domingo, 16 de septiembre de 2018

"¿Ángel o Diablo?" y "La luna es azul", de Otto Preminger: las dos caras de un solo genio verdadero…



Apología del sombrero como creador de atmósfera y una película rohmerizada Avant la parole… Dos calas en una carrera, como la de Preminger,  llena de sorpresas genéricas…

Título original: Fallen Angel
Año: 1945
Duración: 97 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Otto Preminger
Guion: Harry Kleiner (Novela: Marty Holland)
Música: David Raksin
Fotografía: Joseph LaShelle (B&W)
Reparto: Dana Andrews,  Alice Faye,  Linda Darnell,  Charles Bickford,  Anne Revere, Bruce Cabot,  John Carradine, Percy Kilbride.

Título original: The Moon Is Blue
Año; 1953
Duración: 99 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Otto Preminger
Guion: F. Hugh Herbert
Música: Herschel Burke Gilbert
Fotografía: Ernest Laszlo (B&W)
Reparto: William Holden,  David Niven,  Maggie McNamara,  Tom Tully,  Dawn Addams, Fortunio Bonanova,  Gregory Ratoff.

Rodada un año después de Laura, con el mismo protagonista, Dana Andrews, está claro que Preminger no consiguió repetir el mismo éxito, pero Fallen Angel -el título en español, ¿Ángel o diablo?, es, como sucede casi siempre deleznable- es una película con personalidad propia, llena de poderío visual y con una trama muy consistente, tanto desde el punto de vista de la historia del “perdedor”, ese ángel caído que llega a una ciudad perdida entre Los Ángeles y San Francisco con un dólar en el bolsillo, lo que le impide pagar el billete para lo que queda de trayecto hasta San Francisco, y ha de mirar como ejercitarse en el arte de la supervivencia, como desde el de la trama criminal en que se ve envuelto como principal sospechoso. Por el medio hay un tórrido romance con la camarera de un bar y un intento de seducción de una solterona del lugar para quedarse con su fortuna, 25.000 dólares. La película se centra en el protagonista y su doble intento: sobrevivir y seducir a la camarera del café, adonde entra una noche sin saber que se va a convertir en el centro vital de su destino. Linda Darnell es la mujer fatal que, con el beneplácito de Preminger, supongo que encantado con el magnetismo sexual y corrosivo que emanaba la actriz, acabó desplazando a la protagonista inicial, Alice Faye, una de las dos hermanas solteronas, quien, con todo, realiza un trabajo impecable. También colaboro en ese desplazamiento de la actriz principal, el hecho de que Darnell era, en esos momentos, la pareja del productor Darryl Zanuck, claro…La hermana de esta, Anne Revere, proscrita de las pantallas por el McCarthysmo, y nominada al Oscar por Gentleman’s agreement, de Elia Kazan, una película combativa contra el antisemitismo usamericano, acaba de redondear un reparto en el que la presencia de Charles Bickford y Percy Kilbride añaden una solvencia casi estelar. John Carradine, que tiene un breve papel como médium, despliega el archirreconocido encanto de su presencia y su saber estar, la naturalidad en persona. Hay, y así lo señalo en el título, un elemento de la puesta en escena que me ha dejado boquiabierto: el uso del sombrero, sobre todo en el protagonista y en quien acaba siendo su rival, un policía que ahora ejerce de juez en el pueblo adonde llega el primero, Walton.
Está claro que hay un sombrero inexcusable en el cine negro de los 40 y 50, pero jamás, hasta la presente, lo había visto utilizado como un potenciador inequívoco de una atmósfera, dada la presencia dominante en el plano que tiene y su capacidad para mostrar u ocultar a sus portadores, además de los juegos de claroscuro tan sugestivos que consigue el director de fotografía Joseph LaShelle, quien poco antes había ganado el Oscar con Laura, también de Preminger. Si la poderosa imagen en blanco y negro de Laura dotó a la película de un sello de calidad indiscutible, el mismo se aprecia en Fallen Angel, ni más ni menos, e incluso diría que en esta, hay escenas tan conseguidas como en la oscarizada, sobre todo en el bar que es eje neurálgico de la acción, y en dos escenas de playa, ambas de seducción, con muy distinto desenlace. Mientras en el primero, en la seducción de la camarera, ella repite, entregada, el I like the way you talk, mientras el protagonista quiere hacerla creer que sus contactos con el mundo del show business pueden convertirla a ella en una estrella, en la segunda ocasión, cuando asalta la virtud de la solterona con la misma estrategia -ella es pianista y le promete poco menos que actuar con la Filarmónica de San Francisco-, en el mismo escenario de playa, la inocente solterona, no menos entregada a la voz aterciopelada y seductora de su conquistador… ¡se queda dormida! Aunque estemos en una trama de autentico cine negro, la narración no pierde de vista que seguimos los intentos de un pícaro moderno por sobrevivir sobre el alambre de la incertidumbre y el temor al fracaso total. Un ser que viene “de ninguna parte” y que no va “a parte alguna” se nos revela como un hilo conductor apasionante en los márgenes de una sociedad en la que la coprotagonista, Stella, una vampiresa que le para los pies al nobody para excitarlo aún más y arrastrarlo por una senda, la de la seducción de la rica solterona, que se complicará peligrosamente cuando la camarera aparezca asesinada en su casa, donde ha sido visitada por Eric (Dana Andrews), pero también por otros acompañantes de quienes ella consigue valiosos regalos a cambio de sus favores. La trama avanza inexorablemente hacia el desastre del protagonista, pero el giro que da la trama cuando advierte que la hermosa solterona se ha enamorado de él, consigue acercarnos a una posibilidad de redención insospechada hasta entonces. Cumplido el trámite de casarse con ella para desvalijarla, la potente historia de amor de quien ve en ese pícaro la única posibilidad de “rehacer” su vida más allá de la opresiva soltería que comparte con su hermana mayor se sustancia en unas escenas espectaculares en la habitación del hotel en San Francisco adonde han ido para hacerse él, con el consentimiento de ella, con los 25.000 dólares y escapar de su posible implicación en el asesinato de Stella. Ignoro por qué Fallen Angel no tiene el mismo crédito que Laura, porque comparten una estética y una narrativa muy homogéneas, y, más allá de los hallazgos de la multipremiada, esta, acaso menos enrevesada psicológicamente, tiene una densidad dramática perfectamente dosificada a lo largo de la trama. Es urgente revisitarla y saborear esos detalles de atmósfera que le obligan a uno a cubrirse, en vez de a descubrirse, ante su genialidad, con el Fedora de Borsalino cuya loa se hace en esta película. Ah, un detalle de guion que da una idea de la finura de la película: a lo largo de ella, suena en la gramola del bar, Pop’s, una canción que apasiona a la camarera, cuando el asesino es detenido, al salir esposado del bar, coge una moneda con la mano libre y la introduce en la ranura para seleccionar dicho tema: Slowly, de David Raksin, el autor del tema central de Laura.
Por su parte, La luna es azul, es una película quiero imaginar que tan completamente desconocida para los seguidores de Preminger como lo era para mí hasta verla en Filmin, cuya selección de clásicos invita, ciertamente, a suscribirse durante unos meses. Se trata de una comedia romántica con un toque “perverso” que resulta inapreciable en 2018, pero no en 1953 con un código Hays que impedía usar la palabra “virgen” referida a una mujer, así como expresiones vulgares de todo tipo. La luna es azul, sin embargo, gira en torno a un caso de seducción de una joven por un arquitecto cansado de sus relaciones con una suerte de vampiresa, hija de un vecino donjuanesco cuya supuesta “depravación” moral parece haber heredado la hija. Vista hoy, claro está, la película tiene un valor de transgresión nulo, pero, tratándose de una película de Preminger tiene los suficientes alicientes como para verla con agrado e incluso con profunda satisfacción, porque hay ciertos elementos que sorprenden. En primer lugar, la elección de la actriz, Maggie McNamara, una preencarnación de Audrey Hepburm en Desayuno con diamantes, quien fue nominada al Oscar, que no ganó. Su interpretación admite ese peligroso adjetivo que es “deliciosa”, excepto cuando encontramos una manera de estar en pantalla, de sonreír y de hablar que encajan perfectamente en el alcance conceptual de dicho adjetivo. A su lado, un actor como William Holden, parece un pelele inexpresivo y ridículo, aunque le dé la réplica con sobrada eficacia. Otra cosa es la aparición de David Niven como padre/crápula, un seductor otoñal sin escrúpulos cuya intervención vodevilesca en la película consigue subir muchos enteros el interés dela misma. Que una joven, cuyo padre es policía, acepte una invitación al apartamento de un bachelor, dispuesta a seguir manteniendo su virginidad, de la que está orgullosa, aunque no juzgue negativamente a las jóvenes que decidan libremente hacer lo contrario era, en aquellos tiempos del código Hays, una provocación lo suficientemente importante como para que pudiera hablarse de película “escandalosa”, como lo fue la obra de teatro en la que se basa y cuya estructura se acusa demasiado en el desarrollo del guion, todo interiores, excepto la subida al mirador del Empire State Building, que es donde ocurre toda la acción y en cuyos bajos comerciales se encuentran y se sienten atraídos el uno por el otro, los protagonistas. La joven tiene una particularidad que señalo en el título: no deja de hablar, infatigablemente, a lo largo de los 99 minutos de la película, anticipando una particularidad del cine de Rohmer que, al menos a mí, siempre me ha parecido fascinante, sobre todo en esa joya parlanchina que es El árbol, el alcalde y la mediateca. Hace poco, una tuitera colgó un chiste que le había enviado su marido por el guásap: -Cariño, cuando hablas me recuerdas una ciudad de Norteamérica. -¿Los Ángeles? -No, Kansas. La película, por esos derroteros de la persecución de la virtud va engarzando situaciones propias del vodevil que, y no sé si será por la presencia d Niven, nos hace recordar las obras de Oscar Wilde, por los diálogos breves e ingeniosos, pero constantes. Como buena comedia romántica en clave de comedia, la película tiene un final feliz, con lo que nada le chafo a nadie, porque es todo tan previsible que bien podríamos hablar de una película que ya hemos visto mil veces antes de verla, aunque la gracia con que Preminger sabe tratar a sus personajes y el espectacular dominio de las secuencias que exhibe la protagonista, Maggie McNamara, nos arrastran en un estado de fervorosa complacencia con lo que vemos. La actriz, sin embargo, tuvo una carrera corta y, cuando dejaron de llamarla, hubo de emplearse de mecanógrafa. Murió, a los 41 años de una sobredosis de tranquilizantes. Una biografía que no se ajusta a la del “juguete roto”, pero que aun así impresiona lo suyo.


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