Los coletazos del Romanticismo mal
entendido o la poquedad moral de un don nadie: Phantom, de Murnau, o el delirio inducido del artista aficionado.
Título original: Phantom
Año: 1922
Duración: 125 min.
País: Alemania
Director: F.W. Murnau
Guion: Thea von Harbou
(Novela: Gerhart Hauptmann)
Música: Película muda
Fotografía: Axel Graatkjaer, Theophan Ouchakoff (B&W)
Reparto: Alfred Abel, Grete
Berger, Lil Dagover, Lya De Putti, Wilhelm Diegelmann, Anton Edthofer, Aud
Egede Nissen, Olga Engl, Karl Etlinger, Ilka Grüning.
Perdida, tras un estreno con
discreta recepción por parte del público, después del gran éxito que fue Nosferatu, Phantom fue descubierta en 2002, restaurada y reestrenada en 2006.
Estamos, pues, poco menos que ante un “estreno” sui géneris que, sin embargo,
solo concitará el interés de los cinéfilos y cuantos aficionados nos
arremangamos ante cualquier desafío, y más si es tan atractivo como una
olvidada película de Murnau. El título de la misma, Phantom, influyó, al parecer, decisivamente, en la discreta acogida
del público, porque, después de Nosferatu,
todo el mundo creyó que vería una película fantástica y tenebrosa. La obra de
Hauptman, sin embargo, del mismo título, había de entenderse más en el sentido
del idealismo romántico que en el de la ficción psíquica. El personaje, un
modesto funcionario municipal que también es poeta, tiene una relación con una
mujer, hija de un impresor que lee los poemas del joven y se convence de que es
poco menos que un genio de la poesía, y le dice que hará lo posible y lo
imposible para que las vea publicadas y, acaso, convertirse él en una poeta de
famoso y de éxito. Tal perspectiva sume al poeta aficionado en una especie de
delirio que poco a poco va cambiándole el carácter. Aunque no se explicita en
la primera parte de la película que la relación con la hija de la impresora es
una relación formal y que ambos sean novios, ella parece asumir que el destino
de ambos es el de contraer matrimonio. Poco después de la noticia sobre su
halagüeño futuro poético, el protagonista, Lorenz, es atropellado por un
tílburi conducido por una joven rica que se detiene para socorrerlo. Lorenz, al
ver a la joven queda tan impactado que, en cuanto se recupera, echa a correr
como alma que lleva el diablo detrás del carruaje para poder hablar con la
joven conductora. No lo consigue, pero advierte que entra en una casa noble en
la que se atreve a entrar hasta que un criado lo echa fuera porque no sabe ni
explicar qué pinta allí ni qué desea. De ese día en adelante, Lorenz, continúa
viviendo en el interior del hechizo de la contemplación de la hermosura de la
joven, transfigurado, fuera de sí, pendiente única y exclusivamente de poder
entrar en contacto con la joven para manifestarle la pasión amorosa que ha
despertado en él. De tal naturaleza es el impacto que ha sufrido, que bien
puede hablarse propiamente de que el joven se ha convertido en un fantasma, más
que en un ser real, porque todos sus pasos no conocen otra dirección que la del
encuentro con la joven auriga. Advertida la diferencia de clase que hay entre
ellos, Lorenz, que es el sobrino preferido de una tía usurera, se presenta ante
ella con la noticia de la inminente publicación del libro de poemas, y le pide
dinero a su tía para hacer frente a los gastos que exigirá su nueva posición.
Por ahí se entra, como no es difícil advertir, en una vía de degradación del
ideal romántico que, en contacto con la vida práctica, acabará llevando al
personaje no solo a hacer cualquier cosa por dinero, sino incluso a aliarse con
el amante de su hermana, a quien descubre, después de haberse ido de la casa
donde vivía con su madre y sus dos hermanos, ejerciendo la prostitución en una
sala de fiestas. Esa alianza criminal para desvalijar a la vieja tía se
estrecha cuando Lorenz es recibido en casa de la joven y tiene una conversación
con sus padres, a quienes les expresa su intención de cortejar a su hija,
aunque recibe como toda respuesta el anuncio del próximo enlace matrimonial de
ella. Posteriormente, se enamora de otra joven a cuya casa se le franquea el
acceso, sin percatarse -porque Loren representa al clásico poeta negado para la
vida cotidiana y habitante en exclusiva del mundo de las Musas- de que se trata
de un sólido equipo madre-hija dedicado a la caza de dotes. Descubierta la admiración
que la posesión del dinero causa en la joven cazadotes, el chulo de la hermana
y el protagonista, que por su ausencia de la oficina ha sido expulsada de ella,
se conjuran para desvalijar la caja fuerte e la tía usurera, con la complicidad
pasiva de la hermana y para disgusto mortal de la madre. Descubierto el crimen,
ejecutado por el chulo de la hermana, el personaje es condenado a la cárcel, de
la que sale para reunirse con quienes, hasta su delirio fantasmal, habían sido
sus dos pilares en la vida: el impresor y su hija. Casado con esta, y a
propósito de un cuaderno en blanco regalado por el impresor, el joven escribe
en él una autobiografía de sus dolorosos años de juventud, cuando la ilusión de
ser un poeta ilustre acabó con su estabilidad moral y psíquica y se convirtió,
realmente, en algo así como un espectro dominado por la pasión del lujo y la
necesidad de comprar la belleza a toda costa, incluso a costa del crimen. La
película tiene un poderoso impulso narrativo, aunque la descripción de personajes
es perfecta, de ahí que las casi 2 horas de metraje no supongan ninguna rémora
que entorpezca nuestra atención a cuanto ocurre, perfectamente interpretado,
aunque al estilo hierático de Buster Keaton, por un Alfred Abel que a duras
penas da el papel de joven estudiante enamorado de la poesía, dada su edad, si
bien, en un registro expresionista, logra transmitir la angustia permanente en la
que vive. De hecho, la película se estructura como un flash back a partir de la
redacción de sus “extravíos” de juventud, de haber sido “poseído” por la pasión
y por el vicio. La película, rodada en la pequeña localidad de Neubelsberg nos
ofrece un fresco social extraordinario del “ritmo de vida” de principios de
siglo y de cómo se desarrollaban las relaciones interpersonales en aquella
época. Ni que decir tiene que la condición de pobres de solemnidad de la
familia del poeta, regida por una madre severa, y que fuerza a la hija a buscar
otros aires que le permitan sobrevivir a esa pobreza, camino torcido por el que
la sigue el hermano mayor, Lorenz, nos ofrece un contraste muy marcado de la
diferencia de clases en la Alemania del primer tercio del siglo XX. La
película, con todo, se centra en el análisis psicológico del joven poeta,
perdido en el mundo de las musas y devorad, posteriormente, por la imposible
conquista de la belleza y de una posición social muy fuera de su alcance. El
público debió desilusionarse mucho al comparar Nosferatu con esta Phantom
(El nuevo Fantomas), tan alejada de aquella. La tensión narrativa, sin
embargo, está, sobre todo en la fase de la decepción y el desquite, muy
lograda, y lo que empezó siendo un idealista amor contrariado acaba
convirtiéndose en una novela de Dostoievski. Me parece muy digna de verse,
sobre todo porque la puesta en escena en el pueblo remite a muchas obras
clásicas de esa misma época.
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