miércoles, 20 de marzo de 2024

«Días felices, de Balabanov, una ópera prima beckettiana.

 

Una triste celebración del absurdo, rigurosamente fiel al espíritu del autor irlandés.

 

Título original: Schastlivye dni (Happy Days)

Año: 1991

Duración: 86 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Aleksei Balabanov

Guion: Aleksei Balabanov. Obra: Samuel Beckett

Reparto: Viktor Sukhorukov; Anzheklika Nevolina; Yevgeni Merkuryev; Georgi Tejkh; Nicolai Lavrov

Fotografía: Sergei Astakhov (B&W).

 

          Si las obras de Beckett, antes de convertirse el autor en un icono del teatro del absurdo, suscitaron tantas adhesiones como rechazos, inspirarse en una de ellas para debutar en el cine, con una propuesta tan radical y a contracorriente de los gustos populares, amerita un valor extraordinario. ¡Qué suerte tuvo Balabanov, de haber encontrado financiación para llevarla a cabo! ¡Y qué maravilla nos ha entregado a cambio! De acuerdo, no es una película para «mayorías», lo reconozco, pero cada autor elige en qué tradición hunde sus raíces, y Balabanov escogió la de Tarkovski, la de Béla Tarr, la de Kaurismäki, la de Lynch, la de Dreyer, la del primer Antonioni…, ¡y hasta me atrevería a decir que también Ozu!

          En este Ojo he criticado tres de sus películas, y después de una ópera prima tan singular, aún me atreveré con la que acabo de ver, impulsado por esta: De monstruos y hombres. Todas son muy distintas de Días felices, aunque De monstruos y hombres guarda un cierto nexo de unión con ella, no solo por la aparición en ambas de dos actores espléndidos, sino por el uso del blanco y negro y por la concepción del espacio como una ciudad vacía en la que solo habitan ciertas personas torturadas por conflictos de muy distinta naturaleza.

          La situación de partida es clara. A un hombre en una clínica se acercan dos doctores que le piden ver el cráneo que el paciente tiene vendado. Una vez visto, sin ulteriores comentarios ni gestos, le dicen que vuelva a colocarse la venda que cierra la supuesta herida abierta y el paciente es dado de alta. Le devuelven sus pertenencias, una caja de música, su dinero y lo ponen de patitas en la calle, a pesar de que él quiere seguir residiendo en el hospital. Incluso baja a la lavandería, en el sótano y se instala allí, para que lo dejen permanecer en el único sitio que conoce. Expulsado, finalmente, comienza la peregrinación ciudadana del protagonista en busca de una habitación, lo que la lleva a una casa en la que dos viciosos pretenden embromarlo para sumarlo a sus prácticas y él sale huyendo. Luego pasa por una pensión donde es acogido y secuestrado al tiempo, y en la que la patrona le adjudica un nombre que él hace suyo: el de su esposo que va y viene y hace mucho que no vuelve, aunque reaparece y, después de golpear a su esposa, le dice al inquilino que ha de desaparecer. El marido viste un traje circense y en la ciudad cuelgan algunos carteles desgarrados que anuncian su espectáculo. Finalmente, acaba en la puerta de una iglesia, pidiendo limosna. Un ciego que se hace acompañar de un burro lo invita a compartir su alojamiento, y allí se encuentra con el decrépito padre del ciego, que amenaza a su hijo y le reprocha que no lo cuide, cuando, de pequeño, siempre lo llamaba llorando para que él acudiera. La vida deprimente de ambos seres en una cueva, más que alojamiento, acaba convenciendo al protagonista de que ha de buscar otros aires. Se instala en el banco de un cementerio y allí entrará en relación con una joven con quien  inicia lo más parecido a la más extravagante relación amorosa jamás concebida. Tengamos presente que el protagonista no sabe quién es ni dónde está ni de donde viene: aparece en las calles desiertas de San Petersburgo como una presencia extraña que solo reacciona desde los impulsos más primitivos del miedo a los demás y de la búsqueda de su propia seguridad, aunque es un observador atento de cuanto lo rodea. El palacio adonde lo lleva la joven para instalarlo en una de sus habitaciones es un edificio en ruinas, del mismo modo que la ciudad es un espacio deshabitado, helado, en el que suenan los compases de la música de Wagner, con unas tomas panorámicas magníficas, bellísimas. La joven consigue acostarse en el mismo sofá que el protagonista y ambos comentan, con risas adolescentes, el hecho, sorprendente para él, de que hayan tenido relaciones sexuales. A todo esto, no he dicho algo acaso significativo: que el protagonista, además de su caja de música, guarda con celo el erizo que la joven le regala, con un mimo que viene a representar el hilo cordial que lo ata a la naturaleza que comparte con otras especies, aunque, en un momento dado, deje abandonado el borrico en el cementerio.

          Como se advierte, nada en la película se ajusta a los cánones del realismo o de la narrativa que se rige por las leyes lógicas de la causa y el efecto  y la coherencia. Estamos en presencia de una película casi muda que lo fía todo a las impactantes imágenes de la decadencia, de la miseria, de la desorientación y de la degradación moral de unos personajes tan o más perdidos que el protagonista. Quizás sea ese concepto vago que solemos usar en estos casos, el de «atmósfera», el más apropiado para describir lo impactante de esta película. Balabanov ha creado un mundo singular, solo parcialmente conectado con el mundo que habitamos los espectadores y, por ello mismo, nos exige un plus de aceptación para asentir a la narración de esta alma en pena, con el cerebro operado, sin memoria ni siquiera de su propio nombre y con muy escasos resortes sociales para la supervivencia. Y luego hemos de considerar las imágenes nucleares que atraviesan la película, como el tranvía que pasa por delante de la casa donde había alquilado una habitación y la patrona le había transferido el nombre de su marido y que él hace suyo, sin más, hasta que vuelve el original y se abre camino por la violencia para recuperar su espacio. Hay un autor, hoy imagino que totalmente olvidado, pero muy exitoso en los años 70, Walerian Borowczyk, que dirigió dos películas que hoy figuran en la selecta lista de las rarezas del séptimo arte: La bestia y Goto, isla del amor, esta última en blanco y negro y con una estética muy próxima a la de  Días felices de Balabanov, un cineasta m uy próximo al «exceso» que, como saben los lectores de Blake, es el camino que lleva a la sabiduría…

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