miércoles, 15 de julio de 2020

«Red Road» y «Fish Tank», de Andrea Arnold o la frágil mujer fuerte frente la adversidad.



Los inicios de Andrea Arnold: El drama que despersonaliza y la adolescencia sin horizonte en un marco social degradado…

Título original: Red Road
Año: 2006
Duración: 114 min.
País:  Reino Unido
Dirección: Andrea Arnold
Guion: Andrea Arnold, Anders Thomas Jensen
Fotografía: Robbie Ryan
Reparto: Kate Dickie, Tony Curran, Martin Compston, Natalie Press, Andrew Armour, Carolyn Calder, Anne Kidd, Cora Bissett, Martin McCardie.

Título original: Fish Tank
Año: 2009
Duración: 124 min.
País:  Reino Unido
Dirección: Andrea Arnold
Guion: Andrea Arnold
Música: Varios
Fotografía: Robbie Ryan
Reparto: Katie Jarvis, Michael Fassbender, Kierston Wareing, Harry Treadaway, Jason Maza, Jack Gordon, Charlotte Collins, Brooke Hobby, Chelsea Chase.

         Sirva como homenaje a la sala Meliès de Barcelona la revisión crítica de Red road que mi Conjunta y yo vimos en esa sala en la que tantas horas de placer cinematográfico hemos vivido. En la última crítica mencionaba el Pasolini, de Abel Ferrara, que también vimos en esas salas, no solo un lugar donde recuperar estrenos que pasan a la velocidad de vértigo por las salas de estreno, sino también un centro de culto al cine, con las reposiciones de clásicos que siempre apetece volver a ver en pantalla grande. Esperamos que no tarde alguna iniciativa similar en devolvernos a los aficionados otro templo de nuestra particular religión imaginativa.
         En su momento, y ahora lo hemos constatado de nuevo, Red road fue una de esas películas que te noquean y te dejan planchado en la butaca, porque la vida de la protagonista, tristísima, con unas relaciones despersonalizadas y con un distanciamiento total de la familia por razones que no se explican hasta el final, deja literalmente al espectador en la desolación total, sobre todo por el paisaje social degradado: los espacios sucios, las casas inhóspitas, las vidas anodinas y robotizadas, los comercios miserables, y todo ello desde la profesión de la protagonista -vigilar a través de las cámaras instaladas en la vía pública si es necesaria la intervención policial urgente- que consagra la teoría del Gran Hermano, sobre todo a juzgar por la enorme capacidad de seguimiento de los ciudadanos que el sistema permite.
         El silencio, la rutina, y el desapasionamiento de la protagonista lo ocupan todo hasta que, de repente, advertimos que alguien le llama poderosamente la atención en las pantallas que controla, tanto como para iniciar un seguimiento de sus pasos que la lleven a identificarlo positivamente como quien ella cree que es. A partir de ese momento todo gira en torno al objetivo persecutorio, como si ella se hubiera trastornado por alguna razón que no acaba de declararse y que solo aflorará hacia el último tercio de película, La progresión es lentísima, pero, por el camino, indirectamente, por el contacto con el suegro, deducimos que ha sido victima de un acontecimiento trágico que le ha cambiado la vida, que se la ha destrozado, vaya… Cuando, más adelante, la vemos meterse en la cama con dos urnas funerarias, sabemos ya que ha perdido a su marido y a su hija. ¿Qué relación tiene el «sospechoso» con esa pérdida trágica es algo que se irá conociendo, también, muy poco a poco y todo ello inserto en un plan de venganza cuyos extremos ignoramos hasta que, de una forma harto ambigua, lo vemos, atónitos, desarrollarse ante nuestros incrédulos ojos? El drama es potente, e incluso desgarrador, ya lo aviso, pero está muy bien llevado por una directora que ha sabido desarrollar la historia a partir de unos personajes «facilitados» por Lone Scherfig, la autora de An education o The Riot club.
         La historia transcurre en Escocia, y la visión de una comunidad degradada económicamente está siempre presente. Desde esta perspectiva, es inevitable relacionar estas dos películas de Andrea Arnold con el cine combativo de Ken Loach, aunque, en este caso, predomina más la línea psicológica, en la doble modalidad del thriller y el duro proceso de aprendizaje. A título anecdótico, destacaría la aparición de Martin Compston, en uno de sus primeros papeles de entidad, un actor que acaba de protagonizar la miniserie El nido, en la que está espléndido.
         Fish Tank narra la historia de una adolescente rebelde que busca, sin modelos de referencia, su lugar en el mundo. Expulsada del colegio por sus maneras violentas, tiene claro que desde sus 16 años nadie más que ella va a tomar decisiones en su vida. La vida familiar, con una madre totalmente desinteresada de sus dos hijas, con una hermana pequeña tallada en la más sólida madera de los arrieros procaces, y con sus muy escasas habilidades para poder defenderse en la vida -ella cree que puede hacerlo a través de la danza contemporánea, el hip-hop o el estilo que corresponda- la vida de la protagonista está abocada al fracaso y al duro choque con la realidad para escarmentar en cabeza propia y concluir que un mal apaño es mucho mejor que cualquier sueño imposible. Ilusionada con la posibilidad de hacer una audición para ser seleccionada como bailarina, la escena de la «prueba», que resulta ser para bailarinas de strip-tease, es desoladora y sume al espectador en la mayor de las congojas.
         La joven tiene una energía que se manifiesta en la rapidez y determinación con que camina constantemente, a lo largo de toda la película, lo cual es la mejor manera paradójica de mostrar que no sabe a dónde ir y que no tiene destino ninguno en la vida, pero va hacia el caos y la nada con una violencia que no la hace arredrarse ante nada. La madre inicia una relación más o menos estable con un joven, un casi debutante Michael Fassbender, en su tercera aparición ante las cámaras, que se introduce en la vida de la familia con una naturalidad no exenta de cierta perspectiva morbosa. Nada se sabe de él y ella cree que forma con él una pareja «estable», pero cuando empieza a insinuarse a la hija, nos tememos lo peor. Esta será quien acabe descubriendo la verdadera vida del galán que, sin embargo, aporta una suerte de figura paterna necesaria en un hogar totalmente desestructurado. De nuevo estamos en un ambiente de clase obrera marginal en unos barrios en los que apetece todo menos pasearse por o tener que vivir en ellos. El fracaso social es de tal magnitud que resulta difícil de comprender que se haya llegado a esos extremos en los que ya nada parezca que pueda hacer un estado moderno por mejorar la vida de sus administrados. La película es una historia de duro aprendizaje vital y, en cierta manera, brilla aún alguna esperanza en esa joven que en modo alguno quiere repetir el modelo materno: una eterna adolescente fracasada cuyos únicos placeres son el baile, el alcohol, el sexo y la televisión. De igual modo, en Red Road, por dura que sea la tragedia, aún es capaz de brillar, aunque amortecida, la luz de la esperanza. No deja de reconfortarnos que dramas tan intensos no sean una muestra descarnada del más desolador de los determinismos, por más que ciertas películas «sociales» tiendan a veces a transmitirnos esa nefasta insinuación.
         Tratándose de un caso límite, está claro que la actuación de la protagonista había de ser ultraconvincente, porque, de otro modo, la película no se sostendría, dramáticamente, de ninguna de las maneras. He de decir que Katie Jarvis da un recital interpretativo de primera y que tiene ante sí un espléndido futuro. A pesar de que el cabreo con el mundo es una constante, deja ver en diferentes momentos de la historia reacciones más complejas y sutiles con la misma eficacia con que se nos presenta peleada con el mundo todo.


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