sábado, 12 de junio de 2021

«The more the Merrier» («El amor llamó dos veces»), de George Stevens o el aticismo de la comedia usamericana.

Una agridulce comedia tan deliciosa como poco reconocida del oscarizado George Stevens: Un trío de lujo para una comedia perfecta: Jean Arthur, Charles Coburn y Joel McCrea. ¡Para no perdérsela!

 

Título original: The More the Merrier

Año: 1943

Duración: 104 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Stevens

Guion: Robert Russell, Frank Ross, Richard Flournoy, Lewis R. Foster. Historia: Robert Russell, Frank Ross

Música: Leigh Harline

Fotografía: Ted Tetzlaff (B&W)

Reparto: Jean Arthur, Joel McCrea, Charles Coburn, Richard Gaines, Bruce Bennett, Frank Sully, Clyde Fillmore, Stanley Clements, Jean Stevens.

 

         A veces, en la cinta de correr, he de dejar pasar los títulos de crédito para ver quién dirige la película que selecciono, sin más referencia que el título, para alegrar mi sesión atlética. Una vez conocido, en este caso, el trío protagonista y el director, entonces ya sé a qué atenerme; pero, en esta película en particular, el prólogo con voz en off que nos introduce en la película es de tal brillantez que ya sabemos, sin necesidad de que la trama entre en «materia», que vamos a ver una obra de arte de la comedia que nos va a complacer sobradamente.

Y así ha sido, en efecto, porque la experiencia del espectador es raro que no sepa identificar un prólogo tan extraordinario  como el preludio de una situación que, desarrollada como aquí se hace, va a depararnos situaciones cómicas tan bien encadenadas que vamos a seguir la película con un gozo extraordinario. Se trata de una película de actores, sí, y los tres, sobre todo Charles Coburn y Jean Arthur, exhiben una vis cómica que ni siquiera necesitaría los estupendos gags que construye el guion para su lucimiento y nuestra diversión. La situación, como muchas de las comedias disparatadas usamericanas de aquella época —recordemos que se rueda en plena Guerra Mundial, y que contribuir a la distracción y a subir la moral patria era una «necesidad» nacional— puede parecernos rebuscada, pero, al parecer, respondía a una realidad acuciante: la llegada, casi en aluvión, de nuevos residentes a la capital del Estado para sumarse al esfuerzo bélico hizo que no quedara una habitación vacía en toda la ciudad. Un millonario retirado llega a la capital, invitado por el senador de su estado para participa en un comité sobre la vivienda y se percata de que no tiene alojamiento, de que su suite reservada en el hotel aún no está disponible, por lo que ha de ingeniárselas para, tirando de picaresca, dar esquinazo, primero, a quienes se presentan para ocupar una habitación y, segundo, convencer a la persona que lo alquila, por espíritu patriótico, de que acepte a un varón en vez de a una mujer. Al poco de instalarse, el viejo le pregunta por qué no se ha casado, mientras pone, de forma paralela, un anuncio ofreciendo una cama en una habitación, es decir, subarrienda la suya propia, y escoge nada menos que al más que bien parecido Joel McCrea con un ojo clínico casamentero infalible.

De hecho, si dejamos al lado la crítica mordaz sobre la vivienda y la ausencia de hombres en una ciudad llena de mujeres, bien podríamos entender que Coburn, como veremos más adelante, cuando se trate de romper el compromiso matrimonial de la protagonista con un novio que antepone su carrera y su buen nombre a su matrimonio con ella, es algo así como la encarnación de San Valentín, aunque a años luz, en calidad, del de la película española que tanto éxito de público tuvo, con el actor Jorge Rigaud, El día de los enamorados, de Fernando Palacios. Las maniobras sutiles de Mr. Dingle son toda una lección de tercería para que dos «bobos» enamorados no acaben torciendo su destino por el compromiso de ella con un Charles J Pendergast, soberbiamente interpretado en toda su crudeza antiviril por Richard Gaines, a quien se opone, aunque de forma renuente, un Joe Carter (Joel McCrea) que se presenta poco menos que como un sex symbol capaz de atraer, como en la divertida  escena del restaurante, a esas mujeres que en Washington estaban en una proporción de 8 a 1 respecto de los hombres, por el conflicto bélico.

La película no se aparta de sus inicios, de la superpoblación de la capital y de los grandes problemas que genera la misma. De ahí el excelente gag continuado del horario de actividades que le dibuja la anfitriona a Mr. Dingle y que este acabará compartiendo con su realquilado. Hay escenas, como la de la azotea llena de gente tomando el sol que incluso adquieren el carácter de memorables, no solo por la naturalidad con que está representada, sino por los excelentes gags a que da pie, y en eso ha de reconocerse que los guiones de estas comedias siempre tienen un excedente de ingenio que hace muy difícil que naufrague en ellos la atención y/o la diversión del espectador, y ello porque hay un trabajo muy eficaz en el retrato de los personajes, el cual siempre permite extraer de los protagonistas rasgos que abonan este o aquel gag íntimamente relacionado con ellos.

La dirección de Stevens acompaña el ritmo, a veces frenético, otras sereno y otras íntimo de tal manera que la película acaba rezumando clasicismo por todas sus secuencias. En algún caso, además, como el de la toma de los dos enamorados en la cama, separados por un tabique, de noche, con una iluminación que realmente los presenta como —¡Ah, atrevimiento desvergonzado para la época, dado que no están casados!— si estuvieran compartiendo un solo lecho, el virtuosismo de Stevens raya a grandísima altura.

Como no me parece que sea una de las comedias más conocidas de la época dorada de Hollywood, imagino que para los muy contados espectadores que siguen las críticas de este Ojo, será una más que grata sorpresa. Espero no equivocarme, aunque nadie se olvide de descartar cierta ñoñez propia del puritanismo tradicional usamericano, por supuesto, al que aquí se combate con cierta mordacidad.

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