martes, 9 de octubre de 2018

«Una noche misteriosa», de D.W. Griffith o alguien tiene que verlas…



Entre el Cluedo, la inminente Agatha Christie y el vodevil, una película de intriga perfectamente sostenida y con un final apoteósico que compite de tú a tú con las escenas del tsunami de Lo imposible. Una noche misteriosa o una interminable galería de sospechosos…

Título original: One Exciting Night
Año: 1922
Duración: 128 min.
País:  Estados Unidos
Dirección: D.W. Griffith
Guion: D.W. Griffith
Música: Película muda
Fotografía: Irving B. Ruby, Hendrik Sartov (B&W)
Reparto: Carol Dempster,  Henry Hull,  Porter Strong,  Morgan Wallace,  Charles Croker-King, Margaret Dale,  Frank Sheridan,  Frank Wunderlee.

He de reconocer que, subido a la cinta de correr y habiendo palpado el bolsillo del pantalón de deporte sin encontrar en él los auriculares que me permiten oír las películas o las diversas músicas, hube de improvisar si no quería quedarme sin mi ración de entretenimiento que me aliviase el duro ejercicio atlético. “¡Una película muda!”, me dije. Y, ya puestos, nada mejor que algo de unos de los padres fundadores del cine, D.W. Griffith. Una noche misteriosa comienza con el ruego encarecido a la audiencia de que no revelen, después de haberla visto, quién es el “asesino”, puesto que hay asesinatos, pero no solo. Recuerda el aviso que se hace al final de La ratonera, de la Christie, que todos los públicos han respetado escrupulosamente. Lo primero que he de decir es que ni  en Filmin ni en IMDB es posible que la hayan visto completa, porque le asignan 128 minutos en vez de los 143 que tiene. Dado el metraje, he tenido ocasión de verla en tres tandas, durante tres días de entrenamientos. En la medida en que es una película tan larga, no extraña que la acción se remonte al fallecimiento de la madre de la criatura en África tras el parto  y a la adopción forzada, como propia suya, de dos supuestos amigos de la madre. Un criado negro, sin embargo, recoge del suelo un camafeo con el retrato de la madre auténtica, el cual “obrará” en la trama hacia el final, cuando se resuelvan las muchas establecidas en la película. En esencia, la película, al margen del misterio, es una película de amor, de chantaje y policiaca que transcurre casi enteramente en una mansión de tipo gótico llena de trampas, paneles secretos y personajes de baja catadura moral que han escondido en ella un botín de medio millón de dólares. La cantidad de malentendidos que se producen en la obra, como que el mayordomo recoja la caja donde está la saca del dinero cubierta de papeles viejos y la esconda tras un panel al lado de una pared falsa del salón forman parte de un crescendo que se multiplica con la aparición de personajes sospechosos que da la impresión de que aparezcan con las peores intenciones. El planteamiento es muy clásico y, en él, a los criados negros, sobre todo Romeo, un cobardica enamorado, les toca el papel de “graciosos” que cumplen a la perfección pero que, al mismo tiempo, nos evidencian una discriminación racial insoportable, porque se trata de lo que los usamericanos llaman black-faced, como Al Jolson en El cantante de Jazz. No es el único, además. Y resulta difícil  imaginar la razón de ello, aunque ese carácter auxiliar en la trama de los graciosos nos habla de un desprecio evidente hacia los negros en el mundo de los blancos. De todos modos, esos personajes, encarnados ya por actores negros, como en Lo que el viento se llevó, por ejemplo, constituyen un “característico” de muchas tramas, básicamente sureñas. La joven, que sufre horrores por el hecho de que su madre la desprecie, ¡qué imágenes tan espectaculares cuando la madre/ladrona intenta acariciarla con no poca reticencia para que acepte un matrimonio de conveniencia con un hombre demasiado maduro para ella que la sorprendió robando un carísimo reloj en una reunión de sociedad! La reacción de casi deliquio de la joven al sentirse amada por primera vez es estupenda. La aparición de un joven propietario de la mansión cercana en un party al aire libre provoca un flechazo inmediato entre los jóvenes y, a partir de ahí, ante las suspicacias del maduro galán que intuye rápidamente que se le puede escapar la presa, comienza una serie de maquinaciones, por parte de todos los personajes que se centrarán en la invitación a la velada en casa del protagonista. De hecho, la trama delictiva del dinero robado es ajena a todos ellos, pro no impide que los facinerosos que lidiaron sus cuentas a tiros en el piso superior, hagan lo posible y lo imposible por encontrar el dinero, entrando en la casa subrepticiamente y enfrentándose, entre ellos y con los visitantes. Como hay, según he dicho, muchas tramas paralelas, se ha de destacar la capacidad de Griffith para “descolocar” al espectador, no por darle pistas falsas, sino sencillamente porque los espectadores no entienden los motivos de determinados “movimientos” e los personajes. Eso sí, el aura de amenaza constante, la muerte de quien reconoce al enmascarado armado y la decidida intervención de la policía, con un inspector irónico y mordaz le añaden, sobre todo en la última hora, una aceleración a la historia que ha de estar uno muy atento a los rótulos para no perderse nada de cuanto pasa. La película no se conserva en su mejor estado, y el blanco y negro tiene algunos deterioros lumínicos que, a veces, dejan demasiado en sombra partes exteriores del plano, pero en lo que sí me entretuve fue en ir contando los cambios de plano, de corto a medio y largo, lo que crea un ritmo que “anima” la función y hace desear enterarse de una vez por todas de quién es el desaprensivo a quien endosarle el robo del dinero y las dos muertes. En los últimos minutos de la película, sin embargo, es donde se halla la gran sorpresa de esta película y la razón por la que no está de más visitarla y recrearse en una obra comercial pero hecha con una técnica y con un gusto exquisitos: La persecución del maleante a través de un tornado, con las peligrosas alternativas de los objetos, ramas y árboles amenazando la integridad física de los personajes, amen de la inclusión del gracioso Romeo, que pone el contrapunto humorístico de su susto y su cobardía son arrebatadoramente espectaculares. Teniendo en cuenta el nivel de los efectos especiales de la época, la veracidad del tornado, las alternativas del destino aciago de la protagonista, a punto de sucumbir bajo la caída de un árbol, crean un suspense totalmente hitchcockiano que los espectadores contemplan arrebatados. Pues sí, la película es larga, nadie lo duda, pero si  correr en la cinta, bien merece un visionado una tarde de sábado lluvioso…

lunes, 1 de octubre de 2018

«Sombras acusadoras», de Michael Anderson, curioso thriller rodado en Tamariu.



Una intensa y angustiosa  película con un crescendo espectacular. Una soberbia actuación de Anne Baxter en un curioso escenario español.
  
Título original: Chase a Crooked Shadow
Año: 1958
Duración: 87 min.
País: Reino Unido
Dirección: Michael Anderson
Guion: David D. Osborn, Charles Sinclair
Música: Matyas Seiber
Fotografía: Erwin Hillier (B&W)
Reparto: Richard Todd,  Anne Baxter,  Herbert Lom,  Faith Brook,  Alexander Knox,  Alan Tilvern, Thelma D'Aguilar.

Michael Anderson se hizo famoso por una película, La vuelta al mundo en 80 días, con la que estuvo a punto de ganar un Oscar, pero rodó también la primer versión de 1984, de Orwell y un thriller en la línea del que critico hoy, Sombras de sospecha, con Gary Cooper y Deborah Kerr, entre otras de mejor o peor recuerdo. Había seleccionado la presente por una razón circunstancial: estaba rodada en Tamariu y, apenas empezada la película, los primeros planos se ilustran con una banda sonora de guitarra flamenca. En cuanto entramos en acción  advertimos que Herbert Lom hace de policía, ¡en un cuartel de la Guardia Civil!, sin uniforme y lo oímos hablar, nos percatamos de que, en vez de en Tamariu, es posible que nos hallemos en México, a juzgar por el castellano que usa él y otros personajes de la película. UN amable lector de esta crítica, Rubèn Fornós, me indica que dicho cuartel es el de la Guardia Civil de la localidad de Palamós. En una escena al borde de la playa, con unos pescadores atareados en las faenas propias del oficio, captados en segundo plano, se oye ya, sin embargo, un perfecto español, pero sin acento catalán ninguno. De verdad que el cine obra milagros que la ciencia está muy lejos de conseguir. La trama es simple: en casa de una mujer rica se presenta un sujeto que dice ser su hermano, frente a la convicción de la mujer de estar en presencia de un impostor, razón por la cual acude al policía, Vargas -hasta el apellido tiene ecos mejicanos- para que lo detenga. Con total habilidad, el enigmático sujeto -interpretado con total ambigüedad por Richard Todd- es capaz de convencer al policía de que es él realmente el hermano y de que su hermana se ve aquejada de alguna extraña enajenación que le impide reconocerlo como quien es. A partir de ese momento, y dado que el hombre se instala en la casa de ambos, tras la muerte del padre, advertimos que el falso hermano se ha conchabado con el servicio para tratar de sonsacar a la hermana dónde están unos diamantes desaparecidos, propiedad de una agencia de seguros, que los reclama. Estamos ante una película de atmósfera, y muy conseguida, porque, al margen de los inevitables sustos de las apariciones de personajes cuando menos uno los espera, lo cierto es que la angustia creciente de la protagonista se nos va contagiando en un crescendo que tiene momentos muy de Hitchcock-como la propia concepción de la película en sí- como la apuesta entre ambos hermanos para llegar en un tiempo determinado desde lo alto de un hermoso acantilado de la Costa Brava, al lado de Ampuria Blava, hasta la falda del mismo, una escena de acción, de las pocas de la película, que transcurre mayoritariamente en interiores, salvo algunas salidas aisladas de la mujer al pueblo, llena de tensión y de congoja, porque aunque la hermana quiere disimular su turbación, la verdad es que va sufriendo interiormente en la misma medida que los espectadores que contemplan la angustiosa escena. A medida que transcurre la película, va viéndose más claro que la mujer es una víctima indefensa ante un entorno de estafadores que buscan los diamantes que ella tiene a buen recaudo. Los desafíos constantes que ella lanza a su supuesto hermano para pillarlo en un renuncio son salvados por este con una seguridad que tiene desconcertada y a punta de enloquecer a la mujer. Es curiosa esta película, porque tiene un planteamiento intimista, con muy pocos personajes, y es capaz de arrastrar al espectador al núcleo duro de un conflicto de identidades que siempre da mucho juego en el cine, como El regreso de Martin Guerre, de Daniel Vigne o Sommersby, de Jon Amiel. El hecho de haber sido rodado en una mansión contribuye a dotarle a la película de un aire gótico que acentúan los planos de las escaleras, una casa exenta y los amplios espacios por los que la protagonista atraviesa casi como un fantasma. No debería contar más por absoluta prudencia y respeto, porque desde el momento en que ella descubre que su tío, el tío de ambos, ha reconocido al extraño como a su sobrino y, por lo tanto, hermano suyo, la película inicia un desenlace muy bueno y del que, por supuesto, soy incapaz ni de sugerir lo más mínimo. Sí, es una película de personajes, una de esas luchas familiares que aspiran a lavar en la pantalla trapos muy pero que muy sucios de la vida de los protagonistas. Supongo que la referencia a Hitchcock, como popular “mago del suspense” no está de más en esta ocasión, porque hasta entra el vaso de leche con el que los espectadores se autoconvencen de que quieren envenenar a la protagonista. Esa terrible gymkana de obstáculos que ha de sortear la mujer para tratar de demostrar que tiene un extraño peligroso en su casa que pretende acabar con ella está logradísima, y hemos de agradecérselo a director e intérpretes por igual. Dejo de lado los motivos anecdóticos de la ambientación charroespañola en una localidad catalana, pero no dejan de tener su interés para los aficionados a esos detalles que, quiérase o no, también forman parte de la película. Lo que es cierto es que va a sorprender  a sus posibles espectadores. La tienen en Filmin, pero también en YouTube, ahí es donde acabo de empezar a ver Sombras de sospecha, que ya veremos si acaba con crítica o no. De momento, estas Sombras acusadoras bien merecen un visionado atento.

jueves, 27 de septiembre de 2018

«Todos lo saben», de Asghar Farhadi o los rencores de las “vidas vox pópuli” de los pueblos.



La presión del espacio, la decadencia de los terratenientes y las disputas familiares: Todos lo saben o un drama sólido con algunas imposturas disculpables.

Título original: Todos lo saben
Año:  2018
Duración: 130 min.
País:  España
Dirección: Asghar Farhadi
Guion: Asghar Farhadi
Música: Alberto Iglesias (Canciones: Nella Rojas, Javier Limón)
Fotografía: José Luis Alcaine
Reparto: Penélope Cruz,  Javier Bardem,  Ricardo Darín,  Eduard Fernández,  Bárbara Lennie, Elvira Mínguez,  Ramón Barea,  Inma Cuesta,  Sara Sálamo,  Carla Campra, Sergio Castellanos,  Roger Casamajor,  José Ángel Egido,  Tomás del Estal, Esteban Ciudad,  Nella Rojas,  Jaime Lorente,  Jordi Bosch.

La “aventura española” de Asghar Farhadi se ha centrado en una historia rural con fuertes componentes familiares que pretenden conceder a la película una dimensión global. Da igual que el pueblo sea iraní que español o que chino; las leyes que rigen la vida familiar y de vecindad en los pueblos pequeños se parecen en todo el globo, salvo detalles folclóricos que, en este caso, tampoco están muy acentuados. De hecho, hay como una suerte de asepsia geográfica y folclórica que nos llevan a no reconocer exactamente el lugar para que probables prejuicios no nos estorben a la hora de centrarnos en el drama de un secuestro que sirve de pretexto para poner al descubierto rivalidades, rencores, odios e historias encubiertas que, sin embargo, son vox pópuli. La película se abre con lo que podríamos denominar “las tripas del tiempo”, esto es, el desvencijado mecanismo del reloj que “marca” las horas de la vida de la gente desde hace siglos, allá en lo alto del campanario, como una presencia divina y ajena a las obras de los seres que viven bajo la constatación de sus horas inapelables. El tiempo pasa, sí, pero no pasa en balde, y la película parte de ese presente oxidado del mecanismo del reloj para remontarnos, a partir del secuestro de la hija de la protagonista, que vuelve a casa para asistir a la boda de su hermana pequeña, al tiempo, también oxidado, del pasado. Aunque pudiera parecer, por lo que llevo de sinopsis, que la película se plantee como la resolución de un caso de secuestro, lo cierto es que la decisión de no avisar a la policía para intentar recuperar a la adolescente mediante el pago del secuestro, y la contratación de un expolicía que les asesore sobre cómo conducirse en esa difícil situación, hacen derivar la película hacia los móviles del secuestro y hacia los “sospechosos”, lo que altera radicalmente el  microcosmos familiar para orientar la trama en una dirección arqueológica que desembocará en el reconocimiento de un presente lleno de fracasos, envidias y rencores. El patriarca de la familia, un terrateniente que ha ido vendiendo sus tierras a los aparceros que antes las cultivaban, y que está “impedido”, anda con unas muletas de fuerte carga simbólica, como aquel José María Prada con el brazo en cabestrillo en claro saludo fascista en la película de Carlos Saura La prima Angélica, vive lleno de un resentimiento total hacia quienes les compraron las tierras y, sobre todo, contra el hijo de los antiguos sirvientes de la casa que ahora explota unos prósperos viñedos. Poco a poco, de forma muy medida, y ese timing es la razón de ser de la película, se nos va entregando la madeja de relaciones y de apariencias que se desmontan con la llegada de la hija que emigró a Argentina y el secuestro de su hija. Es cierto que hay detalles inexplicados, como la propia emigración a Argentina, o el “pelín forzado” matrimonio de la hija precisamente con un catalán, lo que permite introducir apenas tres frases que se subtitulan, suponemos que para demostrar urbi et orbe que somos un país plurilingüístico -¿o me paso de susceptible?-, pero, en términos generales,  lo esencial de la trama se va desgranando poco a poco, sobre todo a partir de la llegada del marido argentino de la protagonista, Ricardo Darín, que cumple con creces, a la atura de lo que se espera de él, pero que no ensombrece la actuación “mater dolorosa” de Penélope Cruz, quizás un pelín sobreactuada en algunos momentos. No ocurre lo mismo con quien fuera su amor de adolescencia y primera juventud, el ahora propietario Bardem, y en tiempo, hijo de los sirvientes de la casa de los “amos”, que, salvo las escenas algo impostadas de la boda, y los saludos a los recién llegados, amén de algunas gracias con las criaturas, está muy en su papel de hombre de campo, tosco y delicado al tiempo, capaz de guardar un secreto que su esposa, magnífica y materialista Bárbara Lennie, conseguirá arrancarle a fuerza de sospechar, con impecable lógica, de su comportamiento. Las historias cruzadas entre los personajes van creando una red de “secretos y mentiras” y “delitos y faltas” que nos ponen ante los ojos una suerte de podredumbre social de baja intensidad pero suficiente para condicionar las relaciones entre los seres humanos de forma trascendental. Recordemos que el “argentino” que ha contribuido generosamente a la restauración de la iglesia del pueblo es el mismo que vuelve, arruinado y deprimido, para reunirse con su mujer y tratar de rescatar a su hija. Y hasta aquí la información que puedo dar sin chafarle a nadie una trama bien construida y mejor interpretada, salvo esos pequeños detalles que he mencionado. No hace mucho tuve la oportunidad de criticar en este Ojo dos muestras de ese cine de pequeños espacios con relaciones tóxicas: La propera pell, de Isaki Lacuesta y  Un cos al bosc, de Joaquim Jordà. Y hace más tiempo la excepcional Condenados, de Manuel Mur Oti. La película de Farhadi no supera ninguna de ellas, aunque se vea con agrado y se disfrute con un coro de secundarios que asumen, de hecho, un papel protagonista coral. Se advierte que Farhadi se muestra cómodo moviendo grupos amplios y sabe por otro lado, conceder a casi cada uno de los intérpretes momentos de auténtico lucimiento. Eso pasa con el magnífico Eduard Martínez, soberbio en su papel, con Elvira Mínguez, con Bárbara Lennie, con Inma Cuesta y con unos jóvenes actores que dan la talla muy decorosamente junto a los consagrados. Aunque el reclamo popular sean Cruz y Bardem, la película no gira exclusivamente en torno a ellos, sino que ellos forman parte de ese engranaje de la pequeña localidad en la que su historia ocupa un lugar en la vida de las gentes, de ahí el título, Todos lo saben… Lo bueno es que el espectador solo llega a saberlo al final de la película, abierto en el sentido de que la solución del “secuestro” abre otros interrogantes que quedan en el aire, en una suerte de “la vida continúa”, sí, y se siguen oyendo, una tras otra, las horas que marca ese oxidado reloj de la iglesia…, llenas de  pasado y de futuro. La dirección de Farhadi es de las que podríamos llamar “transparente”, esto es, se preocupa más de la historia que de que el espectador se fije en el estilo con que es filmada. Con todo, la fluidez narrativa es magnífica y la puesta en escena se ajusta estupendamente al espacio rural que gravita sobre la historia con los ecos de las antiguas fechorías que han condicionado las vidas de sus habitantes. Que Farhadi apenas conceda importancia a los secuestradores tiene mucho que ver con ese bisbiseo entre los esposos que sobreviven a duras penas regentando un hostal en el pueblo, a pesar de pertenecer, por familia, a la casa del antiguo terrateniente del lugar; un “secreto” en la voz baja de la sofocación de los trapos sucios que, sin embargo, con el tiempo, acaban siendo de dominio público…

lunes, 24 de septiembre de 2018

«París, Texas», de Wim Wenders, revisitada.



 La mística de la derrota y la incomunicación: París, Texas o las elipsis anticlimáticas en un canto lírico al espacio de la memoria cinematográfica.

Título original: Paris, Texas
Año: 1984
Duración: 144 min.
País: Alemania del Oeste (RFA)
Dirección: Wim Wenders
Guion: Sam Shepard
Música: Ry Cooder
Fotografía: Robby Müller
Reparto: Harry Dean Stanton,  Nastassja Kinski,  Dean Stockwell,  Aurore Clément, Hunter Carson,  Bernhard Wicki.

En su momento, París, Texas, de Wenders, me había dejado un regusto de película fallida, artificiosa. Como en tantas otras ocasiones, la he revisitado para saber si  me “superó” en su momento, y fui incapaz de entender su poética o si bien se confirmaban mis recelos de entonces en la visión de hoy, 34 años después de que fuera estrenada. Lo primero que sorprende es lo intacta que sigue la maravilla de sus imágenes y sus planos en la parte de película que sigue los esquemas de la road movie, necesaria para ir acercándonos poco a poco al conflicto del personaje, un ser ultrasensible que entró, como sabemos al final, en una espiral de amor/destrucción que lo llevó, en pleno shock, a la huida y al olvido. La película, así pues, es un viaje al pasado de un señor con traje, corbata y gorra roja que recorre el desierto con una garrafa de agua en la mano. Cuando se le acaba, y a pesar de que se halla en el desierto de Texas, llega a un bar de carretera donde cae redondo. En una clínica próxima lo “reaniman” y se ponen en contacto, por un papel que llevaba consigo, con su hermano, que vive en Los Ángeles. El encuentro entre ambos es el encuentro entre dos extraños, uno de los cuales, el protagonista extraviado -lleva cuatro años vagando a la deriva por todo tipo de espacios, alejado de su mujer y de su hijo, de quien su hermano se ha hecho cargo, junto con su mujer-parece privado del don de la palabra, lo que acaba desesperando al hermano. Antes de que empiece a hablar, ya ha pasado media hora de película, que conste, y sí, las casi dos horas y media de película son necesarias porque salir del entumecimiento físico y moral del protagonista es la verdadera aventura que se cuenta. Digamos que nos aproximamos, en tiempo real de filmación al lento proceso del “renacimiento” del sujeto en cuestión. La película tiene una puesta en escena de exteriores que son todo un canto a la memoria cinematográfica del mundo americano del director alemán. Eso ya se había producido en su obra maestra, El amigo americano, pero, ahora, trasplantado de Hamburgo a Usamérica, Wenders se da el gustazo de recrear, ayudado por el director de fotografía Robby Müller, habitual de Wenders y Jarmusch, de un imaginario usamericano que ha alimentado la formación como espectador, primero y como cineasta después, de toda una generación de jóvenes europeos que, gracias a la nouvelle vague, volvieron sus ojos a la grandeza del cine usamericano, cuyos códigos alimentaron la imaginación de cineastas transgresores como Jean-Luc Godard, sobre todos. El desierto, los moteles, las gasolineras, los semáforos en esas calles eternas, las carreteras que se pierden en la inmensidad, los coches/apartamento, la conducción sin descanso, bajo el sol, bajo las estrellas, el propio coche y dos hermanos como un microcosmos… No hay plano que no hayamos visto en mil y una películas americanas de los años 30 a los 50, y sería labor de investigadores expertos, ciertamente, buscar el referente exacto de cada uno de ellos. La efectividad está fuera de toda duda. Y la película se sigue con la satisfacción de esa puesta en escena de exteriores y con la intriga por la historia del propio personaje, un perdedor que se engolfó en su perdimiento como una suerte de suicidio ritual sin la pena máxima. Si la soledad que rodea a los personajes es una vasta extensión de desierto -en la segunda parte se cambia por el desierto habitado de Los Ángeles-, en planos panorámicos que los sitúan como meros accidentes del azar, transeúntes sin importancia en la majestuosidad de la naturaleza descarnada; la soledad interior del protagonista tiene una función especular: todo ese silencio del paisaje estremecedor lo lleva dentro, y solo a muy duras penas iremos sabiendo por qué escogió esa identificación con el sueño alimentado por una referencia materna: una foto de un terreno baldío y comprado en Paris, Texas, hacia donde se dirige el personaje cifra el sinsentido de su vida, como el Godot a quien esperan Vladimir y Estragon. En este caso es el protagonista quien va hacia él. Por el camino vamos a descubrir el casi imposible reconocimiento por parte del hijo, una anagnórisis imposible, dada la edad de la criatura cuando su padre lo abandonó, y la súbita intención de “devolvérselo” a su verdadera madre. La huida de padre e hijo en busca de la madre es una segunda road movie, esta vez en ámbitos urbanos, que acaba cuando, con información cuya procedencia se le ha hurtado al espectador, logra el protagonista identificar a su ex como una prostituta que ejerce en un peep-show, un espectáculo erótico de cabinas para mirones, sin contacto físico. Esas escenas del contacto entre los esposos a través del teléfono, como prisioneros ambos, cada uno de su pasado, eran lo que yo recordaba con un alto grado de artificiosidad e impostura. Hoy no me atrevería a decir tanto por supuesto, sobe todo porque hay un acto de sincera expiación que va más allá de la incomprensible relación entre una jovencita como la Kinski y un hombre maduro como él, y porque, cinematográficamente, la superposición de imágenes entre ambas figuras en el cristal o la penumbra que destaca el espejo como una suerte de ventana abierta a las sangrantes heridas del pasado son demasiado poderosas como para obviarlas en aras de una relación comprensiblemente fracasada entre dos seres llamados a no entenderse. La degradación de la vida en común, el alcoholismo, la sensación de estar atrapada en una relación tóxica que ni siquiera la maternidad es capa de lenificar, todo ese pasado que emerge en la conversación a través el teléfono, en una suerte de reedición de La voz humana, de Cocteau, se va desgranando con una objetividad serena que permite atenuar el dramatismo al tiempo que intensificarlo. Travis, el marido errante, sabe que esa expiación no basta y que ha de seguir alejado de su ex y de su hijo, que ella puede recuperar después de tantos años de haber sufrido en la distancia no haber podido acompañarlo en su crecimiento. Hay una crítica de la dificultad intrínseca de la vida en pareja, pero en esa crítica está implícita una doble elegía, la del amor fraterno y la del amor materno. De hecho, Travis parece perseguir, en su huida, un destino que le señala la voz de su madre… ¡Qué injustos seríamos si no recordáramos en esta película la función protagonista de una música de guitarra, la de Ry Cooder, que acompaña la deriva mística del protagonista con un lirismo que no deja indiferente a ningún espectador! Oyéndola ahora, de nuevo, me ha parecido, no sé por qué, que tenía una cierta relación con la de Twin Peaks, de Badalamenti y, después de haber vuelto a escuchar esta, está claro cuál fue la fuente de inspiración de Badalamenti…, no me cabe duda, violines al margen, claro.


viernes, 21 de septiembre de 2018

“Historia de un detective”, de Edward Dmytryk, ¿el mejor Marlowe?



Un indiscutible lowlight del cine negro usamericano: Dick Powell y Dmytryk llevaron a la perfección los códigos del género.

Título original: Murder, My Sweet
Año: 1944
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Edward Dmytryk
Guion: John Paxton (Novela: Raymond Chandler)
Música: Roy Webb
Fotografía: Harry Wild (B&W)
Reparto: Dick Powell,  Claire Trevor,  Anne Shirley,  Otto Kruger,  Mike Mazurki,  Miles Mander, Douglas Walton,  Don Douglas.

Farewell, my Lovely, de Chandler, fue la apuesta de la RKO con un actor, Dick Powell cuyo solo nombre consiguió que a Dmytryk le saliera un sarpullido que, finalmente, desapareció en cuanto la palabra acción guio  los pasos del actor por una trama enrevesada pero filmada magistralmente y actuada con una solvencia difícilmente imaginable para el director. Lo mejor, para Powell, es que las interpretaciones clásicas llegarían después de la suya: Bogart y Mitchum, aunque también otras que no resisten la comparación con la suya: Gould, Garner, etc. Powell, así pues, solo tenía que hacer frente a un Marlowe, el primero, encarnado por el elegantísimo George  Sanders, muy alejado de él físicamente, en la película The Falcon takes over, de Irving Reis, que iniciaba un ciclo de películas dedicado al detective Gay Lawrence, El Halcón, del que incluso Dmytryk llegaría a rodar una entrega.  La película de Reis, curiosa, más propia de serie B que de otra cosa, se basa muy libremente en la novela de Chandler, puesto que se basa en una adaptación teatral de la misma que ni siquiera considera necesaria la aparición de Marlowe, quien es sustituido por ese Halcón más próximo a Sherlock Holmes si lo comparamos con la adaptación de Dmytryk.. Powell tenía, por lo tanto,  el camino libre para “marcar” la impronta del detective que quedaría en la retina de los espectadores, y consiguió una composición del personaje muy acertada, sobre todo porque, a diferencia de otras posteriores, Powell acentuó la vertiente irónica del personaje y su debilidad física, como no podía ser de otro modo cuando el enamorado gigantón sin luces, Moose Malloy, se le presenta en la desvencijada oficina donde sobrevive para encargarle que encuentre a una mujer, una aparición, por cierto, totalmente icónica en el cine negro, porque la cámara  enfoca al detective, de espaldas y con los pies sobre la mesa, cuando se desvía apenas unos milímetros y aparece el gigantón Moose Malloy reflejado en la contraventana, literalmente como una “aparición” de espectáculo de magia… A partir de ese momento, y por una larga serie de pistas enrevesadas, Marlowe se ve metido en un asunto familiar, robo de valiosas joyas  incluido, que enfrenta a la hija de quien se ha casado en segundas nupcias con una femme fatale (Claire Trevor) quien, habiendo cambiado de identidad, trata de protegerse en compañía de compinches tan poco recomendables como un mentalista, Jules Amthor, quien, aliado con un psiquiatra que trafica con drogas, el doctor Sonderborg, tratará de deshacerse del detective manteniéndolo drogado  en un sanatorio mental del que, finalmente conseguirá escapar. Las escenas de la locura inducida de Marlowe, con telarañas que lo rodean, como si se tratara de un delírium tremens inducido por drogas, son magníficas. A estas alturas de resumen, el lector andará tan perdido como se siente el espectador ante las vueltas y revueltas de una trama en la que van apareciendo personajes de difícil encaje en una narración lineal con voluntad de transparencia. Recordemos que la película comienza con un interrogatorio de la policía a Marlowe, quien aparece en pantalla, enigmáticamente, con los ojos vendados,  y sin que ello parezca que forme parte de algún sádico ritual de torturas. Lo cierto es que el teniente de policía encargado de la investigación de la muerte en la que se ve envuelto Marlowe cuando es contratado para “proteger!” una entrega de dinero en la que resulta asesinado su cliente, es la perfecta imagen del punto de vista de los espectadores, porque las sucesivas narraciones de Marlowe acaban llevándolo a la desesperación, a medida que aumentan los cadáveres. Mientras que en El Halcón inicia el vuelo la acción transcurre en un ambiente sofisticado, la estética de Historia de un detective nos ofrece una puesta en escena más propia de las películas del género, como ese plano de la escalera que “asciende” hacia el antiguo local donde actuaba la cantante Velma, la entrevista con la viuda del dueño del local, donde Marlowe consigue, animando a beber a la vieja dama, una fotografía de Velma o la propia oficina del detective, destartalada. Los Angeles, sobre todo al inicio de la película, con sus neones, recuerda las películas propias de Nueva York  y su ajetreo de veinticuatro horas ininterrumpidas. NO hay muchos exteriores, pero aparecen esos mismo neones como decorado de fondo o a través de las ventanas, como en la comisaría. También aparece la sofisticación de los ricos, como la mansión de quien ha sufrido el robo del jade extremedamente valioso. La actuación de Marlowe ante cada uno de los personajes que se van presentando ante él como si él hubiera puesto un anuncio en la primera plana de los dominicales de la prensa… nos ofrece un repertorio de respuestas adecuadas a cada uno de ellos, si bien es en la narración en off del protagonista, acompañando, por ejemplo, las excelentes imágenes de la pesadilla en la que entra cuando el mentalista se deshace de él para ingresarlo, a continuación en el sanatorio mental, donde la película adquiere una dimensión estética que va más allá del clásico noir para adentrarse en terrenos propiamente hitchockianos. El monólogo mediante el que se interpela a sí mismo para saber si es capaz de lograr salir del estado de inducción lisérgica en que se encuentra es un magnífico botón de muestra de la ironía desengañada que atraviesa toda la película. Supongo que habrá opiniones para todos los gustos, pero Powell compone, a mi entender, el mejor Marlowe posible. Ese que encaja con sobriedad admirable el piropo de la femme fatale que lo pilla en camiseta de tirantes que marca la barriguita de le felicidad aseándose en el lavabo…, por ejemplo; el mismo que sortea como puede la relación constante con el matón Moose Malloy a lo largo de los diferentes capítulos de la película, porque los personajes se agrupan en centros de relación cuya interdependencia va aclarándose poco a poco, hasta el desenlace final. El uso de la iluminación, una marca de la escuela de la RKO, en la que el director de fotografía Harry Wild tiene una gran responsabilidad, contribuye sustancialmente a las señas de identidad de este thriller de Dmytryk que ningún aficionado al género debería perderse.

martes, 18 de septiembre de 2018

“The man who cheated himself”, de Felix E. Feist, una muestra inédita en España del mejor cine negro de serie usamericano: una joya de la “artesanía”.










Dos hermanos policías, ignorando uno de ellos que persigue a un asesino desconocido con el que convive…, y un final espectacular que nos remite al de El tercer hombre, rodada un año antes. 

Título original: The Man Who Cheated Himself
Año: 1950
Duración: 81 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Felix E. Feist
Guion: Seton I. Miller, Philip MacDonald (Historia: Seton I. Miller)
Música: Louis Forbes
Fotografía: Russell Harlan (B&W)
Reparto: Lee J. Cobb,  Jane Wyatt,  John Dall,  Lisa Howard,  Harlan Warde,  Tito Vuolo, Charles Arnt,  Marjorie Bennett,  Alan Wells,  Mimi Aguglia,  Bud Wolfe,  Morgan Farley, Howard Negley,  William Gould,  Art Millan.

                     A Julio Murillo, que sé que me estará leyendo…
¡No quiero ni imaginar qué título le hubiera puesto la mente calenturienta del traductor de los mismos a este clásico del cine negro de serie B que se presenta, sin embargo con un plantel de actores, escenarios y equipo sobradamente de la serie A! Como la película no está estrenada en España, hasta donde me alcanza mi limitada investigación en la red de redes, abre esta crítica el vínculo mediante el cual se puede acceder a ella para que quienes tengan humor y paciencia puedan refutar mi entusiasmo por ella. El azar, tan dueño siempre de todo, fue el que me la seleccionó cuando puse en el buscador de YouTube: «cine negro norteamericano» y estaba yo en la cinta de correr en el gimnasio, un escenario, per se, de cine negro, también, al menos en las películas de boxeadores. A un ritmo moderado, de recuperación de operación de menisco, 9’5 km/h e ignorando aún que Kipchoge correría ¡a 20km/h durante 42 quilómetros…!, me sumergí en la historia de un cazafortunas al que la esposa rica pone de patitas en la calle. Este parece disponerlo todo para regresar a la casona sin ser advertido y o bien robar lo último que pueda o bien asesinar a su futura ex. Como la señora alterna la infelicidad conyugal con la felicidad adúltera con un Teniente de policía, Lee J. Cobb, y ella se huele que su marido no se quiere ir por las buenas y que trama algo, llama al teniente para que la proteja esa primera noche. El marido vuelve y ella, que ha descubierto el arma que ve como una amenaza, acaba disparando contra él sin que el policía, aunque lo intente, pueda evitarlo. A partir de ese momento, la pasión amorosa de un bachelor cincuentón se adelanta a la primera fila de las reacciones posibles y, en vez de emerger el policía, emerge el amante encubridor de la amada… y empieza el baile de los infortunios. Antes, en la presentación de los personajes, hemos sabido que el Teniente trabaja en la comisaría con su hermano, quien se está iniciando en la profesión, por lo que su primer caso coincide con la intervención de su hermano en él, lo que él ignora. La película, pues, no plantea la intriga en torno al asesino, sino que la deriva, con un guion milimétrico, a los procedimientos de investigación y a la intuición u ojo clínico del joven hermano, el estupendo John Dall de La soga de Hitchcock y de El demonio de las armas, de Josep H. Lewis, ambas criticadas canónicamente en este Ojo. La historia es de Seton I. Miller, un reconocido guionista, Oscar por El difunto protesta, de Alexander Hall, y el guion del propio autor y de un novelista de misterio tan experimentado como Philip MacDonald, lo cual garantiza un desarrollo pautadísimo que irá sorprendiendo a los espectadores, porque la investigación parte, no como todas, del desconocimiento absoluto, hasta que se encuentra la pistola con que se cometió el crimen  y que, además, sirvió para cometer otro delito en el ínterin. Resulta admirable seguir la investigación como una suerte de razonamiento prolongado que va rechazando digresiones que lo entorpecen hasta que, al final, se hace la luz y el joven aprendiz descubre que el sospechoso número uno del asesinato es su propio hermano. No puede hablarse de un policía corrupto y uno íntegro, sino de un solterón que cree haber encontrado el amor de su vida y de un recién casado y recién egresado de la escuela de policía que se enfrenta a su primer caso con un ardor y una inteligencia notables. La película, al menos sobre la cinta corredora, me pareció excelente, porque su director, el absoluto desconocido Felix E. Feist logra crear una atmósfera impregnadísima de las mejores esencias del cine negro, con planos de la mansión, de la oficina e incluso de la investigación de calle, en el puerto, etc. muy logrados. Supongo que pasaría con idéntica nota la prueba del sofá…Felix E Feist es, por supuesto, un perfecto desconocido para mí, pero es el autor de Deluge, una estupenda película de catástrofes con una magnífica  destrucción de Nueva York, ¡para 1933!,  que calcaría en 2004 The Day After Tomorrow, de Roland Emmerich, y  con un final de leve impronta socialista, porque, tras la destrucción del mundo hasta entonces conocido, por terremotos y tsunamis estremecedores, la pequeña comunidad que sobrevive se plantea hacerlo sobre otras bases, aunque aprovechando las enseñanzas de los 2000 años de historia desde la aparición del cristianismo. Añado el vinculo bajo la del de The man who cheated himself.  De esta, finalmente, quisiera destacar el magnífico final, rodado en un espacio privilegiado, un edificio deshabitado en la base del Golden Gate, por cuyos pasillos y salas vacías, así como por sus escaleras que parecen llevar a ninguna parte, huye la pareja enamorada y delincuente. La secuencia en que ella pierde un pañuelo que planea sobre el patio central del edificio mientras el hermano del Teniente no sabe si persistir o desistir en y de la búsqueda de los fugitivos e, sencillamente, una obra de arte. A mí me ha recordado mucho la huida de Harry Lime, en El tercer hombre, de Carol Reed, por las cloacas de la ciudad, después de desaparecer misteriosamente por el interior de la litfasäulen de una plaza vienesa. También me ha evocado la atmósfera de Shutter Island, de Scorsese. Solo por ese final, de verdad, merece la pena ver la película. Las interpretaciones son sobresalientes, por supuesto, y añaden una veracidad contundente y muy notable al relato de pasiones, moralidades y flaquezas humanas.

lunes, 17 de septiembre de 2018

“Odio entre hermanos”, de Joseph L. Mankiewicz, el maestro.



Un drama de pura estirpe chespiriana y una historia de amor de cine negro total: Odio entre hermanos o la huella de las pasiones, loables y vituperables.


Título original:  House of Strangers
Año: 1949
Duración: 101 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Joseph L. Mankiewicz
Guion: Philip Yordan (Novela: Jerome Weidman)
Música: Daniele Amfitheatrof
Fotografía: Milton Krasner (B&W)
Reparto: Edward G. Robinson,  Susan Hayward,  Richard Conte,  Luther Adler,  Paul Valentine, Efrem Zimbalist Jr.,  Debra Paget,  Hope Emerson,  Esther Minciotti,  Diana Douglas, Tito Vuolo.

Con un arranque lleno de clasicismo, que nos lleva desde el presente hasta un flash back cuyo pasado se naturaliza al subir la escalera de la vieja casa familiar donde resucita la inconfundible y autoritaria voz del patriarca de la familia, Gino Monetti, uno de los mejores papeles entre los muchísimos archiexcelentes que hizo Edward G. Robinson, sabe el espectador que está ante una obra que no lo va a dejar indiferente. La tensa y electrizante conversación previa a esa escena entre dos antiguos amantes, una pareja explosiva, Richard Conte y Susan Hayward, contribuye a perfilar la aventura moral en la que van a sumergirse los protagonistas y sobre cuyo desenlace se nos va a tener en ascuas hasta que volvemos del flash-back a la realidad y se consuma ante nuestros ojos una solución compleja y en cierto modo sorprendente. Gino Monetti es un inmigrante que, a fuerza de trabajo y ahorros, se ha establecido como banquero que desprecia los procedimientos burocráticos habituales y presta, sin otras garantías que la buena palabra de sus clientes, a los vecinos del barrio. Inspeccionado por las autoridades, le es clausurado el negocio que, a partir de entonces, pasará a los tres hijos que tenía empleados en él y a quienes trataba con desdén y adjudicándoles sueldos de miseria, mientras que todas sus complacencias se centran en el segundo hijo de los cuatro que tiene el matrimonio, el hijo “espabilado”, abogado que ha resuelto hasta el presente todos los problemas que ha tenido el padre por el evidente descontrol en su manera peculiar de llevar un “banco” en una zona popular de la ciudad de Nueva York. Cuando le piden cárcel al padre por las irregularidades contables descubiertas, los hijos que trabajan con él y son por él maltratados, se ponen en su contra, y el único que lo defiende es el abogado. Llevado por su celo, y para evitar el ingreso en la cárcel del patriarca, el hijo pretende sobornar a una testigo para que intente “torcer” el signo del veredicto, razón por la cual es detenido y, él sí, enviado a la cárcel durante siete años. Al padre se contentan con retirarlo del negocio y prohibirle ejercer. Gracias a que todos los bienes estaban a nombre de la madre, para evitar que la posible “caída” del patriarca arrastrase con él a toda la familia, la madre decide poner esos bienes en manos de los tres hijos en libertad, quienes reabren el banco con criterios ajustados a la legalidad. Y ahí, en el encuentro tenso entre los hermanos, el expresidiario y los banqueros, se juega la exigencia que el padre le hizo al abogado cuando fue a verlo a la cárcel: vengarse de las tres hienas que tiene por hermanos. De forma paralela a la trama familiar, destaca la trama del enamoramiento del protagonista, a quien la familia le ha concertado una boda con una chica italiana que, sin embargo, no duda en casarse con otro de los hermanos cuando su futuro marido es enviado a prisión. La idea del protagonista es hacer honor a la palabra de casamiento dada a la familia de la novia y mantener como amante a la mujer que le acaba obsesionando. La personalidad de Max, autoritaria y con una autoseguridad en todo idéntica a la del patriarca, se manifiesta en los diálogos en ese “y punto”, period, en inglés, con que Max cierra sus tajantes afirmaciones, un latiguillo que acaba convirtiéndose en parte del juego amoroso entre él e Irene, Susan Hayward at her best…, elegante, seductora y dramática, una pareja, en definitiva, que Mankiewicz mima con la cámara y con la luz para conseguir escenas del mejor cine negro, si bien con la variante social de la mujer fatal y el inmigrante trepador social que no acaba de perder sus orígenes, ni su orgullo. Recordemos que un año después de esta joya, y con el mismo director de fotografía, Mankiewicz rodó nada menos que Eva al desnudo, una de las grandes películas de la Historia del Cine. Odio entre hermanos, no solo por la cuidada estructura del guion, la puesta en escena y los movimientos de cámara, así como por las robustas interpretaciones dramáticas, sobre todo de la pareja protagonista, un choque violento de dos caracteres no dispuestos a dejarse dominar ni siquiera por la propia pasión que sienten el uno por el otro, es una película de Mankiewicz acaso no tan conocida como debería serlo, porque semejante melodrama y tragedia familiar al mismo tiempo reúne todas las características de las mejores producciones del cine usamericano. El guionista volvió a adaptar la misma historia en un género distinto, el western, con el título Lanza rota, un peliculón interpretado, en el papel de Gino Monetti, el padre, por Spencer Tracy. Philip Yordan, guionista de esta y de Odio entre hermanos, no lo olvidemos, fue el guionista de Johnny Guitar, uno de los mejores westerns de la historia del género.