paso del tiempo, algunas de las cuales están criticadas en este Ojo.

          Que aparezca Richard Widmark, un clásico del cine negro, con ese arte para llevar la gabardina y los sombreros, como dueño de un bar de carretera con sala de espectáculos y bolera, indica que algo turbio —la psicología que bordaba Widmark— acabará cociéndose en la historia. Nuestra sorpresa es que durante la mitad de la película, la película se acerca más al melodrama que al cine negro, porque la llegada de Widmark con Lilly, Ida lupino, para convertirse en «animadora» del local y aumentar los beneficios de sus locales, va a despertar, casi inmediatamente, una atracción salvaje en el socio de Widmark, un honesto, rudo, trabajador y atlético Cornel Wilde, todo un prodigio de limitación expresiva que, sin embargo, «funciona» con eficacia, sobre todo en las situaciones límite y en los primeros planos con Lupino, que es quien, en realidad, organiza su caza, a pesar de que Wilde tiene clara conciencia de que ella ha llegado de la mano de su jefe y de que este le ha revelado que se ha enamorado de ella, lo que prueba una escena en que el enamorado se toma la libertad de entrar en la habitación de ella sin su permiso,  con el desayuno en una bandeja y un búcaro de flores, aunque lo que provoca es la queja de la «violación de la intimidad» por parte de ella. Con un casi encadenado, de esa escena pasamos, poco después, a la repetición de la misma escena, pero esta vez en el club, donde ella está practicando las lecciones que Wilde le ha impartido a requerimiento de Widmark, lecciones en las que la Lupino despliega un sucinto vestuario tan propio para la bolera como para bolear a la res como una gaucha… El caso es que lo despierta, pero después le lleva una bandeja con el desayuno, y ahí ya sabemos que todo acabará mal, porque se cruzan dos historias de amor que, estando Widmark por medio, no se puede resolver «hablando civilizadamente».

          Nada más llegar a la pequeña población, Wilde le pone doscientos dólares en la mano y le sugiere que se vaya, dando a entender que ya ha habido otras antes que ella y que las cosas no han acabado bien. Pero Lilly es una mujer resuelta y dispuesta a gobernar su propia vida, algo que la va a enfrentar a los dos hombres a los que acaba seduciendo. Nada más iniciar su carrera como cantante en el local, la interpretación de One for My Baby, el éxito de Johnny Mercer que popularizó Frank Sinatra y con el que Ida Lupino se atreve con una maravillosa y melódica voz ronca —su papel «exige» que fume durante toda la obra de modo compulsivo, aunque en la hora de las confidencias amorosas sabremos que, en parte, se debe a la frustración de no haber podido ser una cantante de ópera— que seduce no solo a los clientes, sino al propio Wilde, hasta ese momento reacio a su presencia, por lo que se ve en la obligación de disculparse con ella.

          La puesta en escena del local,  la profundidad de campo que se consigue en las tomas de la bolera, las tomas aéreas del centro de la pequeña localidad, el caserón de Widmark y algunos exteriores, como la salida al lago, con una toma desde el jeep, con una celosa Lilly de las evoluciones acuáticas de Wilde y la otra trabajadora del local,  Celeste Holm, que suma dos acciones distintas en un solo plano que las une, de modo que, al final, acabará decidiéndola a improvisar un bañador y acercarse a «su» pieza, por si acaso…
Celeste Holm consiguió un Oscar por La barrera invisible, de Elia Kazan, y trabajo en Eva al desnudo, de Mankiewicz, entre otras.

          El modo como progresa la acción y se va afianzando el idilio entre Lilly y Wilde se «trunca» cuando Widmark regresa del viaje de negocios que estaba haciendo con una licencia matrimonial que quiere someter a la firma de Lilly, algo que ella vivirá como una «imposición», pero que, para Wilde, empleado de Widmark, supone algo así como un decreto de expulsión del campo de juego. Es ella quien lo convence para defender su amor y enfrentarse a su jefe, algo que finalmente hace, pero con el resultado esperado por la audiencia y, en parte, por el empleado: Widmark hará todo lo posible para impedirlo y vengarse de semejante afrenta.

          La película tiene un giro insospechado cuando, la noche en que ambos se van de la ciudad son arrestados por haber robado Wilde la caja fuerte del local. Tras un juicio que se resuelve de modo condenatorio para Wilde, una pena de no menos de dos ni más de diez años, Widmark intercede ante el juez para que le concedan la parole, la libertad condicional, que, si transgredida,  lo llevará inmediatamente a la cárcel por el periodo mayor: diez años. Widmark, que pasa por magnánimo, se convierte en algo así como el «dueño» de la vida de su empleado y, de rebote, de la de Lilly, con quien se casa, porque esta en modo alguno quiere poner en peligro la vida de su verdadero amado.

          A partir de ahí, el espectador podrá disfrutar de un final espectacular sobre el que corro la cortina más opaca. Hasta aquí, sin embargo, nos han traído unas interpretaciones más que convincentes, ¡esa risa espeluznante de Widmark!, y, por encima de todos, una espectacular mujer fuerte encarnada por Lupino con una convicción absoluta, porque su reivindicación de la mujer que escribe su historia es un valor añadido de la película en una época en que no solía ser lo frecuente en las pantallas.

          Negulesco es un maestro indiscutible y aquel año de gracia de 1948 no solo rodó está película interesantísima, pero poco vista, me temo, sino que consiguió un Oscar para Jane Wyman con Belinda, una de las joyas del séptimo arte.

         

         

         

martes, 12 de marzo de 2024

«Nacido para matar», de Robert Wise, su debut en el cine negro.

 


Anatomía del mal sin fisuras en los rígidos cánones del género.

 

Título original: Born to Kill

Año: 1947

Duración: 92 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Robert Wise

Guion: Eve Green, Richard Macaulay

Reparto: Claire Trevor; Lawrence Tierney; Walter Slezak; Phillip Terry; Audrey Long; Elisha Cook Jr.; Isabel Jewell; Esther Howard.

Música: Paul Sawtell

Fotografía: Robert De Grasse (B&W).

 

          Una trama compacta y un crescendo que desafía cualquier lógica son, curiosamente, dos serios valores de este debut de Wise en el cine negro. De hecho, desde su inicio en Reno, con el divorcio de la protagonista, la trama se sucede con una sola premisa: la atracción del mal unida al deseo sexual. El protagonista de la historia es un psicópata que convive con un amigo que intenta dominarlo para que no se meta en líos, encarnado por un secundario de lujo, Elisha Cook Jr., también habitual en roles de psicópata, por cierto. El protagonista mata a una novia de circunstancias porque esta le ha sido infiel, y lo hace en la casa de ella, donde se hospedan dos mujeres más, la protagonista y una mujer mayor que acaba heredando la casa y algún dinero de la asesinada, bienes con los que contrata a un investigador privado para que busque al asesino de su anfitriona. La actuación de esa amiga, Esther Howard, aunque peque de una leve sobreactuación, es, junto con el detective, Walter Slezak, de lo mejor de la película, porque Claire Trevor peca de ceguera apasionada por un hombre al que cualquiera cala de buen comienzo, menos ella y su hermanastra, la hija rica del padre de ambos y de cuyo dinero vive la hermanastra. Cuando se produce el asesinato en Reno, ambos protagonistas dejan la ciudad en el tren para desplazarse a San Francisco, ella, que ha descubierto los cadáveres, tratando de no sentirse involucrada; él, por razones obvias, tratándose del asesino. Ambos han cruzado sus miradas y su deseo en un casino, antes del asesinato; después de él vuelven a encontrarse en el tren, en el ferry y, más adelante, en casa de ella, cuando conoce a la hermana rica, con quien acabará casándose.

          Todo discurre de un modo fluido, pero las maniobras del detective, la querencia que él tiene por la protagonista y la pasión de esta por un hombre tan  atractivo como malvado, hacen el resto para complicar la trama hasta un final en parte precipitado y en parte lógico, porque se ha ido estrechando el cerco sobre el asesino, máxime tras el asesinato de su compinche por unos celos infundados, porque los celos del protagonista respecto de sus enamoradas de turno son uno de los principales resortes de su despiadada agresividad. Quizá deba decir ya que Lawrence Tierney, el protagonista, no fue una buena opción, pero ya entiendo que la producción semi-A, por no decir que es directamente de la serie B, dada la aparición de Claire Trevor, no permite dispendios mayores. Tierney tuvo su momento, es cierto, pero no fue un triunfador nato, y no me extraña. Para que se me entienda, viene a ser una mezcla entre George Raft y Ben Affleck. Los jóvenes lo reconocerán por ser el «cerebro» de Reservoir Dogs, donde su temperamento casi psicopático, el propio del personaje de esta película que critico,  lo lleva a enfrentarse a puñetazos con Tarantino. No tiene una filmografía muy extensa, pero tampoco me extraña. En esta película, aunque cumple, en términos generales, se notan demasiado sus limitaciones expresivas, lo cual es un lastre que, como no podía ser de otro modo, se reflejó en los resultados en taquilla. Tengamos presente, no obstante, que los «valores» que atraen seductoramente a la protagonista son, tal como ella los enumera: «la fuerza, la emoción, la depravación». Si a ello unimos el juego sucio del detective, quien no tiene ni oficina y cita a sus posibles clientes en un banco del parque, nos encontramos con una visión social que nos habla claramente de la podredumbre de una sociedad en la que la «pasta» (dough, en versión original…) y el mal lo dominan todo.

          En cuanto a la realización, en la que priman los interiores, salvo el intento de acabar con la amiga de la primera asesinada, en una playa por la noche, y del que se salva porque los celos del psicópata lo han llevado a seguirlo para acabar con él, lleno de ira, el director ha privilegiado ciertas tomas en picado de primeros planos de los dos amantes, y ha optado por una iluminación contrastada, acentuando, precisamente, los tonos sombríos que reflejan el alma turbulenta y despiadada del psicópata. La casa de la hermanastra rica es una mansión y los salones responden perfectamente a la tipología de ese tipo de viviendas. Del mismo modo, la humilde habitación donde se instala, en un hotel, la heredera que ha contratado al detective se nos ofrece con unos planos que acentúan la opresión del lugar y preludian ese intento de asesinato que veremos después.

          La intensa actuación de Claire Trevor destaca por la elegancia en el mal que intenta acallar cuando su hermanastra acaba en los brazos del seductor, de quien ignora que cometió el asesinato de la casa donde se hospedó temporalmente en Reno. El detective, que la extorsiona para que ese crimen no afecte a la familia de la protagonista, la cala bien cuando, como parte de los tópicos del género, le recuerda, a través del teléfono, la cita bíblica que la lapida: «Más amargo que la muerte / es el corazón de una mujer retorcida. / Quien caiga bajo su hechizo / necesitará la compasión de Dios».

          Sin ser, ya digo, una muestra inolvidable del género, se sigue con notable interés y Wise consigue que ese aroma letal con que arranca la película permanezca en el ambiente durante todo el metraje. Eso sí, no pidan de Tierney lo que él no puede dar, pero disfruten con el resto, ¡que no es poco!

 

jueves, 7 de marzo de 2024

«Las maniobras del amor», de René Clair o el color de la gran opereta.

 

Una visión agridulce del brusco final de la belle époque: de la conquista del amor hacia el más terrible de los mañanas…

 

Título original: Les Grandes manoeuvres

Año: 1955

Duración: 106 min.

País:  Francia

Dirección: René Clair

Guion: René Clair, Jérome Géronimi, Jean Marsan

Reparto: Michèle Morgan; Gérard Philipe; Brigitte Bardot; Jacques Fabbri; Pierre Dux; Jean Desailly; Jacques François; Yves Robert; Dany Carrel; Magali Noël; Michel Piccoli.

Música: Georges Van Parys

Fotografía: Robert Lefebvre.

 

 [Nota: La crítica desvela no solo el final, sino también el final no aceptado que rodó Clair y que hubiera dado un giro radical a la película.]      

       

 Autor de París que duerme, un mediometraje de cine fantástico, lindante con las distopías y rodado con un enorme y bonachón sentido del humor, René Clair es un cineasta sobre quien la crítica anda dividida, aunque las dos películas suyas que yo he criticado en este Ojo me parecen ambas excelentes: Me casé con una bruja y Sucedió mañana, y guardo excelente recuerdo, aunque no la tengo muy fresca, de El fantasma va al oeste. Quiero decir con ello que la primera película que rodó en color, obra de estudio, con enorme riqueza de decorados y vestuario, es fiel a su manera de hacer, aunque, en esta ocasión, Clair haya escogido un género no cinematográfico, la opereta, para convertirlo en una película que, bajo pretexto del retrato de cierta frivolidad, de la superficialidad de una época al borde de la desaparición, la belle époque, nos ofrece, con un giro sorprendente, una desgarrada historia de amor maldito. Como si el final fuera el preludio de la guerra hacia la que no tardarán en partir los oficiales que, hasta ese momento, han hecho de la vida galante su principal ocupación, con un tono de comedia festiva, y en parte bufa, en la que Clair se recrea con un humor sin aparentes aristas hasta que comienza a complicarse todo por motivos tan humanos como el despecho y los celos torturadores, nada serio parece que ocurra en una historia aparentemente banal y próxima, en su planteamiento a la vida del favorito Beau Brummell, visto recientemente en la película de Curtis Bernhardt, de idéntico nombre, Beau Brummell.

          Douglas Sirk rodó también una opereta, Concierto en la corte, a la que él se refería como «un pedacito de pastel vienés», pero se trata, en el fondo y en la forma, de un musical.  La película de Clair tiene música, en efecto, pero cumple otra función, aunque el tema principal de la película, Si tu m’aimais, que la protagonista, la tan bella como discreta Michele Morgan, oye cantar a una de las muchas conquistas del militar de quien ha ido enamorándose poco a poco, venciendo la resistencia a hacerlo y sin saber que ella es el objeto de un juego frívolo y desconsiderado que se urde a sus espaldas y que, por las ironías del azar, acabará trastornando al impenitente Don Juan, un Gérard Philipe de impecable actuación,  tanto en la vertiente frívola del personaje como en el súbito paciente de la más ardiente flecha de amor jamás recibida, lo que lo descompone y desnuda al tiempo, para acabar hundiéndole en dolores desconocidos. La letra de la canción de Georges van parys, escrita por René Clair, viene a ser como una suerte de resumen de la situación en que se halla la protagonista: Nous n'avons plus rien à nous dire / Tout entre nous n'était qu'un jeu / Un dernier baiser va suffire à notre adieu / Les mots d'amour c'était pour rire, / C'était pour rire ! / On dit : " toujours " on dit : " jamais " / On dit : " je jure " où " je promets " / La belle avance ! / Et ces grands serments, vois-tu, ça n'a pas cours / Dans le jeu des amours sans importance / Je t'écoutais en m'amusant / Mais à présent, mais à présent, / Je voudrais garder le silence / Si tu disais : " toujours ", " jamais " / Si tu m'aimais !...

          La historia arranca en una cena de oficiales retando al teniente Armand de La Verne a conseguir una mujer en el plazo de un mes, antes de que el regimiento salga de maniobras. Por los mil caminos del azar que van a recorrer los personajes de la opereta, entre los que se incluye el de la celebración de un duelo entre dos íntimos amigos, nuestro personaje se enamora de una mujer madura, propietaria de una tienda de sombreros y de quien está enamorado otro hombre que la corteja, aunque ella lo desdeñe. La resistencia de una discreta, bella y elusiva Marie-Louise Rivière, Michèle Morgan, va a conseguir que  el habitual proceso de conquista se convierta, poco a poco, por esas artes de la dilación, del sí, pero no, y del no, pero sí —en las antípodas del aguerrido ultrafeminismo de nuestros días— en un tormento para un Don Juan poco habituado a tanta resistencia, porque el resto de las mujeres que rodean al protagonista beben los vientos por él. El encuentro en el baile y el modo como traba conocimiento con la madura divorciada dan el tono cómico y galante de buena parte del desarrollo de la obra, y algunas imágenes recuerdan las de otros jardines y soldados, como los de La Ronda, de Ophüls, por ejemplo.

          Aunque el argumento se centra en la apuesta, recogida por escrito, un documento que acabará convirtiéndose en el detonante del movimiento que convierte la comedia bufa en una tragedia, la película presta atención a varias historias entre las que se encuentra la de la joven e ingenua Brigitte Bardot, enamorada del mejor amigo del protagonista, una pareja que viene a representar el contrapunto cómico del trágico que formarán los protagonistas cuando todo el enredo, por un acto de venganza movido por los celos del rival de Armand, un ser a quien sus hermanas ven como el más ridículo de los hombres, pero en cuya mano está el desenlace de lo que, hasta entonces, había discurrido primero por los caminos de la farsa y, posteriormente, por los, extrañísimos para Don Juan, caminos del verdadero amor, con la generosa dosis de sufrimiento que incluye la ausencia de la amada y la incomunicación, cuando él ha de partir dos semanas para unas maniobras en las que llega a desesperarse y sufrir, inconcebiblemente, para él. Experimenta una metamorfosis que lo llevan a plantearse incluso el matrimonio, algo en las antípodas de su concepción de la relación con las mujeres.  Prueba el veneno del amor y todo su ser se supedita a la espera de la siguiente dosis.

          De la opereta pasamos, así pues, a una película de amor en la que el azar de las circunstancias, con documentos tan comprometedores como el que hemos citado anteriormente, determinan el futuro de unos amores que se ven de muy distinta manera desde el hombre, olvidado de cómo nació su acercamiento a la sombrerera, y desde la mujer, que ha tenido en sus manos la prueba irrefutable de la vergüenza que le causa haber sido seducida para cumplir una apuesta…

          Como ya he descubierto demasiado, no quiero dejar de añadir que Clair había rodado, al parecer, un final que no fue respetado. En él, y como el amante había convenido, al pasar este a caballo de camino a las maniobras bajo la ventana del dormitorio de ella, si las ventanas estaban abiertas, ello  sería la señal inequívoca de que se mantenía el compromiso matrimonial entre ambos. En ese final trágico las ventanas están abiertas, y el teniente sonríe ufano por el brillante porvenir amoroso que le espera al lado de la mujer junto a quien ha descubierto el verdadero amor. Pero la cámara abandona su sonrisa satisfecha, retrocede y sube hasta las ventanas para penetrar en el cuarto de ella y acercarse hasta la cama, donde yace muerta… ¡Tremendo! Ni la sombra de ella detrás de las ventanas cerradas es capaz de competir con un desenlace tan trágico y que le da a la película un giro que la consagra como una obra de enorme calidad. Ese movimiento, un travelín lentísimo, quiero imaginarlo así, contrastaría, en el final, con la alegría de un montaje dinámico que va de secuencia en secuencia casi sin solución de continuidad.

miércoles, 6 de marzo de 2024

«Emily», de Frances O’Connor, ópera prima sobre la familia Brontë..

 

Una distorsión biográfica en un marco estilizado: la traición a lo real para realzar la posible fuente de la imaginación.

 

Título original: Emily

Año: 2022

Duración: 130 min.

País: Reino Unido

Dirección: Frances O'Connor

Guion: Frances O'Connor

Reparto: Emma Mackey; Adrian Dunbar; Oliver Jackson-Cohen; Gemma Jones; Fionn Whitehead; Alexandra Dowling; Amelia Gething; Sacha Parkinson; Philip Desmeules; Gerald Lepkowski; Elijah Wolf; Veronica Roberts; Cara Foley; Paul Warriner; Emma Harbour.

Música: Abel Korzeniowski

Fotografía: Nanu Segal.

 

          La familia Brontë ha sido objeto de copiosa atención crítica y, por supuesto, cinematográfica y literaria. No hay más que pensar en las múltiples adaptaciones cinematográficas de Cumbres borrascosas, entre las que destaca, por mucho, Abismos de pasión, de Luis Buñuel, o en la novela de Jean Rhys, El ancho mar de los sargazos, que se presenta como una precuela de Jane Eyre, por ejemplo. El debut en la dirección de Frances O’Connor, a quien no recordaba —¡cómo nos va abandonando la memoria…!— como la madre de I.A. de Spielberg, se ha centrado en una de las tres hermanas escritoras, Emily, ubicada en el orden de los hijos entre Charlotte, la mayor y Anne, la menor. El hermano, Branwell, nació entre Emily y Anne, y era, hasta su desvarío, el preferido del padre, si bien luego celebró los éxitos literarios de sus hijas, y muy especialmente el de Charlotte, la más emprendedora de todas.

          La película, rodada en los escenarios propios de la vida de la familia, intenta mostrarnos los entresijos de una vida familiar en la que la ausencia de la madre es determinante, así como la no mencionada ausencia de las dos hijas mayores, María y Elizabeth, que mueren de tuberculosis prematuramente, enfermedad que será la causante de otras muertes en una familia en la que todos, salvo el padre, mueren a edades tempranas, Emily incluida.

          Emily destaca, sobre todo, por ser una mujer introvertida, poco amiga de relaciones sociales, con una gran imaginación y una especial sensibilidad. La colaboración literaria entre los cuatro hermanos vivos nace como un juego en el que crean mundos fabulosos: Glass Town, Gondal y Angria, escritos en cuadernos diminutos, al tiempo que las tres hermanas escriben sus poemas, que, finalmente, publicarán con sus pseudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bells, nombre con el que aparece la primera edición de Cumbres borrascosas, a diferencia de lo que se refleja en la película. Pero esta no será, lamentablemente, la mayor de las licencias e infidelidades que nos brinda la historia. Entiendo bien la compulsión de crear una heroína romántica cuyos terribles amores malditos encandilen a las mujeres y hombres de nuestro tiempo, pero tengo para mí que un retrato más fiel a la época y a la austeridad emocional y social de que hizo gala Emily durante su corta vida, una contención que nada tenía que ver con su experiencia de la naturaleza y su atormentada psicología, hubieran beneficiado más a la película. Hay escenas propiamente «impensables» para la época, y de ello se resiente la película. A ese respecto, ¡cuánto más próxima a la realidad fue la versión fílmica de Terence Davies de la vida de la otra Emily, Dickinson, Historia de una pasión!, que guarda no pocas afinidades biográficas con la vida de Emily Brontë.

          La película de O’Connor se ve con agrado e interés, porque presenta una puesta en escena que permite a los espectadores «empaparse» de los escenarios reales donde transcurrió la vida de la protagonista, Haworth, en Yorkshire, donde el padre trabajaba como párroco. En la película, por cierto, no se explicita, pero el padre tenía una muy sólida formación, que incluyó su paso por la universidad de Cambridge. Sin duda, las inclinaciones de sus hijos habrían tenido en esa formación un primer impulso, además del aprendizaje que supone criarse junto a una persona tan ilustrada.

          La aparición de un ayudante del padre, William Weightman, hacia quien dirigen sus ojos las tres hermanas, va a desencadenar, en la película una historia de amor apasionado que marcará para siempre la vida de la protagonista, por más que sea una suposición atrevida, no un hecho probado, dado que, además, el aspirante a párroco se interesó, al parecer, por Anne, la hermana menor de Emily.  Lo cierto es que se trata de un amor romántico y trágico, con una sexualidad explícita totalmente inverosímil, pero, entre esa «liberación» y el consumo de opio, descubierto accidentalmente, se nos ofrece la estampa de una mujer rebelde que parece desafiar a su tiempo desde una posición de «empoderamiento» totalmente anacrónica. Emily, a diferencia de sus hermanas, que llegaron a ser profesoras, prefirió vivir en la casa familiar y convertirse en algo así como la administradora. Lo cierto es que de su novela, Cumbres borrascosas, pasa a la biografía un episodio  muy bien rodado: la observación fisgona de la vida cotidiana de unos vecinos cuya intimidad desafían. En la película, sin embargo, se resuelve con una elipsis lo que en la novela se presenta como realidad: que el terrible perro da caza a la protagonista de la novela, mordedura incluida. La biografía se abstiene, sin embargo, de reproducir el episodio real en que Emily se cauteriza con un hierro candente la mordedura de su propio perro, lo que da idea del temple de la escritora.

          Quizá lo más interesante de la novela sea el mundo de rivalidades en que viven los cuatro hermanos, aunque se dibuja un enfrentamiento celoso entre Charlotte y Emily que no me parece tampoco, sin ser un experto en la biografía de la familia, que responda demasiado a la realidad. De hecho, es Charlotte, a la muerte de Emily, quien promueve la segunda edición de la novela.

          Las interpretaciones se ajustan notablemente a los personajes, pero discrepo de muchas otras críticas en el acierto de la protagonista, Emma Mackey, porque, a mi entender, sobreactúa gratuitamente la mayor parte del tiempo. No sucede así, sin embargo, en dos momentos muy distintos de la historia, pero ambos resueltos excepcionalmente: la sesión espiritista a través de la máscara que perteneció a la madre, una secuencia que me parece lo mejor de la película, y la despedida, sábana de por medio, entre Emily y su hermano, llena de un lirismo que se ve acentuado por la profundidad del paisaje en la que se inserta.

          En conjunto, tanto la cuidadísima fotografía, como los bellos lugares escogidos para la filmación, son alicientes que invitan a recrear cómo fue la vida humilde de una familia cuyo cabeza tenía unos ingresos muy limitados, y nos permite descubrir ese pequeño mundo de relaciones fraternales tan complejo como atractivo.

 

lunes, 4 de marzo de 2024

«Venganza de mujer», de Zoltan Korda


Un guion modélico de Aldous Huxley para una fina trama psicológica.

 

Título original: A Woman's Vengeance

Año: 1948

Duración: 96 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Zoltan Korda

Guion: Aldous Huxley. Relato: Aldous Huxley

Reparto: Charles Boyer; Ann Blyth; Jessica Tandy; Cedric Hardwicke; Mildred Natwick;

Cecil Humphreys; Hugh French; Rachel Kempson; Valerie Cardew.

Música: Miklós Rózsa

Fotografía: Russell Metty (B&W).

 

          El hermano mediano de los Korda, Alexander y Vincent, es reconocido como gran director de películas de aventuras, Las cuatro plumas y El libro de la selva, por ejemplo, de ahí que sorprenda mucho verlo en menesteres de delicadeza psicológica como la de esta historia original de Aldous Huxley que él mismo adaptó como guion para la gran pantalla, habiendo sido antes adaptada al teatro, algo que se advierte en las muy numerosas secuencias de interior que hay en la película. Si hablamos de Huxley, hemos de tener presente el potencial narrativo de este autor británico tan interesado en todo lo psicológico, o espiritual y aun lo metafísico, además de su intensa dedicación a las drogas alucinógenas y su interés en la espiritualidad oriental. A partir de uno de sus cuentos, La sonrisa de Gioconda, Huxley va a indagar en la pérfida psicología de algunas mujeres y en cómo determinadas circunstancias ajenas al protagonista, acabarán poniéndolo en el mayor de los riesgos imaginables: perder la vida.

          En un ambiente de alta sociedad, un hombre de exquisita cultura y gran sensibilidad artística visita a una amiga suya que coqueteó con él, pero fue incapaz de derivar hacia ella la galante atención de un  hombre que la ve, ciertamente, como una «amistad» y en modo alguno como una tentación erótica, de lo que ella se resiente. Que Charles Boyer sea el amigo, tras el crédito internacional que le valió Luz que agoniza, de Georges Cukor, es el mejor de los contextos para darnos por enterados de cuál es la situación de partida, aunque la elección de Boyer cumple la función, paradójicamente, de frustrar las expectativas de los espectadores. Ella es íntima amiga de la mujer de él, quien está postrada por la enfermedad, más imaginaria que real, y se deja cortejar por galanes que la consuelan de la distancia que el marido pone respecto de ella y de su enfermedad histérica; distancia que acaba revelándose como el recurso más tradicional imaginado: una amante joven a la que tiene engatusada con su labia, con sus maneras y con la firme promesa de convertirla en su mujer en cuanto su mujer actual dé un paso fatal hacia el armario de pino del que ya no se sale. A la amiga la interpreta una estilizadísima, tan elegante como bella, Jessica Tandy, a quien la fama le llegó de muy mayor, con Paseando a Miss Daisy, de Bruce Beresford. Ello ocurre, cierto, pero también que el amante de la enferma ha descubierto al marido en la grata compañía de la amante, lo que le brinda la oportunidad de chantajearlo por bastante más dinero del que la mujer, antes de morir, estaba dispuesta a entregarle en agradecimiento por su compañía.

          La muerte de la mujer, un día en que la enfermera había salido, provoca un viaje del marido del que vuelve a una casa que se está vaciando, porque es voluntad del viudo trasladarse a Europa. Su amiga lo visita en una casa prácticamente desolada, en una fiera noche de tormenta que impresiona más allá de las altas cristaleras del salón donde tiene la entrevista entre los amigos. A punto de irse, aparece la amante del protagonista, quien se la presenta a su amiga como su mujer, con quien acaba de casarse súbitamente, antes de partir de viaje a Europa. El shock de la amiga, que mil veces había pensado que su amiga enferma era el único obstáculo que había entre ella y él, que con tanto afecto y cortesía la ha tratado, siempre es escondido bajo una tonelada del savoir faire británico que encaja una puñalada en el pecho con la más dulce de las cortesías y los parabienes a la nueva pareja. A lo largo de esa entrevista, ella ha dado a entender que por fin había caído el muro que los separaba a ambos, pero la extrañeza de él la lleva a refrenar las ansias de confidencialidad y la recata en una prudencia que la proteja. El espectador lo entiende casi todo, el protagonista no entiende nada de nada, porque el contraste entre una exuberante jovencita de 20 años, Ann Blyth, magnífica en su papel de casada que se deja convencer por la sospecha que enseguida aparece de que su marido bien pudiera haber sido el asesino de su primera mujer, y una mujer hermosa y madura, en lo mejor de su treintena larga, no tiene color para el protagonista. Una cosa es la amistad intelectual y artística y otra, muy distinta, la pasión erótica. La amiga vive la primera con la intensidad de la segunda, pero él distingue ambas y busca para cada una de ellas la mejor compañía…

          Por la sinopsis ya todos los lectores habrán intuido que, en efecto, el marido es llevado a juicio y que no solo es incapaz de defenderse, sino que acaba siendo condenado a muerte.

          La intercesión de un doctor próximo a ambos amigos va a generar un relato que añadirá el giro de tensión y suspense que la historia ha ido gestando poco a poco: a través del juicio y a través de las reacciones de todas las mujeres involucradas en el caso, incluida la enfermera a quien se dio el día libre, y cuya resolución habrá de esperar hasta la secuencia final.

          La dirección de Zoltan Korda, ajustadísima al denso contenido psicológico de la película se recrea en muchos primeros planos de alta expresividad, así como en secuencias tan formidables como la de la tormenta cuando su amiga está a punto de hacerle una confesión que, con enorme cautela, refrena en su boca, lo cual agradece cuando recibe el revés del ya consumado matrimonio del viudo con una joven demasiado joven, que es lo que todo el mundo a su alrededor piensa de él. La amiga, no obstante, es capaz de superar su despecho acercándose a la nueva mujer y ofreciéndose a «acompañarla» en los primeros compases de su nuevo estado. Pensemos, para complicar aún más la situación, que la joven mujer ha quedado embarazada y vuelven a Inglaterra para tener el hijo, justo cuando él es acusado del asesinato de su anterior esposa.

          Los diálogos brillan a la gran altura literaria característica de un escritor como Huxley, autor de Contrapunto, Un mundo feliz, Ciego en Gaza o La isla, entre otras. Lo mejor del refinado espíritu británico para unos personajes con los que la literatura y el cine nos han familiarizado desde hace mucho.

          No es una película demasiado conocida, pero entretendrá e interesará a cuantos amantes del cine británico frecuentan las pantallas.

«Golpe de suerte», de Woody Allen, «fidèle à lui-même…».

 

Un Coup de dés jamais n'abolira le hasard…

 

 

Título original: Coup de chance

Año: 2023

Duración: 96 min.

País:  Francia

Dirección: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Reparto: Lou de Laâge; Niels Schneider; Melvil Poupaud; Valerie Lemercier; Elsa Zylberstein; Grégory Gadebois; Guillaume de Tonquedec; Bárbara Goenaga; Jeanne Bournaud; Anne Loiret; Sara Martins; Arnaud Viard.

Fotografía: Vittorio Storaro.

 

          Fortuna es diosa ampliamente frecuentada en la filmografía de Woody Allen, y en esta película, con la que me tropecé en Movistar+ tras haberme olvidado de que la había estrenado, juega un papel determinante. Todo comienza con un encuentro fortuito entre dos antiguos compañeros de Liceo que va progresando poco a poco por las especiales circunstancias de ambos, que han tenido dos matrimonios iniciales desafortunados y difieren en la soltería de él y en el matrimonio levemente insatisfactorio al inicio de la película y una cárcel cuando ella se da cuenta de que se ha enamorado del antiguo condiscípulo. La planificación es lenta, pero desde la primera fiesta a la que van los esposos se nos pone al corriente de los rumores que han corrido sobre la improbada responsabilidad del marido en la desaparición inexplicable de su socio en los negocios, lo que lo dejó a él al mando de los mismos, con el consiguiente incremento de su patrimonio. No tardamos, además, por la reacción de ella ante un carísimo regalo que él le hace, que se trata de dos sensibilidades y dos temperamentos muy distintos. La aparición de la madre, aliada incondicional del marido, que la trata como a una reina (madre, por supuesto), parece un incordio, primero, pero acaba adquiriendo un papel protagonista que supone un giro inesperado para el espectador, quien, además, lo agradece.

          Los celos, que también mueven el mundo, no tardan en aparecer en quien tiene un sentido ultraposesivo de todo, su mujer incluida, y para quien la riqueza es la mayor ambición que se puede y debe tener en esta vida. Enemigo del azar, para él no existe, sino que las personas lo han de provocar, no tardamos en descubrir el lado «oscuro» de un personaje que ha levantado toda clase de rumores. Su enigmático negocio: hacer más ricos a los que ya lo son, forma parte de esa zona de sombra sobre la que la mujer cierra los ojos, abstraída en su trabajo como galerista.

          En términos cinematográficos, la película «francesa» de Allen recuerda bastante la vena criminal de películas como las de Chabrol, aunque, dado el nivel social de los personajes, en vez de una pequeña población con entorno rural, Allen se recrea en el París por cuyos parques, río e interiores fastuosos de pisos de ensueño se mueve con un excelente ojo planificador. Ahí está, con todo, para esos interiores como la mansarda bohemia del joven escritor con quien se ha encontrado la esposa, la fotografía emblemática de Storaro, muy presente también en el bar recoleto adonde los seguirá la detective privada, ¡impagable, la señora en cuestión!, para recoger la prueba evidente del adulterio que desatará la maquinaria criminal que activa su marido con un par de rumanos de impresentable catadura que más parece asemejarlos a los Dalton que a concienzudos profesionales, aunque cuando liquidan al amante y limpian el piso cumplen como tales.

          No rompo los sellos del secreto mejor guardado, porque la película tiene dos partes bien marcadas por esa desaparición que, antojándosele inexplicable a la amante, la «redirige» al confort de su matrimonio. A partir de este momento, también, otra fiesta con los corrillos de rigor en uno de los cuales está la madre, quien oye el rumor que acompaña, desde siempre, al empresario de éxito: la desaparición de su socio. A partir de ese momento, la madre ata los cabos de rigor y comienza una investigación que tiene diversos momentos de muy variada naturaleza: cómicos, tensos, dramáticos, y a todos los cuales acompaña un suspense perfectamente trazado. Es cierto que hay elementos muy previsibles en la trama, pero Allen se reserva un final que deja al espectador un excelente sabor de boca.

          Insisto, no estamos ante Match Point o El sueño de Casandra, y mucho menos ante Delitos y faltas, pero la aparente amabilidad con que transcurre la película, a pesar de los tópicos que abundan en la trama, no impide que haya excelentes retratos de los personajes, sobre todo del celoso marido, perfectamente encarnado por un Melvil Poupaud que tiene cambios de registro muy notables, y su transfiguración en la entrevista con el director de la agencia de detectives es buena muestra de ello.

          Los jóvenes amantes, que se citan en los parques hasta que ella da el paso de aceptar ir a su apartamento, lo que transforma su relación en una pasión compartida, cumplen de modo muy natural con su cometido, lo que no es poco, dado el alto grado de «topicidad» al que tienen que hacer frente. Y lo sorprendente es que su aventura discurra de forma paralela a las crecientes sospechas del marido sin que estas aparezcan antes, aunque está clara la intención del marido de hacer todo lo posible para no perder a su esposa, por quien es notablemente envidiado.

          No sabemos aún si esta será o no la última película de Allen, pero lo cierto es que, sin ser un broche de oro indiscutible, es una excelente muestra de esos temas a los que ha dedicado decenas y decenas de películas con mayor o menor acierto: el adulterio, los celos, el amor romántico, la importancia del azar en las vidas de las personas, lo cerca que está el amor del delito, y todo ello rodado con una elegancia y una puesta en escena que maravilla a propios y extraños. Las películas de Allen siempre han sido notables por las localizaciones, y aquí no falla: la ribera del Sena, el mercado popular callejero donde los amantes compran para su primer encuentro en casa de él, las casas, los cafés, las fincas de recreo…, la oficina de ella, todo está medido al milímetro para que unos personajes sin aparentes necesidades descubran sus insatisfacciones y sus miedos. Claro que hay alguna sorpresa notable, pero la más importante cualquier aficionado al cine sabe que se va a producir en los términos en que se produce, pero en modo alguno ello arruina el final espectacular de la película, lleno de la habitual ironía del autor.

domingo, 3 de marzo de 2024

Una década de críticas

 

Recuento y seguido...

    Este enero pasado se han cumplido diez años de fiel dedicación crítica en este Ojo Cosmológico. He querido sintetizar muy brevemente lo más destacado, a juicio de quienes han tenido la amabilidad de entrar en él ya para asentir ya para disentir ya para salir corriendo a la que han leído dos párrafos de cualquiera de las críticas a las que, sin embargo, he dedicado un tiempo precioso del poco que ya me va quedando.
    Hasta la fecha, han sido 1420 las películas criticadas, dirigidas por 727 directores. De buen número de ellos aparecen varias películas, siendo John Ford, con 47, el más criticado.

El quinteto de películas más visitadas es el siguiente: 
En la playa de Chesil, de Dominic Cooke, 3741.
Shadowman, de Oren Jacoby, 3118.
Un ángel pasó por Brooklyn, de Ladislao Vajda, 2866.
La hija del predicador, de Martin Koolhoven, 2033.
The One I Love, de Charlie McDowell, 1615.

El quinteto de películas españolas más visitadas es el siguiente: 
Un ángel pasó por Brooklyn, de Ladislao Vajda, 2866.
Murió hace quince años, de Rafael Gil, 713.
La propera pell, de Isaki Lacuesta, 683.
Perro golfo, de Domingo Viladomat, 557.
Los farsantes, de Mario Camus, 463.
    
    Este blog de cine no pretende repasar la historia del cine ni establecer jerarquías que compitan con las de otros aficionados. Sencillamente, se recogen las impresiones críticas sobre las películas que caen por azar o inclinación ante mis ojos. Ni están todas las que deberían, ni falta ninguna de las que yo haya visto y me haya llamado la atención, por una u otra razón, para dedicarles la crítica.
    Es mi intención seguir, hasta donde las fuerzas me acompañen, publicando críticas que, en última instancia, acaben construyendo un corpus que pueda servir, en el futuro, para cuantos aficionados al séptimo arte, busquen información, sobre todo, de esas películas que casi nadie ve y a las que me complazco en prestar privilegiada atención.
    Gracias por su atención.