martes, 8 de septiembre de 2020

«No eran imprescindibles», de John Ford y Robert Montgomery (parcialmente) o el belicismo bien entendido.



Crónica de la derrota en Filipinas de un ejército mal dirigido: No eran imprescindibles o la frustración por las «órdenes del alto mando»…

Título original: They Were Expendable
Año 1945
 Duración: 136 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford y Robert Montgomery (no acreditado)
Guion: Frank Wead
Música: Herbert Stothart
Fotografía: Joseph H. August (B&W)
Reparto: Robert Montgomery, John Wayne, Donna Reed, Ward Bond, Jack Holt, Marshall Thompson, Louis Jean Heydt, Leon Ames, Cameron Mitchell, Russell Simpson.

         Sigo mi andadura tras la obra de John Ford y esta vez le toca el turno a la primera película que dirige tras volver de su experiencia bélica en la segunda Guerra Mundial.  Pertenece al género bélico del mismo modo que La chaqueta metálica, de Kubrick, por ejemplo, aunque, en este caso, lo singular de la película de Ford no es tanto la crítica antibelicista cuanto atreverse a rodar nada menos que la gran derrota inicial de Usamérica frente a los japoneses en las Filipinas, una derrota que incluyó la huida del general McArthur, descrita en la película, sin embargo, con cierta admiración hacia el general cuya errática actitud agravó la derrota.
         Al principio parece que volvemos a encontrarnos con una película bélica de «retaguardia», que parece ser la especialidad de Ford, y se abre con un desfile y exhibición de unas lanchas torpederas que se ofrecen a la superioridad como un arma estratégica indispensable para luchar contra la toma de las Filipinas por el ejército japonés. Los altos mandos enseguida enfrían la disponibilidad entusiasta de los miembros de la Navy, quienes se ven reducidos a una labor de apoyo para otros menester, como correos incluso, pero privados de tener una decidida participación en la primera línea de combate.
         Con ese desengaño a cuestas, resulta difícil sobrellevar una vida militar en la que ves pasar de largo las oportunidades de entrar en combate por tu patria, y mientras tanto, te ves obligado a hacer labores rutinarias de mantenimiento. Pero cuando llega el momento decisivo, cuando el mando se percata del inevitable destrozo que los japoneses van a crearle, entonces sí que se recurre, a la desesperada, a todo lo disponible. Y ahí entran en acción las lanchas torpederas. El protagonista, Robert Montgomery, fue en la guerra miembro de la Navy en una unidad como la de la película, de ahí la naturalidad con que representa aquello que vivió. Él, además, una vez que Ford tuvo la desgracia de accidentarse y quedar temporalmente incapacitado para moverse, fue el encargado de «dirigir» el último tercio de la película, aunque no fue acreditado como tal. El dúo con John Wayne, aún más ansioso que su jefe por entrar en batalla, funciona la mar de bien, y representan esa amistad militar llena de una complicidad masculina que es un tema recurrente en las películas de Ford. De hecho, Rusty ( Wayne) no puede ir a la primera misión porque se ha hecho una herida en el brazo y corre el serio peligro de que se le gangrene (recordemos que en la larga marcha de los prisioneros usamericanos a través de la jungla de Filipinas, murieron muchísimos de ellos por los insectos, el hambre, la sed y el cansancio), momento en que entra en contacto con una enfermera de la que acabará enamorándose con esa tosquedad propia de los héroes de Ford, no nacidos, precisamente, para la fina galantería… Se ha criticado mucho la historia de amor metida con calzador, pero a mi entender es una excelente línea narrativa del film, interpretada con una sobriedad exquisita por Donna Reed, quien conquistaría un Oscar por De aquí a la eternidad.
         La película, rodada en escenarios naturales, de los que consigue Ford planos bellísimos, narra, como hemos dicho, una dolorosa derrota del ejército usamericano, aunque volverían a Filipinas para resarcirse de ella. Fue tal la decepción del gobierno filipino que incluso amenazó con renunciar a su confederación con Usamérica y declararse país independiente y neutral. Sin embargo, es tan arraigado el patriotismo que describe Ford en esos hombres a los que solo en un par de ocasiones se les deja luchar, que parece propiamente que estemos ante una de esas películas bélicas de exaltación de una de las partes; pero no, poca propaganda hay aquí de una derrota que se consuma cinematográficamente en la dolorosa secuencia en la que una torpedera es sacada del agua. Montada sobre un remolque y arrastrada por un camión para llevársela a otro lado de la isla más seguro. Con anterioridad, McArthur fue evacuado en una de esas torpederas para retirarse a Australia, desde donde iniciar la reconquista que no llegaría hasta cuatro años más tarde. Lo que está claro, por la discreta emoción del momento y el brillo de admiración que se ve en los ojos de algunos soldados, es que Ford no se cuenta entre los detractores del polémico general cinco estrellas.
         Para los aficionados a las películas bélicas con escenas de acción, la buena nueva es que las escenas de las incursiones de las lanchas torpederas para atacar los destructores japoneses son excelentes, llenas de ritmo y emoción. No en vano, Ford, que también se alistó en el ejército, participó en la contienda como documentalista, como dan fe los documentales que hizo, tanto sobre Pearl Harbour como el muy reconocido sobre la batalla de Midway, que incluso le valió un Oscar.
         Me temo que They were expendable no desmontará el mito del director patriótico por excelencia, pero espero que al menos dé que pensar a muchos el hecho de escoger Ford el relato de una derrota en plena época de exaltación nacional por la victoria en la Segunda Guerra Mundial, y de «regresar» con ella a su profesión. En cualquier caso, lo que está claro es que aquí Ford retoma el gusto por la narración con su peculiar estilo en el que los secundarios brillan con  tanta intensidad como los protagonistas.

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