martes, 6 de abril de 2021

«Ruta infernal», de Cy Endfield, ¡un desconocido peliculón espectacular!

 


Entre el cine social de denuncia de la explotación laboral, el western, el Free Cinema y la aventura: una película colosal de Cy Endfield.

 

Título original: Hell Drivers

Año: 1957

Duración: 108 min.

País: Reino Unido

Dirección: Cy Endfield

Guion: John Kruse, Cy Endfield (Historia: John Kruse)

Música: Hubert Clifford

Fotografía: Geoffrey Unsworth

Reparto: Stanley Baker, Herbert Lom, Peggy Cummins, Patrick McGoohan, William Hartnell, Wilfrid Lawson, Sid James, Jill Ireland, Alfie Bass, Gordon Jackson, David McCallum, Sean Connery, Wensley Pithey, George Murcell, Marjorie Rhodes.

 

Hay películas a las que el reparto invita a entrar aunque se desconozca todo del autor. Como hace poco critiqué la primera película que veía del represaliado Cy Endfield, hoy, al ver la segunda, y con este reparto, salgo ya de dudas sobre la categoría artística de otro director que añadir a la larga lista de cuantos son capaces de imantarte a la pantalla sin perder ripio de cuanto ocurre, de cuanto ves y está rodado con tanto nervio como delicadeza y habilidad.

Seleccioné la película en Filmin cuando murió Sean Connery, porque era uno de sur primeros trabajos, el tercero, concretamente, y sí tiene algunas frases y cruza los planos dos o tres veces, sólido y majestuoso, pero ahí se acaba todo. En aquel momento, Stanley Baker era un actor curtido y famoso, y aquí compite con un magnífico «malo» de manual: Patrick McGoohan, además de ser el objeto de deseo de una actriz como Peggy Cummings, a quien todos los que la hayan visto recordarán por El demonio de las armas, de Joseph H. Lewis, una obra maestra muy poco conocida. Aparece también, coqueteando con el protagonista, Jill Ireland , quien luego sería la mujer de Charles Bronson y con quien coprotagonizaría no pocas películas, aunque antes estuvo casada con David McCallum, quien también forma parte del reparto.

         Un hombre llega a una empresa de transportes de áridos para pedir empleo. Algo oculta, porque se niega a responder a ciertas cuestiones y no tiene al día el carnet de conducir ni el de la Seguridad Social, indispensables para conducir los camiones de la empresa, pero tanto el gerente como la empleada hacen la vista gorda, porque las condiciones de empleo son peores que las de los riders de Glovo, que la explotación laboral no la hemos inventado en esta fase global del capitalismo neoliberal: Si los camiones cochambrosos tienen averías o sufren alguna multa por lo que sea, todo ello corre por parte del conductor; se les invita a conducir a la mayor velocidad posible por unas carreteras, como las inglesas, estrechas hasta decir basta, porque su salario depende del número de viajes que sean capaces de hacer, y cualquier reparación en los camiones se les descuenta del salario.

Los conductores, que forman una suerte de cofradía con papeles muy marcados: el líder, los corifeos, los desafectos y los rebeldes, viven en una pensión próxima al centro donde se guardan los camiones. Enseguida aparecerá la rivalidad entre el recién llegado y el líder, en unas escenas de una virilidad, eso sí, algo infantil, pero no son precisamente graduados quienes soportan ese ritmo de vida. De hecho, uno de los miembros del grupo, Gino, de origen italiano, quien fue prisionero de guerra y ahora trata de ganar dinero para volver a instalarse con un negocio en Italia, con la que sueña constantemente, y quien oculta su devoción religiosa católica para evitar el cachondeo de los otros salvajes, se convierte en la tabla de salvación del recién llegado, con quien simpatiza enseguida. Entre ellos hay un «trofeo» en disputa, una pitillera de oro que será posesión de quien haga más viajes al día. El récord, claro, lo ostenta el jefe del grupo, quien, con malas artes y, otras veces usando un atajo peligroso y solo transitable para muy expertos conductores, gana siempre en esa competición. Cuando el recién llegado se empeña en competir por ese puesto de honor aparecen las jugadas mafiosas del jefe, quien cuenta con la colaboración activa del resto para no dejarse «pisar» por un extraño que, además, desde que lo someten a una prueba de provocación, rehúsa enfrentarse a puñetazo limpio con el macho alfa dominante.

Poco a poco, tras unas secuencias vibrantes de la carrera de camiones en ese loco oficio, que nada tienen que envidiar a las mejores persecuciones policiales bajo el metro elevado de Nueva York, pongamos, por ejemplo, en French Connection, de William Friedkin, nos van llegando noticias relativas al enigmático y contenido personaje: Entra en una tienda y su jovencísimo hermano sale a recibirlo con muletas. Llega la madre, quien ni quiere saludarlo y no desea otra cosa sino que salga de su vista. Se trata de un enfrentamiento familiar muy en la líneas de los conflictos abordados por el Free Cinema, puro y duro cine social, intenso y dramático. No tardamos en saber que el hermano se llevó la peor parte del accidente de coche en el que él conducía el vehículo. Ha pasado un año en prisión y ahora trata de buscarse la vida para resarcir económicamente a su hermano, quien, sin embargo, a diferencia de la madre, le demuestra enseguida un gran afecto, haciendo abstracción de la deplorable situación física en la que se encuentra, y que tanto le limita el porvenir. Por cierto, en ese papel descubrimos al jovencísimo David McCallum que luego sería el célebre compañero de Napoleón Solo en aquella famosa serie de los sesenta El agente de  C.I.P.O.L, que tan popular se hizo en nuestro país, casi tanto como Los intocables, sobre Elliot Ness.

Gino, el italiano, cree ser el novio formal de la secretaria, Peggy Cummings, pero en cuanto esta ve entrar por la puerta de la ofician al apuesto Baker, el espectador sabe que hay ahí un germen de conflicto sobre el que no me extenderé.

En cualquier caso, la crudeza del trabajo que han de desarrollar, las excelentes secuencias de los camiones en adelantamientos imposibles y otras escenas de la vida de los camioneros como la del baile, en la que, como bien señala un crítico de FilmAffinity, se produce un desajuste muy notable, porque el protagonista llega al baile acompañando a la hija de la patrona de la pensión, que intenta seducirlo en todo momento y, sin transición alguna, lo vemos bailando con la secretaria, antes de salir de la pelea en la que se embarcan los otros camioneros, razón, —su supuesta cobardía—, por la que lo «sentencian» al duro castigo de las jugarretas que le hacen la vida imposible.

Una película seca, concisa, llena de testosterona, sí, pero cruda como lo son las relaciones de poder incluso entre quienes están en lo ínfimo del escalafón laboral.  Estoy seguro de que Cy Endfield hubo de ver con mucha atención esa joya del cine que es El salario del miedo,  de Henry-Georges  Clouzot, con la que esta Ruta Infernal guarda algún parecido.

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