jueves, 1 de abril de 2021

«La feria de la vanidad», de Rouben Mamoulian, la deslumbrante «aparición» del Technicolor.


 Una exquisitez cromática basada en La feria de las vanidades, de Thackeray. El color y la puesta en escena, los verdaderos e inolvidables protagonistas de una sátira excesiva. 

Título original:  Becky Sharp

Año: 1935

Duración: 86 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Rouben Mamoulian

Guion: Francis Edward Faragoh (Novela: William Makepeace Thackeray) (Obra: Langdon Mitchell)

Música: Roy Webb

Fotografía: Ray Rennahan

Reparto: Miriam Hopkins, Frances Dee, Cedric Hardwicke, Billie Burke, Alison Skipworth, Nigel Bruce, Alan Mowbray, G.P. Huntley, William Stack, George Hassell.

 

         De Rouben Mamoulian, de quien uno siempre guarda en la memoria su Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, con Fredric March,  entre otras obras de las que verdaderamente marcan la historia personal de un aficionado, como, en mi caso de aficionado al musical, La bella de Moscú, una versión musical de Ninotchka, critiqué hace algún tiempo El alegre bandolero, rodada, curiosamente, después de este estreno solemne del Technicolor que dejó maravillados a los públicos de su día y, por supuesto, a cuantos se acerquen ahora, como yo lo he hecho, a ella, aunque, impresionado acaso por lo conseguido, la rodó en blanco y negro. Quizás le ocurrió lo mismo que a John Ford tras rodar Corazones indomables, que, deslumbrado por aquellos colores, tardó en volver a rodar en color, refugiándose en su blanco y negro de toda la vida. Perdónenme la autocita, pero de la crítica a la película de Ford rescato unas palabras que se ajustan a esta película de Mamoulian como un guante de cirujano: La saturación de los colores, con preponderancia del azul, la iluminación y nitidez extraordinaria de la fotografía, amén de la composición del plano, como en la boda que abre la película, nos recuerda un Visconti que vendría mucho después. El magnificente vestuario de la boda, que parece propio de la inmortal escena del baile de El Gatopardo, es de una riqueza cromática que acaba dándole a la fotografía una textura que, en vez de con los ojos, nos parece poder repasarla con la mano. En la presente es, sin embargo, el rojo, el que adquiere esa contundencia, y a veces provoca un exceso de «colorete» en los rostros de las actrices, Hopkins y la desdichada Frances Dee, que no entorpece, sin embargo, el disfrute de la película.  ¡Cómo podía ser de otro modo si el cinematografista de ambas películas fue el mismo: Ray Rennahan!

         Es evidente que toda la obra está en función de esa nueva técnica para la reproducción del color del modo más «natural» posible, aunque lo cierto es que hay un punto de artificio tan notable en ese color que lo convierte, por la selección del vestuario y de la puesta en escena, salas, habitaciones, cortinas, muebles, suelos, alfombras, etc. en un espectáculo continuo para la vista. Si hacía alusión a la escena del baile de El Gatopardo, de Visconti, no está de más recordar que, en una de las más famosas secuencias de la película, cundo los protagonistas están en Bruselas, donde Becky, la «Julien Sorel» avant la lettre de la obra, ha seguido a su marido, militar, se oyen los primeros cañonazos de la, después famosa batalla de  Waterloo, unos fogonazos de luz que se producen en el fondo lejano del plano desde el interior de la majestuosa sala donde se celebra un baile de gala que, cómicamente, se suspende cada vez que se oye un cañonazo, hasta que, identificados los «truenos», se produce una desbandada general divertidísima.

         El arranque de la película, en el internado del que se despiden, por edad, dos alumnas, Becky y Amelia, la primera pobre de solemnidad y, en el original de Thackeray, hija de francesa, lo cual desde el punto de visto de la nula moralidad de la protagonista no dejaba de tener su interés en pleno XIX victoriano, y la segunda hija de una acaudalada familia; ese arranque es ya, de buenas a primeras, espectacular, con un vestuario en el que destaca el traje de la directora y una armonía en la selección de los colores que hace presagiar el festival cromático que es, en sí, toda la película. La historia sigue más o menos fielmente el planteamiento de la novela en lo esencial, el carácter arribista de la joven pobre que quiere instalarse en la alta sociedad a toda costa, gracias a su amistad con Amelia, quien se la lleva del internado a su casa. A partir de entonces, el desfile de seducciones, trampas, engaños, deudas e incluso el gran fracaso de tener que verse reducida a la miseria y a cantar en un cafetín para sobrevivir, por más que no dure mucho, se alarga durante todo el relato, con un aire caricaturesco que acentúan algunos personajes, como el hermano de Amelia, Joseph, interpretado por quien tiene en el inolvidable Watson, Nigel Bruce, compañero de fatigas de Basil Rathbone como el mejor Holmes de la Historia del Cine, su papel más destacado. La Directora les regala el diccionario de Samuel Johnson antes de salir de la Institución, pero, una vez conseguido un hogar en casa de Amelia, Becky le lanzará a la Directora, el libro que, supuestamente, habría de ayudarla a «triunfar», pero Becky, que en la obra de Thackeray confiesa haber sido una mujer desde que tenía nueve años, sabe que son otras las artes que ha de desplegar para conseguir vivir una vida de lujo. Filmada a mayor gloria de Miriam Hopkins,  quien fue propuesta para un Oscar que se acabó llevando Bette Davis, no me duelen prendas a la hora de reconocer que la señora peca de sobreactuación desde el mismo arranque de la película, ¡y no hay prácticamente plano en toda ella en la que no aparezca, aunque otros personajes le roban cámara con su sola presencia, como el propio Nigel Bruce o la bellísima y enigmática Frances Dee, en un papel de apocada que para nada casaba con su personalidad arrolladora. Es cierto que en no pocas imágenes, como en la cena con su vampírico pretendiente, el marqués de Steyne, interpretado exquisitamente por Cedric Hardwicke, Hopkins muestra excepcionalmente sus muchas cualidades para la comedia, pero, en general, resulta agotadora. Supongo que como el color se nos lleva todos los sentidos, dada la exuberancia del mismo, y solo hay que recordar la escena en la que la protagonista con un traje de tonos beis acaba en el suelo sobre una bellísima alfombra del mismo color, con detalles de un blanco roto, casi marfil y algunos azules pastel…, esa contemplación nos hace más llevaderas las turbulencias existenciales de Becky.

         Insisto, la película tiene un sentido estético de la composición, del color, de la puesta en escena, que casi se merece que nos detengamos plano tras plano para disfrutar en foto fija de esa riqueza que deja anonadado a cualquiera, por poco inclinado que se sea a disfrutar de esas armonías cromáticas. Supongo que soy alguna pista de la emoción estética que produce la película si recuerdo que una reacción semejante no la había tenido desde que vi el Satiricón, de Fellini, que, a ese respecto, es una obra de arte total, y si, y vuelvan a perdonarme la autocita, la luz se hace cuerpo, en este Satiricón felliniano, otro tanto sucede con esta Feria de la Vanidad en la que el ridículo de las imposturas en que viven los personajes, amén de la picaresca que fundamenta la vida de la protagonista, adquieren un relieve secundario respecto de un logro estético como el del color de la cinta.

         La feria de la vanidad ha pasado a la historia como la primera película en Technicolor, pero conviene decir cuanto antes que muy pocos lo han usado, desde entonces, con la maestría en la composición con que lo hizo Rouben Mamoulian, apoyándose, sin duda, en la excelsa visión del cinematografista Ray Rennahan, quien firma, a su vez, la fotografía de otro color envidiable, el de Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming.

         No sé si mis más de 1000 críticas me han granjeado una briznilla de reputación, pero si alguien cree que sí, que no deje de ver este festival de los sentidos que es La feria de la vanidad. Me lo agradecerá. De nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario