viernes, 25 de septiembre de 2026

«Mañana lloraré», de Daniel Mann o el demonio del alcohol.

 

Un testimonio público que conmocionó Usamérica: la deriva alcohólica de la cantante Lillian Roth.

 

Título original: I'll Cry Tomorrow

Año: 1955

Duración: 117 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Daniel Mann

Guion: Helen Deutsch, Jay Richard Kennedy. Autobiografía: Lillian Roth

Reparto: Susan Hayward; Richard Conte; Eddie Albert; Jo Van Fleet; Don Taylor; Jack Daly; Ray Danton;

Margo; Virginia Gregg.

Música: Alex North

Fotografía: Arthur E. Arling (B&W).

 

          Pocos espectadores, salvo cinéfilos ratones de filmoteca, recordarán las actuaciones de Lillian Roth en El desfile del amor, de Ernst Lubitsch, Honey, de  Wesley Ruggles, basada en una obra de Herman J. Mankiewicz, El conflicto de los Hermanos Marx (Animal Crackers) o Madame Satan, de Cecil B. DeMille, en las que interpreta  excelentes números musicales, porque Lillian Roth comenzó como niña-actriz, llevada por su madre de casting en casting, y acabó como actriz y, sobre todo, cantante, hasta que la depresión por la muerte de quien iba a casarse con ella, un viejo amigo de la niñez, la introdujo en la dependencia del alcohol y comenzó un periplo de degradación que, desgraciadamente, no es nuevo, y menos en el exigente y competitivo mundo del espectáculo (ayer, por cierto, se cumplieron 35 años de la aparición  de Nevermind, de Nirvana, cuya alma, Kurt Cobain, se ajustó ce por be a ese proceso autodestructivo), un mundo donde parece que el éxito solo se alcance sobre el fracaso de los otros. En  su momento no me quedé con la copla del nombre ni de la historia de Roth, pero cuando hice la crítica de Love Parade, de Lubitsch, escribí esto: «Las escenas del criado y la doncella, con una de las mejores canciones de lo que hemos de considerar una película propia del cine musical, adquieren, a veces, más entidad que la propia de los amos, y a ellos contribuyen dos actores llenos de gracia y de buen hacer». La criada es Lillian Roth. Y otro tanto cabe decir de su aparición en Madame Satan, donde la Roth destaca como moderna vampiresa cantante.

          Lillian Roth es, por lo tanto, una actriz popularmente desconocida, aquí en España. Ella, con ayuda de un periodista, escribió su autobiografía, que se convirtió en un superventas durante muchas semanas. La película basada en el libro e interpretada por Susan Hayward, quien guarda un cierto parecido con la pizpireta cantante, aunque Lillian Roth tiene una gracia de mujer hecha a las picardías del vodevil y, en consecuencia, algo distante de lo que en la película la representa Hayward, a quien el guion y la interpretación la acercan más, en algunas interpretaciones, a la música de jazz, como sucede en el primer número que nos la muestra ya como una cantante consagrada, aunque insegura. De hecho, la inseguridad le vendrá de la ultradependencia que sufre de su madre, quien le ha escrito el guion de su vida desde que era una niña y la pasea por estudios, castings, productoras y cualquier lugar del mundo del espectáculo que puedan convertir a su niña en una niña prodigio, ¡una auténtica fiebre en la Usamérica anterior y posterior al crack del 29! El comienzo de la película, con la madre y la niña yendo a una audición, atravesando un barrio popular y recibiendo el desprecio como recompensa es magnífico y da a entender que vamos a ver no solo una obra de cine muy sólida, con una fotografía y ambientación muy estudiadas, sino algo que aspira a clásico, aunque se medio quede por el camino, de tal manera que, estando muy cerca de Días de vino y rosas, de Blake Edwards, hay, a  mi entender, algo que evita que esté a la misma altura. No son las interpretaciones, sin duda, no lo es, tampoco, el horrible drama de la marginación en que la sume la dependencia del alcohol, ni tampoco la rehabilitación ortodoxa a través de AA (Alcohólicos Anónimos), que recibe un espaldarazo social inmenso con la publicación de su autobiografía y, sobre todo, con lo que lo cambió todo: la aparición de la cantante en un programa que fue un fenómeno de audiencia: Esta es su vida,  presentado por Ralph Edwards, quien hace un cameo en la película interpretándose a sí mismo en la emisión del programa. De lo que conmovió a la audiencia el programa dan fe algunos hechos: que se repitiera tres veces consecutivas y que la emisora recibiera más de cuarenta millones de cartas de todo el país. Un auténtico fenómeno social que ponía de relieve, mediados los años 50, el serio problema con el alcohol que tenía la sociedad usamericana. Los muy interesados aún pueden encontrar en YouTube un vídeo con parte del programa, tal y como se emitió en su momento.

          La película adapta el libro, pero prescinde de algunos elementos, como el hecho de que ella se iniciara en el show business actuando con su hermana, por ejemplo, y se centra en la relación tóxica con la madre y, después, fallecido su prometido, con el alcohol, que acaba arruinando su carrera. La fragilidad psicológica de la cantante, hiperacentuada en el drama que es la película, la lleva a entregarse a hombres que siempre resultan ser justo lo contrario de lo que ella necesita, y ahí hace su entrada el enigmático y explotador Richard Conte en un papel de villano que borda a la perfección. La vida independiente de la madre, sin el férreo gobierno de quien solo buscaba que su hija consolidara el estrellato al que ascendió por sus propios méritos, solo le depara contratiempos, siendo el mayor de todos el refugio en el alcoholismo, un pozo del que, una vez caído en él, cuesta algo más que ayuda y determinación salir. De hecho, fueron dieciséis años de su vida perdidos en la lucha contra la adicción, y hay escenas escalofriantes de ella en calles y tugurios junto a auténticas piltrafas humanas que se le acercan, y no con las mejores intenciones, desde luego. La crudeza de las imágenes no engañan respecto de la miserable vida que llevó la cantante, pero el contrapunto de AA, con una dignísima interpretación de Eddie Abert, un polifacético actor secundario de indudable prestigio, da un giro no solo a la película, sino, fundamentalmente, a la historia de su vida, porque es él, alcohólico, como todos los miembros de AA prefieren definirse, quien logra sacarla del abismo y restituirla a su propia vida, en una desenlace que abandona el drama para instalarnos en los terrenos más tibios, pero efectivos, del melodrama sentimental.

          Aunque roce en muy pocas secuencias el biopic, un género tan cultivado en Usamérica,  lo cierto es que la película mantiene las necesarias y suficientes dosis de crudeza como para encuadrar la obra en el género del drama y de los casos de superación personal. En la medida en que desconocemos el alcance de la fama de la actriz y cantante, cuyos vídeos antiguos nos llegan, lógicamente, con aquel timbre propio de los cantantes de los años 2º y 30 del pasado siglo, esto es, como reliquias del cine sonoro y aquellos discos de 78 rpm, no somos capaces de hacernos a la idea de lo que supuso asomarse a las pantallas de televisión de un país como Usamérica para relatar, sin falsos sentimentalismos, sino con la dramaticidad propia de una situación totalmente indeseable para cualquiera un terrible caso de caída en la drogadicción que a punto estuvo e acabar con su vida y su carrera. Un programa como Esta es su vida, que navegaba por los confortables terrenos del entretenimiento emotivo, dio , de repente, un salto dramático hacia los sombríos terrenos de la adicción y hacia la confesión sanadora y terapéutica de un alma liberada. A su manera, mutatis mutandis, sería algo parecido a lo que hizo la gran actriz Lola Herrera en la película de Josefina Molina Función de noche, con la salvedad de que aquí la realidad se nos ofrece a través del documental cinematográfico y en el caso de Lillian Horth en un programa televisivo de máxima audiencia. La película es una aproximación honesta y en muchos aspectos desgarradora de un crisis personal en la que, sirva esto para las generaciones actuales, no aflora el victimismo ni por equivocación.  

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