sábado, 22 de mayo de 2021

«El círculo vicioso», «The Big Bluff» y «Fright», de W. Lee Wilder, ese «boring son of a bitch», en palabras de Billy Wilder, su hermano menor …

Tengo el gusto de presentarles al hermano mayor de Billy Wilder, productor de El gran Flamarion, de Anthony Mann, y director desconocido de películas de series B, C y aun hasta Z…

 

Título original: The woman in brown

Año: 1948

Duración: 77 min.

País: Estados Unidos

Dirección: W. Lee Wilder

Guion: Guy Endore, Heinz Herald, Noël Langley. Obra: Heinz Herald, Geza Herczeg

Música: Paul Dessau

Fotografía: George Robinson (B&W)

Reparto: Conrad Nagel, Fritz Kortner, Reinhold Schünzel, Philip Van Zandt, Lyle Talbot, Edwin Maxwell, Frank Ferguson, Lester Dorr, Michael Mark, Belle Mitchell, Nan Boardman, Shirley Kneeland.

 





Título original: The Big Bluff

Año: 1955

Duración: 70 min.

País: Estados Unidos

Dirección: W. Lee Wilder

Guion: Fred Freiberger. Historia: Mildred Lord

Música : Manuel Compinsky

Fotografía: Gordon Avil (B&W)

Reparto: John Bromfield, Martha Vickers, Robert Hutton, Rosemarie Bowe, Eve Miller, Max Palmer, Eddie Bee, Robert Brice, Pierre Watkin, Beal Wong, Rusty Wescoatt, Mitchell Kowall, Jack Daly, Paul McGuire, George Conrad.

 







Título original: Fright

Año: 1956

Duración: 68 min.

País: Estados Unidos

Dirección: W. Lee Wilder

Guion: Myles Wilder

Música: Lew Davies

Fotografía: J. Burgi Contner (B&W)

Reparto: Eric Fleming, Nancy Malone, Frank Marth, Humphrey Davis, Dean L. Almquist, Elizabeth Watts, Walter Klavun, Tom Reynolds, Ned Glass, Norman Burton.

         


Este Ojo tiene el hábito de verlo todo y el vicio de escrutar, por eso, a veces, tropieza con  «sorpresas» como la de descubrir que una estimable película de asunto judicial, El círculo vicioso, degustada sobre la cinta de correr, es obra de un Wilder que de ninguna de las maneras asocié, al principio con el Wilder que todos conocemos sobradamente, el heredero de Lubitsch y autor de obras capitales en la Historia del cine, desde El crepúsculo de los dioses hasta Primera Plana pasando por El apartamento, El gran carnaval o la joya de joyas que es Con faldas y a lo loco. Con todo, la W inicial es de William, porque el verdadero nombre de Billy Wilder fue Samuel, aunque su madre lo llamó Billy desde que nació. De ahí la inicial y el disfraz del Lee para no ser inmediatamente asociado a su célebre hermano menor. El círculo vicioso, aun siendo literalmente, la reproducción de un juicio en Hungría, sobre un caso de supuesto secuestro y asesinato, nada tiene que ver con Testigo de cargo, por supuesto. Lo que en El círculo vicioso se ventila es un profundo sistema de poder social el caciquismo,  en el que un terrateniente quiere quedarse, a precio regalado, con las tierras de sus vecinos, judíos y pobres, porque bajo ellas se ha descubierto petróleo. El juicio pone de manifiesto, por un lado, un sistema judicial muy peculiar, los testigos hablan de pie delante del estrado de los jueces, los abogados intervienen cada vez que les parece oportuno y el cacique se sienta frente al tribunal como si de otra instancia judicial se tratase, amén de que el «investigador oficial del Gobierno» que actúa como acusación pública dedique su tiempo a amañar testimonios para condenar a los cinco granjeros encausados, incluido el hijo del principal acusado. Lo primero que llama la atención es el bajo presupuesto de la película, por los innumerables actores y actrices desconocidos que aparecen en ella; pero, acto seguido, advertimos un uso expresionista de la luz para perfilar el retrato de los personajes que dota al espacio de una singularidad propia, como si fuera, en efecto, la sede de la Justicia y esta misma, a través de esos contrastes de luz y de declaraciones de testigos, pusiera de manifiesto la verdad del caso. Obviamente me abstendré de hablar sobre el desenlace del mismo; pero no de que todo el juicio es, en realidad un flash back que se origina en la agonía de un emigrado húngaro a Usamérica a quien, mientras el doctor lo asiste en sus últimos momentos, uno de los participantes en aquel juicio relata a sus compañeros de pensión qué se ventilaba. Sorprende también, a los presentes, que el enfermo, al que creían mudo, porque no había dicho ni una palabra desde que llegó a Usamérica, diga «Perdóneme, padre». Se trata del hijo del acusado, a quien el «investigador» convence para que declare de tal manera que, sin acusar directamente a su padre, evidencie que él fue el responsable de la desaparición y muerte de la joven de quince años desaparecida. Merece especial atención la presencia del abogado defensor, el ídolo de los 20 y 30, Conrad Nagel, cuya hermosa voz de barítono le deparó muchísimo trabajo con la llegada del sonoro, aunque su carrera no fructificó como se esperaba, y alguna maquiavélica historia sobre Louis B. Mayer —a quien tan cruelmente vimos retratado en Mank, de David Fincher— y él circula al respecto… Aunque la película es reacia en mostrar planos generales, por la escasez de presupuesto, y abundan los medios en que se selecciona a muy pocos actores ante el estrado, lo cierto es que el devenir del caso logra interesar a los espectadores y nos sitúa ante unas torticeras prácticas judiciales, ante un drama familiar y ante el retrato de un sistema social, el caciquismo, del que tantos ciudadanos de la vieja Europa huyeron para buscar en Usamérica la tierra de la igualdad de oportunidades.

         No es determinante, pero en la duración de las películas, diseñadas para hacer un programa doble, advertimos enseguida el bajo presupuesto de las mismas. De manejar poco dinero se deriva un sistema de rodaje en el que predominan los interiores, lo que le confiere a las películas un aire entre teatral y televisivo del que solo el ingenio y el interés inequívoco de la  historia sirven como anzuelo eficaz para atraer la atención de los espectadores. Es el caso de The big bluff, la historia de un heredípeta, el atractivo —por definición— John Bromfield, actuando aquí como un galán latino, Ricardo de Villa, capaz de seducir a la enferma y rica heredera Valerie —cuyo nombre evoca, por la enfermedad de la heredera, La Traviata de Verdi—, para urdir, después, el asesinato de la misma y huir con su amante, la bailarina Fritzie Darvel, un papel ideal para la bellísima y sugerente Rosemarie Bowe (un año después, Rosemarie Stack, por su matrimonio con el actor Robert Stack). El juego permanente de engaños, de sospechas, por parte de la amiga y acompañante profesional de la heredera, y el trío amoroso entre la bailarina, su marido, que actúa de bongosero en el número de ella, y el plan urdido por el galán para «ejecutar» a la heredera con la que consigue casarse tiene una potencia de cine negro muy considerable. Claro que aquí observamos una mayor inversión en la producción, por los rodajes en exteriores, pero la habilidad del director para crear la sensación de una vida de lujo es tan notable como la propia trama. Lo que está claro es que la heredera, a la que los médicos no le dan más de un año de vida, sabe positivamente que el galán que la mima y con quien se ha casado lo ha hecho por su dinero, pero no está dispuesta a «recluirse» como una ermitaña para alargar su sufrimiento apenas unos meses. Y aquí lo dejo, porque el desenlace de la película es de mucho mérito argumental y conviene sorprenderse por uno mismo. Esta película, al menos, sí que concede al hermano mayor de Wilder, el estatuto de director de serie A, si no fuera porque su afición a las películas de sci-fiction con alienígenas ridículos y monstruos patéticos lo mantengan en ese selecto elenco de directores como Ed Wood y otros. Ahora bien, lo que se divirtió W. Lee Wilder rodando todas esas absurdas ficciones de monstruos nadie se lo va a quitar, desde luego.

         Fright es una suerte de thriller psiquiátrico muy interesante que supera todas las limitaciones de presupuesto con un excelente guion y unas actuaciones muy decentes, aunque con ciertas salvedades que hemos de conceder para no meternos en disquisiciones realistas que tan reñidas suelen estar con la eficacia narrativa del Séptimo Arte. La película se abre con un suicida en un puente al que se dirige la policía con un megáfono para evitar que se lance. Un psiquiatra que lo h tenido como paciente, lo hipnotiza para reducirlo y dejarse acompañar por la policía. Mientras esa extraña sesión de hipnosis tiene lugar, una pasajera que, por el corte del tráfico se ha bajado del coche, y contempla la escena, se percata de que sus manos actúan siguiendo las órdenes del psiquiatra. A raíz de ese hecho que la asusta, decide consultar con el psiquiatra famoso y entra en contacto con él cuando este entra en su descapotable. Rechaza atenderla, pero la insistencia de ella logra que, finalmente, sea atendida. Cuando está echada en el diván, el doctor la hipnotiza para viajar por sus recuerdos «censurados» y entonces, sorpresivamente, solo habla de Viena e incluso dice algunas palabras en alemán, algo que, una vez despierta, sorprende más a la paciente que al doctor, quien niega haber siquiera visitado Viena o un país de habla alemana. Estamos, pues, ante un gran misterio que no tardeen resolverse. La paciente, Nancy Malone, quien debuta en esta película con un papel protagonista tras seis años haciendo solo series de televisión, sufre de doble personalidad y, sin ella saberlo, sirve de soporte corporal a la personalidad de Maria Vetsera, la amante del  príncipe  Rodolfo, con quien protagonizará una de esos momentos estelares de la Historia que permanecen por generaciones en el recuerdo de las gentes, el caso Mayerling, la cabaña de caza del príncipe donde aparecieron los cadáveres de ambos en lo que todo indica que fue un suicidio conjunto de mutuo acuerdo. La verdad es que he visto varias películas sobre el caso, pero, dejando aparte la de Max Ophüls, he de reconocer que esta me ha convencido mucho más, aun tratando el suceso de un modo tan rocambolesco y aparentemente artificial. Tanto Eric Fleming, quien murió muy joven tras volcar la piragua en la que navegaba por el río Huallaga en Perú, mientras rodaba una película, como Nancy Malone, dan el tipo lo suficiente como para hacer creíble el caso de doble personalidad y el modo psiquiátrico como el doctor acaba resolviendo el caso, porque la amante austríaca comenzaba a apoderarse peligrosamente de su sostén corporal, aunque eso queda para quienes se atrevan, y no les pesará,a pasearse por este desconocido hermano del genial Billy Wilder.

         Bueno, pues aquí queda presentado, con esta excelente trilogía que parece algo así como un meritorio capítulo aparte de sus producciones disparatadas con monstruos del espacio, alienígenas, el Yeti y otras lindezas solo aptas para espectadores como el de este Ojo abierto literalmente a todo lo que ha sido rodado. Asesinos del espacio, El Fantasma del espacio, El hombre de nieve,  Manfish, etc., forman parte de ese catálogo de culto de los amantes del cine de serie Z al que contribuyó W. Lee Wilder con generosidad…

martes, 18 de mayo de 2021

«El ciudadano ilustre», de Mariano Cohn y Gastón Duprat: o la antiilustración…

 

Las miserias de la cuna en quien subió a los palacios del arte: la ventana rota de la patria chica…

 

Título original: El ciudadano ilustre

Año: 2016

Duración: 118 min.

País:  Argentina

Dirección: Mariano Cohn, Gastón Duprat

Guion: Andrés Duprat

Música: Toni M. Mir

Fotografía: Mariano Cohn, Gastón Duprat

Reparto: Óscar Martínez, Dady Brieva, Andrea Frigerio, Belén Chavanne, Nora Navas, Iván Steinhardt, Manuel Vicente, Marcelo D'Andrea, Gustavo Garzon, Emma Rivera.

 

        

           La befa de las miserias culturales y morales de las patrias chicas es ya casi un tópico en sí mismo, y todos recordamos algunos nombramientos de “hijos ilustres” de tal o cual localidad en que se rinde homenaje a la persona famosa que, de repente, deja de ser quien individualmente es para convertirse en algo así como el apóstol que lleva por el mundo todo la buena nueva de la localidad donde nació, «poniéndola —como ahora se dice, con no poco énfasis chovinista— en el mundo». Ese malentendido entre la cuna y los palacios a los que sube el homenajeado está en la base de esta película muy ácida, terriblemente cáustica, que nos sitúa ante la vuelta del hijo pródigo, ahora nada menos que Premio Nobel, a su pueblo natal, la imaginaria Salas argentina donde un alcalde voluntarioso que, como todos, busca la medalla que le permita distinguirse para la próxima elección.

Que ese Nobel esté encarnado por Óscar Martínez, cuya presencia y dicción son un modelo de bien hacer, hace presagiar al espectador algo de lo que está por llegar, después de haberse dibujado convenientemente en los primeros compases de la película una personalidad caprichosa, distante, iconoclasta y antisocial. Cuando, de entre todas las propuestas que recibe el flamante premio Nobel, este escoge la invitación de la municipalidad de su pueblo para que acepte el título meramente honorífico de “Ciudadano ilustre de Salas” y vemos que se le dibuja en la sonrisa y la mirada una suerte de extraña ensoñación evocadora, los espectadores nos preguntamos qué trama o cuáles son las razones para que, frente a los laureles de la fama y el reconocimiento de todo el mundo, escoja viajar a ese territorio austral de la Argentina y volver, no sabemos si con nostalgia o con ánimo vengativo al territorio donde vivió hasta que a los veinte años huyó de él para no salir de él nunca más, porque su mundo literario se ha construido sobre la evocación de dicho lugar y las historias que en él conoció, de lo que se derivarán algunos de los malentendidos que permitirán trazar un retrato de la patria chica a medio camino entre los cuadros de Solana y el pueblo de Bienvenido Mr. Marshall.

Estamos ante una película de personajes, pero también de ambientes y de espacio, y, sobre todo, ante el choque entre la realidad recordada o creada a partir del recuerdo y el presente con toda su crudeza y sus limitaciones, amén de las miserias e incluso las amenazas que puede vivir alguien que literalmente «cae» casi por arte de birlibirloque en esa realidad municipal y espesa en la que un guion perfectamente urdido va a sorprendernos gratamente casi a cada paso de a los que se compromete el escritor, una vez aceptado el título de “Ciudadano ilustre” y el apretado y casi surrealista «programa de actos» organizado por el alcalde, como si de un programa de festejos de la fiesta del pueblo se tratara. No es difícil, como decía al principio, que a uno se le crucen las imágenes de Sarita Montiel en Campo de Criptana, por ejemplo, para darnos cuenta de lo que era, como en Plácido, de Berlanga, la llegada de «las artistas» a una localidad minúscula y el revuelo que ello conllevaba.

Película de contrastes, pues, que enfrenta a un escritor con una realidad de Salas que nada tiene que ver con lo que él ha novelado a lo largo de cuarenta años de vida lejos de esa pequeña localidad. Y pequeña es adjetivo que oculta el enorme tamaño de las miserias, ingenuidades y salvajismos propios de un lugar al que llegar desde el aeropuerto se convierte, ya, en una aventura, porque el «taxista» al que envían a recibirlo, una excelente muestra de lo que le espera al bienintencionado, ¡o no!, escritor laureado, sufre un pinchazo y no tiene rueda de recambio para cambiarla, por lo que han de hacer noche en el auto en un «atajo» hasta que a la mañana siguiente, alarmados por su tardanza, vengan a buscarlos desde el pueblo.

Como es una película coral, no tiene sentido desmenuzar cada una de las relaciones que se establecen en la película, pero todas ellas conforman un «fresco» de la decadencia argentina, por un lado —buena parte de los recuerdos del Nobel  son, literalmente, ruinas—, y de la dificultad de la cultura para redimir a nadie en un rincón apartado en el que las exigencias del cultivo de la tierra y otros menesteres muy «apegados» a la tierra, a lo esencial de la supervivencia, construyen una mentalidad muy distinta de la perfilada por una educación exquisita, aunque en el pueblo también tienen sus artistas, como el concurso de pintura, del que el Nobel ha de ser jurado, da a entender, y que es uno de los tramos más divertidos de la historia, aunque la principal complicación vendrá por la vertiente sentimental que supone el recuerdo de quien era su novia, antes de irse, ahora casada con un condiscípulo escolar, una parte de la historia que concentro los momentos más duros, amargos y ácidos del retrato total del pueblo y sus habitantes. Es cierto que hay un leve desnivel en el guion en el encuentro de los dos pretéritos novios, pero enseguida la aparición de la hija se encarga de ubicarlo en la senda correcta de la sátira demoledora. Y poco más se puede decir, sin destripar el placer de todos esos pequeños detalles que van literalmente «asaltando» a la gloria local que ha tenido a bien «aparecer» entre ellos, trayéndoles el protagonista de unas noticias que solo se ven en los telediarios.

La interpretación de Óscar Martínez, de quien he visto muchas actuaciones impecables, la última fue El cuento de las comadrejas, de Juan José Campanella, es literalmente perfecta, lo cual no quiere decir que esta película describa el enfrentamiento entre un «héroe» y el pueblo donde nació, sino la compleja relación del escritor con la memoria y, sobre todo, con la vida auténtica. Y ya sabemos que «auténtico», en nuestros días, tiene tanto de elogio como de censura…

En cualquier caso, y sobre todo para los amantes, como yo lo soy, del español argentino, esta es una oportunidad para disfrutar de él inmejorable.

 

viernes, 14 de mayo de 2021

«Cuarteto» y «Trio» («El torbellino de la vida»), de (respectivamente) Ken Annakin, Arthur Crabtree, Harold French, Ralph Smart, Ken Annakin y Harold French: Somerset Maugham en pantalla.

 Cuentos en cortos de un maestro de la naturaleza humana: Somerset Maugham: Los vericuetos extraños de la conducta y las pasiones.

 

Título original:  Quartet

Año: 1948

Duración: 120 min.

País: Reino Unido

Dirección: Ken Annakin, Arthur Crabtree, Harold French, Ralph Smart

Guion: R.C. Sherriff. Historias: William Somerset Maugham

Música: John Greenwood

Fotografía: Ray Elton, Reginald H. Wyer (B&W)

Reparto: William Somerset Maugham, Basil Radford, Naunton Wayne, Ian Fleming, Jack Raine, Angela Baddeley, James Robertson Justice, Jack Watling, Nigel Buchanan, Mai Zetterling, Jean Cavall, Dirk Bogarde, Raymond Lovell, Irene Browne, Honor Blackman, Françoise Rosay.

 





Título original: Trio

Año: 1950

Duración: 91 min.

País: Reino Unido

Dirección: Ken Annakin, Harold French

Guion: William Somerset Maugham, Noël Langley, R.C. Sherriff. Historias: William Somerset Maugham

Música: John Greenwood

Fotografía: Geoffrey Unsworth, Reginald H. Wyer (B&W)

Reparto: James Hayter, Kathleen Harrison, Felix Aylmer, Lana Morris, Michael Hordern, Glyn Houston, Eliot Makeham, Henry Edwards, Anne Crawford, Nigel Patrick, Naunton Wayne, Wilfrid Hyde-White, Clive Morton, Bill Travers, Dennis Harkin, Michael Medwin, Jean Simmons, Michael Rennie, Roland Culver, Raymond Huntley, Betty Ann Davies, André Morell, John Laurie, Finlay Currie.

 

       

  Somerset Maugham fue un prolífico, popular, exitoso y tan controvertido como polémico escritor británico (de lengua materna francesa, sin embargo) muy querido por la industria cinematográfica, que ha llevado a la pantalla no pocas de sus obras, entre ellas las muy famosas La servidumbre humana, de John Cromwell y El filo de la navaja, de Edmund Goulding. Su obra aún se adapta al cine en nuestros días, y es posible que se siga haciendo durante mucho tiempo, porque en las novelas, cuentos y obras teatrales del autor hay una perspicaz y empática mirada al mundo de las pasiones humanas en todas sus manifestaciones. Releyendo algo de su extensa vida, se llega fácilmente a la conclusión que adelanto a sus críticos: realidad y ficción se mezclan inextricablemente en sus obras, porque Maugham usó mucho su autobiografía, ciertamente rica en episodios que marcan a cualquier persona, para apoyarse en ella a la hora de abordar determinadas historias.

         Cuarteto y Trío son dos películas basadas en relatos suyos, introducidos y epilogados por el propio Somerset Maugham en pantalla, quien habla al mismo tiempo desde la sencillez y desde la autoridad. Desde la sencillez que caracterizó una obra muy accesible para el gran público y desde la autoridad de quien vivió mucho e intensamente a lo largo de una vida muy movida. Pondré sencillamente como ejemplo el caso del corto El sanatorio, aparentemente tópico y lleno de personajes que no nos ofrecen, en principio, ningún atractivo individual que destaque de la monotonía de la vida propia de un sanatorio de montaña para tuberculosos. Saber, sin embargo, que su madre fue tuberculosa introduce en la perspectiva de la narración una suerte de mágica intensidad emocional que, siendo tan manida la situación y aun a veces algo caricaturescos algunos de sus personajes la historia cobra, en un momento dado, una autenticidad apasionada que nos conmueve profundamente, porque en seres que se mueven entre las ganad de vivir y las pocas esperanzas de vida no cabe ni la frivolidad ni el aburrimiento de la monotonía: ahí hierven pasiones humanas que, cuando explotan ant4e nuestros ojos, ya digo, nos afectan emocionalmente. Y si anda por medio la ultrabellísima Jean Simmons, ¡para qué contar, entonces! Permítanme un segundo ejemplo, El sacristán, sobre el empleado de una parroquia que lleva toda su vida en el puesto y de quien el vicario descubre que es analfabeto, por lo que le conmina a alfabetizarse para ocupar decorosamente el puesto que ocupa. Ante el desafío, a su edad, de llevara cabo un proceso que le parece absurdo, si hasta entonces había desempeñado correctamente sus funciones, el sacristán se despide y, con los ahorros de toda una vida y tras casarse con su patrona, deciden poner un negocio en que se venden libros, chuches y artículos de papelería. ¡Peregrina imaginación, la de Maugham!, tiende uno a pensar, pero cuando descubres que fue enviado a Inglaterra para ser educado por su tío, vicario de una iglesia, volvemos a advertir una fidelidad realista en el retrato del optimista sacristán que concluimos que ha sido extraído más propiamente del recuerdo que concebido por la imaginación.

         La variedad es uno de los atractivos de estas películas fragmentarias, pero con una unidad de tono tan coherente que diríanse, las distintas partes, filmadas por un solo director, no por la nómina de quienes las dirigen, entre quienes he destacado en este Ojo a Kennen Annakin, recién descubierto y añadiría a Arthur Crabtree, a quien estoy descubriendo estos días… Lo que no falla es el reparto de cada uno de los cortos, porque la escuela británica de actores tiene fama mundial y aquí intervienen figuras tan destacadísimas como la ya mencionada Jean Simmons, la primera aparición cinematográfica de Dirk Bogarde, un auténtico «monstruo» de la pantalla, y una galería de secundarios que merecen ser protagonistas de cualquier película de mucha calidad: Honor Blackman, Basil Radford, Michael Rennie, etc. Puedo aseverar que la capacidad de este plantel de actores y actrices que encarnan los personajes de estas historias llenas de atractivo para los espectadores dejarán boquiabiertos a los espectadores, sea cual sea su nivel de exigencia.

         Aun siendo cierto que muchos planteamientos de las historias se relacionan con un mundo ya desaparecido, por lo que hace a las costumbres, las normas, las leyes consuetudinarias aceptadas, etc.; no lo es menos que hay un fino análisis psicológico de la naturaleza humana en cada una de ellas que nos parecen una auténtica obra de filigrana. Al fin y al cabo, somos seres sofisticados, sí, pero también tenemos una tradición secular que nos ata incluso a los inicios de nuestra especie, ese famoso cerebro reptiliano que condiciona fuertemente algunas de nuestras reacciones.

         El abanico de historias escogidas para Cuarteto y Trío nos ofrece un retrato social tan diverso y atractivo que nos sorprende su variedad de registros y acontecimientos. En modo alguno quiero recontar ninguna de ellas de modo que arruine los sorprendentes finales que cualquier narración corta ha de tener como parte constitutiva del género. Lo importante es que Maugham sabe pasearse por todos los estratos sociales con la misma convicción realista, por extraño que sea el asunto que vertebra cada historia, porque, por resumir brevemente, tan capaz es, Maugham, de retratarnos poderosamente un sacristán analfabeto como un apasionado de las cometas cuya afición pone en riesgo seriamente la estabilidad de su matrimonio —gracias también a la intervención de una madre ultradominante, of course…—; un joven tenista expuesto a la tentación del juego y de las vampiresas en Montecarlo; un caso de adulterio en un matrimonio clásico británico en que el marido tiene una amante con toda naturalidad instalada en Londres, pero vive en el campo con la esposa que se revela como una novelista de éxito con una narración sobre un adulterio narrado por ella, ¡muy convincentemente!, en primera persona, lo cual extiende socialmente un curiosa red de complicidad burlona sobre el marido llena de encanto costumbrista y profundo análisis de los sentimientos. Este corto en cuestión, uno de los más extensos de las dos películas, tiene un final auténticamente brillante.

         Teniendo en cuenta que el reclamo de ambas películas es la figura del escritor, está claro que están diseñadas para atraer a las pantallas a sus muchos lectores. A mi modo de ver lo consigue plenamente. La estética de las películas tiene ese poder de la puesta en escena propia, también, del cine británico y los directores se ponen incondicionalmente al servicio de las narraciones. No buscan alardes de encuadres o planos secuencia o contrastes marcados entre los diferentes planos del repertorio de ellos que tienen a su alcance. Me atrevería a decir que buscan, los directores, una cierta “objetividad”: dejar a los protagonistas actuar con total desenvoltura. Ello no impide, por ejemplo, algunos recursos de superposición de imágenes, de encadenados, de travelines incluso atrevidos, pero, en general, los directores escogen pasar desapercibidos, porque saben que lo importante son esas historias, todas ellas arrancadas de la vida real y plasmadas con una naturalidad que es su principal valor. Se trata de un cine absolutamente británico por los cuatro costados, pero todos conocemos que son un pueblo especialmente habilidoso para el retrato costumbrista, pero también para la excentricidad y las pasiones retorcidas. Aquí hay de todo. Y si hay una interpretación notabilísima entre todas, porque compone un tipo psicológico inconfundible en cualquier cultura es el de Mr. Know-all («Don Sabelotodo»), maravillosamente interpretado por Nigel Patrick,  un compañero de travesía insufrible en el interior de un espacio cerrado, un barco, donde es difícil darle esquinazo…; Patrick  repetiría en una tercera secuela de esta serie, Encore, dirigida por Pat Jackson, Anthony Pelissier  y Harold French.

         Un auténtico programa doble que nos acerca a historias humanas complejas y auténticas, que sorprenderá a cualquier espectador desprejuiciado. ¡Qué disfruten, como yo lo he hecho…!

martes, 11 de mayo de 2021

«No soy tu enemigo», de Robin Bissell, el cine redentor…

Un género consolidado: el cine de superación personal o redención… El eterno combate contra el racismo usamericano.

 

Título original:  The Best of Enemies

Año: 2019

Duración: 133 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Robin Bissell

Guion: Robin Bissell. Libro: Osha Gray Davidson

Música: Marcelo Zarvos

Fotografía: David Lanzenberg

Reparto: Taraji P. Henson, Sam Rockwell, Anne Heche, Wes Bentley, John Gallagher Jr., Bruce McGill, Jessica Miesel, Rhoda Griffis, Caitlin Mehner, Sope Aluko, Ned Vaughn, Babou Ceesay.

 

         Las vidas ejemplares, construidas a partir de un proceso de redención de lacras individuales como, en este caso, el racismo furibundo de un miembro del KKK que acaba viendo la luz sobre los oscurísimos prejuicios raciales que lo determinan han conseguido hacerse con un puesto en los múltiples géneros consolidados en la Historia del Cine. Que haya tantas dosis de previsibilidad en una historia es evidente que, cinematográficamente, la lastra de forma muy considerable, porque se trata de una historia que, por más real que sea, se construye, artísticamente, a partir de muchas otras películas que han consolidado el género y cuyo recuerdo nos asalta permanentemente mientras seguimos la historia que se nos ofrece. Enfocada, pues, desde el punto de vista documental, la película adquiere una densidad muy diferente de lo que una ficción pudiera ofrecernos. Es evidente que la presencia de artistas como Sam Rockwell, sobre todo, pero también de Anne Heche o la omnipresente Taraji P. Henson, muy convenientemente caracterizada, quien fue nominada al Oscar por su papel en El curioso caso de Benjamin Button, de David Fincher, colaboran lo suyo para conferirle a la historia esa capacidad de emoción, tensión narrativa y convicción personal que la hace tan atractiva.

         A partir de un incendio en una escuela a la que asisten solo alumnos negros, las autoridades educativas se plantean hacer una charrette -unas sesiones de estudio colaborativo para buscar una solución a un problema social concreto- entre las comunidades blanca y negra de un condado del sur, Durham, North Carolina, para explorar la posibilidad de la integración escolar de ambas comunidades.

         La película dibuja, desde el inicio, las personalidades de los dos contendientes: una mujer dedicada a la defensa de los derechos civiles de los negros ante las autoridades y el liderazgo en una organización racista del KKK de otro miembro de la misma comunidad. Desde esas dos diferentes perspectivas, se va construyendo un enfrentamiento que acabará chocando en la realización de la charrette, de la que ha de salir, por votación, la integración escolar en el condado o continuar con la separación entre blancos y negros.

         La verdad es que, desde el punto de vista social, llama mucho más la atención ese procedimiento social, la charrette, que propiamente un conflicto racial que se repite punto por punto, ciega violencia incluida, sin apartarse demasiado de otros planteamientos ya vistos. Destaca que ambas comunidades se avengan, primero, a celebrarla y, después, a aceptar el resultado que salga de ella. A lo largo de un par de semanas, se celebran reuniones en las que se van exponiendo puntos de vista sobre la situación, en este caso que, por el incendio de su escuela, los niños negros se quedan sin clases y pueden perder el curso escolar, y confraternizan incluso en la hora del almuerzo, sentándose mezclados, para «suavizar» el enfrentamiento radical entre ambas comunidades. Como es obvio, los líderes «reconocidos» de ambas comunidades, el activista racista y la defensora de los derechos civiles acaban sentándose juntos para el almuerzo, lo que en modo alguno significa que se dirijan la palabra. En las sesiones colectivas, por ejemplo, ambas comunidades se sientan agrupadas cada una en un lado de la sala.

         No revelaré a los espectadores cuándo empiezan a cambiar las cosas y al kukluskanero comienza a deshilachársele la venda fanática con que va ciego de odio por la vida, porque se trata de un momento de profunda emoción que conviene no arruinar. Pero sucede, eso está claro y nadie esperaría un desenlace diferente, porque todos estamos al cabo de la calle de lo que significa el cine de «redención» y nos sabemos sus claves de memoria. Ello no impide, sin embargo, que el proceso sea muy paulatino, primero, y que los intérpretes sean capaces de transmitirnos las emociones correspondientes.  Desde este punto de vista, está claro que la película está bien planificada y logra captar la atención de los espectadores, porque, en el fondo, los personajes positivos son como cualquier hijo de vecino, una de las premisas de este tipo de cine redentorista, podríamos decir.

         La acción transcurre en 1971, lo que convierte a la cinta en una película de época, lo que da pie a una puesta en escena en que se respeta la recreación de unos ambientes, un vestuario, unos vehículos, etc., de los que nos separa medio siglo, y en ese sentido la película es de una exquisita factura. No sea crea, sin embargo, que ese racismo es algo del pasado, porque aún sigue siendo algo muy vivo en la sociedad usamericana, como hemos podido ver recientemente, a pesar de los muchos avances que se han hecho en ese terreno.

         Para tratarse de la primera película de su director, conocido como productor de Los juegos del hambre, por ejemplo, digamos que ha acertado de lleno en el retrato de los «contendientes», así como en el de esa aberración supremacista blanca afiliada al KKK, tan certeramente descrita. Insisto, sin ser tan sumamente dura como otras películas sobre la segregación racial, la película nos permite observar un método de superación del racismo novedoso y eficaz: la charrette. Solo eso, para un espectador de esta Europa tan supuestamente social frente al individualismo usamericano, es suficiente.

lunes, 3 de mayo de 2021

«El juicio de los 7 de Chicago», de Aaron Sorkin y «Conspiracy: The trial of the Chicago 8», de Jeremy Kagan. Un juicio político. Un trozo de Historia.


La Historia y el cine judicial se dan la mano para recordarnos un hito en la lucha por la libertad de expresión y el derecho a un juicio justo.

Título original: The Trial of the Chicago 7

Año: 2020

Duración: 129 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Aaron Sorkin

Guion: Aaron Sorkin

Música: Daniel Pemberton. Canción: Celeste Waite

Fotografía: Phedon Papamichael

Reparto: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Alex Sharp, Yahya Abdul-Mateen II, Michael Keaton, Ben Shenkman, J.C. MacKenzie, Noah Robbins, Alice Kremelberg, Danny Flaherty, John Doman, Mike Geraghty, Kelvin Harrison Jr., Caitlin Fitzgerald, John Quilty, Max Adler, Wayne Duvall, Damian Young, C.J. Wilson.

 


Título: Conspiracy: The trial of the Chicago 8 (TV movie)

Año: 1987

Duración:117min.

Dirección: Jeremy Kagan

Guion: Jeremy Kagan

Música:  Graham Nash

Fotografía: Frederick Elmes

Reparto: Brian Benben; Peter Boyle; Robert Carradine; David Clennon; Robert Fieldsteel; Elliot Gould; David Kagen; Michael Lembeck;  Barry Miller; Robert Loggia; Carl Lumbly; Ron Rikkin; Martin Sheen; Harris Yulin; David Opatoshu.

 

         No «rascar» nada en los Oscars suele ser, a veces, una señal inequívoca del valor de una película o, al menos, de su interés, porque es larga la historia de las películas marginadas por la Academia y entronizadas por la crítica y/o el público. En este caso, la película de Sorkin, reputado director de La red social, tiene mucho de intrausamericana, como para que se convierta en un éxito global, atendiendo a lo muy específico del suceso en la Historia de Usamérica, en un momento tan crucial como el de la rebelión de los jóvenes contra la guerra de Vietnam, precedido por un movimiento contracultural en la sociedad y, sobre todo en las universidades, que acabaría cambiando la faz del mundo a partir del Mayo del 68 francés, capturado para la pantalla por Godard, entre otros.

         Con motivo de la convención del Partido Demócrata en Chicago, ciertas fuerzas sociales emergentes convergieron en esa ciudad para expresar su rechazo a la guerra de Vietnam y a las políticas conservadoras y de segregación racial. Eso se aprecia en los componentes de los inicialmente 8 encausados por provocar disturbios graves en la ciudad, que, tras la condena por desacato del activista negro Bobby Seale, al que se le siguió, desde entonces, causa aparte, quedaron en 7, de ahí la diferencia en los títulos de las dos películas que se han hecho de aquel suceso. Hippies, activistas políticos universitarios y grupos de resistencia civil a la guerra y al reclutamiento forzoso, además de luchadores contra la segregación racial, convergieron en la ciudad de Chicago sin que las autoridades hicieran lo más mínimo por hacerse cargo de la avalancha de jóvenes que iban a convertir la ciudad en un acto de protesta multitudinario y, en principio pacífico. Recordemos que el contexto histórico de esas jornadas de protesta es el de las protestas contra la segregación racial de 1967 en Detroit, llevadas al cine magistralmente por Kathryn Bigelow en su película Detroit, de inexcusable visionado para entender cabalmente esta de Sorkin, porque nos movemos en un arco histórico de sucesos que contribuyeron poderosamente a cambiar las anquilosadas estructuras sociales y políticas usamericanas.  Y, por otro lado, el asesinato de Martin Luther King en abril del año de la protesta en Chicago, lo que prestigió, hasta cierto punto, en una minoría negra, la vía violenta de los Panteras Negras. Finalmente, el asesinato de Robert Kennedy, que provoca la convocatoria de la Convención Demócrata para elegir un sustituto del candidato asesinado, completa el crítico momento social que vive el país.

         Recojo en esta crítica la de dos películas con idéntico asunto, pero muy distintas en su realización, una para el cine, la otra para la televisión. Ambas usan material documental de la época, pero hay una diferencia grande entre la de Sorkin y la de Kagan. La primera solo se sigue a partir de los intérpretes de los personajes reales, algunos fallecidos, como Abbie Hoffman; la televisiva combina, junto a la interpretación de los actores, la visión de los personajes reales, que van puntuando con precisiones el desarrollo del juicio. Y es un contraste muy interesante ver el juicio desde esa doble perspectiva. La versión televisiva se ajusta mucho mas a los protocolos judiciales tal y como fueron en realidad, mientras que la versión actual potencia el espectáculo y nos ofrece un personaje, el fiscal humanizado, que no aparece en la versión televisiva. De igual modo, difieren los finales de ambas. Sorprende, ya puestos en comparaciones, que la versión moderna no recoja las declaraciones de la cantante Judi Mitchell y del poeta Allen Ginsberg, que ofrecen, sin embargo, en la televisiva, dos momentos bien curiosos. Otros, como disfrazarse con las togas o con el uniforme de policía son iguales en ambas versiones, por supuesto.

         Está claro que la versión televisiva tiene un guion mucho más efectivo, sin menos concesiones al espectáculo, porque el enfrentamiento del juez con los abogados defensores y, sobre todo, con Bobby Seale es mucho más a cara de perro en esta que en la de Sorkin. La presencia de los retratos de expresidentes en la sala del juicio permite, además, algunas excursiones discursivas muy eficaces. Esta versión, bastante más teatral que la versión de Sorkin tiene todo el aire de nuestros prestigiosos Estudio 1 y, concretamente, de 12 hombres sin piedad, aunque en este caso, la relevancia del jurado es mínima, porque ni siquiera aparece. Todo se centra en el triángulo Defensa-Fiscalía-Juez, enfrentado de un modo absoluto. Sobre todo cuando la reducción física de Bobby Seale para evitar que insista en reclamar su derecho constitucional a defenderse a sí mismo provoca una muy airada reacción en la mesa de los acusados, que tardan segundos en solidarizarse con él. En la versión televisiva asistimos casi a un conato de motín contra la medida del juez, quien acaba reculando, a la vista del abuso de poder en que está incurriendo.

         Que se trata de un juicio político en el que lo que está en juego es la provocación policial para crear unos disturbios que justifiquen su brutalidad en la represión de los manifestantes pacifistas, está fuera de toda duda. Lo que también queda claro es la inconsciencia de algunos jóvenes líderes, como Hayden, después incluso congresista, dispuestos a «sacrificar» manifestantes en aras del eco social de la protesta para que llegue a las «alturas» y genere un cambio real. Quienes quizá salgan indemnes del relato son, precisamente, quienes durante el juicio manifiestan un desacato lúdico absolutamente inofensivo, porque se mueve a medio camino entre el histrionismo y la ingenuidad. Hoffman perseveró en su lucha contracultural y acabó suicidándose; pero Rubin acabó convirtiéndose en un empresario de éxito. Un encuentro dialéctico entre ambos supuso, tiempo después, el enfrentamiento entre los yippies y los yuppies.

         La tradición de las películas judiciales tiene títulos fundamentales en la Historia del Cine, como Testigo de Cargo, de Billy Wilder, 12 hombres sin piedad, de Sidney Lumet o ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Núremberg), de Stanley Kramer,  por poner tres ejemplos muy distintos. Estas versiones tienen la virtud de «fijar» históricamente un suceso que supuso un antes y un después en procesos en los que entraba, como componente fundamental, la libertad de expresión política como arma de participación social. Desde esa perspectiva, la mirada de Sorkin tiene la virtud de llevar la crítica a quienes, sin duda alguna, pecaron de ingenuidad y se dejaron atraer a la encerrona de la provocación perfectamente orquestada por las fuerzas del orden. Muy llamativa, y elocuente, es la acción de los agentes quitándose las chapas identificadoras para evitar ser acusados individualizadamente de su represión desproporcionada respecto de la naturaleza de la protesta. Que en Usamérica los procedimientos policiales están permanentemente bajo sospecha no es algo que uno pueda inventarse, dada la avalancha de noticias que casi a diario nos llega al televisor, con muertes horrorosas incluidas. De igual manera, los prejuicios raciales que motivan los comportamientos del juez y de la fiscalía son evidentes en el trato vejatorio al líder de los Panteras negras Bobby Seale. Curiosamente, en la versión televisiva, y eso no aparece en la versión de Sorkin, el juez rechaza que se pueda aplazar la sesión para esperar la llegada del reverendo Ralph Abernathy, citado por la defensa; aunque en la versión de Sorkin se recoge la declaración del antiguo Fiscal General del Estado Ramsey Clark, de la que, en una figura de abuso procesal, fue excluido el jurado, por lo que el testimonio exculpatorio de Clark no tuvo efecto ninguno en el desarrollo del proceso.

         Como se advierte, estamos ante un juicio lleno de triquiñuelas procesales que ha pasado a la Historia de la Jurisprudencia usamericana como una prueba inequívoca de prevaricación judicial, por el sectarismo inequívoco del juez Hoffman, perfectamente interpretado en ambas películas, además, por dos actores, uno desconocido, David Opatoshu, en la versión de Kagan y el otro, un secundario de lujo como Frank Langella.

         A todos aquellos a los que los asuntos judiciales les parezcan apasionantes, como a este crítico, pueden disfrutar de dos películas más que notables. La de Sorkin, más espectacular, con un Sacha Baron inconmensurable, y la segunda, la de Kagan, con una carga documental valiosísima.

         A título anecdótico, añadiré que aún hay otra versión anterior a la de Sorkin: The Chicago 8, rodada, también para televisión en  2011, por Pinchas Perry. No he llevado mi espíritu crítico tan lejos como para añadirla a mis visionados.

domingo, 2 de mayo de 2021

«Al otro lado del puente», de Ken Annakin y «Hasta el último aliento», de John Guillermin, dos muestras soberbias del mejor cine británico poco conocido.

 




Un texto de Graham Greene para una interpretación antológica de Rod Steiger y  puro cine negro con Peter Sellers como excepcional villano de lujo: dos películas de inexcusable visión.

Título original: Across the Bridge

Año: 1957

Duración: 103 min.

País: Reino Unido

Dirección: Ken Annakin

Guion: Guy Elmes, Denis Freeman . Historia: Graham Greene

Música: James Bernard

Fotografía: Reginald H. Wyer (B&W)

Reparto: Rod Steiger, David Knight, Marla Landi, Noel Willman, Bernard Lee, Eric Pohlmann, Alan Gifford, Ingeborg von Kusserow, Bill Nagy, Faith Brook, Marianne Deeming.

 

Título original: Never Let Go

Año: 1960

Duración: 90 min.

País: Reino Unido

Dirección: John Guillermin

Guion: Alun Falconer, John Guillermin, Peter De Sarigny

Música: John Barry

Fotografía: Christopher Challis (B&W)

Reparto: Richard Todd, Peter Sellers, Elizabeth Sellars, Adam Faith, Carol White, Mervyn Johns, Noel Willman, David Lodge, Peter Jones, John Bailey, Nigel Stock, John Le Mesurier.

 

Bien puede decirse que estamos en presencia de dos películas únicas y ultrasingulares en la historia personal de cada uno de estos dos directores, con largas carreras, con éxitos de grandes públicos incluso, pero sin una trayectoria que consolidara la innegable calidad y exigencia que ambos demostraron en la realización de estas dos películas extraordinarias, que rodaron con total libertad y que son, hoy, dos muestras magnificas de lo mejor del cine británico en un género, el thriller,  que mostraba sus mejores frutos en Usamérica. 

La primera y sobresaliente, Al otro lado del puente, es una película dominada de punta a cabo por la todopoderosa interpretación de un actor siempre convincente, Rod Steiger, de quien siempre se recuerda El hombre ilustrado, de Jack Smight, basado en relatos de Ray Bradbury, pero a quien podemos asociar, también con directores como Sidney Lumety, El prestamista, Francesco Rossi, Las manos  sobre la ciudad  o Claude Chabrol, Inocentes con manos sucias, es decir,  hablamos de uno de esos actores cuya presencia saben los directores que aumenta el prestigio de su obra. Aquí, en Al otro lado del puente, la relación entre la estrella y el director fue tensa, porque Steiger es un perfeccionista y autor de «método», atento a cada plano y a la mejor solución para resolver cualquier secuencia.

La historia arranca en Nueva York, cuando un empresario se entera de que Scotland Yard ha comenzado a investigar las cuentas de la empresa, por un presunto caso de desfalco. Desde la distancia, el empresario decide salir por piernas y viajar a Méjico, desde donde, a salvo de una posible extradición, pueda reconducir sus asuntos. Pronto la noticia salta a la primera página de los periódicos, con la consiguiente orden de busca y captura para evitar su salida de Usamérica. Desde el comienzo de la película se nos adelanta ya un acabado retrato del empresario inglés de origen germánico y su carácter despótico, en el que se insinúa muy vagamente una cierta querencia germanófila, propia, por otra parte de cierta clase alta británica, la realeza incluida, como la Historia nos recuerda. En el viaje en tren recibe los diarios con la noticia de su huida em primera plana. Conoce a un viajero que vagamente se le parece y que tiene pasaporte mejicano. La idea de una suplantación de personalidad le pasa inmediatamente por la cabeza, pues sabe que difícilmente podrá pasar la frontera con su identidad real. El proceso criminal mediante el que el protagonista se deshace del rival para suplantarlo, rodado con tomas de primerísimo plano, respetando el espacio real del tren, o al menos representando ese hecho, genera una angustia que la vive el protagonista y la contagia al  espectador. Justo cuando llega a su destino, se encuentra con que ha de “recoger” el equipaje que llevaba en el vagón de mercancías: la perra del viajero del que se ha deshecho lanzándolo desde el tren en marcha. La presencia de la perra puede parecer anecdótica, pero se va a convertir en uno de los principales motivos dinámicos de la acción, que se complica con la presencia en el motel cercano a la frontera de los dos viajeros: el agresor y el agredido, rescatado con vida por el trabajador del motel donde se hospeda el agresor. Me apresuro a decir que la historia se ha construido sobre la base de un relato de Graham Greene, lo que nos indica que por fuerza los problemas de conciencia han de ocupar un lugar preeminente en algunos de los personajes que protagonizan la historia, porque el joven trabajador del motel, que quiere ganar dinero, aunque sea vendiendo a la policía al viajero agredido, por que hay una recompensa de 100.000 pesos para quien lo entregue a las autoridades, confunde al agresor con él, porque por él se hace pasar. Recontado puede parecer confuso, pero no hay tal confusión. Lo que sí hay es una potente descripción de los móviles abyectos de las personas, dispuestas a cualquier bajeza con tal de 1) salvar el pellejo, 2) conseguir dinero fácil y 3) llevar una vida lo más tranquila posible.

¿Dónde radica la complicación definitiva? Pues en que el viajero agredido, aunque buscado por las autoridades en Méjico, es un valiente patriota para el pueblo, porque al Gobernador al que ha asesinado era un tirano.  Con todas estas complicaciones, la presencia de un agente de Scotland Yard, que sospecha de que el Jefe de Policía de frontera quiere sacar provecho del delincuente al que buscan las autoridades inglesas, le da un giro a la trama que tensiona de forma definitiva el escaso o nulo sosiego del empresario, abandonado a su suerte por el Jefe de Policía corrupto, lo que lo lleva incluso a vivir en la miseria y en la calle.

Y hasta aquí me es lícito avanzar parte del recorrido. La interpretación expresionista de Steiger, más una habilidad narrativa muy sólida de Annakin, convierten la película en algo que trasciende la mera anécdota, porque la relación del empresario con el perro se vuelve determinante, desde el punto de vista moral, porque, desde que lo recoge como «equipaje» no deseado, solo piensa en cómo deshacerse de él. Una de las sorpresas es el descubrimiento del nombre del animal en el collar, oculto por el pelaje. Esta relación criminal-perro acaba convirtiendo la película en una reflexión existencialista de primera magnitud, y transformando la historia radicalmente. Una relación parecida, mutatis mutandis, hay en Umberto D, de De Sica, siquiera sea por lo que el perro puede llegar a significar en la vida de una persona. Pero, sin duda, lo mejor es que la vean…

A título anecdótico conviene saber que el puente que une Usamérica y Méjico, con tanta propiedad, no es otro que el de Lora del Río, localidad donde se filmaron esos exteriores «mejicanos», una filmación que sí fue para la localidad un inolvidable ¡Bienvenido, Mr Churchill!

Hasta el último aliento, por su parte, es una película aparentemente sencilla, pero el modo de realizarla Guillermin, con una puesta en escena muy ajustada a una trama propiamente «de barrio», le da una dimensión de película a medio camino entre el cine social y el thriller que deja un excelente sabor de boca al espectador. ¡Qué duda cabe de que la presencia de Peter Sellers como un malvado de lujo, con un carácter dado al brote psicótico y al desbordamiento de la violencia incontrolable como única manera de relación con su amante y con el mundo, es uno de los grandes puntos fuertes de la película! Pero no todo acaba en él, porque Richard Todd, con quien comparte protagonismo, le da una réplica perfecta, lo que eleva su enfrentamiento a uno de los grandes entre «buenos» y «malos» del cine negro.

La historia arranca con una trama de robo de coches para ponerles matrículas falsas y revenderlos en el mercado de segunda mano. En esa cadena interviene un policía corrupto, el dueño de un garaje y un taller. Un día un pluriempleado con escasa fortuna laboral sale del trabajo y se encuentra con que el coche que tanto le ha costado comprar le ha sido robado. Denuncia el robo, pero la policía no parece hacer nada al respecto. Entonces, decide comenzar a investigar por su cuenta para tratar de averiguar lo que pueda. Poco a poco, a partir de la revelación de un vendedor de prensa que conoce el modus operandi de los jóvenes delincuentes que roban los vehículos, el protagonista logra entrar en contacto con esos jóvenes, primero y, tras ser golpeado y humillado, va abriéndose paso hacia el núcleo duro de la estafa. De forma paralela, advertimos los duros esfuerzos del protagonista por abrirse paso aboralmente y la dificultad de sostener una vida familiar sin levantar sospechas sobre su vida de investigador privado o poco menos. La mujer incluso llega a sentirse ofendida por que le dedique tantísima atención a ese coche robado, en ve de dedicarle u tiempo a ella y al hijo de ambos. Todo, como vemos, colabora para aumentar la tensión de los acontecimientos. Esa tensión narrativa sabe conseguirla excelentemente Guillermin, apoyándose en una banda sonora particularmente acertada del ganador de cuatro Oscars John Barry, lo que redondea la película para convertirla en lo que debería de haber sido, un clásico indiscutible, pero los duendes de la posteridad a veces se muestran perezosos y tardan lo suyo en devolverle a una película la excelencia que manifiesta.

Lo que es indubitable es la magnífica interpretación de Peter Sellers, en un papel si no inédito en su carrera, no tan recordado como sus papeles cómicos, en los que descolló como el gran actor que siempre ha sido. Aquí alcanza unos niveles de expresividad repulsiva que sorprende que el mismo actor haya sido capaz de metamorfosearse en un cómico, porque, vuelvo a repetir, en esta hiela la sangre a cualquier espectador, a tal punto se nos muestra la exquisitez de su crueldad.

Como advertimos, el cine británico también ha sabido alcanzar cotas eminentes de excelencia en un género, el thriller, que parecía propiedad exclusiva de los usamericanos en los años 40 y 50. 

¡Bienvenidos a una sesión doble que les sorprenderá!

 

 

 

 

 

sábado, 1 de mayo de 2021

«Arizona», de George Marshall, o el western pacifista.

El valor de la ley y las pruebas frente al lenguaje de las pistolas, más un curso abreviado de curioso lysistratismo…

 

Título original: Destry Rides Again

Año: 1939

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Marshall

Guion: Felix Jackson, Henry Myers, Gertrude Purcell . Obra: Max Brand

Música: Frank Skinner, Friedrich Hollaender

Fotografía: Hal Mohr (B&W)

Reparto: Marlene Dietrich, James Stewart, Irene Hervey, Mischa Auer, Brian Donlevy, Charles Winninger, Allen Jenkins, Warren Hymer.

 


Un sheriff sin pistola, El muchacho de Oklahoma, de Michael Curtiz, titulé en este Ojo la crítica de la película de Curtiz, de 1954, es decir, muy posterior a esta de George Marshall en la que se nos presenta un personaje con idéntica caracterización: un sheriff pacifista, nada amigo del uso de las pistolas ni de la violencia, aunque, como advierte en una secuencia ilustrativa, no porque no sepa usarlas, sino por todo lo contrario, porque domina su uso y sabe que de él solo se deriva el mal de la muerte irreparable.

Esta es la segunda de las tres adaptaciones que tuvo al cine la novela tras la de 1932, de Ben Stoloff, La venganza de Tom, con Tom Mix y la tercera, Honor y venganza, también del propio Marshall, que bien podría considerarse, por el nivel de los intérpretes como de auténtica serie B. Más adelante, en 1964 el personaje se convirtió en serie de televisión. Es decir, estamos ante una invención fecunda de Max Brand, quien es el padre de otro personaje televisivo de raigambre, el Dr. Kildare.

Hablar de una actriz en «decadencia» refiriéndose a Marlene Dietrich, cuando aún faltaban años para que rodara Sed de Mal, de Welles o Testigo de cargo, de Wilder puede parecer incongruente, pero lo cierto es que varios fracasos de taquilla anteriores a esta película permitían pensar en ello. Arizona fue, en consecuencia, un revulsivo para su carrera, sobre todo porque ofrecía de ella un lado más accesible y era el contraste ideal, por experiencia vital y capacidad seductora frente a un «pipiolo» como James Stewart que, sin embargo, estaba ya consolidado como un primerísimo actor tras rodar con Capra Caballero sin espada, por ejemplo, el «perfil» humano de cuyo protagonista encasilló a Stewart en cierta clase de papeles a los que responde el que desempeñó, con gran éxito en Arizona.

El más clásico de los esquemas del western, un poderoso que tiene a su servicio al alcalde y juez y al sheriff, intenta apoderarse de todas las fuentes de riqueza del pueblo, «Atolladero», bautizado en aquellos años con el hoy poco usado «Atascadero», nombre que describe a la perfección el lodazal en el que la maldad atrapa a los honrados granjeros o ganaderos que se rebelan contra el cacique, dueño del Saloon y hotel del pueblo, donde su amante, Dietrich, Frenchie —váyase a saber si por la poca gracia que les hacía a los usamericanos por aquel entonces todo lo proveniente de Alemania, lo que hubiera dado una Dutchie que se ajustaba más al acento con que la actriz canta en inglés— es cantante, animadora y colaboradora en sus estafas, como en la partida de póker en la que le gana unas tierras a un granjero. Así que se deshacen del sheriff, quien intenta mediar a favor del granjero, el alcalde propone nombrar para sustituirlo al borrachín del pueblo, quien contrata como ayudante al hijo de quien fue una leyenda en la lucha contra el crimen, Tom Destry Sr.

El hijo llega al pueblo y el ridículo del sheriff, cuando este baja de la diligencia sosteniendo una jaula de pájaros, es solo el comienzo de un reguero de ellos que lo sumirán en el desaliento, porque el joven Destry es un enemigo del uso de las armas para resolver los problemas que se le presenten al sheriff. La técnica del protagonista consiste en usar un repertorio de anécdotas que muestran siempre que el uso de la violencia no ha conseguido jamás salirse con la suya a quienes recurren a ella como solución mágica. Así las cosas, el escrupuloso cumplidor de la ley parece subordinarse a los deseos de un cacique que está encantado con semejante «pardillo» que todo se lo facilita.

En el ínterin, hasta que consigue reunir evidencias para enfrentarse al cacique, Frenchie acaba enamorándose de él y, ya al final de la historia, pasándose al bando del «orden», encarnado por un joven que la seduce a ella a fuerza de ingenuidad y buenas intenciones. La crítica que Destry le hace a Frenchie, la de ir con toneladas de maquillaje, tiene un golpe de efecto excepcional de guion en el final de la película, de esos que a los espectadores atentos les gusta identificar para darse cuenta de que es una historia contada con suma atención a los detalles.

La elección de intérpretes de tan reconocida valía, porque el malo encarnado por Brian Donlevy es «de manual», forma parte del acierto de la película, ver desenvolverse a James Stewart entre el escepticismo de los vecinos por sus métodos tan novedosos se ve acompañado por la no menos inteligente selección de los secundarios, como  el nuevo ayudante de sheriff, Mischa Auer (rodó en España La pícara molinera, de León Klimovsky), quien pierde los pantalones en una partida de póker con Frenchie, lo que da pie a no pocas escenas graciosas o el siempre eficaz [y licenciado por Yale University] Warren Hymer.

La película, ya se advierte por lo que digo, es una habilidosa mezcla de comedia y western serio, pero, puestos a elegir, he de reconocer que el peso de la comedia es muy superior al de la parte seria o trágica del asunto, puesto que hay algunas muertes en el desarrollo de la historia, siendo la más sentida la del sheriff que contrata al joven Tom, quien acaba asesinado por la espalda. En ese desarrollo, las tres canciones que interpreta Marlene Dietrich son una imposición de guion, imagino, porque en modo alguno son canciones que, a pesar del afán de convertirlas en populares, como se aprecia en el desenlace, sean capaces de levantar tanto entusiasmo entre los parroquianos. Ella sí que se presenta como una mujer «de armas tomar», pero, musicalmente, hablamos de números de escasa calidad.

En cualquier caso, Arizona es una película para la que siempre hay un momento, porque eso tienen los clásicos, sean del género que sea, todo momento es bueno para sentarse ante ellos y disfrutar de lo lindo. George Marshall, además, artesano de probada eficacia, narra con agilidad y se permite algún que otro  destello de autor en ciertos planos  magníficos, aunque Stewart y la Dietrich son auténticos animales fotogénicos que se los facilitan enormemente. ¡Oído al magnífico yee-haw de la Dietrich… en una de las canciones!