El poder de los actores y de un director, François
Ozon, para insuflar vida a los arquetipos: Gotas
de agua sobre piedras calientes, una obra teatral inédita de Fassbinder.
Título original: Gouttes d’eau sur pierres brûlantes
Año: 2000
Duración: 90 min.
País: Francia
Director: François Ozon
Guión: François Ozon (Obra: Rainer Werner Fassbinder)
Música: Varios
Fotografía: Jeanne Lapoirie
Reparto: Bernard Giraudeau,
Ludivine Sagnier, Malik Zidi, Anna Thomson (AKA Anna Levine)
Aparecida en el 2000, cuando aún Ozon no era el autor
consagrado que hoy es, esta versión cinematográfica de un texto teatral del
gran director de cine Rainer W. Fassbinder merece una visión atenta, porque Ozon
ha hecho una adaptación que, sin traicionar, supongo, el original de
Fassbinder, dada la poderosa teatralidad de la puesta en escena, casi en
escenario único, el interior de la casa de los amantes, supone un auténtico tour de force cinematográfico para
conseguir retener la atención del espectador e interesarle en los amores y
desamores de una desigual pareja de amantes homosexuales. Ha de decirse que la
aparición de las dos exnovias de los amantes, cuando ya comienza a decaer la
situación, supone un giro complejo a la trama y permite la contemplación de
algunas de las mejores escenas de la película, con lo que el espectador, que
inicia la contemplación de una comedia de seducción acaba sumido en la catarsis
de una contundente, bien que patética, tragedia amorosa. Por el camino, una
historia conocida, pero no por ello menos convincente: un cincuentón de muy
buen ver seduce a un jovencito indeciso en su sexualidad y en sus sentimientos.
La vida en común entre ambos discurre por los cauces de los viejos y trillados moldes
de las relaciones de poder que se reproducen indistintamente para relaciones
heterosexuales y homosexuales: el maduro se gana la vida para ambos; el joven
se convierte en amo de casa y descanso del guerrero. Cuando el hechizo deja de
surtir efecto, porque se ha creado un ambiente enrarecido en que naufraga la
pasión y sobreviven las cominerías, el joven decide reemprender su antigua
vida, volver con su novia y reencontrarse con el él que hubiera podido ser, de
no haber tropezado en su camino con el galán seductor. La puesta en escena, en
un piso relativamente personal, aunque de gustos estandarizados, refuerza el
aire opresivo y asfixiante que acaba teniendo la relación. De hecho, cuando la cámara
sale al exterior y enfoca el interior del piso a través de la ventana, los
personajes se nos ofrecen como una suerte de ratones de laboratorio: viven sus
pasiones ante el ojo imparcial de la cámara que se adentra en su vida con
absoluta distancia. Entrar en el piso, como ocurre cuando la antigua novia del
cincuentón intenta abrir la ventana y le resulta imposible, esfuerzo que
contempla la cámara desde fuera, supone entrar en un espacio clausurado, en el
recinto de la muerte, por más que la propuesta de sexo en común induzca a creer
que es la alegría de vivir lo que ha entrado en la casa. Solo la jovencita
novia del joven seducido corresponde a esa alegría desinhibida: el joven, por
el contrario, así como la exnovia del galán maduro, representan en el salón la
otra cara de la fiesta, la del desengaño, la de la humillación. Esa exnovia que fue exnovio y que se cambió
de sexo por indicación del galán, quien no tardó en abandonarla e inducirla a
la prostitución, representa, como ayudante en la ceremonia ritual del suicidio
del joven, el futuro que a este le hubiera probablemente aguardado. El severo
contraste entre las risas y los jadeos del cuarto interior y el tenso adiós a
la vida del desengaño amoroso es el mismo que hay entre el joven y la exnovia
que lo acompaña en los momentos difíciles: que el joven esté revestido con el
abrigo de la exnovia añade una “capa” simbólica a esa unión de destinos. De
hecho, cuando ella, vulnerada, pretende marchar, inicia el movimiento del
cadáver para recuperar el abrigo, pero finalmente, se lo deja puesto. A pesar del giro trágico que
adquieren los acontecimientos, hay muchos momentos especialmente cómicos y
brillantes, aunque siempre haya algo de patetismo sobrevolando las escenas. La
incorporación de una coreografía con música de Raffaella Carrá, por ejemplo, es
una de esas escenas que han justificado la relación de Ozon con Almodóvar, pero
lo cierto es que ya quisiera el director manchego construir los guiones como lo
hace Ozon y, sobre todo, conseguir un tempo narrativo tan impecable como el del
director francés. No hay alardes de encuadre, es cierto, pero sí un hilo
narrativo que se sobrepone al origen teatral de un texto que ni Fassbinder ni
nadie llevó nunca a escena. Ozon lo ha hecho, a las pantallas, con un respeto,
una fidelidad y una maestría extraordinarias. Le ayudan muchísimo, no podía ser
de otra manera, las magníficas interpretaciones de la pareja protagonista,
porque sobre ellos descansa la película, y saben dominar la escena y convencer
al espectador de la verdad de sus pasiones y de sus desengaños, de sus hastíos
y de sus ternuras, de sus verdades y de sus mentiras. El retrato de cada uno de
ellos esta trazado, acaso, sobre arquetipos, pero la interpretación no tarda en
trascenderlos, para mayor recompensa del espectador.
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