El musical y
el cine: un matrimonio perfecto: Dan Dailey inconmensurable en una película
olvidada que anticipa Cantando bajo la lluvia.
Título original: You're My Everything
Año: 1949
Duración: 94 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Walter Lang
Guion: Will H. Hayes Jr., Lamar Trotti. Argumento: George Jessel
Reparto: Dan Dailey; Anne Baxter; Anne Revere; Stanley Ridges; Shari
Robinson; Henry O'Neill; Selena Royle; Alan Mowbray; Robert Arthur; Buster
Keaton.
Música: Alfred Newman
Fotografía: Arthur E. Arling.
De Walter Lang
ya hay cuatro películas criticadas en este Ojo, lo cual es indicio
inequívoco de que se trata de un director cuya labor me encanta. Justo después
de dirigir una comedia perfecta, Niñera moderna, que tuvo sus
inevitables secuelas, Lang dirige un musical como este que anticipa de lleno el
tratamiento de una época, la transición del mudo al sonoro, que daría lugar a
uno de los mejores musicales de la historia del cine: Cantando bajo la
lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen. Aquí, acogiéndose a la singular
capacidad de un actor, cantante y bailarín con menor renombre que algunos
clásicos del género, pero con idéntica o superior calidad, Dan Dailey, con
quien ya había rodado otro musical algo sombrío, When My Baby Smiles at Me,
dos años antes. Se trata, para los aficionados fordianos, con quienes comparto
pasión cinéfila, del mismísimo Dan Dailey que trabajó con Ford en ¡Bill, qué
grande eres! Se trata, pues, de un actor con carisma y un peculiar encanto
que suma a sus inmensas dotes como bailarín y las justas como cantante.
La historia
tiene ciertos giros de guion que no se han de analizar con la pasión exhaustiva
de los correctores editoriales —desaparecidos, lamentablemente, en nuestros
días— que persiguen las erratas de los originales ilegibles que las editoriales
deseosas de halagar al vulgo con quien escribe en necio ponían bajo su
escrutadora mirada. Una joven, Anne Baxter, perteneciente a una notable familia
bostoniana está enamorada del teatro musical y muy especialmente del protagonista
de la obra, Dan Dailey, a quien, por los azares de un encuentro premeditado,
invitará a cenar en su casa las judías de las que en su casquivano diálogo
había renegado momentos antes. Progresa rápido el enamoramiento y con las artes
celestinescas de la tía de Hannah, una magnífica y picarona Anne Revere —una de
las represaliadas por el Comité McCarthy, lo que la llevó a no poder rodar
película alguna desde 1951 hasta 1970—, quien consigue unirlos en extraño
matrimonio, porque ella lo deja todo por él e incluso colabora, torpemente,
como chica de coro, en alguna e las producciones de Timothy. Todos discurre con
la complacencia en la semipobreza de las parejas que se aman hasta que a él le surge
la posibilidad de hacer una prueba para debutar en el cine. La prueba, una
secuencia espléndida, no en vano está en ella, como director, el estupendo
cómico británico Alan Mowbray, de largo historial en el cine usamericano,
discurre perfectamente hasta que, escogida Hannah para darle la réplica en un
diálogo amoroso a su marido, es a ella a quien desean los productores para convertirla en la reina
del cine mudo, lo que conlleva la separación laboral de la pareja, pues Timothy
no renuncia a seguir ganándose la vida en el teatro musical, y a fe que el número
que ilustra esa separación, y que da pie al reencuentro de ambos, es de primera,
un clásico como I may be wrong, de Sullivan y Ruskin. Tras verse de
nuevo, y expresar ella el deseo de quedarse embarazada, coincide con la llegada
del sonoro al cine y la demanda de películas musicales, lo que supondrá una
nueva oportunidad para Timothy y el «pase a la reserva» de Hannah. De forma acelerada,
la inflación de películas musicales agota a los públicos, quienes no tardan en
captar la constante repetición de las tramas y los números, por excelentes que
sean, como ocurre en esta película, en la que no hay ninguno que pueda
considerarse «menor», ni siquiera los que pueden considerarse imitación de los
de las películas de Shirley Temple, porque, al fin y al cabo, Shari Robinson ganó
un concurso de imitadoras de la niña prodigio. Tuvo, sin embargo, una vida
corta en el cine, pues se retiró hacia 1950 y se dedicó a la higiene dental.
Falleció el año pasado. Ese público que renuncia a los musicales está
interesado en lo que sería la edad dorada del cine de gánsteres y cine negro en
general.
Finalmente,
tras retirarse a un rancho a vivir plácidamente, el veneno de la música y la actuación
vuelve a la familia en la persona de la hija, cuyas habilidades danzarinas y
canoras la hacen brillar con luz muy propia. Es el padre quien la empuja,
contra el deseo de la madre de mantenerla alejada de los focos, la industria y
la fama, por el alto precio que se paga, como el de la separación que estuvo en
un tris de acabar con sur propio matrimonio.
Y hasta ahí
llego, pero los números musicales de padre e hija son una fortísima baza de la película,
y para los aficionados al género. El wokismo reinante en nuestros días,
censura hasta la descalificación de toda la película la actuación de Dailey
como Blackface, una de las constantes
del teatro musical durante décadas, y sobre cuyos protagonistas hasta se
rodaron películas como la criticada recientemente en este Ojo: The
Matinee Idol, de Frank Capra. Salvando ese homenaje a tiempos pasados, y
propio, en consecuencia de épocas superadas, la película, como dije en el
título de la reseña, se anticipa a Cantando bajo la lluvia y, sin llegar ni
mucho menos a la calidad de esta, se deja ver con mucho gusto, porque Anne Baxter
parce tener una química especial con Dailey, y los diferentes registros que
exhibe en la película alejan a esta de cualquier ñoñez y la adentra en el terreno
de las historias creíbles y muy disfrutables. Estoy convencido de que los
aficionados al género no me dejarán por mentiroso…
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