jueves, 21 de marzo de 2024

«Of Freak and Men», de Aleksei Balabanov o el paleoporno…

 

El invento del cine,  la doble moral burguesa y la perversión suma: una obra maestra.

 

Título original: Pro urodov i lyudeyaka

Año: 1998

Duración: 93 min.

País: Rusia

Dirección: Aleksei Balabanov

Guion: Aleksei Balabanov

Reparto: Sergey Makovetskiy; Dinara Drukarova; Anzhelika Nevolina; Viktor Sukhorukov;

Chingiz Tsydendambayev; Vadim Prokhorov; Aleksandr Mezentsev; Igor Shibanov; Alyosha Dyo; Dariya Lesnikova; Valeri Krishtapenko; Yuriy Galtsev; Boris Smolkin; Irina Rakshina; Lyudmila Arzhannikova; Valeriya Yakovleva; Kristina Skvarek.

Música: Éric Neveux

Fotografía: Sergei Astakhov.

 

          San Petersburgo a principios de siglo. El negocio de las postales eróticas, sobre todo las dedicadas al «vicio inglés». Las ricas familias acomodadas en las que, a través del servicio, se cuelan esas postales. Una ciudad retratada con una belleza total: desierta, como en Días felices, su ópera prima. El nacimiento de las primeras cámaras de rodaje y proyectores. El salto de las postales a las películas, con el mismo tema. La falta de escrúpulos de un rufián que no se detiene ni ante el crimen para «apoderarse» de la joven heredera de quien está arrebatadamente enamorado. Un padre seducido por la hermana del truhan y a quien nombra albacea testamentaria de su hija hasta que esta se case con quien libremente quiera. El lacayo del truhan obsesionado con los hijos siameses adoptados por el matrimonio fracasado de un doctor, y, de paso, eróticamente, con la mujer ciega que no soporta al marido pero se rinde ante el jayán.

          Y comienza la película, en riguroso blanco y negro, muda, con intertítulos. En antros inhóspitos se sacan las fotografías de la mujer venerable azotando los cuerpos desnudos de las jóvenes. A medida que avanza la acción, el blanco y negro gira a sepia y empieza una narración costumbrista de la decadencia de esos dos hogares que acabarán unidos por el mal que se introduce en ellos casi subrepticiamente y logra, finalmente, triunfar, de modo que la novia idealizada acaba convertida en «carne de porno» para las películas que rodará quien asiste, en los tiempos felices, a una comida en casa de la protagonista y es considerado como el novio oficial, aunque depende económicamente de quien le paga las cámaras, el perverso Yohan que, con frío cálculo, ha logrado apoderarse de la casa de quien lo echó con cajas destempladas cuando pidió la mano de su hija. El viaje de Yohan en barca por el río Nevá con una chimenea que despide un denso humo negro, como una vieja locomotora, y él en la proa con un ramo de flores es una de las mil y una imágenes icónicas de esta terrible y maravillosa película en la que se mezclan la belleza de los planos con el mal de la perversa historia no solo de la hija del ingeniero, sino del imperturbable Yohan y la emocionante historia de los gemelos siameses a quien la criada del doctor seduce eróticamente con las postales y con la exhibición impúdica de su seno desnudo ante los ojos atónitos de uno de los siameses, porque son distintos. Luego volveré sobre ellos.

          La majestuosidad de los movimientos de cámara en una ciudad desierta por la que atraviesan apenas los personajes de la historia y un tren que, mientras vive el ingeniero, parte hacia la derecha del plano, como símbolo de progreso y esperanza de los personajes, y después de su muerte, hacia la izquierda, simbolizando la fatalidad del destino de los mismos, son elementos que nos revelan la querencia de Balabanov por los símbolos y, en parte por revelar esa faceta absurda de la existencia que desvela las profundas hipocresías sociales que construimos. Por cierto, el estrafalario traje del operador de la primera cámara de cine recuerda sobremanera el del marido de la patrona de la casa donde le alquilan al personaje de Días felices una habitación. Y ahí entra en juego el otro lado de la perversión asociada al cine como atracción de barraca de feria, algo que el cine no ha olvidado, dada la prevalente afición de innumerables cineastas a localizar en las ferias parte de la acción de sus películas, e insisto en que alguien debería escribir una monografía sobre ello… El ayudante de Yohan, el protagonista de Días felices, vive obsesionado con los siameses de la frígida ciega y el doctor amigo de la familia del ingeniero y su hija. Una vez que Yohan se sacude la amenaza del doctor disparándole por debajo de la mesa mientras está comiendo, y es muy notable el plano en que se vierte el contenido liquido del bol y va goteando hacia el cadáver; el ayudante, digo, secuestra a los niños, después de haber seducido a la mujer y los lleva a los tres a la casa tomada por Yohan para que todos sirvan de intérpretes de esas películas que luego se verán de forma privada por los miembros de una sociedad tan devota de ellas como escandalizada por su existencia. Antes de llegar, ha habido una escena escalofriante en la que el ayudante levanta los largos faldones de la mujer ciega para descubrir que no lleva ropa interior ninguna, y en ese momento irrumpen los hijos en escena y contemplan horrorizados a su madre medio desnuda.

          En el transcurso del secuestro, los explotadores descubren que los siameses son excelentes cantantes —su madre ciega los educa exquisitamente— y que, cada uno por un lado del instrumento, ambos tocan al alimón el acordeón. Estamos ante uno de los momentos «mágicos» de la película, tanto cuando interpretan en la casa la canción como cuando lo hacen ante un auditorio. La historia de estos siameses es de una crueldad infinita y muy difícil de soportar, porque muchos personajes de la película han roto todas las barreras morales y solo atienden al negocio y a su explotación. El lacayo de Yohan consigue aficionar a la bebida a uno de los siameses, y me abstengo de seguir contando el devenir de esa terrible iniciación porque es importante asistir a la perversión diferida de esa adicción. El otro, sin embargo, más serio, se enamora de Leeza, la hija del ingeniero, y, compartiendo los tres la habitación donde viven literalmente secuestrados, ella accede a tener relaciones sexuales con él, en lo que, «probablemente será la

única ocasión que tenga en mi vida», porque el hermano está profundamente dormido, a causa del alcohol.

          Como se advierte por la sinopsis, estamos ante una obra que mezcla muy sabiamente varios elementos que definen toda una época y que tienen, para Balabanov, una importancia capital: el cine, en primer lugar, porque, a pesar de la trama sórdida, el descubrimiento de la cámara es un momento «feliz» para quien, sin embargo, ha pasado de novio aspirante de Leeza a operador de su degradación, y esa sabia mezcla de felicidad y profanación del objeto de su deseo está muy conseguida en la secuencia; el oscuro mundo de los criados y su poder sobre los amos; la doble moral burguesa; y unos exteriores solitarios en los que el director consigue secuencias muy brillantes. Hay otros aspectos dignos de consideración detallada, pero solo puedo entrar en ellos destripando totalmente el argumento.

          A mí, y esta es la quinta película que veo del autor, me ha parecido la mejor de todas. Las interpretaciones, sobre todo la de Yohan, Sergey Makovetskiy, es fantástica, y, a su manera, me ha recordado, acaso por la similitud temática, al mejor Dirk Bogarde, el de El sirviente, de Losey. A su lado, repiten los dos personajes protagonistas de Días felices, Anzhelika Nevolina y Viktor Sukhorukov. Y sobresalen, por méritos propios, Dinara Drukarova, una Leeza inolvidable, y los siameses Chingiz Tsydendambayev (Tolia) y Alyosha Dyo (Kolia).

          Dada la nula distribución del cine de Balabanov en España, esta película, que puede verse en Filmin, no ha llegado a nuestras pantallas. A mí me parece una obra maestra, con un final apoteósico. Otros habrá que acaso me desengañen, pero hasta el momento…

         

 

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