sábado, 2 de marzo de 2024

«La ciudad cautiva», de Robert Wise o el viejo periodismo de investigación.


 

La lucha del cuarto poder contra la corrupción «normalizada»…

 

Título original: The Captive City

Año: 1952

Duración: 91 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Robert Wise

Guion: Alvin M. Josephy

Reparto: John Forsythe; Joan Camden; Harold J. Kennedy; Martin Milner; Marjorie Crossland; Ray Teal; Geraldine Hall; Hal K. Dawson; Gladys Hurlbut; Jess Kirkpatrick; Paul Newlan.

Música: Jerome Moross

Fotografía: Lee Garmes (B&W).

 

          No deja de sorprenderme cómo la elección de película para «descansar» de la insufrible actualidad política acaba remitiéndome a ella casi como por arte de rara magia. Es el caso de La ciudad cautiva, un auténtico thriller en el que, como en tantas ocasiones en el cine usamericano, el investigador no es el detective privado de rigor, perfectamente construido por autores muy notables y recreados en la pantalla por directores no menos dotados, sino un periodista que honra a su profesión y está dispuesto a llegar hasta donde haga falta, arriesgando su propia vida y la de su familia, para llegar a descubrir la verdad de dos «evidentes» casos de asesinato que las autoridades han «archivado» como accidente y suicidio, respectivamente. Los periódicos locales tienen una estrecha relación con el mundo económico de la localidad en la que desarrollan su labor, porque, a diferencia de las jugosas subvenciones que reciben los españoles, pongamos por caso, a través de la publicidad institucional, allí son los agentes económicos los que mediante la publicidad sostienen al diario. ¿Qué ocurre cuando, como en este caso de la película, el director del diario (para ellos el «editor»), escarba en un asunto delictivo, con apariencia de ser cosa de poca monta, pero en el que empresarios de la zona están involucrados y del que sacan sus buenos dividendos, y, al tiempo, son recurso publicitario importante del diario? Mucho me temo que para la mayoría de los periodistas de nuestro país la figura quijotesca del protagonista, desafiando a todo bicho viviente corrupto debe de ser algo así como una «anomalía» peligrosa en el seno de una profesión en la que  prima el seguimiento de las consignas y el agitprop de la fuerza política a la que se quiera ayudar desde un poder ya muy seriamente amenazado por los nuevos cauces de transmisión de información y, ¡sobre todo!, de opinión. Frente a la democracia horizontal de esas plataformas informativas en la que todo el mundo puede participar, la estructura vertical jerárquica del viejo periodismo tiene la partida perdida, por más que, contradiciendo su sentido originario, pretendan amordazar la libre expresión y cambio de opinión e información entre los ciudadanos, amparándose en no sé qué «garantía» de «objetividad» que hace mucho que ha desaparecido de su ética profesional.

          Quienes hayan aguantado el desahogo bien se merecen algunos apuntes críticos sobre una película rodada con pericia, nervio, excelente fotografía y un sinfín de acertados planos harto elocuentes. Si la analizáramos plano a plano detectaríamos la maestría de Wise para componerlos de modo que resalte, sobre todas las cosas, al margen de lo que el guion prescriba, la información que reporta la imagen con sus primeros y segundos planos, con sus perspectivas y con la sutil iluminación de muchos de ellos. En eso, creo yo, se distinguen las buenas películas de las que solo se limitan a encuadrar, desdeñando la composición interior del plano en todas sus dimensiones: estéticas y morales. La historia se inicia con una persecución de la que es víctima una pareja que consigue llegar a una comisaría de policía, donde reclama escolta para que los acompañen a declarar ante un comité legislativo. De entrada no sabemos sobre qué han de informar, y por ello se abre un flashback que nos lleva al origen de la historia: la de otra persecución de un hombre que acude al periodista para revelarle que está siendo perseguido y que teme por su vida: la revelación de una trama delictiva ligada a la mafia —un concepto por entonces poco popular, porque en la película se explica su significado, su origen y su presencia reciente en la sociedad usamericana— y que opera en el mundo de las apuestas ilegales, una actividad que es tolerada por las autoridades, dada la «natural» tendencia al juego de las personas. Lo que el confidente del periodista revela, y este no le da el crédito que el amenazado exige, pone sobre la mesa una trama en la que ay involucradas algunas «fuerzas vivas» de la ciudad, y lo que acaba de convencer al periodista es la muerte supuestamente «accidental» de su confidente.  Dados, pues, los métodos empleados para asegurar que nadie obstaculiza el negocio del que los mafiosos y sus cómplices locales sacan pingües beneficios, el periodista se embarca en una suerte de cruzada para revelar quién es el proscrito que está detrás de esos negocios sucios, lo que va a generar una nueva cacería en la que a él le han pintado la diana en el bulto del cuerpo.

          Con un ritmo sostenido, y un dibujo de los protagonistas muy ajustado a los diferentes tipos de esta clase de relaciones peligrosas, la película avanza como una exhalación hacia el presente de la pareja refugiada en la comisaría, de donde no se moverán si no disponen de la protección que los ayude a llegar ante la comisión del Senado que investiga esas conductas criminales que suponen, de triunfar, poco menos que la degradación de los valores sociales que hicieron de Usamérica un gran país.

          La amenaza que se cierne sobre el periódico es real, porque no pueden sobrevivir sin la publicidad que les permite seguir informando. Con todo, y a pesar de la moderación cautelosa que impone el socio cofundador de la cabecera, el editor del diario no ceja en su empeño y acaba descubriendo los hilos que rigen la trama de las apuestas, lo que nos lleva, en un calco de la situación que abre la historia, a la situación inicial que da pie a las pesquisas.

          El colofón de la película es un añadido de carácter político que pretende aleccionar al público en general sobre los modos sibilinos y cautelosos de que se sirven las fuerzas del mal para deteriorar el american way of life. No es un recurso nuevo. Dada la popularidad del cine, las autoridades vieron en según qué películas una oportunidad de aleccionar a los ciudadanos para que estuvieran alerta del cáncer social que significa dejar actuar a esas bandas criminales.

          Las interpretaciones de la pareja protagonista, Forsythe, quien recuerda muchísimo a Humphrey Bogart, y la elegante Joan Camden, son de mucho mérito y nos permite seguir esa narración con voz en off que hace el protagonista, y que es la encargada de vehicular el pathos dramático que sentimos durante toda la película, esperando en cualquier momento el movimiento de los delincuentes que acabe con el defensor de la moralidad pública.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

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