martes, 22 de enero de 2019

«Larga es la noche», de Carol Reed o la perfección de un estilo propio.



El terrorismo irlandés preindependencia: Larga es la noche o un thriller expresionista con trasfondo político.

Título original: Odd Man Out
Año: 1947
Duración: 116 min.
País: Reino Unido
Dirección: Carol Reed
Guion: F.L. Green, R.C. Sherriff (Novela: F.L. Green)
Música: William Alwyn
Fotografía: Robert Krasker (B&W)
Reparto: James Mason,  Robert Newton,  Cyril Cusack,  F.J. McCormick,  William Hartnell, Fay Compton,  Denis O'Dea,  W.G. Fay,  Maureen Delaney,  Elwyn Brook-Jones, Robert Beatty,  Dan O'Herlihy,  Kitty Kirwan,  Beryl Measor,  Roy Irving, Joseph Tomelty,  Arthur Hambling,  Ann Clery,  Maura Milligan,  Maureen Cusack, Eddie Byrne,  Kathleen Ryan.

A Carol Reed, por méritos propios, se lo asocia con El tercer hombre como uno de los momentos álgidos del género policiaco, un clásico indiscutible que aunó, además, a su calidad cnematográfica, una banda sonora excepcional con una interpretación inquietante, la de Orson Welles. Las lenguas pestíferas han querido menoscabar los méritos de Reed hablando de una intervención de Welles más allá de su desempeño interpretativo. Por si a alguien le quedara dudas de la inequívoca autoría de Reed, solo tiene que ver esta película y, sobre todo, leer las fichas técnicas de ambas para descubrir al cinematografista de ambas: Robert Krasker, a quien ha de achacarse buena parte del resultado formal último de la película, con un juego de luces y sombras, de contraluces, de destellos lumínicos en las calles, etc., que hermanan íntimamente esta película con la que le daría fama universal dos años después. Menos cosmopolita que El tercer hombre, Larga es la noche se centra en el mundo del terrorismo irlandés antes de la independencia y, concretamente, en un minúsculo acontecimiento: el intento de robo en una empresa para financiar sus actividades un grupo encabezado por quien ha vive escondido de la persecución policial tras haber estado largo tiempo en la cárcel y haberse escapado. Vive oculto en casa de una familia cuya hija, afín a la causa, está enamorada de él, toda una leyenda cuyo nombre conocen, con cierta admiración, no exenta, en muchos casos, de reprobación, de los habitantes de Belfast, lugar donde transcurre la acción y donde Reed y Krasker consiguen secuencias que están a la altura o superan a las de El Tercer hombre en los callejones de Viena o en sus cloacas, donde tiene lugar el inmortal final de la película. Aunque la película no aborda el conflicto político-terrorista que llevó a la independencia de Irlanda, está claro que uno de sus objetivos es enfrentar a un buen número de ciudadanos a esa realidad y mostrar los miedos, las dudas, los recelos, el rechazo, la solidaridad, la indiferencia, la delación o, en el caso de la protagonista, un amor que la incita incluso a la inmolación. Herido en el forcejeo con un trabajador armado de la empresa atracada, a resultas del cual el empleado muere, la película sigue al protagonista en el esfuerzo descomunal de este por evitar el acoso policial que despliega un sistema de controles de los que se evade por puro azar, al haberse refugiado en un coche de caballos de alquiler que en modo alguno despierta desconfianza en los agentes cuando el conductor, un borrachín, les dice que lleva dentro a Johnny McQueen. El “incidente” le va a permitir al director pasar revista a un buen numero de ciudadanos que han de enfrentarse de manera directa a un hecho, el del terrorismo político, que mostrará diferentes respuestas. El frío, la lluvia, algunas calles embarradas, todo, se conjurará para entorpecer la huida del fugitivo malherido. Es larga la galería de personajes populares que entran en contacto con el herido, lo que permite identificar tanto a los delatores como a los ciudadanos compasivos que, aunque socorren, al herido, también se lo quitan de encima para evitar represalias policiales, del mismo modo que, cuando es recibido en el pub, el dueño solo piensa en sacarlo de allí de la mejor manera posible para evitar represalias de los terroristas. A medio camino entre unos y otros, está el pintor borrachín y algo zumbado que pretende hacer un retrato de McQueen para inmortalizar esa especie de tránsito entre la vida y muerte que es la presencia moribunda del activista político, tanto en el bar como luego en su casa, donde lo curan de urgencia para llevarlo a un hospital mientas e pintor intenta captar esa expresión trascendente del terrorista. En el ínterin, a través del cura al que recurre la enamorada para que la ayude a encontrarlo. Si no fuera porque el drama recorre de punta a punta la película, estaría tentado de decir que el director ha escogido la perspectiva de la comedia para retratar a unos irlandeses ultraamigos del alcohol y con una capacidad de sorna cáustica que convierte ciertas réplicas de los personajes, algunos circunstanciales y otros principales, en una suerte de crítica humorística de su realidad a la altura de las mejores réplicas del cine de Billy Wilder. James Mason, apuesto y con la edad apropiada para encarnar al frágil líder combativo, hace una interpretación excelente, pero lo cierto es que la película es una película coral, y en esa coralidad radica su gran acierto, porque a medida que el herido va pasando “de mano en mano”, obtenemos un retrato muy acertado de la realidad irlandesa de aquellos últimos años, 1910-1915, antes de la independencia, declarada unilateralmente en 1916, pero no conseguida, formalmente, hasta 1922. Es cierto que el alcohol es algo así como el vínculo que une casi todas las subtramas de la película, pero la escena en que el lugarteniente del fugitivo se acerca a unos niños buscando información y estos se arremolinan a su alrededor pidiéndole ya unos peniques ya cigarrillos, va más allá de la anécdota que centra la película. Belfast, una ciudad fría, inhóspita, por la lluvia, y peligrosa acaba convirtiéndose casi en otro personaje de la película, por los claroscuros impresionantes que consiguen Reed y Krasker, tanto en la huida del herido como en la magnífica y espectral de su lugarteniente, cuando juega al ratón y al gato con la policía para permitirle llegar al herido a alguna casa donde lo acojan, lo que hacen dos mujeres que, sin embargo, cuando llega el marido, se ven forzadas a tener que dejarlo marchar para evitar convertirse en cómplices de un asesino. La fuerte presencia de la religión en la vida irlandesa está plasmada a través de la figura del sacerdote, a quien la trama no pone en ningún dilema moral imposible de afrontar. De hecho, una de las últimas pesadillas del perseguido tiene al sacerdote, mudo, eso sí, como elemento principal que le recuerda  la falta de compasión, de piedad, que ha gobernado su vida al entrar en la lucha armada. La enamorada tiene concertada la evasión del herido con un buque que lo alejaría de Belfast, y esa espera, hasta las doce en punto de la noche, añade una presión temporal sobre la trama que potencia la adscripción genérica al thriller policiaco. No revelo el final, pero tampoco hay que ser un lince para intuirlo, dado lo dicho. De todos modos, la visión de la película es tan gratificante, tan espectaculares sus imágenes y tan poderoso su ritmo narrativo, que ni conociendo el final dejaría uno de maravillarse ante tanta perfección. Finalmente, para los desmemoriados, no me resisto a recordar que a Carol Reed se debe uno de los grandes musicales "modernos", Oliver, que le valió su único Oscar.



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