miércoles, 23 de septiembre de 2026

«Cartas a mi amada», de William Dieterle, o el cine de ayer y de siempre.

 

El poder de la palabra escrita o cómo enamorarse de un desconocido, cuya presencia se abre paso, lentamente, a través de la amnesia.

 

Título original: Love Letters

Año: 1945

Duración: 101 min.

País: Estados Unidos

Dirección : William Dieterle

Guion : Ayn Rand. Novela: Christopher Massie

Reparto: Jennifer Jones ; Joseph Cotton; Ann Richards; Cecil Kellaway; Gladys Cooper; Anita Louise ; Robert Sully; Reginald Denny; Ernest Cossart; Byron Barr.

Música: Victor Young

Fotografía: Lee Garmes (B&W).

 

          He leído que, en su momento, la recepción crítica de esta película hiperromántica fue muy adversa, pero no así la recepción popular, lo que la llevó a ser nominada a cuatro estatuillas Oscar, aunque no ganó ninguna. El dúo protagonista, Cotten y Jones, con una química perfecta entre ellos, parece que se estén entrenando para alcanzar su máximum en la posterior Jenny, también de Dieterle, mágica película romántica cuyo único Oscar lo obtuvo en la categoría de ¡efectos especiales! Malos tiempos para la lírica, en efecto, entonces y ahora. En estos tiempos en que los preadolescentes de doce y trece años  frecuentan los canales porno de internet, ¿de qué manera podrán enfrentarse a los sentimientos y las relaciones que se nos ofrecen en eta película? Cruda, ciertamente, está la cosa, y el crítico ignora si la realidad no está dando un gran paso hacia una regresión que nos lleve a una restauración de las relaciones humanas en las que películas como esta vuelvan a tener algún sentido, hechas todas las salvedades de rigor.

          Lo primero que me ha llamado la atención es la presencia de Ayn Rand en la elaboración del guion, porque choca lo suyo ver a una intelectual tan atenta a lo real conflictivo embarcada en un proyecto de tanto romanticismo que, a buen seguro, debería de haberle parecido muy ñoño. El precedente clásico, Rostand y su Cyrano de Bergerac, imagino que debieron tener algo que ver con el desafío de trasplantarlo a una realidad posbélica de la que el personaje ha salido tan traumatizado que no duda en romper el compromiso matrimonial que tenía e irse a vivir solo a la campiña, donde ha heredado una casa de su tía y donde vivió felices años de infancia. El motivo no confeso de ese aislamiento, sin embargo, es la sospecha de haberse enamorado de la mujer a quien le escribía, en nombre de un compañero de armas, emotivas cartas de amor, tanto que propiciaron la boda de la destinataria con ese compañero que, incomprensiblemente, acaba muriendo en Inglaterra, no en el frente.

          El supuesto paisaje de Essex, reproducido en los estudios de la Paramount, con una fotografía muy cuidada de Lee Garmes, uno de los grandes cinematografistas de Hollywood, me ha recordado el de El misterio de Fiske Manor, de Charles Vidor, y contribuye decisivamente a acentuar la parte de película de misterio que la asemeja, hasta cierto punto, a la Rebeca de Hitchcock, y también a su Recuerda. En Gregory Peck se pensó para el papel protagonista, pero la cercanía de su participación en Recuerda, desaconsejaron al actor participar en otro historia de amnesia. Reconozco que yo tengo una profunda debilidad por los casos de amnesia, esa suspensión temporal o definitiva de los recuerdos que obligan a la persona a reconstruirse, a perderse o a no vivir más que para descubrir señales de quién pudo haber sido. Hay películas memorables al respecto, pero ninguna tan emocionante, al menos para mí,  como Niebla en el pasado, de Mervyn LeRoy, a pesar de su inexpresivo protagonista. En esta, la protagonista, Jennifer Jones, quien deja de lado su faceta temperamental, como en Duelo al sol, de Preston Sturges,  pauta extraordinariamente bien el proceso que ha de llevarla a descubrir cuál ha sido su pasado, un proceso que recorre, curiosamente, junto al hombre con quien se ha casado y en quien va descubriendo borrosas señales de su propio pasado, como cuando cree reconocer, en la letra de su marido, la letra de las cartas que recibía del frente del hombre con quien se acabaría casando. De hecho, todo eso comienza en la fiesta a la que acompaña a su hermano poco antes de instalarse en Essex, donde conoce a Singleton, cuya visión impresiona ciertamente al protagonista, quien, en ese momento, ignora por completo —al espectador le lleva un segundo saberlo...— que está ante la persona con quien ha mantenido una correspondencia que se ha ido metiendo en su corazón de tal manera que ha llegado a estar enamorado de esa mujer, por más que a su compañero de armas le dijera que la destinataria no significaba nada para él.

          Si hay una investigación es porque ha habido un suceso trágico, algo que se evoca con todo el misterio posible del mundo cuando el protagonista visita la casa del soldado amigo para preguntar por Victoria, su mujer, y recibe una respuesta hosca y malencarada por parte de quienes habitan en ella. Ello lleva a Cotten a investigar ese pasado y saber que hubo, en efecto, un crimen, un juicio y una sentencia. A resultas de todo ello, algo que el espectador ignora por completo,  la protagonista ha perdido la memoria y vive con una amiga como la Singleton, solo Singleton, a secas, sin nombre, con quien se encuentra en la fiesta. Solo un flashback del juicio nos permitirá comprobar el alcance de la amnesia traumática que sufre la protagonista, y de la que solo se recuperará en el desarrollo de la trama, si bien esos momentos están lo suficientemente dosificados como para no caer en el error de la revelación súbita que pueda inducir a errores sin vuelta atrás. Es delicada, ciertamente, la anagnórisis, cuando se refiere al reconocimiento de uno mismo, y toda delicadeza es poca, algo que el protagonista tiene siempre presente, porque el verdadero amor que lo guía le sugiere en cada momento qué ha de hacer para que su mujer no se desespere ni busque atajos o, lo que sería terrible, invenciones que, sin ser verdad, la puedan tranquilizar.

          No estamos ante una «comedia romántica», un género bobo hasta la saciedad, sino ante un drama romántico en el que interviene la amnesia como un tormentoso camino de autorreconocimiento que nos lleve a la asunción de nuestra verdadera personalidad. En ese camino habrá más de una y de dos sorpresas, pero la pareja protagonista, perfectamente acoplada, colabora decisivamente para que los vivamos con la intensidad climática que el profundo amor exige de quienes lo viven como la única realidad de sus vidas. No se me escapa, lo dije al principio, que ciertas películas románticas tengan un difícil recepción por parte de la juventud, más preocupada por el sexo que por los sentimientos, aunque ello tenga algo de pose y de exigencia social, porque el amor es una experiencia trascendental  que va mucho más allá de modas y supuestas «liberaciones».

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