lunes, 28 de julio de 2025

«La carne y el demonio», de John Gilling, o el viejo terror eterno.

 

Entre la ciencia y el delito: los rodeos sórdidos del saber.

 

Título original: The Flesh and the Fiends

Año: 1960

Duración: 97 min.

País:  Reino Unido

Dirección: John Gilling

Guion: John Gilling, Leon Griffiths

Reparto: Peter Cushing; June Laverick; Donald Pleasence; George Rose; Renee Houston;

Dermot Walsh; Billie Whitelaw; John Cairney; Melvyn Hayes; June Powell.

Música: Stanley Black

Fotografía: Monty Berman (B&W).

 

          Tras haber dirigido esta película, Gilling fue contratado por la Hammer, la clásica productora de películas de terror y desarrolló en ella buena parte de su carrera. La carne y el demonio, sin embargo, en modo alguno tiene el sello de la productora para la que trabajaría, sino el de una producción seria, cuidada, que plantea ciertas cuestiones morales a las que en la película se trata de dar respuesta. La historia tiene una base real, aunque son no pocas las licencias que se permiten los guionistas para construir el relato de las andanzas y el retrato fidedigno de los dos asesinos que comienzan robando cadáveres de los cementerios, para llevárselos a un profesor de anatomía que paga espléndidamente por ellos, y acaban llevándole los cadáveres de las personas a quienes ellos mismos asesinan, porque los recién muertos se cotizan bastante más que los ya enterrados. Se trata de un caso real, célebre, que ha sido llevado al cine en varias ocasiones, aunque esta particular de Gilling puede considerarse la más interesante de todas.

          La película narra los hechos históricos conocidos que inspiraron a Stevenson su famoso relato, El ladrón de cadáveres. Robert Knox, un prestigioso anatomista adquiría, en efecto, los cadáveres que le desenterraban, al poco de haber sido inhumados, William Burke y William Hare, dos maleantes de poca monta que explotaban la debilidad científica el doctor y su nula intención de interesarse por el origen de algunos cadáveres aún calientes que llegaron a su depósito para utilizarlos en sus clases. Hay bastante distancia entre los hechos y la historia, según la cuenta la película, porque en este parece tomarse partido por la ciencia frente a la religión, por ejemplo, y edulcora, en el desenlace, una historia que no acaba tan favorablemente al doctor Knox.

          Lo más impactante de esta obra es, sin duda, el inframundo de degradación, alcoholismo e inseguridad física en los barrios degradados de la Inglaterra victoriana, y concretamente en la ciudad de Edimburgo, donde transcurre la acción. Terror, propiamente, no lo hay, pero degradación e infinita perversión, sí, y los asesinatos que cometerán la pareja de «guillermos» consiguen estremecernos en algunas secuencias, porque ambos son, bien puede decirse, el colmo de la perversión moral. Y los actores que los interpretan son decisivos para producir semejante efecto en los espectadores: un genial Donald Pleasence y un excelente George Rose son convincentes hasta más allá del mayor escepticismo posible. Y sí, está fuera de toda duda que la magnífica ambientación de las calles de los barrios bajos de Edimburgo es un marco idóneo para darle a la historia el color local que la hace más comprensible. De hecho, en los pubs donde se rueda, aparecen desnudos de cintura para arriba en un año, 1960, en el que aún y menos en Inglaterra, son moneda corriente.

          La doble vida que se refleja en la historia, la académica y la de los barrios bajos tiene su nexo de unión en el enamoramiento de uno de los estudiantes del Dr. Knox de una prostituta que ejerce en esos pubs. De hecho, y en la medida en que hablamos de un mal estudiante, el doctor lo contratará para que se haga cargo de la recepción de los cadáveres, un puesto en el que, andando la historia, acabará recibiendo el cadáver de quien fue su enamorada, y quien lo abandonó porque no podía soportar la vida de «ama de casa» junto a un estudiantón más preocupado por los libros que por la diversión. La sucesión de asesinatos que convierte a los dos «guillermos» en auténticos asesinos en serie, mucho antes de Jack el Destripador, con no menor progenie artística a sus espaldas, va a convertirse en un trabajo cada vez más expuesto, de tal modo que su atrevimiento insensato acabará llegando a oídos de la Justicia, quien indaga en ambos ambientes, en el académico y en el de los delincuentes.

          La turba, que sospecha de los dos criminales, los persigue, pero estos acaban yendo a juicio, en el que también acaba involucrado el doctor Knox, si bien una elipsis algo brusca nos hace pasar del juicio al ahorcamiento de uno de los guillermos, acusado por el otro de ser el único asesino, a apedreamiento de la academia donde imparte clases el doctor y al castigo que le depara la turba al Guillermo absuelto: quemarle los ojos con una antorcha y cegarlo de por vida. La película, ajustada a la defensa de la ciencia frente a la superstición religiosa y a la ley de Lynch, nos ofrece un desenlace de la historia muy distinto del real, y ello a pesar de que el retrato del doctor Knox, un ser soberbio y orgulloso de su saber, no está pensado para que el público empatice con él, desde luego…

          De todas las versiones de la historia que he visto, esta de Gilling me parece, de largo, la mejor de todas ellas, y la actuación siempre impactante de Peter Cushing contribuye a la defensa de esta opinión. Tengamos presente que, dado el tema, buena parte de la película transcurre de noche o en interiores relativamente poco iluminados, lo cual dota a la obra de un perfil expresionista que se adecua perfectamente a la depravación criminal que vemos en escena, sostenida sin desmayo por esa pareja de «guillermos» que es el alma de la función.

sábado, 26 de julio de 2025

«Noche en el alma» y «Círculo peligroso», de Jacques Tourneur, o el magisterio olvidado.

 

Título original: Experiment Perilous

Año: 1944

Duración: 91 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jacques Tourneur

Guion: Warren Duff. Novela: Margaret Carpenter

Reparto: Hedy Lamarr: George Brent; Paul Lukas; Albert Dekker; Carl Esmond; Olive Blakeney; George N. Neise; Margaret Wycherly; Stephanie Bachelor; Mary Servoss; Julia Dean; William Post Jr.

Música: Roy Webb

Fotografía: Tony Gaudio (B&W).

 






Título original: Circle of Danger

Año: 1951

Duración: 86 min.

País: Reino Unido

Dirección: Jacques Tourneur

Guion:  Philip MacDonald

Reparto: Ray Milland; Patricia Roc; Marius Goring; Hugh Sinclair; Naunton Wayne: Edward Rigby; Marjorie Fielding; John Bailey; Colin Gordon; Dora Bryan; David Hutcheson; Michael Brennan; Philip Dale; Archie Duncan.

Música: Robert Farnon

Fotografía: Oswald Morris, Gilbert Taylor (B&W).

 

 

Dos muestras serenas de un cineasta singular: Jacques Tourneur. De la siniestra «luz de gas» a la  investigación sobre la inexplicable muerte de un hermano alistado en el ejército británico.

 

          He aquí dos películas poco conocidas y aún menos vistas en las programaciones de cine de las cadenas televisivas, porque todo lo que se aparte de los grandes títulos o de los casi estrenos que saltan enseguida a las plataformas como Netflix, Movistar+, Disney, etc, ni siquiera existe para el espectador, dado el lento declive, por no decir agonía, de la contemplación del cine en las viejas salas sobre las que, además de la nostalgia personal de cada cual, el propio cine ya ha entrado con no pocas películas, como El imperio de la luz, de Sam Mendes, por ejemplo. No excluyo, sin embargo, que esas mismas salas vuelvan a resurgir y a atraer a los millones de espectadores que solo veíamos el cine en ellas. Ignoro con qué tipo de películas sucedería tal cosa, esa es la gran cuestión. Puestos a imaginar, se me ocurre que nuevas generaciones de cinéfilos podrían reclamar la existencia de salas donde ver el cine que jamás han visto, ni en ellas ni en las pantallas caseras, porque hay todo un mundo de películas poderosas, magníficas, que esperan ser descubiertas.

          Jacques Tourneur es considerado un padre del cine fantástico por obras como La mujer pantera, Yo anduve con un zombie o El hombre leopardo, pero también un maestro del cine negro por Retorno al pasado, una de las cumbres del género. Sin embargo, su buen hacer le permitió abordar otros géneros con no menor arte y eficacia. Noche en el alma y Círculo peligroso (solo estrenada en España en televisión) son dos excelentes muestras de un cine de extraordinaria calidad por el que el tiempo pasa como pasa por los vinos y otras realidades, las personas o los árboles, sin ir más lejos.

          Noche en el alma es un intento de la RKO de competir con Luz que agoniza, el remake de George Cukor de la película británica Luz de gas, de Thorold Dickinson, rodada cuatro años antes, y que dio nombre a la siniestra técnica conyugal de hacer creer a todo el mundo que la propia esposa está loca y, en consecuencia, ha de ser internada en un manicomio o apartada del mundo. Si por el medio hay una gran diferencia de edad y la existencia de un hijo del que el padre quiere tener la posesión exclusiva, están servidos los ingredientes para servir al publico un melodrama enmarcado en una película gótica, y a ese fin contribuyen, desde luego, los magníficos decorados de la gran mansión en la que vive el matrimonio, una de las poderosas familias de la vieja ciudad de Nueva York, en cuyos salones se da cita lo más destacado de esa sociedad que comienza a abrirse a la modernidad.

          La película se abre con la extraña relación que se inicia en un vagón de tren entre la hermana  del marido protagonista de la historia y un doctor que regresa a casa. Digamos que en las medias palabras de la vieja, durante la comida que ambos comparten en el tren, se siembran tantas intrigas misteriosas que nos consume el interés por saber cómo van a resolverse, máxime cuando el doctor, a los dos días de haber llegado se entera por la prensa de la muerte de la anciana mujer a quien conoció en el tren. La mujer había salido de una institución mental, donde había permanecido algunos años, y volvía con cierto temor y rechazando la posibilidad de hospedarse en la casa familiar, aunque ella había sido quien, de niños, tras la muerte de los padres, había cuidado de su hermano y, cuando este se casó,  se había encargado de su cuñada. Todo ello, le revela al desconocido, la verdadera historia de la familia Bederaux, la ha escrito en un diario que por nada del mundo puede ser leído por su hermano. El azar, que escribe a nuestra espalda nuestro destino, quiere que se produzca un intercambio de maletas entre el doctor y la vieja señora, lo que le permite al doctor leer ciertas revelaciones sobre el señor Bederaux y su familia que lo inducen a buscar a alguien que lo introduzca en alguna de las reuniones sociales en las que la mujer de Bederaux, Allida, hermosa más allá de lo imaginable —y ahí está la inteligentísima Hedy Lamarr para dar la mayor de las verosimilitudes a ese extremo del guion—, ocupa un lugar de honor: el de una diosa a la que todos los hombres rinden veneración, con el consentimiento cómplice del marido. Antes de conocerla personalmente, y por sugerencia del amigo artista que lo va a introducir en la casa, el doctor ha ido a un museo donde se exhibe el imponente retrato de la dama, pero la impresión que e produce queda en nada cuando le presentan a Allida en persona y ha de tratar de ocultar la profunda conmoción que experimenta, algo que al intérprete del doctor  Bailey, George Brent, no le cuesta nada, dada su inexpresividad habitual. La trama comienza a complicarse cuando el marido requiere sus servicios profesionales para tratar de establecer un diagnóstico sobre el preocupante y desconcertante comportamiento de su mujer. Y más se complica cuando Nick Bederaux le da pleno acceso a ella y poco menos que la empuja a sus brazos… profesionales…; pero que la belleza se impone sobre el conocimiento no es algo que le pille a los espectadores de nuevo, ¿o me equivoco?

          La desaparición definitiva de un admirador de Allida, un poeta sin oficio ni beneficio que vive dedicado a amarla y a exigirle que renuncie a su matrimonio y una su destino con el suyo, es una señal elocuente de lo que a él mismo le puede pasar cuando comience a insinuarle a Allida que ha de abandonar a su marido, algo a lo que no se prestará mientras Nick tenga poco menos que secuestrado al hijo de ambos.

          Como se advierte, la historia gira al género del thriller, porque el psicópata que nos fue presentado por la hermana en el tren con medias palabras, se las calza enteras en el último tercio de la película y está dispuesto incluso al asesinato para conseguir sus fines. Se ha de reconocer que mientras Paul Lukas brilla a la altura de siempre, George Brent se «desmelena» y se convierte en un convincente enamorado que estará a la altura de su rival. La puesta en escena revelará entonces, en un final de tragedia, el porqué de su magnificencia, y eso que los espectadores saldrán ganando. Como la tengo aún muy fresca en la memoria, no quiero dejar de señalar el perfecto paralelismo que hay entre el final de esta película y el de La felicidad, de Agnès Varda.

            Círculo peligroso es una producción británica mucho más austera que la anterior, pero, a mi entender, bastante más interesante, no solo por la presencia casi totémica de Ray Milland, uno de esos actores que levantan una película con su sola presencia, sino por a originalidad de la historia, una novela del guionista Philip MasDonald— autor, por cierto de La patrulla perdida, llevada al cine magistralmente por Ford,  también de A 23 pasos de Baker Street, filmada por Henry Hathaway, y de ese divertimento modesto que fue El último de la lista, dirigida por John Huston— que arranca de un planteamiento aparentemente sencillo y que irá creciendo a medida que la investigación del protagonista vaya quemando etapas de una inquisición en la que trata de averiguar quién mató a su hermano con «fuego amigo» que él intuye auténticamente envenenado. La presencia de un usamericano en Gran Bretaña —aunque se dé la curiosa circunstancia de que Ray Milland es originario de Gales…— siempre permite jugar con ese choque cultural de los dos pueblos «separados por una misma lengua», y aunque aquí aparezca como aspecto muy marginal, a lo largo del desarrollo va a crecer hasta proporciones insospechadas, porque el indagador va a interponerse entre un miembro de la bajísima aristocracia, un baronet escocés, y su prometida, una escritora de libros para niños, y ahí sí que las diferencias culturales, además del muy diferente atractivo personal y físico de ambos personajes, van a jugar un papel importantísimo. Lo curioso del caso, sin embargo, es cómo la investigación a la que se libra el hermano mayor para averiguar quién mató a su hermano y por qué en el seno de batallón de que formaba parte, va provocando un sinfín de desencuentros entre los enamorados, y ello hasta tal punto que ella decide volver a las Highlands y prometerse en firme con el baronet.

          La intriga de la película, como todo buen Whodunit, se forja en las reticencias de los investigados para hablar sobre el caso o darle al hermano alguna pista sólida y fiable de quién pudo haber sido el «ejecutor» de su idealista hermano pequeño, pues que tal paree que así fueron las cosas, una venganza o algo parecido. Sin llegar a convertirse en unas road movie, el protagonista recorre no pocos  lugares de Inglaterra, pues ha de ir buscando a los componentes que queden vivos de la patrulla de la que su hermano formaba parte. Y se encuentra de todo y de todas las profesiones y condiciones sociales, aunque la palma del interés se la llevan un coreógrafo y un pícaro vendedor de coches, Marius Goring y el genial Naunton Wayne, respectivamente. La parte dedicada a la pesquisa del vendedor se convierte en un estupendo vodevil en el que hasta aparece la novia, instantes antes de renegar de tan «selecto» ambiente y salir escopeteada hacia su casa. Como el personaje, Clay Douglas, se embebe en su investigación, de la que confiesa a la esritora, Elspeth Graham, que no puede revelarle nada, son muchas las ocasiones en las que su relación sentimental ve alterados sus planes por obra y poca gracia de dicha investigación, capaz de anteponerse a la felicidad de la pareja.

          Está claro que no puedo ni siquiera insinuar hacia dónde van los tiros del desenlace, pero les garantizo a los espectadores que les va a sorprender, no tanto el desenlace como el estupendo desarrollo de la historia, llena de encuentros en los que Milland sobresale como el actorazo superlativo que siempre fue.

          En fin, acaso la película «británica» más británica de Tourneur, muy en la línea, por cierto, por ambientación, personajes y localización de exteriores, de las películas de «Los Arqueros». Disfrute total.

 

viernes, 25 de julio de 2025

«8», de Julio Medem, o las vidas cruzadas.

Un apretado repaso a nuestra historia, sus demonios, sus azares y sus amores.

 

Título original: 8

Año: 2025

Duración: 126 min.

País: España

Dirección: Julio Medem

Guion: Julio Medem

Reparto: Ana Rujas; Javier Rey; Álvaro Morte; Tamar Novas; Loreto Mauleón; Carla Díaz;

María Isasi; Mateo Medina; Oriol Riera; Asier Burguete; Andoni Agirregomezkorta; Kandido Uranga; Javier Morgade; Asier Hernández; Irene Aragón; Jordi Catalán; Jacobo Girón; Gabriel Álvarez; Eduardo Arregui; Sophia Garitano; Sergio M Villar; Asier Tartás.

Música: Lucas Vidal

Fotografía: Rafael Reparaz.

 

          Oí hablar de 8 en la televisión, no recuerdo si durante el rodaje o al acabar este. Después esperé en vano el estreno, porque, de haberlo, me pasó desapercibido, y la película, al parecer, no duró mucho en cartelera. A posteriori me llegan noticias de una fría recepción por parte del público y una tristísima recaudación que, imagino, no cubrirá ni un 20% del presupuesto total. Y vista en Movistar+ la verdad es que, sin ser una maravilla, está muy por encima, en calidad, de tantísimos estrenos que, dicho sea de paso, tampoco duran mucho en los cines.

          La película de Medem es ambiciosa, porque recrea la vida de España desde el 14 de abril del 31, a través del nacimiento de dos seres a los que el azar de la vida, un poco a la manera de las Vidas cruzadas de Robert Altman, irá uniendo y alejando, todo ello en el marco del desarrollo de la sociedad española, quizás «demasiado» al estilo de Cuéntame, la serie de televisión de  Miguel Ángel Bernardeau. Ese afán documental de la evolución de la vida española desde aquella fecha mítica de la izquierda, ¡nada menos que el advenimiento de la Segunda República!, y que tan desoladoramente acabó. La película, al menos, mantiene una cierta objetividad al respecto, porque los dos seres que nacen en esa fecha tienen dos padres que militan en cada uno de los bandos enfrentados en la Guerra Civil. Esa época, perfectamente recreada en la puesta en escena y en el trajín de los dos partos, permite intuir, en parte, y conociendo alguna película del autor, como Los amantes del círculo polar, con aquellos protagonistas palindromáticos: Otto y Ana, algo del desarrollo posterior, en el que el azar dictará no pocos de los acontecimientos que veremos en pantalla. El hecho de que los encuentros fortuitos de los protagonistas vayan seguidos de elipsis muy intensas, en las que la vida de cada uno de ellos por separado pierde relieve dramático y no colabora en el desarrollo narrativo, porque, en algunas ocasiones, dichos encuentros recurren a un pretexto muy forzado e incluso, la muerte del hijo extramatrimonial de ambos, al melodrama más riguroso, no exento, además, de una repentina «irrupción» del catalán metido con calzador y sin previa ni posterior explicación. Ese es el peligro de la ambición: buscar episodios con mucha carga simbólica para tratar de hacernos llegar realidades que no admiten reducciones narrativas tan tremendas. Lo mismo sucede con algunos momentos de la vida de los personajes, como los que preceden a la separación de la protagonista de un marido que representa el antiguo régimen. Cuando entra en plano la protagonista parece que se está preparando para una escena erótica, pero lo hace, sin embargo, para ir a la iglesia. Que se haya refugiado en el alcohol y que luego tenga una aventura, con la consecuencia del segundo hijo del matrimonio que no es del padre, como el primero, nos lleva directamente a una discusión, porque estamos en los comienzos de la Transición democrática, sobre la independencia de la mujer frente a esa clase de hombres y la decisión de divorciarse, aunque la ley que lo permitía tendría que esperar hasta 1981.

          Los personajes, con ciertos reparos, no están mal dibujados, y permite cierta empatía del espectador con algunos episodios de sus vidas. En la medida en que esos protagonistas representan la generación que permite la reconciliación del llamado Régimen del 78, la película es políticamente muy atrevida, e incluso me atrevería a decir que políticamente incorrecta, dado el ejercicio de polarización interesada y apuesta por el guerracivilismo que nos ha traído el último gobierno del más que rarísimo frente popular que va desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha nacionalista, aquellos extraños compañeros de cama política de los que hablaba Carrillo. Pero frente a esa visión política, la película opta por la vía psicológica y sentimental, dado que la unión de quienes nacieron el mismo día en casas tan diferentes implica una apuesta por el valor metafórico de esa unión.

          La producción de la película, barajando tantas épocas, ha supuesto un brillante ejercicio de puesta en escena, de selección de exteriores, interiores perfectamente adecuados a cada época y del vestuario. Como el marco temporal es tan extenso, ha de destacarse la labor de maquillaje, si no se han utilizado los recursos digitales en sentido inverso de como se usaron en El irlandés, de Scorsese. Y es en esa fase última de la relación de los personajes cuando la película alcanza los momentos más emotivos, aunque tampoco se han de perder de vista las ejecuciones de los dos padres de los protagonistas, por supuesto. El final, por otro lado, me parece muy conseguido y logra poner un broche final al largo proceso vital de los personajes. Sentimos con ellos el peso del paso del tiempo y el vínculo tan especial que se genera en las parejas de mucha edad, las que llegan juntas hasta los noventa años e incluso más allá.

          Teniendo en cuenta el éxito televisivo de Cuéntame, no acabo de entender que una película como 8 no haya gozado del favor del público, porque no solo hace un idéntico recorrido, pero más sintético, sino que las interpretaciones rayan a gran altura. Salvo Álvaro Morte, que tiene un papel breve, pero magníficamente desempeñado, los protagonistas —soy poco aficionado a las series—, me eran totalmente desconocidos, lo que ha contribuido lo suyo a aceptar la verosimilitud de sus interpretaciones, salvo algunas escenas, como ya he indicado, algo forzadas, aunque, incluso en esas, la dirección de Medem lograba salir airosa, con planos como el del padre del hijo muerto entre él y la madre sedada, arrodillado, de enorme valor plástico. En conjunto ya digo, me parece una película digna de ser vista, una muestra de cine español muy por encima de muchísimos estrenos usamericanos tan llenos de acción como carentes del más mínimo interés humano.

miércoles, 23 de julio de 2025

«Brigada suicida», de Anthony Mann, una lección de cine negro.

 

La épica de los infiltrados del Tesoro usamericano en las mafias.

 

Título original: T-Men

Año: 1947

Duración: 92 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Anthony Mann

Guion: John C. Higgins. Historia: Virginia Kellogg

Reparto: Dennis O'Keefe; Mary Meade; Alfred Ryder; Wallace Ford; June Lockhart; Charles McGraw; Jane Randolph; Herbert Heyes; Jack Overman; Vivian Austin; Art Smith: John Wengraf; William Malten; Robert Williams; Frank Ferguson; Paul Fierro; Lyle Latell; Jim Bannon.

Música: Paul Sawtell

Fotografía: John Alton (B&W).

 

          La reticencia de mi Conjunta a ver un thriller con agentes del Tesoro, los llamados T-Men, uno de cuyos mayores éxitos en la lucha contra los delitos económicos fue enviar a Al Capone a prisión, de la que salió seriamente enfermo hasta que murió en su mansión de Miami de un derrame cerebral, me ha obligado a verla en la cinta de correr, as usual. ¡Y menudo sorpresón! Me he encontrado con una de las cimas del cine negro a la que ha perjudicado seriamente el «marco» de la historia forjado con tono documental sobre la eficiencia de una agencia oficial cuyos agentes han desempeñado labores policiales que los ha obligado a asumir roles tan peligrosos como el de infiltrados en organizaciones mafiosas, con el consiguiente riesgo de perder la vida si son descubiertos.

          Seguimos la decisión de las autoridades del Tesoro de destinar dos hombres a esa infiltración, para la que se preparan como para lo que acaba siendo, en el fondo, una representación teatral «sin red», es decir, con el riesgo ya indicado de poder perder la vida. Uno de ellos es casado, lo que complica notablemente su participación, aunque no por ello deja de asumir su cometido y lo desempeña a la perfección, dado su origen italiano, que tantas puertas le abre en un mundo en el que los usamericanos de origen italiano tanto se señalaron para desgracia de la sociedad, deturpación del orden y quebrantamiento de las leyes.

          La «formación» es intensa y exige de ambos protagonistas una verosimilitud absoluta, sin fallos,  porque cualquier titubeo puede acabar con ellos acribillados en un callejón o con una piedra al cuello en el río. Paso a paso la seguimos y advertimos que su conversión al mal incluso exige un cambio de vestuario, porque los delincuentes suelen vestir primorosamente, aunque sean meros secuaces sin luces y de gatillo fácil. El modo como van a presentarse en un hotel para anunciarse como «colegas del ramo» nos va a permitir entrar en contacto con el mundo clandestino de la falsificación de moneda, un negocio exclusivo en el que pretenden introducirse para llegar a lo más alto de la pirámide delictiva. No es un camino fácil, y todos los pasos los han de dar con una determinación no exenta ni de violencia ni de riesgo. Además, la cadena de peones que han de ir engañando para llegar a la cima del negocio supone, en cada momento, un sinfín de dificultades que han de superar con un desempeño que no deje lugar a dudas sobre su condición de mafiosos dispuestos a todo por hacerse con una parte importante de tan lucrativo negocio, porque en ese mundo de los falsificadores hacen falta dos elementos básicos: el papel, de la más alta calidad y similitud al empleado por el Tesoro, y las placas para imprimir los billetes, que es lo que ellos alegan poseer —elaboradas por el Tesoro con la mayor fidelidad— para tomar parte en el negocio.

          La película es un recital de la puesta en escena propia del cine negro, con una iluminación y fotografía que hace del claroscuro, de los picados y contrapicados y de algunos trávelin todo un recital de absoluta magnificencia genérica. Como uno de los personajes está aquejado de los pulmones, frecuenta las saunas de vapor, además de ingerir un preparado de origen chino que, supuestamente, le ayuda a mejorar la respiración. La persecución de los contactos es uno de los grandes recursos de la película, aunque la voz en off  la dote de un aire documental que, sin llegar a estorbar el desarrollo de la acción, sí que evita acogernos a la intriga propia de la acción de los personajes, de por sí lo suficientemente atractiva. Particularmente, las secuencias en las saunas tienen un especial atractivo, algo muy de actualidad en nuestra política española, sin duda, aunque aquí estén consideradas desde el punto de vista terapéutico, no del de la prostitución.

          Está claro que las actividades de la pareja protagonista, quienes se inician en el negocio a las órdenes de un capo de poca monta, pero muchos contactos, no dejan de levantar sospechas por su súbita aparición y por las referencias de una familia que ha sido poco menos que eliminada del panorama delictivo. La tensión doble está servida: de un lado, sobrevivir a los recelos de los gánsteres; de la otra, avanzar en la identificación de quienes no solo «colocan» los billetes falsos, sino de quienes los fabrican.

          Insisto en que la puesta en escena, con lo garitos propios del género, como los billares, en este caso las saunas, las habitaciones cutres de hoteles de medio pelo o los despachos de los capos, entre otros, dota a la película de una sustantividad que alcanza cotas casi magistrales, y en ese cupo entran, por supuesto, las palizas, los asesinatos y las persecuciones. Pensemos, por ejemplo, en el buque para desguace amarrado en el puerto, donde se esconden los estampadores de los billetes falsos, un escenario propenso a acciones muy propias de este género, y aunque el presupuesto y el reparto es propio de la serie B, no cabe duda de que Anthony Mann, marco de publicidad institucional incluido, consigue, con una dirección muy ajustada a la investigación, elevar la película a muestra excepcional de la serie A del cine negro. Salvo Dennis O’Keefe, la única estrella del reparto, y, si acaso, Jane Randolph, el resto del reparto se ajusta de tal manera a los papeles de la historia que acabamos con la sensación no de estar viendo una película de ficción, sino un documental con personajes reales actuando como actores aficionados extraordinarios.

          No se trata de una película muy citada entre los clásicos del cine negro usamericano, pero creo que todos aquellos espectadores que la desconozcan se van a llevar el mismo sorpresón que yo me llevé, y van a pasar un rato archifetén.

jueves, 10 de julio de 2025

«Los pecadores», de Ryan Coogler, o los vampiros folcloristas.

 

Más allá del género de los vampiros, la respiración jadeante del mal.

 

Título original: Sinners

Año: 2025

Duración: 137 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Coogler

Guion: Ryan Coogler

Reparto: Michael B. Jordan; Hailee Steinfeld; Miles Caton; Wunmi Mosaku; Delroy Lindo;

Jack O'Connell; Jayme Lawson; Omar Benson Miller; Lola Kirke; Peter Dreimanis; Yao;

Li Jun Li; Gralen Bryant Banks; Saul Williams; Deneen Tyler; Christian Robinson; Ja'Quan Monroe-Henderson; Michael A. Newcomer.

Música: Ludwig Göransson

Fotografía: Autumn Durald.

 

          Reconozco que el avance de la película me hizo albergar esperanzas de sumergirme en el mundo de los inicios del rhythm and blues tal y como nos lo presentó Scorsese en su magnífico documental, The Blues, en el que participaron directores como Wim Wenders, Clint Eastwood o Mike Figgis, porque ese cobertizo convertido en sala de baile con música de blues prometía lo suyo. La historia, sin embargo, ha ido por otros derroteros, y la última mitad supone una incursión en el género de los vampiros, o de los muertos vivientes, porque se cruzan ambos, que está enfocada desde una perspectiva musical digna de elogio. La presencia de los tres vampiros ante el cobertizo, interpretando una pieza del folclore tradicional blanco irlandés va más allá del desafío, para convertirse en un extraño elemento de unión más allá del color de la piel de cada cual. La música, con todo, tiene una función primordial en la película y todas las interpretaciones rayan a gran y emotiva altura, sobre todo por parte del joven guitarrista Sammie, interpretado por el cantante y actor Miles Caton, con una hermosa voz de barítono.

          Vayamos al principio. Un hombre malherido que agarra el mástil de una guitarra, último vestigio de lo que fue el instrumento, se presenta en la iglesia donde su padre celebra el oficio religioso del domingo. A partir de ahí se inicia un flashback que nos va a recontar lo sucedido en la jornada previa y cómo hemos llegado al presente. Dos dandis de Chicago, hermanos gemelos, con evidentes antecedentes de haberse dedicado a negocios al margen de la ley, acaso con tintes mafiosos,  llegan a su localidad natal para invertir su dinero en un local dedicado a la música y al baile para la población negra que, mayoritariamente, trabaja en las plantaciones de algodón. Su irrupción en ese mundo sumiso, va a suponer un contraste con la resignación de sus familiares y amigos. Los vemos haciendo un negocio con quien les vende el almacén, un supremacista blanco cuyas intenciones intuimos cuáles han de ser nada más verlo. Habremos de esperar hasta el final de la aventura del negocio de la música para volverlo a ver, y será una de esas escenas de acción milimétricamente ejecutada, casi con ritmo musical en un crescendo que acerca más la película a otros géneros. La violencia extrema de los dos hermanos, dispuestos a desenfundar y disparar a la más mínima, se ejecuta en cualquier sentido, sin distinciones, como vemos cuando dos negros intentan robar los bienes que tienen en su camión. Sentado el precedente de su nulo talante permisivo o negociador, el recorrido de los dos hermanos va a permitirnos un conocimiento de ellos y de sus múltiples relaciones en el pueblo, incluido el servicio de comida y bebida con los chinos propietarios de esos negocios en el pueblo.

          La irrupción de un hombre en la casa de unos granjeros, perseguido por quienes quieren acabar con su vida, una partida de indios choctaw, introduce la presencia de los vampiros en la historia, porque los indios avisan a la mujer, que sale a recibirlos con la escopeta presta a ser disparada, de que ese fugitivo es el mal más allá de todo lo conocido. La presencia de los ropajes del ku-klux-klan en una silla de la casa nos sindica rápidamente en quién han depositado su confianza los granjeros: quien acabará convirtiendo a ambos esposos en miembros de su trío folclórico irlandés. Lo digo así, con un deje de sorna, porque, a pesar de las muy crudas escenas en que la película se recrea, como corresponde al género en que se incluye, no deja de haber en ningún momento un sutil hilo humorístico en la película, no como si no se tomara en serio el género, sino el propio de quien toma cierta distancia para destacar algunos aspectos llamativos, como el de que blancos, negros y chinos superen sus diferencias raciales perteneciendo al mundo de ultratumba de los vampiros, y así se lo comunican a quienes, relacionados familiarmente con ellos, se resisten a dejarse «atrapar» por sociedad tan permisiva…

          En la medida en que la primera parte discurre sobre todo en exteriores, me parece de obligado cumplimiento destacar los planos y la fotografía con que se han recogido los campos sin fin de algodón, una delicadeza fotográfica que contrasta, obviamente, con la explotación de quienes lo recogen. No será el único espacio hermosamente filmado, porque, aunque básicamente en escenas nocturnas —será el sol, más las preceptivas estacas de madera… los que acaben con los vampiros, de acuerdo con a tradición sólidamente establecida—, la película tiene toda ella una calidad estética que la eleva muy por encima de otros productos «genéricos» por el estilo de esta. Los pecadores presenta la particularidad del enfoque musical y racial poco o nada frecuentado en otras incursiones en el género de los vampiros, aunque recuerdo con mucho agrado la película de Jarmusch Solo los amantes sobreviven, en la que el protagonista es un músico, o El ansia, de Scott, esta vez interpretada por un músico, David Bowie.

          La película solo decepciona, parcialmente, a quienes esperábamos una orgía musical, en vez de una orgía sanguínea, pero, superada esa decepción, la trama, con abundante presencia de una sexualidad tremendamente sugestiva, y mezclada, en ocasiones, con el propio vampirismo, avanza de forma potente hacia un final apoteósico de sangre, violencia y heroicidad, de la que se beneficia el joven guitarrista, pero los pormenores de esa apoteosis han de verlos los ojos agradecidos de los espectadores.

          Ah, y atentos al final de los títulos de crédito, porque hay un regalo musical final…

 

jueves, 3 de julio de 2025

«No esperes demasiado del fin del mundo», de Radu Jude o el exceso.

 

Alambicada critica de nuestro presente, con raros guiños al pasado o el cine feísta excesivo…

Título original:  Nu astepta prea mult de la sfârsitul lumiiaka

Año: 2023

Duración: 163 min.

País:  Rumanía

Dirección: Radu Jude

Guion: Radu Jude

Reparto: Ilinca Manolache; Ovidiu Pîrsan; Nina Hoss; Uwe Boll; Dorina Lazar; Katia Pascariu; Sofia Nicolaescu; László Miske.

Fotografía: Marius Panduru.

 

          Primera película que veo de Radu Jude, premiado en Berlín con su anterior película Un polvo desafortunado o porno loco. Este título es más elocuente del tipo de película que se alarga hasta e infinito con el título apocalíptico con que nos llega. No he visto la premiada, pero reconozco que me ha costado lo suyo acabar de ver la presente, a pesar, con todo, de los muy buenos mimbres con que ha sido concebida, de la espectacular actuación de Ilinca Manolache y de la alternancia entre dos películas que configura la trama: la actual en blanco y negro y la película de Lucian Bratu, Angela merge mai departe («Ángela se mueve», de acuerdo con el título en inglés), no parece que estrenada en España, una película en color sobre una taxista que espera tener una relación convencional, tradicional, en la época comunista, una relación «ordenada». La protagonista, de idéntico nombre, Angela, también es conductora, pero, en este caso, trabaja para una productora que está elaborando unos anuncios institucionales sobre la seguridad en el trabajo, y la labor de la conductora sobreexplotada es localizar a las víctimas de accidentes de trabajo y grabar su historia, porque esos testimonios serán la base que ayude a crear la campaña.

          Con esa poderosa trama argumental, podríamos esperarnos una película de denuncia social, y es lo que vemos, en efecto, porque a la productora le importa un comino la situación individual de cada afectado y menos aún las circunstancias en que se produjeron los accidentes laborales que no supusieron condena alguna para las empresas y un muy magro subsidio para los impedidos. La productora solo va detrás de que esas víctimas reciten el manual elaborado por el gobierno: que hay que protegerse con todos los adminículos que la ley exige para los trabajadores y que han de ser facilitados por los empresarios.

          El hiperprotagonismo de la Angela actual, constantemente al volante a todas horas y en todas direcciones, enfrentada, además, a una pluralidad de situaciones que le permiten al director construir esa suerte de visión apocalíptica de nuestros días, y en ese sentido la visita a un director de cine usamericano es un perfecto botón de muestra; ese exceso de protagonismo es una virtud, pero al mismo tiempo lastra también la película, y de ahí la creación de un alias de la trabajadora incansable, Bobita, que ella representa con una caracterización de supermacho rijoso y parafascista, que solo piensa en follar, en vejar a las mujeres y en admirar a Viktor Orban, un alter ego, por lo tanto, que le permite a la protagonista liberarse de la tensión que ha de soportar durante jornadas laborales que nunca se acaban. Cuando ella piensa que tiene la posibilidad de retirarse a descansar, recibe el encargo de ir a esperar a la directiva de la casa austriaca que produce el anuncio institucional. Se trata de la elegante y bellísima actriz Nina Hoss, a quien admiramos en Ave Fénix, de Christian Petzold y en Tár, de Todd Field, que en la  película aparece como chozna (hija del tataranieto) de Goethe, quien tiene un hermoso y acerado diálogo con Angela durante el recorrido del aeropuerto al hotel.

          La película tiene un dinamismo absoluto, no solo porque nos pasamos más de la mitad de ella dentro del coche de Angela, sino porque son tantas las experiencias que se viven a lo largo del periplo profesional de la protagonista, sexo rápido en el taxi incluido, ¡y no sin humor!, que no hay tiempo ni para reposar el contraste entre las dos películas que se alternan a lo largo del metraje.

          La visión de la sociedad rumana es hipercrítica, y nos muestra una suerte de ruina de los excesos del capitalismo y el chapucerismo económico de los partidos políticos, no sin momentos líricos como el recorrido de las cruces que jalonan una peligrosa carretera donde ha habido muertos casi a cada quilómetro: ¡qué excelente corto dentro de la película! Igualmente, las relaciones tensas de Angela con los conductores que tienden a meterse con ella por ser mujer, o las relaciones compasivas que le suscita la frecuentación de los inválidos laborales a los que quiere y no puede prometerles que serán elegidos y que tendrán una recompensa económica que los alivie en parte de sus difíciles situaciones. Estamos, como se lee, inmersos en una película de alto contenido social, pero hay, a mi parecer, un exceso de ambición narrativa que conduce al amontonamiento de asuntos, lo cual entorpece la percepción de la línea nítida que quiere hacernos llegar el director. No puede entenderse, del hecho de que la película antigua sea en color y la presente en blanco y negro muy agresivo, que hay una suerte de añoranza del viejo régimen dictatorial de los Ceaușescu, porque en la historia se valora la iniciativa individual y la terrible lucha por la vida, esto es, por unos ingresos mínimos, por parte de la protagonista.

          En una crítica de FilAffinity he leído que el desagradable personaje de «Bobita», con el que Angela redondea sus ingresos a través de los famosos likes,  es un personaje satírico, inspirado en Andrew Tate, un americano machista, homofóbico, misógino y antivacunas al que han expulsado de varias redes sociales, una «joya» en cuyo terrorífico perfil de Wikipedia figura lo siguiente: «En 2022 fue arrestado en Rumanía acusado de haber cometido tráfico sexual en una unidad de crimen organizado que, presuntamente, secuestró a dos menores, las violó y las usó en vídeos pornográficos». Es cierto que ese desdoblamiento de la protagonista pudiera tener un afán crítico, pero no queda muy clara la distancia entre ella y su sosias, sobre todo por las críticas sociales a la inmigración y la defensa de Orban y otros machirulos del Poder.

          En fin, no se trata de una película para todos los paladares, y yo ya he reconocido que me llevó unas tres sesiones el hecho de acabarla, porque tenía fuertes tentaciones de desertar de su visionado, pero también reconozco que tiene un «algo» que me atrapó hasta un final esperpéntico y triste que se alarga hasta el infinito, aunque me parece un final de esos que llaman apoteósico, dado todo lo anterior…

 

 

 

miércoles, 2 de julio de 2025

«Un retazo de azul», de Guy Green, o el neorrealismo tardío.

La encomiable exaltación de la bondad frente a la degradación moral.

 

Título original: A Patch of Blue

Año: 1965

Duración:105 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guy Green

Guion: Guy Green. Novela: Elizabeth Kata

Reparto: Elizabeth Hartman; Sidney Poitier; Shelley Winters; Wallace Ford; Ivan Dixon; Elisabeth Fraser; John Qualen; Kelly Flynn; Debi Storm; Renata Vanni; Saverio LoMedico.

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Robert Burks (B&W).

 

          Hacía tiempo que quería ver, con calma, esta película de Guy Green, de quien ya he criticado cuatro excelentes obras en este Ojo, lo cual es indicativo de que no estamos en presencia de un autor menor, sino de un director «discreto», pero muy apreciable y digno de mayor reconocimiento. Green ejerció también como director de fotografía, y se recuerdan, sobre todo, sus trabajos para David Lean, un autor minucioso, exigente y exquisito.

          Un retazo de azul puede inscribirse en el cine social que cultivo Green, en el que filmó obras como Amargo silencio, con Richard Attenborough y Pier Angeli. En este caso, a la terrible opresión social que vive la protagonista una joven de veintidós años a quien la madre ha dejado ciega accidentalmente, y quien fue violada por un cliente de la madre, que ejerce la prostitución, se suma la complejidad de las relaciones interraciales en la Usamérica de mediados de los 60, en pleno auge de la lucha por los derechos civiles plenos de los negros, cuando algo paree que comienza a cambiar en el seno de la sociedad usamericana. Recordemos que dos años después de esta película, en la que destaca poderosamente el papel de Sidney Poitier, Stanley Kramer dirigirá, con el mismo actor,  uno de los grandes éxitos del cine que aborda el tema interracial: Adivina quién viene esta noche.

          Si hay destinos adversos para una criatura, ninguno tan terrible como el de haber nacido de una madre prostituta, soez y tiránica, y convivir con un abuelo alcohólico con quien la hija vive en pelea continua, aunque el hombre guarde algún resto e ternura para con la nieta. Wallace Ford, actor fordiano, se despedía del cine con esta actuación memorable, mientras que Elizabeth Hartman se iniciaba y se convertía, en aquel año, en ser la nominada más joven al Oscar a la mejor interpretación, que no ganó, pero sí Shelly Winters, en el papel de su madre, como mejor actriz de reparto. La situación familiar es tan tremenda, por injusta, que por ello he hablado en el título de «neorrealismo» tardío. Una habitación para tres, con cocina y baño casi portátiles. La joven ciega obligada a servir a su madre y a su abuelo, en una ingratísima labor de cenicienta que, al margen de haber sido violada por un cliente de la madre, jamás ha ido a la escuela y nunca sale de casa. Finalmente, el abuelo accede a dejarla en el parque cercano al domicilio, bajo un gran árbol para que se dedique a su «trabajo», porque, además de criada en el miniapartamento, ha de ensartar cuentas para collares de bisutería de un comerciante que accede, también a llevarla al parque. El contacto con la naturaleza tiene tales efectos sobre la joven que no ha de extrañarnos que sueñe que ve y puede recorrerlo y disfrutar del entorno. En ese escenario acaba entrando en contacto con un joven negro que pasa por el parque y a quien le llama la atención la joven, más aún cuando se percata de que es ciega y de que no paree que sea muy bien cómo valerse. Por esa bondad a la que aludía en el título, el joven, que identifica enseguida la radical soledad de la joven y su fresca rapidez intelectual sin educar, frecuenta a la joven y establece un contacto de auténtica amistad desde el punto de vista de la joven, y, al principio, de generosidad y compasión por su parte, si bien a medida que va conociendo la verdadera realidad de la joven y emergen unos sentimientos confusos en él, dada la diferencia del color de su piel, la situación se complica por ambas partes, por la de ella, sujeta a un trato violento por parte de su madre, y por la de él, porque su hermano descubre que ha llevado una mujer blanca a la casa que ambos comparten. Los diálogos en ambos casos, de franca crudeza, permiten comprender, por un lado, la brutal explotación de los inocentes —la madre quiere irse con una amiga a otro apartamento, abandonando a su padre, para explotar sexualmente a su hija— y, por otro, la tensión que generan dos formas  de entender el racismo y la política, encarnadas por cada uno de os hermanos.

          La película progresa de modo que la joven, angustiada, es capaz de salir sola a la calle para ir al parque donde espera encontrarse con su «amigo». El trayecto de ella a través de esas pocas calles supone una inmersión tremenda en la ceguera sin recursos, y nos genera una angustia increíble, por la excelente actuación de Hartman. ¡Ninguna crueldad mayor de la madre que la de no llevar a la hija a una escuela para ciegos para que pueda valerse por sí misma! Se suceden las escenas que acentúan el dramatismo de la situación de la protagonista, como cuando le cae una tormenta de noche y su abuelo no ha pasado aún a recogerla, porque se demora siempre en los bares… ¡Suerte de que al protagonista se le pasa por la cabeza que ella puede estar allí sin que nadie haya ido a buscarla, como en realidad sucede! Todo francamente emotivo, lo confieso, pero en ningún momento la película incurre en lo edulcorado ni en el sentimentalismo. Es sobrecogedora la escena en la que ella le confiesa que quiere que le haga el amor; él se ríe, porque cree que usa palabras cuyo referente no conoce, y acaba sabiendo lo de la violación… Y no menos emocionante es cuando, no sabiendo él como decirle que es negro, ella le reconoce el rostro y le dice que es hermoso, y que ya sabe que es negro, porque se le han reprochado la madre y la amiga, las mismas que quieren «secuestrarla», llevársela con ellas para tan perversos fines.

          He leído algunas críticas en la que se habla de final anticlimático, cuando, en realidad, podríamos hablar de un final hiperrealista y muy convincente. Lo dejo al parecer de los muchos espectadores que espero tenga esta bellísima película, con un blanco y negro que consigue planos espectaculares, como todos los del parque. Por cierto, algunos críticos acusan cierta inverosimilitud cuando el protagonista ampara a la joven y la aparta de la madre ante la indiferencia de los transeúntes, alegando que sería imposible, en la realidad, esa indiferencia ante la visión de un negro llevándose una mujer blanca contra la voluntad de la madre, pero me parece que Green ha querido expresar en esa secuencia lo mucho, y para bien, que estaba cambiando la sociedad usamericana.

          No se la pierdan. Consagró a Sidney Poitier, pero no impidió que Hartman tuviera un triste final, al suicidarse tras haber sufrido durante muchos años una depresión crónica. Curiosamente, lo mismo le pasó a otra actriz, Pier Angeli, con la que trabajó en Amargo silencio.