lunes, 17 de septiembre de 2018

“Odio entre hermanos”, de Joseph L. Mankiewicz, el maestro.



Un drama de pura estirpe chespiriana y una historia de amor de cine negro total: Odio entre hermanos o la huella de las pasiones, loables y vituperables.


Título original:  House of Strangers
Año: 1949
Duración: 101 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Joseph L. Mankiewicz
Guion: Philip Yordan (Novela: Jerome Weidman)
Música: Daniele Amfitheatrof
Fotografía: Milton Krasner (B&W)
Reparto: Edward G. Robinson,  Susan Hayward,  Richard Conte,  Luther Adler,  Paul Valentine, Efrem Zimbalist Jr.,  Debra Paget,  Hope Emerson,  Esther Minciotti,  Diana Douglas, Tito Vuolo.

Con un arranque lleno de clasicismo, que nos lleva desde el presente hasta un flash back cuyo pasado se naturaliza al subir la escalera de la vieja casa familiar donde resucita la inconfundible y autoritaria voz del patriarca de la familia, Gino Monetti, uno de los mejores papeles entre los muchísimos archiexcelentes que hizo Edward G. Robinson, sabe el espectador que está ante una obra que no lo va a dejar indiferente. La tensa y electrizante conversación previa a esa escena entre dos antiguos amantes, una pareja explosiva, Richard Conte y Susan Hayward, contribuye a perfilar la aventura moral en la que van a sumergirse los protagonistas y sobre cuyo desenlace se nos va a tener en ascuas hasta que volvemos del flash-back a la realidad y se consuma ante nuestros ojos una solución compleja y en cierto modo sorprendente. Gino Monetti es un inmigrante que, a fuerza de trabajo y ahorros, se ha establecido como banquero que desprecia los procedimientos burocráticos habituales y presta, sin otras garantías que la buena palabra de sus clientes, a los vecinos del barrio. Inspeccionado por las autoridades, le es clausurado el negocio que, a partir de entonces, pasará a los tres hijos que tenía empleados en él y a quienes trataba con desdén y adjudicándoles sueldos de miseria, mientras que todas sus complacencias se centran en el segundo hijo de los cuatro que tiene el matrimonio, el hijo “espabilado”, abogado que ha resuelto hasta el presente todos los problemas que ha tenido el padre por el evidente descontrol en su manera peculiar de llevar un “banco” en una zona popular de la ciudad de Nueva York. Cuando le piden cárcel al padre por las irregularidades contables descubiertas, los hijos que trabajan con él y son por él maltratados, se ponen en su contra, y el único que lo defiende es el abogado. Llevado por su celo, y para evitar el ingreso en la cárcel del patriarca, el hijo pretende sobornar a una testigo para que intente “torcer” el signo del veredicto, razón por la cual es detenido y, él sí, enviado a la cárcel durante siete años. Al padre se contentan con retirarlo del negocio y prohibirle ejercer. Gracias a que todos los bienes estaban a nombre de la madre, para evitar que la posible “caída” del patriarca arrastrase con él a toda la familia, la madre decide poner esos bienes en manos de los tres hijos en libertad, quienes reabren el banco con criterios ajustados a la legalidad. Y ahí, en el encuentro tenso entre los hermanos, el expresidiario y los banqueros, se juega la exigencia que el padre le hizo al abogado cuando fue a verlo a la cárcel: vengarse de las tres hienas que tiene por hermanos. De forma paralela a la trama familiar, destaca la trama del enamoramiento del protagonista, a quien la familia le ha concertado una boda con una chica italiana que, sin embargo, no duda en casarse con otro de los hermanos cuando su futuro marido es enviado a prisión. La idea del protagonista es hacer honor a la palabra de casamiento dada a la familia de la novia y mantener como amante a la mujer que le acaba obsesionando. La personalidad de Max, autoritaria y con una autoseguridad en todo idéntica a la del patriarca, se manifiesta en los diálogos en ese “y punto”, period, en inglés, con que Max cierra sus tajantes afirmaciones, un latiguillo que acaba convirtiéndose en parte del juego amoroso entre él e Irene, Susan Hayward at her best…, elegante, seductora y dramática, una pareja, en definitiva, que Mankiewicz mima con la cámara y con la luz para conseguir escenas del mejor cine negro, si bien con la variante social de la mujer fatal y el inmigrante trepador social que no acaba de perder sus orígenes, ni su orgullo. Recordemos que un año después de esta joya, y con el mismo director de fotografía, Mankiewicz rodó nada menos que Eva al desnudo, una de las grandes películas de la Historia del Cine. Odio entre hermanos, no solo por la cuidada estructura del guion, la puesta en escena y los movimientos de cámara, así como por las robustas interpretaciones dramáticas, sobre todo de la pareja protagonista, un choque violento de dos caracteres no dispuestos a dejarse dominar ni siquiera por la propia pasión que sienten el uno por el otro, es una película de Mankiewicz acaso no tan conocida como debería serlo, porque semejante melodrama y tragedia familiar al mismo tiempo reúne todas las características de las mejores producciones del cine usamericano. El guionista volvió a adaptar la misma historia en un género distinto, el western, con el título Lanza rota, un peliculón interpretado, en el papel de Gino Monetti, el padre, por Spencer Tracy. Philip Yordan, guionista de esta y de Odio entre hermanos, no lo olvidemos, fue el guionista de Johnny Guitar, uno de los mejores westerns de la historia del género.  


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