El poder de la palabra escrita o cómo enamorarse de un desconocido, cuya presencia se abre paso, lentamente, a través de la amnesia.
Título original: Love Letters
Año: 1945
Duración: 101 min.
País: Estados Unidos
Dirección : William Dieterle
Guion : Ayn Rand. Novela: Christopher Massie
Reparto: Jennifer Jones ; Joseph Cotton; Ann Richards; Cecil
Kellaway; Gladys Cooper; Anita Louise ; Robert Sully; Reginald Denny; Ernest
Cossart; Byron Barr.
Música: Victor Young
Fotografía: Lee Garmes
(B&W).
He
leído que, en su momento, la recepción crítica de esta película hiperromántica
fue muy adversa, pero no así la recepción popular, lo que la llevó a ser
nominada a cuatro estatuillas Oscar, aunque no ganó ninguna. El dúo protagonista,
Cotten y Jones, con una química perfecta entre ellos, parece que se estén entrenando
para alcanzar su máximum en la posterior Jenny, también de Dieterle, mágica
película romántica cuyo único Oscar lo obtuvo en la categoría de ¡efectos
especiales! Malos tiempos para la lírica, en efecto, entonces y ahora. En estos
tiempos en que los preadolescentes de doce y trece años frecuentan los canales porno de internet, ¿de
qué manera podrán enfrentarse a los sentimientos y las relaciones que se nos
ofrecen en eta película? Cruda, ciertamente, está la cosa, y el crítico ignora
si la realidad no está dando un gran paso hacia una regresión que nos lleve a
una restauración de las relaciones humanas en las que películas como esta
vuelvan a tener algún sentido, hechas todas las salvedades de rigor.
Lo
primero que me ha llamado la atención es la presencia de Ayn Rand en la
elaboración del guion, porque choca lo suyo ver a una intelectual tan atenta a
lo real conflictivo embarcada en un proyecto de tanto romanticismo que, a buen
seguro, debería de haberle parecido muy ñoño. El precedente clásico, Rostand y
su Cyrano de Bergerac, imagino que debieron tener algo que ver con el
desafío de trasplantarlo a una realidad posbélica de la que el personaje ha
salido tan traumatizado que no duda en romper el compromiso matrimonial que tenía
e irse a vivir solo a la campiña, donde ha heredado una casa de su tía y donde
vivió felices años de infancia. El motivo no confeso de ese aislamiento, sin
embargo, es la sospecha de haberse enamorado de la mujer a quien le escribía,
en nombre de un compañero de armas, emotivas cartas de amor, tanto que
propiciaron la boda de la destinataria con ese compañero que,
incomprensiblemente, acaba muriendo en Inglaterra, no en el frente.
El
supuesto paisaje de Essex, reproducido en los estudios de la Paramount, con una
fotografía muy cuidada de Lee Garmes, uno de los grandes cinematografistas de Hollywood,
me ha recordado el de El misterio de Fiske Manor, de Charles Vidor, y
contribuye decisivamente a acentuar la parte de película de misterio que la
asemeja, hasta cierto punto, a la Rebeca de Hitchcock, y también a su Recuerda.
En Gregory Peck se pensó para el papel protagonista, pero la cercanía de su
participación en Recuerda, desaconsejaron al actor participar en otro historia
de amnesia. Reconozco que yo tengo una profunda debilidad por los casos de
amnesia, esa suspensión temporal o definitiva de los recuerdos que obligan a la
persona a reconstruirse, a perderse o a no vivir más que para descubrir señales
de quién pudo haber sido. Hay películas memorables al respecto, pero ninguna
tan emocionante, al menos para mí, como Niebla
en el pasado, de Mervyn LeRoy, a pesar de su inexpresivo protagonista. En
esta, la protagonista, Jennifer Jones, quien deja de lado su faceta
temperamental, como en Duelo al sol, de Preston Sturges, pauta extraordinariamente bien el proceso que
ha de llevarla a descubrir cuál ha sido su pasado, un proceso que recorre,
curiosamente, junto al hombre con quien se ha casado y en quien va descubriendo
borrosas señales de su propio pasado, como cuando cree reconocer, en la letra
de su marido, la letra de las cartas que recibía del frente del hombre con quien
se acabaría casando. De hecho, todo eso comienza en la fiesta a la que acompaña
a su hermano poco antes de instalarse en Essex, donde conoce a Singleton, cuya
visión impresiona ciertamente al protagonista, quien, en ese momento, ignora
por completo —al espectador le lleva un segundo saberlo...— que está ante la
persona con quien ha mantenido una correspondencia que se ha ido metiendo en su
corazón de tal manera que ha llegado a estar enamorado de esa mujer, por más
que a su compañero de armas le dijera que la destinataria no significaba nada
para él.
Si
hay una investigación es porque ha habido un suceso trágico, algo que se evoca
con todo el misterio posible del mundo cuando el protagonista visita la casa
del soldado amigo para preguntar por Victoria, su mujer, y recibe una respuesta
hosca y malencarada por parte de quienes habitan en ella. Ello lleva a Cotten a
investigar ese pasado y saber que hubo, en efecto, un crimen, un juicio y una
sentencia. A resultas de todo ello, algo que el espectador ignora por
completo, la protagonista ha perdido la
memoria y vive con una amiga como la Singleton, solo Singleton, a secas, sin nombre,
con quien se encuentra en la fiesta. Solo un flashback del juicio nos permitirá
comprobar el alcance de la amnesia traumática que sufre la protagonista, y de
la que solo se recuperará en el desarrollo de la trama, si bien esos momentos
están lo suficientemente dosificados como para no caer en el error de la
revelación súbita que pueda inducir a errores sin vuelta atrás. Es delicada,
ciertamente, la anagnórisis, cuando se refiere al reconocimiento de uno mismo,
y toda delicadeza es poca, algo que el protagonista tiene siempre presente,
porque el verdadero amor que lo guía le sugiere en cada momento qué ha de hacer
para que su mujer no se desespere ni busque atajos o, lo que sería terrible,
invenciones que, sin ser verdad, la puedan tranquilizar.
No
estamos ante una «comedia romántica», un género bobo hasta la saciedad, sino
ante un drama romántico en el que interviene la amnesia como un tormentoso
camino de autorreconocimiento que nos lleve a la asunción de nuestra verdadera
personalidad. En ese camino habrá más de una y de dos sorpresas, pero la pareja
protagonista, perfectamente acoplada, colabora decisivamente para que los
vivamos con la intensidad climática que el profundo amor exige de quienes lo
viven como la única realidad de sus vidas. No se me escapa, lo dije al
principio, que ciertas películas románticas tengan un difícil recepción por
parte de la juventud, más preocupada por el sexo que por los sentimientos,
aunque ello tenga algo de pose y de exigencia social, porque el amor es una
experiencia trascendental que va mucho
más allá de modas y supuestas «liberaciones».

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