martes, 10 de marzo de 2020

«La biblioteca de los libros rechazados», de Rémi Bezançon: o el reto del autor «no lector».



Un thriller literario que, como las novelas de crimen perfecto, merodea sobre el insospechado e inédito autor sin raíces en la tradición literaria: una comedia amable y una reivindicación de la crítica textual rigurosa.


Título original: Le Mystère Henri Pick
Año: 2019
Duración: 100 min.
País:  Francia
Dirección: Rémi Bezançon
Guion: Rémi Bezançon, Vanessa Portal (Novela: David Foenkinos )
Música: Laurent Perez del Mar
Fotografía: Antoine Monod
Reparto: Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Bastien Bouillon, Josiane Stoléru, Astrid Whettnall, Marc Fraize, Hanna Schygulla, Marie-Christine Orry.

A partir de la creación anecdótica por parte de un librero de provincias de una biblioteca de originales que fueron rechazados por las editoriales, donde cualquiera puede «enterrar» decorosamente el suyo, arranca una ficción metaliteraria sobre la aparición del éxito inesperado e inexplicable tras el que va cualquier editorial en estos tiempos en que la lectura se pierde, las librerías se cierran y los escritores acaban por considerar una aventura sin sentido seguir escribiendo.
 Se trata de una versión argumental del manuscrito que ha sido rechazado por todas las editoriales y que, al llegar a una que le ve posibilidades, el libro acaba convirtiéndose en un superventas. Le pasó, por ejemplo, a La conjura de los necios, por el lado de la élite cultural, pero también a Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K.Rowling, por el lado de la literatura de masas.
Larga seria la lista de las «injusticias» editoriales que han sufrido tantos textos excelentes como luego hemos podido acabar leyendo. Sobre ese decorado real se levanta la ficción, perfectamente urdida, sobre el fortuito hallazgo de un manuscrito en esa biblioteca que acaba cumpliendo el tópico y pasa de la nada a la gloria tras llegar al éxito firmado por un oscuro restaurador de provincias, Henri Pik,  de quien ni la propia familia sospechaba que se dedicara a escribir, entre crêpes y pizzas, y a quien nadie vio jamás engolfado en la pasión de la lectura, consustancial en quien también, atreviéndose a desafiar la venerable tradición de los clásicos, decide arriesgarse a escribir una ficción.
La película es francesa, lo cual quiere decir que en el país de Bernard Pivot una ficción así tiene pleno sentido y verosimilitud. Dudo mucho que la misma trama hubiera tenido idéntica verosimilitud en nuestro país, por ejemplo, cuya vida cultural no tiene ni punto de comparación con la de nuestros vecinos, como lo prueba el hecho de que ni siquiera tengamos un programa como Apostrophes. Con esa referencia de Pivot bien presente, la película nos sitúa ante un crítico literario de reconocidísimo prestigio que acaba perdiendo la paciencia y no duda en denunciar que lo que se está produciendo es una singular estafa editorial, que el restaurador ha sido incapaz de escribir ese libro y que no se puede tomar a los verdaderos lectores por tontos. El escándalo, porque esa reacción se produce «en directo» en su programa, provoca que la televisión lo despida, lo cual se suma a la separación matrimonial que le anuncia su mujer, dos circunstancias que acaban cambiando su vida de la noche a la mañana.
         Bien, a partir de ese momento, como un nuevo don quijote, el crítico dedicará todo su tiempo a una investigación socioliteraria cuyo único objetivo es desenmascarar el «fraude» que se ha negado a «bendecir» desde su poderoso trono de popular crítico respetado y admirado por todo el país. Aunque la enemistad de la familia del autor parece cerrarle todas las puertas, no tarda en vencer la resistencia de la hija del autor, una mujer que es lectora asidua, y convencerla de que, por más que le duela reconocer la verdad, su padre, Henri Pik, fue incapaz de escribir un libro como el que se ha convertido en un éxito, dada su formación, la ausencia de antecedentes literarios plausibles y la condición de «actividad secreta» de su dedicación literaria, que se desdice de la tradicional vanidad de cualesquiera autores, deseosos siempre de tener lectores y, sobre todo, de recibir halagos.
         De forma paralela al desarrollo de la historia principal, la película plantea otra situación a la que podemos considerar el reverso de la trama principal: la de un escritor sin éxito -cuyo libro estuvo a punto de publicitar el presentador en su programa, pero fue cortado por el brusco final del mismo, aunque luego sabemos que no lo había leído-, casado con la editora joven que tiene la suerte de haber encontrado ese original, tras llegar a su conocimiento la existencia de la curiosa Biblioteca de los libros rechazados. Observamos, pues, las dos caras del mundo editorial: el autor publicado sin éxito; y la irrupción del azar en forma de best-seller de un desconocido absoluto que solo ha escrito un libro en su vida.
         Poco a poco, la investigación del crítico literario, basada siempre en su dominio de los recursos críticos habituales, sobre todo la crítica textual y un amplio conocimiento de la socioliteratura, irá progresando, en la medida en que la relación con la hija se vaya estrechando y esta pase de «enemiga» oficial que vela por la memoria de su padre, a rendida admiradora de la sagacidad intelectual y crítica de quien acabará demostrando lo que le costó el trabajo y el matrimonio: que Henri Pick era imposible que fuera el autor del texto.  Por suerte para los espectadores, el misterio no era que Pik no hubiera escrito ese libro exitoso, sino quién lo escribió, porque su investigación, una magnífica película de detectives en el que se cambia el asesinato por la estafa, acaba descubriendo lo más difícil, quien ha sido el verdadero autor o autora de la superchería. Pero ahí sí que he de callarme como manda la ética crítica y dejar que los espectadores disfruten con un proceso deductivo que, inaugurado por Poe, tiene secuelas fílmicas tan curiosas como esta entretenida y divertida película que descansa, además, en una maravillosa interpretación del crítico llevada a cabo por Fabrice Luchini, de largo historial en el cine vecino, pero creo que escasamente popular en España. La verdad es que se disfruta mucho teniéndolo a él como hilo conductor de la investigación, porque la mezcla de elitismo y vis cómica personal da pie a escenas muy divertidas.

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