sábado, 3 de abril de 2021

«Una segunda oportunidad», de Susanne Bier o la llamada de la sangre.

 

Un tragedia familiar travestida de crudo thriller sociopsicológico: no apto para progenitores recientes.

 

Título original: En chance til aka

Año: 2014

Duración: 105 min.

País: Dinamarca

Dirección: Susanne Bier

Guion: Anders Thomas Jensen

Música: Johan Söderqvist

Fotografía: Michael Snyman

Reparto: Nikolaj Coster-Waldau, Ulrich Thomsen, Maria Bonnevie, Nikolaj Lie Kaas, Roland Møller, Peter Haber, Thomas Bo Larsen, Ewa Fröling, Claus Riis Østergaard, Molly Blixt Egelind, Bodil Jørgensen, Ole Dupont, Charlotte Fich, May Andersen, Mille Lehfeldt, Sarah Juel Werner, Frederik Meldal Nørgaard, Ida Dwinger, Kirsten Lehfeldt, Benjamin Boe Rasmussen.

 

         Susanne Bier fue galardonada con el Oscar a la mejor película extranjera por En un mundo mejor, una reflexión moral sobre la violencia y la vida familiar que la autora ha rodado en otras películas, como la excelente Cosas que perdimos en el fuego o la actual, Una segunda oportunidad. Las tres, independientemente de ciertos aspectos truculentos del guion, guardan una relación íntima, porque, sobre todo las dos últimas, parten de la fatalidad, de la tragedia, para adentrarse en caminos de redención que unas veces son posibles y otras no. Hemos de aceptar esas leves imposturas del guion para no desviarnos de lo que es un retrato poderoso del sufrimiento humano en formas muy diferentes, pero, al final, emerge siempre el enfrentamiento  entre el individuo, sin otro asidero, y el dolor de la tragedia y la pérdida. En películas de tanta intensidad dramática, el desempeño de los protagonistas es fundamental, y en esta, brillan todos a muy notable altura. Al buscar información sobre la película, una vez vista, descubro que el protagonista es un actor famoso por esa serie, Juego de tronos, de la que no creo haber visto más que alguna referencia en un informativo o algún reportaje sobre los escenarios en El País Semanal. Y, por supuesto, confirmo que la protagonista, la bellísima Maria Bonnevie, sigue en el nivel extraordinario que ya exhibió en otra película asaz triste: El destierro, de Andrey Zvyagintsev. Igualmente, un actor secundario, Nikolaj Lie Kaas, tiene una intervención elaboradísima y terriblemente convincente.

         La historia arranca con una imagen que nos sitúa in medias res en un conflicto del que lo desconocemos todo: en una casa de diseño, un hombre cuida de un bebé y la madre está tirada en el suelo del cuarto de baño, encogida, en lo más cercano a la posición fetal. Arranca, entonces un flashback que nos va facilitando la información que nos servirá para entender la historia, aunque cuando lleguemos al presente aún habrá no pocos giros de guion que nos sorprenderán como ni nos podemos imaginar. Él es policía y ella se dedica a cuidar de la criatura recién nacida. Tienen un problema: el llanto incesante de la criatura que no los deja dormir. Para calmarla, la han de pasear en coche o el cochecito a altas horas de la noche. En una intervención policial a requerimiento de un vecino, la patrulla de la que forma parte el policía acaban entrando en el domicilio de una pareja que tiene un hijo al que tienen completamente abandonado, lleno de heces, y, aparentemente, sin comer. El marido es un psicópata drogadicto que usa la violencia física contra la madre y a quien droga contra la voluntad de esta. El piso, obviamente, es lo más parecido a un estercolero. Llevado el caso a las autoridades, la autoridad judicial, después de los exámenes de rigor, no considera que la criatura esté en peligro de desnutrición o desamparo, razón por la cual se la devuelve a los padres legítimos, quienes la siguen «maltratando» con un descuido que resulta inverosímil que las autoridades no aprecien, dada la crudeza de las imágenes que ven los policías en la casa, pero esos son los aspectos que se han de pasar por alto para que la película prosiga por una senda, en parte rocambolesca, pero que no le resta ni un ápice de verismo y dramatismo.

         La primera complicación trascendental se produce cuando la madre se despierta asustada porque su hijo no está llorando y se acaba dando cuenta de que no da señales de vida. El marido intenta reanimarlo, pero le es imposible. La madre le hace prometer que no se lo llevará, que ella, si no lo tiene, se quitará la vida. Entonces llega el giro de guion que, dando algunos saltos sobre la lógica de las cosas y atendiendo a la poética de la ficción literaria, inicia una senda de acontecimientos que se pisarán unos a otros los pasos para crear un fenomenal embrollo del que me he de limitar a decir que sea de verlo, si es que los espectadores tienen agallas para seguir esta historia que afecta a recién nacidos: al marido no se le ocurre otra cosa que darle unas píldoras para dormir a su mujer, arrebatarle la criatura muerta, y desplazarse hasta el piso de la pareja drogadicta que, como él esperaba, están dormidos con un chute tremendo que les impide enterarse de cómo el policía cambia una criatura por otra y se lleva con él el niño vivo y maltratado de la pareja, sobre el cual ya le había hablado con anterioridad a su mujer.

         A partir de ese momento se inicia la fase thriller de la película, porque, al descubrir al niño muerto, el psicópata decide hacer desaparecer el cadáver, para lo que inventa un supuesto robo de la criatura en un parque, lo cual exige, como no podía ser de otro modo, la intervención de la policía, y al frente de la investigación está el policía que dio el cambiazo y su compañero, un ser alcoholizado que no ha superado su divorcio y la pérdida del contacto con el hijo. Se advierte, pues, que el retrato de la sociedad danesa, aunque la película en modo alguno tiene una intención sociológica, se nos presentas con unos tintes sombríos que llaman no poco la atención, figurando en el imaginario de muchos pueblos los países nórdicos como una suerte de paraísos sociales.

         De verdad, me encantaría seguir destripando la historia para comentar secuencias formidables, como la del puente, o la gélida relación del policía con sus suegros que inequívocamente lo hacen responsable de la muerte de la hija sin salir de la más estricta urbanidad; pero he de morderme las falangetas y no golpear estas teclas más allá del siguiente punto. Si son progenitores recientes, huyan de esta película. Si las películas con bebés en peligro les inquietan hasta la crispación, ni se acerquen a ella. Si tienen valor para enfrentarse a dramas humanos de una magnitud contundente, interpretados con una fidelidad extraordinaria, no dejen de verla. Los contrapuntos entre la historia y los planos de la naturaleza, en diversas facetas de la misma: el viento, el mar, los árboles, la noche, etc., crean una suerte de ritmo de ida y vuelta entre lo humano y la naturaleza de la que formamos parte muy sugestivo.

 

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