El retrato de
un microcosmos localista que grinyola («chirría») por demasiados
costados.
Título original: Pubertat
Año: 2025
Duración 275 minutos
(Miniserie de 6 episodios)
País: España
Dirección: Leticia Dolera
(Creadora), Leticia Dolera
Guion: Leticia Dolera,
Almudena Monzú, David Gallart
Reparto: Leticia Dolera; Xavi
Sáez; Carla Quílez; Aina Martínez; Betsy Túrnez; David Vert; Biel Durán; Anna
Alarcón; Luis Marco; Vicky Peña; Jean Cruz; Alexandra Russo ; Pep Munné ;
David Bages; Alberto Jo Lee; Nuria Gago; Dafnis Balduz; María Ribera; Francesca
Piñón; Carmen Machi; Borja Espinosa; Eric Seijo; Míriam Iscla; Roser Vilajosana;
Carles Francino.
Música: Rafaël Leloup,
Alfred Tapscott
Fotografía: Marc Gómez del
Moral.
A
remolque, seguramente, del éxito de una serie de tanto impacto social como Adolescencia,
de Jack Thorne y Stephen Graham, que suponía, además, un alarde técnico de
realización con sus famosos planos secuencia, Leticia Dolera ha escrito y
dirigido una serie que, sin llegar a la crudeza dramática de la serie inglesa,
ahonda en la relación conflictiva con la sexualidad que tienen los adolescentes
de entre 12 y 14 años, consumidores habituales de porno y exploradores, aún, de
los límites de lo posible, lo indeseable y lo prohibido. Todo ello en el marco
de una microsociedad formada alrededor de una colla castellera cuyas
prácticas folclóricas van a ser el contexto del desarrollo de la trama, que
gira en torno al descubrimiento público de un caso de abusos sexuales cometidos
por los tres mejores amigos de la joven abusada.
El
arranque tarda algo en definirse y, mientras, se nos describen los principales
personajes de la trama, tanto los adultos como los niños no del todo
adolescentes aún, pero ya en esa frontera en la que se empieza a salir de la
niñez y, como se ve en uno de los tres, que ya tiene 14 años, sujeto a
responsabilidad penal. La madre de uno de ellos es una escritora feminista que
organiza una presentación de su libro para la colla castellera a la que
también pertenece, como su hijo. En el curso del acto estalla la velada
denuncia de que una joven ha sufrido abusos. Y lo que comienza por considerarse
una «cosa de críos» va subiendo de tono hasta que se formaliza la denuncia y actúan
las autoridades, policiales y judiciales.
El
suceso es algo así como una bomba que explota en el seno de una asociación en
la que se privilegia la solidaridad absoluta entre sus miembros, porque esa es
la base de los castillos humanos propios del folclore catalán, cuyo origen, sin
embargo, ha de datarse en el llamado Ball de valencians, especialmente
en Valls, un espectáculo procesional y acrobático que culminaba en la formación
de una torre humana. Cuando la torre se independiza del baile nacen los castells.
Esta mezcla de un problema del XXI con una tradición bicentenaria es algo que,
al menos a mi juicio, no acaba de encajar bien: el microcosmos social e incluso
los comportamientos de los niños y adolescentes en la película parecen pasados
por un filtro de corrección política que alcanza, sin embargo a toda la serie,
porque no de otra manera ha de entenderse el cuidado con que parece previsto que
aparezca una relación lésbica, la insinuación de un homosexualidad latente en
uno de los tres agresores, la madre feminista «doctorada», las relaciones
conflictivas entre el patrón de la empresa y el heredero —y no está lejos el
modelo de los Andic...—, una hija abusada por su progenitor y, finalmente, lo
que, a mi juicio convierte la serie más en un anuncio de las técnicas de
resolución de conflictos con menores que
en una verdadera serie dramática con personajes complejos y bien perfilados: el
recurso a lo que se explicita en la serie como la panacea judicial: la «justicia
restaurativa», de la que la serie parece un anuncio larguísimo pagado a precio
de oro, porque, como se especifica al final, de los más de 2400 casos de
agresiones de menores, solo unos 400 se acogen a ese método de intermediación
que recuerda mucho el instaurado en los Institutos de Enseñanza Media. En esa
colección de buenismos sociológicos, no faltan los inmigrantes negros perfectamente
integrados —con algún reparo, como la «compra» que el padre del menor imputable
quiere hacer de la asunción de responsabilidad del hijo del venezolano por ser menor inimputable,
y ello a través de conseguirle un trabajo como arquitecto...— en el ecosistema
de la pequeña comunidad y en la colla castellera, una institución
popular que se ofrece a los espectadores poco menos que como la solución más
eficaz para aliviar las tensiones sociales que tienen nuestras calles soliviantadas,
como lo refleja el aumento de una fuerza política que, curiosamente, siendo
ultracatalanista, parece la enemiga natural de la sociedad integradora que se
dibuja en la serie. Otro ejemplo de esas anomalías podría ser la extraña relación
sexual de la protagonista, la escritora feminista, con quien fuera su abusador
cuando ella tenía diecisiete años, algo que le reprocha muy dolidamente al
tiempo que parece no darle la importancia que, de ser fiel a sí misma, le
hubiera impedido reanudar una relación con quien, él sí, aparece turbado y
refugiado en el «eran otros tiempos», lo que se parece muy débilmente a un
conato de arrepentimiento.
Con
esos ingredientes, no es extraño que la serie navegue por tal cantidad de
derroteros que acabe dejando insatisfechos a los espectadores sobre lo que, en
todo caso, para ser desarrollado como merecería, la serie hubiera debido
ampliarse a varias temporadas. La brocha gorda y las elipsis defraudan las
altas expectativas levantadas. Otra cosa es que, además, se juegue
permanentemente con el ocultamiento de la naturaleza exacta del abuso sexual
cometido, del que solo recuerdo, que haya podido percibir, una mano por debajo
de la ropa de la niña que, voluntariamente, como sus tres amigos, se ha
emborrachado en una orgía transgresora de la que se despierta reconociendo
manchas de semen en su falda, lo que la descompone hasta el remordimiento de lo
que ignora que puede haber sucedido y da por sentado que ha ocurrido, y todo
ello con una sorpresa que parece muy contradictoria en una consumidora de porno
con sus amigos. Es extraño que, hecha la denuncia, no haya habido un
reconocimiento médico de la niña para valorar el alcance de los hechos
denunciados, si bien en todo momento la víctima es renuente a poner la denuncia,
algo que solo ocurre por la presión de una compañera, que revela públicamente
en los circuitos de guásap de la colla la agresión sufrida y se
queja de que no se hace nada contra ella. Cuando, finalmente, la denuncia se
formaliza, entramos en la morosa investigación que no va descubriendo nada,
pero que pone en entredicho a las tres familias a las que pertenecen los
agresores. Y ahí llega otro de los momentos débiles de la trama, porque tal
suma de incompetencias familiares, de desafíos por parte, sobre todo, de dos
menores hacia sus padres y del comportamiento incontrolado del padre de la víctima
nos abocan a un melodrama con demasiados decibelios emocionales más propios de
las tragedias rurales que de otra cosa.
El
hecho de ubicar esta trama de menores que llevan una vida a espaldas de sus
padres a una edad en la que los padres se supone que tienen un cierto control
de sus vidas, como exige la crianza, o como exigía hasta hace poco, porque el
fracaso escolar nos pone en antecedentes de que ha habido una dimisión paternal
en la responsabilidad de la educación de la prole, en el espacio comunitario de
una colla de castellers es de lo mejor de la serie, porque, al
margen de dar a conocer la interioridad de estos grupos dedicados a tan hermosa
labor, el fenómeno casteller se lleva, quizás, los mejores planos de la
serie, sobre todo en el momento de la formación de la piña, en que se dibujan
algunos planos que parecen coreografías de Busby Berkely, del mismo modo que
las ascensiones y ciertos planos en contrapicado tienen un mérito documental
excelente. Como símbolo de la confraternización es muy poderoso, desde luego,
pero a mí me ha recordado el esperit de la antigua CiU, cuyos miembros
confraternizaban en aplecs de germanor los fines de semana y fortalecían
el sentimiento de pertenencia al partido y a «la patria»...
El
capítulo de las interpretaciones está muy ligado al plan ideológico que marca
el guion, lo que convierte a los intérpretes en meros instrumentos de «lo que
exige el guion», que decían las actrices en los tiempos «del destape», y ello,
al menos en mi caso, consigue que vea muy forzadas las interpretaciones y algo
deslucidas. Dos casos, el de la madre del agresor, Pol, Betsy Túrnez y el
propio hijo, Ot Serra, que destaca en un papel de adolescente perdido en la
confusión de los deseos y en el desprecio a sus padres —aunque el modelo me
parece más propio de la idiosincrasia usamericana del adolescente con un
espacio en el que gobierna incluso por encima de sus progenitores—, elevan
notablemente el interés de la serie, frente a cierta atonía de quienes
completan el reparto; si acaso, a los dos destacados cabría añadir un personaje
que apenas tiene desarrollo, pero que no desaprovecha, ciertamente el papel que
le toca: Lluís Marco, un intérprete, como Vicky Peña, de la «vieja escuela» que
otorga una verdad a su personaje de la que otros carecen.
Suele
decirse que «el infierno está empedrado de buenas intenciones», desde que la popularizó
Samuel Johnson, y algo de ello hay en esta serie que quiere ser tan
políticamente correcta que sobrepone ese objetivo al de describir de forma
realista y efectiva la verdadera vida, en vez de filmar la vida guionada o
programada de acuerdo a dicho objetivo, por loable que pueda ser, si lo es. Es
una serie que se presta al debate, porque parece una repaso de «temas sociales
candentes», pero una serie no es una tertulia ni un club de debates, sino que debería
ser la imitación de la vida que se refleja en el espejo que Stendhal puso en el
camino...: ¡Ah, señor!, una novela es
un espejo que se pasea por un gran camino. Tan pronto refleja ante vuestros
ojos el azul de los cielos como el fango de los lodazales del camino…
Aplíquese a las nuevas «novelas» del siglo XXI que son las series.

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