El realismo maravilloso entre el dibujo de animación y el
melodrama: una fábula encantadora sobre la memoria salvífica…
Título original: Attila Marcel
Año: 2013
Duración: 106 min.
País: Francia
Dirección: Sylvain Chomet
Guion: Sylvain Chomet
Música: Sylvain Chomet, Franck Monbaylet
Fotografía: Antoine Roch
Reparto: Guillaume Gouix, Anne Le Ny, Bernadette Lafont, Hélène
Vincent, Luis Rego.
Primera
película que veo de un director, Sylvain Chomet, ya aclamado por la crítica en
su vertiente del cine de animación, donde triunfó con Bienvenidos a Belleville,
otra fábula sobre el desarraigo emocional que guarda ciertas concomitancias
argumentales con esta película, muy en la línea de un tipo de cine como El
gran hotel Budapest, de Wes Anderson, pero sin llegar al barroco extremo de
Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. El realismo tradicional
se sustituye por ciertas situaciones que rozan lo fantástico, como ese piso que
se abre en mitad del tramo de escalera, al modo como se abría un piso entre
otros dos en Cómo ser John Malkovich, de Spike Jonze, y se estiliza la
puesta en escena hasta conseguir una realización de interior de estudio que,
mediante la escenografía, la iluminación, el vestuario y el maquillaje consigue
un efecto narrativo de cuento fantástico, tanto como lo es la historia del
protagonista, quien, tras ver una sucesión de malos tratos entre su padre y su
madre, contempla la muerte de ambos, un suceso que lo traumatiza antes de
romper a habar y que lo deja mudo de por vida, al cuidado de dos tías
aristocráticas que se empeñan en convertirlo en un virtuoso del piano, carrera
para la que lo educan desde que queda huérfano.
El
niño, ahora un adulto de 33 años, vive sumido en una tristeza metafísica y se
conduce maquinalmente, casi como un autómata, resueltamente mudo, siguiendo la
vida que le «marcan» sus dos «madres», sobreprotectoras hasta la extenuación.
Por azar
¡-esa mano que escribe recto sin los renglones de los cuadernos de caligrafía!-,
un disco que se le ha caído al ciego afinador de piano que mantiene afinado el
suyo, el mudo protagonista acaba entrando en ese piso misterioso entre dos
rellanos, el de Madame Proust, cuyo nombre nos indica claramente la función narrativa
que va a cumplir en la historia.
La
señora Proust es una budista ecologista que ha convertido su casa en un auténtico
huerto feraz donde cultiva casi de todo. El afinador va a visitarla porque
dicha señora tiene una virtud especial: mediante una infusión de hierbas de su
cosecha, y mojando una magdalena en ella, al tiempo que se escucha una música
escogida por el «cliente», este entra en un trance catatónico que le permite un
viaje a sus más preciosos y ocultos recuerdos, aquellos que el tiempo ha
erosionado de tal manera que le es a la persona imposible recordarlos. Con esta
estrategia tan sencilla, pero tan eficaz, asistiremos a la «reconstrucción» de
la vida de los padres de Paul, un guion existencial que tendrá las suficientes
vueltas y revueltas como para mantenernos intrigados respecto del trauma
sufrido por el niño y que le causó la mudez.
Como
estamos ante una película poética, muy lírica, pero no exenta de un humor sutil
que se articula a través de las tías, está claro que las interpretaciones son
decisivas para poder mantener la «magia» de semejante relato. Y ahí, en la línea
de Odette, una comedia sobre la felicidad, de Eric-Emmanuel Schmitt,
como sucede con Catherine Frot, capaz de hacer verosímil lo más fantástico, las
interpretaciones del elenco central de la película, sobre todo del cuarteto
protagonista, con el doble papel de padre e hijo del protagonista, nos
convencen totalmente de la verosimilitud de esas vidas en apariencia tan
extravagantes, pero tan realistas, dentro de lo que cualquier peripecia vital
permite.
La relación
con la vecina budista, la señora Proust se irá estrechando, no solo por su interés
vital en los viajes *anagnóricos, sino porque su modo de vida, ¡tan
alejado de la aristocracia revenida y apergaminado de sus tías!, le supone una
inyección vital que él agradece en lo que vale semejante apertura al mundo, más
allá de la vida estrechísima que le han marcado sus tías y que él, en ausencia
de una historia fiable de si mismo, es incapaz de rechazar.
La película,
así pues, es un viaje a la identidad, a los estratos profundos de la memoria y
a la posibilidad de tener una vida propia, todo lo cual parece, cuando
conocemos al personaje, que sea imposible de conseguir. El azar, no obstante,
de modo muy poético, irá trazando su camino para que el protagonista ni se dé cuenta
de que se lo marca…
Hay
algunos números musicales, pero la película no puede considerarse en sí misa,
estrictamente, un musical. Con todo, Chomet demuestra tener muy buenas maneras
para abordar uno en cuanto le dé la gana, porque los mimbres los tiene, a
juzgar por los números que se incluyen en el metraje. A poco que tenga una buena
banda sonora, sería capaz de reeditar los viejos éxitos de Jacques Demy con
Miche Legrand…
Ahora,
forzosamente he de buscar algunas otras películas del autor, sobre todo la
citada ut supra, porque, aunque no sea yo muy aficionado al cine de animación, la
historia del ciclista -muy parecida a la de este pianista, Paul- a buen seguro
que me hará pasar un rato tan excelente como el que he pasado viendo esta
fábula. A lo largo de la crítica he ido ofreciendo las referencias que permiten
contextualizar la deriva artística de Chomet, y a nadie a quien le interesen
los cineastas citados puede dejar de ver la presente. Le sorprenderá muy favorablemente.
¡Menudo servicio está prestando la plataforma Filmin a los buenos aficionados a
todos los cines, no solo al de la todopoderosa factoría usamericana!
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