lunes, 21 de septiembre de 2026

«De ilusión también se vive», de George Seaton, o el milagro de la fe.

Un clásico navideño para renovar la cartelera en esas fechas mágicas.

 

Título original: Miracle on 34th Street

Año: 1947

Duración: 96 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Seaton

Guion: George Seaton. Historia: Valentine Davies

Reparto: Maureen O'Hara; John Payne; Edmund Gwenn; Gene Lockhart; Natalie Wood; Porter Hall; William Frawley; Jerome Cowan; Philip Tonge; Mae Marsh; Thelma Ritter; Herbert Heyes.

Música: Cyril J. Mockridge

Fotografía: Lloyd Ahern, Charles G. Clarke (B&W).

 

          ¡Bueno, bueno, bueno, familias...! Nadie puede negarme que con esta crítica me adelante incluso al bailongo alcalde lumínico navideño de España... Pero la ocasión la pintaban de tal manera que no me ha quedado otra que agarrarme al crecido flequillo para que no pase de largo y poder completar un acercamiento al cineasta George Seaton, ilustre desconocido, como escribí en la critica a dos de sus películas más conocidas, para la mayoría de los espectadores, apasionados o esporádicos.

          Aunque anden los milagros de por medio y el espíritu de este clásico deba mucho, pero que mucho, al de las películas de Frank Capra, nada debe este Miracle on 34th Street, que es su verdadera título, no el burdo «De ilusión también se vive» que lo adaptó en castellano, al Pocketful of Miracles («Un gánster para un milagro»),del autor de ¡Qué bello es vivir!, un clásico navideño que NUNCA falta a su cita con los espectadores de las cadenas de televisión. Pues bien, me atrevo a sugerir que esta entrañable película sobre Kris Kringle, el verdadero Santa Klaus que aparece un buen día en la ciudad de Nueva York para sacar de un terrible aprieto a la organizadora del desfile de carrozas de los grandes almacenes Macy, cuyo Papá Noel está borracho perdido e incapacitado para participar en el desfile. Dado el parecido, por la barba y el tipo, del tal Kris Kringle, este es contratado inmediatamente por la organizadora para que todo discurra como se ha programado. La particular bondad que exhala el sustituto, lleva a los almacenes a contratarlo para la campaña de peticiones de regalos de los niños. Previamente, la hija de la organizadora, una niña prodigio llamada Natalie Wood, que disfruta del desfile desde la casa de un vecino, que es abogado y con quien «concierta» que la niña le pida a su madre que lo invite a cenar el pavo tradicional del día de Nochebuena, aunque, al final, acabe desvelando la estratagema y se evidencie el «malévolo» fin del vecino: llegar a través de tan encantadora hija a la madre, que no es otra que la esplendorosa Maureen O’Hara, en plenitud de facultades interpretativas. La escarmentada vida de madre abandonada que ha inculcado en su hija un sólido escepticismo hacia todo lo que no sea la realidad contante y sonante, de esas que decimos de tomo y lomo, va a contrastar enseguida con lo que devendrá el recurso narrativo esencial de la película, al margen de la historia de amor entre vecinos: que Kris Kringle se empeñará en defender que él es el verdadero Santa Klaus, a capa y espada, no solo contra el supuesto psicólogo del departamento de Recursos Humanos de los almacenes, sino contra la mismísima ley del Estado de Nueva York, ante cuyos tribunales es denunciado y, como medida previa, internado en un sanatorio mental hasta que se celebre el juicio que determine su futuro. Está claro que, sin ser una película judicial, el ingenio derrochado en ese juicio es de tal magnitud que acaba convirtiéndose en el tramo con más alicientes de la película, si bien es justo reconocer que el desarrollo ha ido gestándose por acumulación en un poderoso crescendo del que la escena del juicio es el momento culminante. 

          Con anterioridad, la trama ha ido debilitando, o derritiendo, la resistencia de la madre y la hija a creer en la existencia real y verdadera de un Santa Claus que dice responder al nombre de Kris Kringle. Parte importante de ese proceso es el descubrimiento que hace la niña en los almacenes cuando una madre llega con una niña neerlandesa adoptada que no puede aún expresarse en inglés. Kringle la sienta en sus piernas y habla con ella en perfecto neerlandés y luego canta con ella una canción navideña relativa a San Nicolás, que es el Santa Claus de los holandeses. 

          Los personajes auxiliares, encargados de aportar la dimensión cómica a la película son determinantes para el éxito de esta porque tanto  Gene Lockhart, en el papel de juez, con quien se enfrenta su familia por procesar nada menos que a Santa Claus, y Porter Hall, en el papel de psicólogo de Macy’s están brillantísimos.

          La vertiente anticonsumista que encarna Kris Kringle se manifiesta en la decisión que toma de recomendar ir a comprar ciertos regalos que no tienen en Macy’s en la cadena rival, Gimbels. Son curiosas las reuniones del equipo directivo de Macy’s para, frente a la denuncia del psicólogo, sacar partido comercial de una estrategia jamás antes vista: que unos almacenes envíen a sus clientes a la competencia, lo que, siendo tan sorprendente, acaba llevando al público a incrementar su consumo en unos almacenes tan «generosos», con tan fiel «espíritu navideño» que antepone el interés de los niños a su propia política de ventas.

          Como se advierte, el ritmo de la película es trepidante, porque desde que se inicia el desfile de carrozas y continuamos después con la estrategia de seducción del vecino de la organizadora, propiamente no tenemos un minuto de descanso. La acción se sucede casi vertiginosamente e incluso el propio Kringle acabará durmiendo en la casa del vecino, lo que permite que se estrechen los lazos entre este y la niña, a quien poco a poco va «enseñando» a tener imaginación... Y la secuencia de la imitación del gorila es magnífica. Ello me recuerda la confesión de la mujer del impresionante cineasta argentino, Leopoldo Torre-Nilsson, Beatriz Guido, quien  aseguró que su  padre prefirió llevarla a un colegio religioso, siendo su padre, como era, totalmente agnóstico, para que la niña cultivara la imaginación.

          La lucha entre el escepticismo y la fe es una constante a lo largo de la película y no voy a revelar nada, pero sí que recomiendo fervorosamente que, sea estas navidades próximas, sea en los próximos días, quienes tienen a bien leerme algunas criticas vean esta excelente película, capaz de competir, por méritos propios, con ¡Qué bella es la vida! Reto a cualquiera que la vea a confesar, si es capaz, que no ha sentido ninguna emoción particular a verla. Edmund Gween es un actor cuyo nombre solo les dirá algo a quienes lo han visto en películas tan magníficas como Calabuch, de García Berlanga, Recursos de mujer, de Michael Curtiz, El bígamo, de Ida Lupino o la estupendísima El caso 880, de Edmund Goulding, es decir, que estamos en presencia de un actor cuya espontaneidad y portentosa capacidad de interpretación solo me parece comparable al prodigio que, en el cine español y universal, representa Pepe Isbert. En esta, literalmente, «arrasa», y desde que corrige a un escaparatista la colocación de los renos de su trineo, sabemos que nos será imposible no creer que es quien verdaderamente dice que es...

 

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