martes, 28 de julio de 2015

“Mad Men” con Doris Day y Rock Hudson: “Pijama para dos”.

                                                   
Pijama para dos: Una divertida visión naïf y avant la lettre de Mad Men


Título original: Lover Come Back
Año: 1961
Duración: 107 min.
País: Estados Unidos
Director: Delbert Mann
Guión: Stanley Shapiro & Paul Henning
Música: Frank DeVol
Fotografía: Arthur E. Arling
Reparto: Rock Hudson, Doris Day, Tony Randall, Edie Adams, Jack Oakie, Jack Kruschen, Ann B. Davis, Joe Flynn, Jack Albertson

         Me extraña que tras el éxito arrasador de la serie de televisión Mad Men no se haya revisado, ni en la tele ni en el cine, esta amable y divertida película de Delbert Mann, un director de quien recordamos con emoción su ópera prima, Marty (1955), con un Ernest Borgnine sobresaliente, que lo convirtió en el primer director en conseguir un Óscar en su debut. Pijama para dos ha de verse desde la actualidad de Mad Men, porque la película se nos presenta como una suerte de “estudio” documental sobre esos seres de excepción que habitan en el ecosistema neoyorquino de Madison Avenue y que se dedican al proceloso negocio de la publicidad. El espectador de Mad Men no pierde el ritmo de las comparaciones constantes entre la serie y esta screwball comedy que incluye, como en La fiera de mi niña (1938) incluso una divertida escena de travestismo nada menos que con el entonces rey de la masculinidad: Rock Hudson. Son muchas las virtudes de la película, aunque, en su conjunto, pueda dar la impresión aparente de que cierta ñoñería preside su guion, pero son muchas las cargas de profundidad que hay en una narración aparentemente inocente. Que el alcohol y la prostitución sean recursos habituales del  Draper Hudson para captar clientes, por ejemplo, acercan ambas visiones del tema. Que Doris Day sea una infatigable trabajadora que se rebela contra los métodos sucios de Hudson le da a la película una dimensión burlesca y un motivo recurrente que, como en otras comedias, nos adelanta parte de su desarrollo, porque la “rendición y captura de la fortaleza ética que ella representa” será el meollo del asunto. Los equívocos, así pues, constituirán el aderezo de ese asedio, y he de decir que, aunque tomados en parte de Pillow Talk (“Confidencias de medianoche”) (1955), quizás en este guion aparecen más depurados y con mayor desarrollo, como el relativo a la invención de una personalidad falsa por parte de Hudson, quizás la mejor parte de la historia. Que hay un toque de autoparodia en su interpretación, teniendo en cuenta sus vidas personales, opuestas radicalmente a sus personajes, salta a la vista enseguida, lo que le da a la película un notable aliciente, sobre todo porque ambos “bordan” sus personajes en las difíciles escenas que han de interpretar. Lo cierto es que la relación con Mad Men se va evaporando a medida que la trama deriva hacia la amenaza de que un tribunal ético del ramo publicitario al que están sujetas las empresas para disfrutar de su licencia suspenda en su ejercicio al protagonista, por prácticas contrarias a la ética de la profesión. Con todo, siempre hay oportunidad de practicar el entretenido juego de las comparaciones en lo relativo al vestuario –con ese dominio espectacular de la camisa blanca que Draper convirtió en emblema de la serie–, la decoración de los despachos, la relación con las secretarias, etc. Excepcional, como motivo narrativo, es, sin embargo, el excéntrico jefe de Hudson, el divertidísimo actor Tony Randall, quien consigue ofrecernos una creación divertidísima de un acomplejado hijo que ha heredado el imperio paterno y que, trastornado y sometido a control psiquiátrico, pretende ser de utilidad en la empresa a toda costa, lo que permitirá añadir nuevas vueltas de tuerca al desquiciado guion, para deleite de los espectadores. A su manera, Pijama para dos puede considerarse, por comicidad y puesta en escena, a la altura de Su juego favorito (1964), de Howard Hawks, una divertidísima e inolvidable comedia. La película recurre a un elemento de comicidad que rinde sus frutos sin ningún esfuerzo: una pareja de “viajantes” en Nueva York que se van cruzando sistemáticamente con Hudson, a quien tienen por un “modelo” de varón conquistador. Que sea un recurso muy empleado no le quita ni un ápice de su gracia. Del mismo modo que el descubrimiento de la galleta alcohólica que constituirá el producto de la campaña de publicidad que se ha lanzado sin que este existiera tiene una carga vitriólica más que considerable y da pie a deliciosas escenas, incluido el casamiento no consciente de los publicistas rivales.
         Se trata, en resumen, de un clásico que merece una revisión, no únicamente por su relación, por el tema, con Mad Men, sino porque su guion, medido al milímetro, consigue gags muy apreciables, entre los que no es el menor el de la conversación en el acuario. Así pues, en estos tiempos veraniegos, en los que no nos planteamos demasiadas exigencias, la revisión de Pijama para dos permite pasar casi dos horas en excelente compañía.

viernes, 17 de julio de 2015

Una digna comedia de encargo: “Aprendiendo a conducir”, de I. Coixet


                                

Aprendiendo a conducir: Una valiente comedia amable, para variar, de Isabel Coixet.

JUAN PÉREZ
Título original: Learning to Drive
Año: 2014
Duración: 105 min.
País: Estados Unidos
Directora: Isabel Coixet
Guión: Sarah Kernochan
Fotografía: Manel Ruiz
Reparto: Ben Kingsley, Patricia Clarkson, Grace Gummer, Sarita Choudhury, Jake Weber, Samantha Bee, Daniela Lavender, Matt Salinger, Michael Mantell

         A los seguidores de la directora Isabel Coixet les extrañará hasta lo incomprensible que una representante clásica del cine de autor, usualmente abonada a una visión dramáticamente pesimista de la vida y de la naturaleza humana, nos entregue una comedia agridulce pero optimista o, como dice la propia autora: una oportunidad de hacer una película que al salir no te quieres cortar las venas. Y soy testigo de que lo consigue plenamente. Entré sin convencimiento y salí con el regusto complaciente que dejan las comedias bien hechas y mejor acabadas, porque no se trata, contra lo que pueda pensarse, de un género “fácil”, frente al drama, sino todo lo contrario: el más difícil de los géneros, de ahí la importancia de directores como Lubitsch o Wilder, por ejemplo, maestros consumados de ese género y cumbres de la historia del cine.
         Aprendiendo a conducir se inspira en un hecho real narrado en un reportaje periodístico, pero la directora hizo suya la propuesta porque enseguida vio el paralelismo que había entre aquella historia y su propia vida, tras separarse de su compañero y, estando en Los Ángeles, tomar la decisión de aprender a conducir, una destreza que no incluye, a día de hoy, según confesión propia, la técnica del aparcamiento. Cualquier pretexto es bueno para, desde la vida cotidiana, desde lo que entendemos por una película “costumbrista”, ahondar en el estudio de eso que, con pomposa solemnidad, denominamos la “naturaleza humana”. La situación de partida es un proceso de separación entre una crítica literaria y su marido, quien la abandona por una escritora más joven que ella. La hija se ha ido a vivir a Vermont, siguiendo a su pareja, para tener una intensa experiencia vital del contacto con la naturaleza, por lo que ella, una vez separada, no puede ir a verla sin aprender previamente a conducir, algo que abomina. Como la escena de la separación se produce en el interior de un taxi conducido por quien está pluriempleado como profesor de autoescuela, un indio de la secta Sij que le deja su tarjeta a la crítica tras dejarla, deshecha emocionalmente, en su casa, enseguida se establece el vínculo entre ambos protagonistas, quienes van a protagonizar uno de esos choques muticulturales que, cuando es relatado desde el lado de la nacionalidad del emigrante, da pie a productos culturales etiquetados como cine étnico, novela étnica, etc. En este caso, el punto de vista del narrador se mantiene equidistante y exquisitamente objetivo, por lo que cualquier juicio ha de caer del lado del espectador, aunque la naturaleza humana del doble conflicto, el drama de la separación de la wasp americana y el matrimonio concertado del indio sij no implican la necesidad de posicionamiento ideológico alguno: nos hallamos en el tenebroso, desconcertante y contradictorio mundo de los sentimientos, por lo que todo es posible e imposible al tiempo y nada es inexplicable. Lo hermoso de la película es la sutileza con que la directora ha sabido reforzar la buena labor tejedora del guion, porque, por sus escenas contadas, ambas historias van confluyendo poco a poco hasta estrecharse en un nudo del que el desenlace dará ajustada cuenta, y no al modo alejandrino, ciertamente.

         Como ocurre en el género de la comedia, buena parte del mérito del éxito de una película depende de los intérpretes, porque hacer llorar lo consigue casi cualquiera, pero hacer reír y conmover en el mismo guion, con convicción y persuasión, no está al alcance de todos. Al estilo de aquellas parejas como Tracy y Hepburn en Adivina quién viene esta noche (1967) e incluso Brando y Simmons en Ellos y Ellas (1955) o Eastwood y MacLaine en Dos mulas y una mujer (1970), recordadas así a bote pronto, la pareja formada por Ben Kingsley (tan reconocido que casi ni necesita el elogio merecidísimo de su actuación, en la que este crítico ha visto una lejana influencia del Peter Sellers de El guateque (1968), donde el actor inglés representa también a un indio, pero no sij) y  Patrica Clarkson (a ella ha de recordársela por su divertido papel en Si la cosa funciona (2009) de Woody Allen) alcanza una química interpretativa que consigue estupendos momentos a lo largo de toda la proyección, y no solo por el contraste cultural entre ambos, sino por la relación que se va estableciendo entre sus situaciones personales.  Es evidente que el argumento presenta unos giros cuya naturaleza sorpresiva (y motora, respecto de la acción) me impide decir nada, de modo que aquellos espectadores que tomen la buena decisión de pasar un rato estupendo han de fiarse del buen criterio de este crítico para catar este melón multiétnico sobre la vida y sobre el amor y, sobre todo, no tanto sobre el aprendizaje de conducir, sino sobre el aprendizaje de conducirse, porque lo que está en juego, al fin y al cabo, es cómo toma uno las riendas de su propia vida para que los demás no nos gobiernen a su antojo. Por suerte, el azar siempre aparece con el rostro del bien, y un aprendizaje básico de la vida es saber reconocerlo y entregarse a él sin reservas, con la imprescindible humildad que nos permita ponerlo de nuestro lado.

jueves, 16 de julio de 2015

Cine, cine, cine: “La mujer sin piano” de Javier Rebollo


                   


La mujer sin piano: Ad maiorem Machi gloriam: Una magnética película kaurismáquica de Javier Rebollo



Título original: La mujer sin piano
Año: 2009
Duración: 95 min.
País: España
Director:: Javier Rebollo
Guión: Javier Rebollo, Lola Mayo
Música: Varios
Fotografía: Santiago Racaj
Reparto: Carmen Machi, Jan Budar, Pep Ricart, Nadia de Santiago

         La maldición de un cinéfilo es no poder estar al día de cuanto se proyecta en las pantallas, no solo porque a veces ni siquiera llegan ciertas producciones a ellas, sino porque las limitaciones de una vida humana son una maldición atroz y restadora. La suerte de disponer, actualmente, de dos programas en la televisión pública en los que se atiende, en La 1,  a lo que suele tener efímera vida en las pantallas, tan colonizadas y, en La 2, a la revisión de la historia del cine español con un alegre desorden temporal y unas clasificaciones semanales dudosamente genéricas, pero muy bienintencionada y con una estupendísima selección de las obras fundamentales de nuestro cine, le ha permitido a este crítico en sazón ver una película superlativa que excede, con mucho, la calidad de las últimas propuestas de los directores jóvenes. Una mujer sin piano(2009) es una muestra de lo que los cinéfilos solemos denominar puro cine, esto es, una narración en la que el peso cae sobre las imágenes, no sobre los diálogos de un guion que a menudo convierten muchas películas en teatro filmado, antes que en cine hablado. Comencé a ver la película de Rebollo por puro azar, del mismo modo que la grabé por mera curiosidad. No tenía pensado sentarme a verla, pero a la que comenzaron a desfilar las imágenes por la pantalla, me sentí tan imantado por lo que veía que me costó aguardar al día siguiente –la primera cata la hice poco antes de haber decidido reunirme con Morfeo en tendido supino para arreglar ciertos insomnios pendientes– para acabar de sumergirme en lo que me pareció una humilde e impecable orgía cinematográfica, porque, frente a quienes se lo achacan, nada hay de pretencioso en la propuesta de Rebollo, ni tampoco advierte este crítico una impostura como las que se nos endilgan so pretexto de ultramodernidad en no pocas novedades.
 La historia de una mujer incapaz de remover de su apatía y asexualidad a su marido, a pesar no solo de la solicitud con que lo trata, acaso excesivamente maternal, sino también de su clamorosa disponibilidad erótica, deriva hacia una experiencia del azar vital  que lleva a la mujer a ensayar durante la noche la aventura de abandonar al inapetente de su marido o, en su defecto, la de vivir, bajo otra personalidad concienzudamente elaborada a través de la caracterización, ella trabaja como esteticista, un “romance” inesperado. Tal cosa, o lo que podríamos decir que más se le parece, es lo que sucede cuando la protagonista, con su maleta a cuestas, se adentra en la noche madrileña y se deja llevar por un discreto pero firme deseo de aventura. La influencia de Kaurismäki en la cinta va más allá de los abundantes silencios y del hieratismo de las representaciones, para advertirse en el modo de rodar, en el uso de los planos sin perspectiva, en la cuidadísima puesta en escena y en la voluntad casi geométrica de disponer cosas y personas en el plano. Resulta sospechoso lo bella que puede llegar a ser una ciudad como Madrid a ciertas horas de la noche cuando la atraviesan personajes como Rosa y el trabajador polaco, Radek, en impresionante actuación de Jan Budar, un personaje que se define de un modo aún más simple que pudiera hacerlo Rosa: “Me gusta arreglar cosas”. Ese es el señuelo al que se agarra Rosa en su noche errática, entre la piedad y el deseo, para reescribir el fracaso de su vida y convertirlo en… lo que, finalmente, no puede llegar a ser, cuando descubre que su “manitas” es secuestrado por compatriotas mafiosos, quienes lo pescan poco antes de que él y Rosa se suban a un tren que puede llevarlos no a un destino, sino a su destino, cualquiera que fuese. La desolación de Rosa y la resignación inmediata con que ha de volver a su casa, recuperar su aspecto habitual y sumergirse en el tedio cotidiano sólo podría expresarlo una actriz de mucho peso, propiamente lo que llamamos un animal escénico, y eso es lo que consigue Carmen Machi en esta película.

A pesar del tono dramático que pueda advertirse en esta descripción de soledades compartidas, deudora en buena medida del cine de Jaime Rosales, hay un sutil sentido del humor que atraviesa toda la película y que nos reconforta, nos alivia. El hambre atrasada del polaco y la defensa del trabajo “especializado” que supone el uso del láser para la depilación constituyen momentos casi hilarantes en la película. Es particularmente llamativa la escena en la que sale de la estación para fumar en la calle y se encuentra al lado de una prostituta que recela de la competencia. Cuando se para un coche y la prostituta se acerca, el cliente le sugiere un trío con las dos, para desconcierto de quien escoge la vía polaca frente a la reedición cutre de Belle de Jour… Y el espectador no sale perdiendo, en efecto.  Es cierto que sorprenderá a algunos espectadores el que la película esté más cerca del cine mudo que del cine hablado, pero la elocuencia de los encuadres y de las imágenes es de tal naturaleza que en modo alguno puede echarse en falta el otro discurso, el oral, cuando el de las imágenes es tan parlanchín. Se trata, en definitiva, de una película idónea para cinéfilos, pero muy adecuada para quienes haya desarrollado la sensibilidad y la empatía que nos permite vivir en la piel de los demás historias tan anodinas, pero tan atroces como la de Rosa y Radek.

martes, 7 de julio de 2015

“Lejos del mundanal ruido” o cómo cegarse al escoger marido. Vinterberg vs. Schlesinger


                                                   

Lejos del mundanal ruido o La perfecta ambientación de unas folletinescas pasiones desbravadas…

Título original: Far from the Madding Crowd
Año: 2015
Duración: 119 min.
País: Reino Unido
Director: Thomas Vinterberg
Guión: David Nicholls (Novela: Thomas Hardy)
Música: Craig Armstrong
Fotografía: Charlotte Bruus Christensen
Reparto: Carey Mulligan, Matthias Schoenaerts, Michael Sheen, Tom Sturridge, Juno Temple, Jessica Barden, Hilton McRae, Richard Dixon, Bradley Hall, Jamie Lee-Hill, Eloise Oliver, John Neville, David Golt, Lilian Price, Michael Jan Dixon

        Suele defenderse, en aras de la destensada convivencia social, que las comparaciones son odiosas, pero en el arte no solo no es cierto el imperativo socializante, sino que a veces se convierte en una suerte de imperativo categórico para poder establecer un juicio o darle al espectador argumentos con cierta solvencia; de hecho, en el ámbito de la literatura hay una especialidad que se llama Literatura comparada, no lo olvidemos. En el cine lo que hay son las llamadas “versiones”. Del mismo modo que la originalidad prima en la literatura, al menos desde el Romanticismo; en la historia del cine es práctica habitual que los directores lleven a la pantalla obras llevadas con anterioridad y a veces con notable éxito. El lado comercial de estas versiones serían las adaptaciones americanas de los éxitos europeos. Pero no deja de sorprender que habiendo sido llevada al cine la novela de Hardy, Lejos del mundanal ruido(1967), por un director tan prestigioso como John Schlesinger y actores tan prestigiosos como Alan Bates, John Finch, Julie Christie y Terence Stamp, el director danés Thomas Vinterberg, creador, con Lars von Trier y otros del movimiento fílmico Dogma, se haya empeñado en reeditar aquella aventura que en su momento no tuvo el éxito popular esperado, e incluso podríamos hablar de fracaso, si bien revisada ahora, con motivo de la presente versión, la verdad es que no hay color entre la adaptación apasionada de Schlesinger, creador de imágenes memorables, y esta suerte de faena de aliño que ha hecho el otrora cineasta provocador que fue Vinterberg, cuya obra La celebración (1998) es, sin embargo, una excelente película de visión obligada. Incluso me atrevería a decir que Vinterberg no ha logrado “distanciarse” del original de Schlesinger, al que parece seguir con entusiasmo, como si la película le hubiera gustado tanto que, en vez de plantear una adaptación libre de Hardy, quisiera ceñirse a la obra del director británico.
         La oba de Vinterberg parece empeñada en sortear la veta melodramática, folletinesca, propia de la obra literaria y si bien se inicia la película haciendo la apología de la mujer fuerte e independiente, segura de sí misma y digna competidora de los hombres en una sociedad tan machista como la del siglo XIX, no tardará la fragilidad romántica de la protagonista en descomponer aquella imagen. De hecho la historia de Lejos del mundanal ruido es la del fracaso sentimental de una mujer altiva y orgullosa que, por esa falsa seguridad y por su inexperiencia absoluta en el terreno amoroso, escoge como marido el peor partido posible. Desprecia, de buen comienzo, la propuesta matrimonial de un pastor que la ama más allá de toda medida y que, por esos azares folletinescos, acabará convirtiéndose en el capataz/mano derecha de la protagonista cuando ésta hereda una granja de su tío;  y desprecia, así mismo, la propuesta de su nuevo vecino, un terrateniente soltero que siempre se ha cuidado de ceder a las interesadas pretensiones de sus vecinas, y por quien ella no siente la más mínima pasión, aunque, en el devenir de la historia puede convertirse en un excelente partido que la saque de los atolladeros económicos en que cae por la afición al juego y a las diversiones de su flamante marido. La historia de la protagonista, Batsheba Everden, tiene, así pues, una actualidad sorprendente, porque quizás sea un mal de ayer, de hoy y de siempre la insistencia de tantísimas mujeres en cegarse, curiosamente, ante la belleza y ciertos encantos masculinos y no intuir cómo caen en manos de sus peores enemigos, quienes les darán la peor posible de las vidas, que es lo que le ocurre a la protagonista. Lo llamativo del asunto es, por supuesto, el contraste entre la mujer “fuerte e independiente” y la extrema fragilidad sentimental que tantos sinsabores le depara. La protagonista, Carey Mulligan, reputadísima intérprete de An education (2009) de Lone Scherfig, compone excepcionalmente bien su personaje, porque sabe mantener a lo largo de toda la película una curiosa mezcla de ironía, seducción y determinación que vuelve inteligibles ciertas decisiones totalmente incomprensibles para los espectadores. No ocurre, sin embargo, lo mismo con sus tres pretendientes, demasiado rígidos en sus caracterizaciones, excepto el militar que se casa con ella, y descubre, horrorizado, más tarde, el malentendido que le privó de casarse con su verdadero amor, me refiero a Tom Sturridge, quien protagonizó Radio encubierta(2009) de Richard Curtis, una deliciosa película que hará las delicias de todos los amantes del rock and roll, y que es el único en dar un giro de 180º a su personaje para descubrirnos el abismo de una pasión sometida al maleficio del azar. En el cine es fácil advertir la facilidad con que Bathseba se precipita en el error; pero, a juzgar por las campañas televisivas que buscan prevenir a la juventud de caer en esos errores, no debe de ser, en la vida real, tan fácil evitar caer en él; de ahí que el tema resulte, a poco menos de dos siglos de distancia, tan actual. La educación erótico-sentimental ha formado parte, desde siempre, de la “función” social que ha desempeñado la literatura, y autores como Ovidio pagaron incluso con el destierro por pasarse de la raya, y otros como Longo, desde que fueron descubiertos a finales del XIX, consiguieron pronto el favor de muchos lectores y lectoras ansiosos por abrirse a ese mágico mundo de las relaciones amorosas. En conclusión, la película se deja ver, pero rara vez conmueve, y, bien entendida, puede ser de no poca utilidad para hacer trizas el velo de maya a través del cual observan la realidad amorosa, no tanto una veladura, en realidad, cuanto una distorsión de la que, muy a menudo, no se puede escapar sin serio daño para la integridad física y la psicológica.

lunes, 15 de junio de 2015

Entre la identidad y la traición: Phoenix, de Christian Petzold




                                 


Phoenix: Una hija menor, pero aplicada, de Vértigo



Título original: Phoenix
Año: 2014
Duración: 98 min.
País: Alemania
Director: Christian Petzold
Guión: Christian Petzold, Harun Farocki (Novela: Hubert Monteilhet)
Música: Stefan Will
Fotografía: Hans Fromm
Reparto: Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Uwe Preuss, Nina Kunzendorf, Michael Maertens, Uwe Preuss, Imogen Kogge, Eva Bay, Kirsten Block, Megan Gay, Valerie Koch

            Basada en la novela Le Retour des cendres (Regreso de las cenizas, 1983. Plaza y Janés), del escritor francés Hubert Monteilhet, el director Christian Petzold, cuyo anterior film Barbara (2012), que no vi, le granjeó un prestigio que ahora, con Phoenix, revalida plenamente, nos entrega una película de factura sencilla, con una trama muy centrada en la historia de la protagonista; hilo argumental al que se ciñe férreamente, huyendo de adentrarse, con ramificaciones que hubieran sido tan legítimas como interesantes, en el rico contexto del genocidio judío cometido por los nazis o en la esbozada pero no desarrollada hasta sus últimas consecuencias historia de amor lésbico entre la protagonista y su rescatadora, una activista de la Agencia Judía. La historia es sencilla y apasionante. La protagonista, Nelly, una cantante, hija de familia adinerada, vuelve con la cara destrozada por un disparo del campo de concentración de donde ha sido liberada y se pone en manos de un eminente cirujano plástico que tratará de recomponerle el rostro a partir de una fotografía. Una vez realizada la operación, y superado el choque de la aceptación de quien ahora es en relación con quien fue, la protagonista no tiene otro objetivo en la vida que intentar hallar a su marido, Johnny, un pianista con quien trabajó, hasta ser detenida, en la sala de fiestas Phoenix, adonde va a buscarlo. La amiga intenta disuadirla de tal búsqueda y le sugiere que tal vez su marido tuviera algo que ver en la delación y posterior arresto para, después, ser confinada en un campo de concentración, del que ahora, transfigurada, regresa para reunirse con él. De alguna manera, y al margen del “eco” de Vértigo confesado por el director, quien descubrió su vocación en la lectura del libro de Truffaut sobre Hithcock, esta película no excesivamente ambiciosa, pero magníficamente ceñida al drama de la confusión de identidades, pudiera verse como el reverso de aquella otra, Dos vidas (2014), de George Maas, ya criticada elogiosamente en esta sección. El planteamiento de Phoenix, un título simbólico con el que se ha querido evitar el título original de la novela, sustituyéndolo con toda propiedad, no puede dejar indiferente a ningún espectador sensible a películas como Niebla en el pasado (1942) de Mervyn LeRoy o Memento (2000) de Christopher Nolan, es decir, esos thrillers psicológicos en los que se juega con la memoria, con la confusión de identidades y con situaciones que bordean la inverosimilitud sin caer en ella y entregando, con nitidez, el drama auténtico de la anagnórisis clásica.
         El momento en que la protagonista se muestra ante su marido y lo llama por su nombre a una cierta distancia, sin que éste sea capaz de reconocerla, es el dramático punto de partida de una trama perversa. Cuando la protagonista vuelve otro día a la sala de fiestas Phoenix, donde su marido trabaja como peón, no como pianista, y éste repara en ella, queda impresionado por el enorme parecido que tiene con su mujer. A partir de ese falso reconocimiento, el marido lleva a la extraña a su humilde alojamiento, un sótano, y le propone a Nelly participar en un plan diabólico: entrenarse para hacerse pasar por su esposa fallecida y poder reclamar sus bienes, puesto que, al haber perecido en los campos de concentración todos sus familiares, ella sería la heredera universal, y repartírselos. Para ello, ha de recluirse en la vivienda, porque no puede exponerse a ser vista por nadie que pueda dar fe de la superchería, ha de entrenarse en el ejercicio de representación de la personalidad de la difunta y, finalmente, pasar la exigente prueba del reconocimiento de los familiares del marido que le sirva como coartada para proclamar su identidad. Es evidente que le voy a dejar al lector de esta crítica con un palmo de narices, porque, al tratarse de un thriller psicológico, no es de recibo que el crítico arruine el desenlace, y no lo haré. Sí que quiero comunicar la enorme emoción con que se sigue la peripecia de la protagonista, y cómo el debate entre regresar con un marido que, según insinúa la amiga, la delató y la necesidad de ser reconocida por él y aspirar a recibir de nuevo el amor perdido va creando un clímax que se resolverá de la más poética de las formas. Todo funciona como un engranaje muy engrasado y el espectador sale satisfecho del desenlace, cosa realmente inusual en la mayoría de las historias, como reconoció Eduardo Mendoza en la divertida El laberinto de las aceitunas, creo recordar… Eso, sin embargo, sí que no aparece en la película en ningún momento: el humor, porque el contexto lo impide y porque cuando la protagonista tiene la tentación pasajera de deslizarse por él, enseguida el marido, ansioso por conseguir su objetivo y archiconvencido de estar ante una extraña a quien prohíbe que lo llame por su apodo, Johnny, exigiéndola que lo llame Johannes, se ciega ante cualquier atisbo de sospecha congruente, a pesar de las pruebas en contrario que le brinda la “extraña”. Con todo, algún momento de relajación cordial se produce cuando Nelly ha de intentar parecerse a sí misma, esforzarse por ser ella misma, suplantarse…, un juego que no puede compartir con su marido.
         Se trata, pues, de una película muy centrada en una línea argumental muy bien definida y en la que la puesta en escena del Berlín postbélico está muy conseguida, así como las excelentes interpretaciones de cuantos intervienen en la película, sobretodo de la pareja protagonista que lleva el peso de la historia, pero muy destacadamente de Nina Hoss, actriz fetiche del director. El ritmo se ajusta a la perfección a la evolución de unos acontecimientos que desembocan en un clímax final conseguidísimo. Mucho me extrañaría que algún espectador saliera desilusionado de la sala. No se trata de una película sobresaliente, de aquellas que se graban en la memoria del espectador indeleblemente, pero sí de una historia excelentemente contada, original y con unas interpretaciones muy destacadas.

lunes, 8 de junio de 2015

Sorprendente "Hermanas", cronenbergianamente inseparables, de Brian de Palma.


                               


Hermanas, de Brian de Palma: La teratología en el cine de suspense


Título original: Sisters
Año: 1973
Duración: 93 min.
País:  Estados Unidos
Director: Brian De Palma
Guión: Brian De Palma, Louisa Rose (Historia: Brian De Palma)
Música: Bernard Herrmann
Fotografía: Gregory Sandor
Reparto: Margot Kidder, Jennifer Salt, Charles Durning, William Finley, Lisle Wilson, Barnard Hughes, Mary Davenport, Dolph Sweet


            Como me ocurre con las novelas que se ponen de moda, que suelo leerlas al cabo de unos diez años, pasada la efervescencia del esnobismo reverencial, descubrir películas no vistas en su momento, y hacerlo a más de 40 años de su estreno, le deparan a este peliculero sorpresas harto gratas. Si para remate del visionado se mete uno a leer las críticas de Film Affinity y descubre lo que les cuesta a tantos cinéfilos dar su mano a torcer para declarar la maestría de una película –no que sea una obra maestra, algo muy diferente–, se entenderá el entusiasmo con que me sumerjo hoy en esta defensa de la película de Brian de Palma, la cuarta de su carrera y la primera de gran éxito, lo que le permitió rodar, después, dos bombazos: El fantasma del paraíso (1974) con una música excepcional de Paul Williams, quien participa también como actor en el film y la archifamosa Carrie (1976).

         Hermanas (Siamesas mortales en Sudamérica, un título más explícito de lo que verán los espectadores) es una película cronenbergiana pura y dura, por más que las inevitable referencias a Hitchcock como influencia omnipresente en De Palma sean de obligada consignación, más aún en este caso en que incluso trabajó con una extraordinaria banda sonora de Bernard Herrmann que multiplica la presencia nada disfrazada de Psicosis (1960) entre las influencias “sufridas” por De Palma, si bien La ventana indiscreta (1954)tiene un papel más importante en el desarrollo de la trama, con alguna secuencia incluso calcada [Por cierto, no hace ni tres días que en otro de estos descubrimientos de segunda visión, Lee mis labios (2002), de Jacques Audiard, con una magnífica pareja protagonista Emmanuelle Devos y Vincent Cassel, era determinante, también, el recuerdo de La ventana indiscreta]. La referencia al director canadiense, apenas 3 años más joven que De Palma, viene forzada por el estudio teratológico que constituye la película, y que Croneneberg ensayara magistralmente en Inseparables (1988), algo que le hubiera sido muy difícil de concebir sin esta película de De Palma: dos hermanas siamesas a las que separan de mayores, lo que acentuará las personalidades en principio radicalmente opuestas de ambas: podemos simplificar con el viejo maniqueísmo e incluso aludir a la novela de Stevenson, pero la complicación de la trama, con la excelente participación inquietante en todo momento del protagonista de El fantasma del paraíso, William Finley, deriva la película, más allá del thriller, al mundo de la perturbación mental captado en unas imágenes en blanco y negro a las que considero, sin cortatme un pelo para ello, de estirpe felliniana. Viendo esas imágenes me vinieron a la memoria otras, no menos poderosas, las de Monos como Becky (1999), de Joaquím Jordà, sobre el inventor de la lobotomía, el psiquiatra portugués Egas Moniz, controvertido Premio Nobel. Brian de Palma consigue crear una sensación onírica que se apoya poderosamente en la caracterización del director de la clínica donde estaba internada la hermana agresiva de la protagonista y donde ésta, trasmutada en la hermana agresiva fallecida, y desdoblando la personalidad, acaba asesinando al doctor, que había sido su marido. Antes de llegar a ese desenlace parcial, porque la historia del doctor con las hermanas es solo una parte (morbosa) de la trama, el inicio de la película, con todo el aroma de las películas de serie B que tanto caracterizan también los primeros trabajos de Cronenberg, nos muestra el encuentro de dos personajes en un programa concurso de televisión titulado ¡nada menos que Peeping Tom…!, y la deriva trágica que acaba teniendo dicha relación. Una joven vecina indiscreta, periodista de un diario local, logra ver los desesperados intentos del galán asesinado por pedir auxilio desde la ventana y, a partir de ahí, se inicia propiamente la investigación, pues la policía, a la que avisa inmediatamente, descarta cualquier intervención tras haberse hecho cargo el doctor de dejar como una patena el apartamento donde han ocurrido los sangrientos hechos. Que nadie espere un guion redondo en el que se resuelvan los cabos sueltos que va dejando una trama tan compleja, porque no lo hallará. De hecho, merced a la técnica de la hipnosis, el doctor consigue neutralizar el impulso investigador de la joven periodista, lo que nos dejará, literalmente colgados, al final, en una situación que, lejos de rozar el esperpento o el disparate, se revela fiel reflejo de la más estricta realidad, para decepción de no pocos y para aplauso de otros, entre quienes me cuento. Pocas veces un final me había parecido tan espectacular, imaginativo y redondo. Es obvio que me limita en el ejercicio de la crítica para no arruinar el visionado de quienes se atrevan con esta Hermanas que recomiendo vivamente. El uso, que luego devino casi marca personal de la casa, de la pantalla partida, más una puesta en escena impecable, unido a una práctica del encuadre que potencia la banda sonora de Herrman, convierten a Hermanas en una suerte de película hipnótica, porque desde la aparición, como espectador, del marido en el programa de televisión, el espectador asiste sobrecogido, aun teniendo en cuenta la previsibilidad de alguna escena, como la del pastel de cumpleaños, a un ritmo cinematográfico que no decae en ningún momento y cuyo final insisto en considerar como una joya, muy al estilo, en este caso, de David Lynch.

lunes, 1 de junio de 2015

El cine denuncia: La sanidad a examen en Hipócrates.




                                                           


Hipòcrates o la destrucció de la sanitat pública.


Título original: Hippocrate 
Año: 2014
Duración: 102 min.
País: Francia
Director: Thomas Lilti
Guión: Pierre Chosson, Baya Kasmi, Julien Lilti, Thomas Lilti
Música: Jérôme Bensoussan, Nicolas Weil
Fotografía: Nicolas Gaurin
Reparto: Vincent Lacoste, Reda Kateb, Félix Moati, Jacques Gamblin, Marianne Denicourt, Carole Franck, Philippe Rebbot

A Alfons Quintà en agraïment pels seus indesmaiables esforços en pro de la sanitat pública i la denúncia de la conxorxa privatitzadora del Gens Honorable President Mas i Gavarró.


                     Som davant d’una pel·lícula que, més enllà dels seus valors fílmics, hem d’apreciar per la seva ferma voluntat de denúncia d’una realitat que està succeint davant els nostres ulls sense que acabem de copsar-ne veritablement els seus efectes perversos i poc menys que irreparables i deleteris per la continuïtat d’allò que entenem com a “estat del benestar”, un concepte que a cada legislatura que passa va perdent realitat a cabassos.  La pel·lícula és modesta en els seus plantejaments, però molt honesta i, sobretot, molt efectiva pel que fa als seus objectius: contar una història que permeti a l’espectador fer-se’n una idea acurada d’allò que ha esdevingut la sanitat pública en mans d’uns polítics ineptes i facilitadors dels negocis privats per sobre de la salut de les persones. El més penós de tot és que a la nostra Arcàdia feliç del procés secessionista a cap cineasta ni se li hagi passat pel cap el fer una pel·lícula com aquesta la visió de la qual sembla obligada per conèixer, en colpidores imatges, tot allò que pacientment i amb un rigor documental increïble en el periodisme d’avui dia, ens ha anat oferint en aquestes pàgines de Crònica Global, Alfons Quintà, sense que, dissortadament, hagi acabat de fer-lo, perquè la dimensió de l’espoli d’allò que és públic, és a dir, de tots, que està perpetrant el govern de la Particularitat, amb l’ajut inestimable d’Esquerra Republicana de Catalunya, és esfereïdor.
         Cinematogràficament és prou aclaridor el començament de la pel·lícula, quan el metge recent llicenciat arriba a l’hospital on el seu pare és cap d’un servei, per fer el MIR, i el seguim pels inhòspits soterranis de l’edifici camí d’on li donaran l’armadura, ple de taques “netes”..., amb la qual es revestirà de cavaller defensor de la salut pública que haurà de dur a terme la seva missió confortadora i reparadora als pisos superiors. La pel·lícula no és complaent amb l’estament mèdic, del qual mostra amb feridora claredat els seus trets endogàmics, i menys encara amb els poders públics que desatenen el servei en ares de la “productivitat” i l’eficàcia –ells li diuen “racionalitat” dels serveis, tot i que n’hi hagi poca, de raó, i sí molts interessos crematístics pel mig–. No sobta, trobar a la pel·lícula un retrat àcid de la institució del metges interns residents i de com, tot posant-hi l’accent en la seva jovenesa, de vegades ens sembla que som més aviat a la irreverent M.A.S.H, de inoblidable record, que a la suposada seriositat formativa del segle XXI. En qualsevol cas, hi contribueix, aquesta visió d’uns joves que fumen i beuen com a cosacs per a suportar la enorme tensió de la professió, a oferir un relat gens heroic d’una professió fonamental a les nostres vides (i sobretot quan ja som a prop de la nostra mort..., aquell moment tens en què xoquen massa sonorament la pietat i la “racionalitat de què n’hem parlat). La deshumanització sempre hi és, sigui com a recurs defensiu, sigui com a imposició del sistema.
         Centrar la trama en la feina i el tarannà de dos interns, un l’endollat, i l’altre un metge madur que necessita convalidar el seu títol per a exercir a França i poder reunificar la seva família, d’origen algerià, que esdevé el buc expiatori d’unes responsabilitats que no són pas les seves, li dóna a la pel·lícula un esquelet fort que intensifica el realisme de la trama i no perd mai de vista la complexitat de les relacions humanes davant casos extrems com els que hi apareixen. És ben curiosa, per exemple, i gens anecdòtica, la picada d’ullet a l’espectador crític que significa el que els infermers segueixen, embadalits, durant les guàrdies, els capítols de la sèrie televisiva House... En termes generals, la contraposició dels interns protagonistes com a models ètics diferents no es presenta com a un maniqueisme a l’estil de les nostres joves esquerres municipals, sinó que es desenvolupa al llarg de la trama com a una mostra de las veritable dimensió humana dels personatges, amb llums i ombres, amb dubtes i certeses, amb heroïcitats discretes i amb lamentables egoismes.
         En sortit del cinema, l’espectador probablement no recordarà pas cap enquadrament de la càmera ni aquesta o aquella il·luminació o cap subratllat musical o colpidora escena individual o coral, tot i que la reunió dels interns amb la Direcció està filmada amb un nervi i una veritat que gairebé podríem associar la pel·lícula amb el gènere documental; però sortirà amb la satisfacció d’haver vist allò que els naturalistes anomenaven “une tranche de vie”, un dels molt difícils que ens ha tocat viure en aquesta època de retallades que enfonsen fins a la penúria i la injustícia un sistema, com el sanitari, del qual fins fa ben poc en podíem estar ben orgullosos. Hom coneix els culpables.