lunes, 13 de julio de 2020

«Detroit», de Kathryn Bigelow, un crudo retrato del racismo.



Un guion efectivo, ultracontundente, para un retrato ajustadísimo del inmisericorde racismo usamericano, aún incomprensiblemente vigente…

Título original:  Detroit
Año: 2017
Duración: 143 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Kathryn Bigelow
Guion: Mark Boal
Música: James Newton Howard
Fotografía: Barry Ackroyd
Reparto: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O'Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski, Darren Goldstein, Jeremy Strong, Chris Chalk, Laz Alonso, Leon G. Thomas III, Malcolm David Kelley, Joseph David-Jones, Ephraim Sykes, Samira Wiley, Peyton 'Alex' Smith, Austin Hebert.

         Kathryn Bigelow es una directora que no le tiene miedo a ninguna realidad, por dura que sea. Su película Días extraños, sobre las snuff movies, que supongo que algo influiría para que Amenábar rodara al año siguiente su Tesis, aunque no se puede descartar la coincidencia de motivos argumentales, desde luego. Bigelow ha cultivado el género bélico, y suya es una película de ritmo tan preciso y percusivo como La noche más oscura, y también el thriller, con Le llaman Bodhi. Con Detroit, se adentra Biogelow en el cine social de denuncia, y lo hace con una contundencia total, porque consigue transmitir a los espectadores un desasosiego creciente que se va apoderando de ellos a medida que el crescendo de la acción le va acongojando con una intensidad que deja poco espacio a la relajación o la tranquilidad.
         Las revueltas sociales que describe Bigelow en esta película se corresponden con la ola de protestas que surgió en Usamérica contra la segregación racial y la guerra de Viet-Nam, y que, con posterioridad a estos sucesos de Detroit, Philip Roth novelaría en su famosa Pastoral Americana. Bigelow se ajusta escrupulosamente a los acontecimientos históricos que se desataron, a partir de un redada en un local nocturno, unas jornadas de violencia mayores que las vividas recientemente por el caso George Floyd, y que tuvo, sin embargo, hechos similares, como los saqueos de comercios, por ejemplo. La espiral de violencia creció casi exponencialmente y hubo una disputa política entre republicanos y demócratas sobre si debería intervenir la Guardia Nacional. Al final, hasta tres cuerpos policiales invadieron la ciudad y no consiguieron sofocar la revuelta, que tuvo episodios lamentables de vejaciones y asesinatos sobre los que la película se centra con una precisión casi de documental.
         Algo de trasfondo documental quiere Bigelow que veamos en la película, porque narra los hechos con una distancia que en ningún momento permite identificaciones emocionales propias del drama, sino la contemplación atónita de unas conductas racistas que cuesta mucho creer que puedan legar a producirse de esa manera, con esa impunidad y con esa fría actitud propia de psicópatas sin el más mínimo escrúpulo. Las actuaciones son tan convincentes, a fuerza de hiperrealistas,  que cuesta trabajo disociar el personaje del intérprete, lo cual puede considerarse la mejor baza de la película. Hay, por lo tanto, caras que son el espejo del alma depravada y perversa, y en esa baza se apoya la realizadora para arrancar unos planos espectaculares del odio, de la venganza, de la violencia arbitraria, del desprecio, del sadismo, incluso, y de un poso de odio racial que es capaz de retrotraer a los espectadores a clásicos como la serie de televisión Raíces,  de Marvin J. Chomsky, John Erman, David Greene y Gilbert Moses,  la historia del famosísimo Kunta Kinte, una serie que tanto hizo, en todo el mundo, para denunciar el racismo, su origen y los métodos criminales como se llevó a cabo la saca de negros africanos para transportarlos, en condiciones peores que las del ganado, a América; o a la muy moderna 12 años de esclavitud, de Steve McQueen. Es decir, que la denuncia del racismo, llamémosle «estructural» o «constitutivo», de una minoría blanca usamericana, ha ten ido un amplio eco en todo tipo de producciones para el cine, la televisión y la literatura, por supuesto; pero lo que no ha conseguido aún, esa atención artística y mediática, ha sido erradicar semejante lacra, en Usamérica y en cualquier lugar del mundo, porque son muchos y muy diversos los racismos que pueblan el mundo.
         Confieso que he seguido la película en una tensión total, porque la directora no te da un momento de respiro, atendiendo a la vibrante atención con que sigue el desarrollo de los acontecimientos, todos ellos rigurosamente históricos, como los cartelones finales se encargan de corroborar documentalmente, algo que cualquier puede incluso buscar en internet, para cerciorarse de que no hay tintas cargadas en ninguna secuencia de la película, ni mucho menos una exageración, por lo que al desenlace de la misma se refiere.
         La vi muy poco antes de que estallara el escándalo de la muerte despiadada de Floyd, pero he dejado pasar un tiempo antes de hacer la crítica para conseguir ese punto de objetividad que me libere de las connotaciones emocionales que puede tener hacer una crítica sobre hechos tan lamentables como los que esta película describe.
         No diré que será un placer ver la película, porque para disfrutar del placer de unas actuaciones tan soberbias -¡sobre todo la de los energúmenos racistas que se convierten en protagonistas de la cinta!- se requiere un distanciamiento crítico que es casi imposible asumir. La película nos interpela directamente y nos exige una respuesta individual, aunque es obvio que la sociedad española no tiene una composición como la usamericana, pero, poco a poco, también se van extendiendo entre nosotros ciertas tendencias nada claras e intolerables hacia los extranjeros pobres que se van instalando a la búsqueda de un futuro ciertamente problemático dada la crisis económica originada por el covid19.
         La valentía de Bigelow está clara, y los espectadores intuyen hacia qué lado se decantan sus simpatías, pero ello no empece, en ningún momento, el delicado y concienzudo estudio de un caso histórico cuyo rigor defiende en todo momento la directora, y esa es una posición que la honra y que le confiere a su película una dimensión testimonial muy valiosa.


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