lunes, 31 de marzo de 2025

«You’re My Everything», de Walter Lang, un musical de ley.

 

El musical y el cine: un matrimonio perfecto: Dan Dailey inconmensurable en una película olvidada que anticipa Cantando bajo la lluvia.

 

Título original: You're My Everything

Año: 1949

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Walter Lang

Guion: Will H. Hayes Jr., Lamar Trotti. Argumento: George Jessel

Reparto: Dan Dailey; Anne Baxter; Anne Revere; Stanley Ridges; Shari Robinson; Henry O'Neill; Selena Royle; Alan Mowbray; Robert Arthur; Buster Keaton.

Música: Alfred Newman

Fotografía: Arthur E. Arling.

 

          De Walter Lang ya hay cuatro películas criticadas en este Ojo, lo cual es indicio inequívoco de que se trata de un director cuya labor me encanta. Justo después de dirigir una comedia perfecta, Niñera moderna, que tuvo sus inevitables secuelas, Lang dirige un musical como este que anticipa de lleno el tratamiento de una época, la transición del mudo al sonoro, que daría lugar a uno de los mejores musicales de la historia del cine: Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen. Aquí, acogiéndose a la singular capacidad de un actor, cantante y bailarín con menor renombre que algunos clásicos del género, pero con idéntica o superior calidad, Dan Dailey, con quien ya había rodado otro musical algo sombrío, When My Baby Smiles at Me, dos años antes. Se trata, para los aficionados fordianos, con quienes comparto pasión cinéfila, del mismísimo Dan Dailey que trabajó con Ford en ¡Bill, qué grande eres! Se trata, pues, de un actor con carisma y un peculiar encanto que suma a sus inmensas dotes como bailarín y las justas como cantante.

          La historia tiene ciertos giros de guion que no se han de analizar con la pasión exhaustiva de los correctores editoriales —desaparecidos, lamentablemente, en nuestros días— que persiguen las erratas de los originales ilegibles que las editoriales deseosas de halagar al vulgo con quien escribe en necio ponían bajo su escrutadora mirada. Una joven, Anne Baxter, perteneciente a una notable familia bostoniana está enamorada del teatro musical y muy especialmente del protagonista de la obra, Dan Dailey, a quien, por los azares de un encuentro premeditado, invitará a cenar en su casa las judías de las que en su casquivano diálogo había renegado momentos antes. Progresa rápido el enamoramiento y con las artes celestinescas de la tía de Hannah, una magnífica y picarona Anne Revere —una de las represaliadas por el Comité McCarthy, lo que la llevó a no poder rodar película alguna desde 1951 hasta 1970—, quien consigue unirlos en extraño matrimonio, porque ella lo deja todo por él e incluso colabora, torpemente, como chica de coro, en alguna e las producciones de Timothy. Todos discurre con la complacencia en la semipobreza de las parejas que se aman hasta que a él le surge la posibilidad de hacer una prueba para debutar en el cine. La prueba, una secuencia espléndida, no en vano está en ella, como director, el estupendo cómico británico Alan Mowbray, de largo historial en el cine usamericano, discurre perfectamente hasta que, escogida Hannah para darle la réplica en un diálogo amoroso a su marido, es a ella a quien desean  los productores para convertirla en la reina del cine mudo, lo que conlleva la separación laboral de la pareja, pues Timothy no renuncia a seguir ganándose la vida en el teatro musical, y a fe que el número que ilustra esa separación, y que da pie al reencuentro de ambos, es de primera, un clásico como I may be wrong, de Sullivan y Ruskin. Tras verse de nuevo, y expresar ella el deseo de quedarse embarazada, coincide con la llegada del sonoro al cine y la demanda de películas musicales, lo que supondrá una nueva oportunidad para Timothy y el «pase a la reserva» de Hannah. De forma acelerada, la inflación de películas musicales agota a los públicos, quienes no tardan en captar la constante repetición de las tramas y los números, por excelentes que sean, como ocurre en esta película, en la que no hay ninguno que pueda considerarse «menor», ni siquiera los que pueden considerarse imitación de los de las películas de Shirley Temple, porque, al fin y al cabo, Shari Robinson ganó un concurso de imitadoras de la niña prodigio. Tuvo, sin embargo, una vida corta en el cine, pues se retiró hacia 1950 y se dedicó a la higiene dental. Falleció el año pasado. Ese público que renuncia a los musicales está interesado en lo que sería la edad dorada del cine de gánsteres y cine negro en general.

          Finalmente, tras retirarse a un rancho a vivir plácidamente, el veneno de la música y la actuación vuelve a la familia en la persona de la hija, cuyas habilidades danzarinas y canoras la hacen brillar con luz muy propia. Es el padre quien la empuja, contra el deseo de la madre de mantenerla alejada de los focos, la industria y la fama, por el alto precio que se paga, como el de la separación que estuvo en un tris de acabar con sur propio matrimonio.

          Y hasta ahí llego, pero los números musicales de padre e hija son una fortísima baza de la película, y para los aficionados al género. El wokismo reinante en nuestros días, censura hasta la descalificación de toda la película la actuación de Dailey como  Blackface, una de las constantes del teatro musical durante décadas, y sobre cuyos protagonistas hasta se rodaron películas como la criticada recientemente en este Ojo: The Matinee Idol, de Frank Capra. Salvando ese homenaje a tiempos pasados, y propio, en consecuencia de épocas superadas, la película, como dije en el título de la reseña, se anticipa a Cantando bajo la lluvia y, sin llegar ni mucho menos a la calidad de esta, se deja ver con mucho gusto, porque Anne Baxter parce tener una química especial con Dailey, y los diferentes registros que exhibe en la película alejan a esta de cualquier ñoñez y la adentra en el terreno de las historias creíbles y muy disfrutables. Estoy convencido de que los aficionados al género no me dejarán por mentiroso…

 

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