jueves, 16 de abril de 2020

«El intrépido», «Río arriba» y «La salida de la luna», de, pónganse de pie, por favor…, JOHN FORD.


 
Los comienzos del Ford sonoro, con Bogart y Tracy por primera y última vez juntos,  y una joya ignorada de su pasión irlandesa: La salida de la luna. 

Título original: Born Reckless
Año: 1930
Duración: 82 min.
País:  Estados Unidos
Dirección: John Ford, Andrew Bennison
Guion: Dudley Nichols (Novela: Donald Henderson Clarke)
Música: Peter Brunelli, George Lipschultz, Albert Hay Malotte, Jean Talbot
Fotografía: George Schneiderman (B&W)
Reparto: Edmund Lowe, Catherine Dale Owen, Frank Albertson, Marguerite Churchill, William Harrigan, Lee Tracy, Warren Hymer, Ilka Chase, Ferike Boros, Paul Porcasi, Joe Brown, Ben Bard, Pat Somerset, Eddie Gribbon, Mike Donlin, Randolph Scott.

Título original: Up the River
Año: 1930
Duración: 92 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Maurine Dallas Watkins, William Collier Sr., John Ford (Historia: Maurine Dallas Watkins)
Música: Joseph McCarthy
Fotografía: Joseph H. August (B&W)
Reparto: Spencer Tracy, Claire Luce, Warren Hymer, Humphrey Bogart, William Collier Sr., Joan Marie Lawes, George MacFarlane, Robert Emmett O'Connor, Steve Pendleton, Sharon Lynn, Noel Francis, Goodee Montgomery, Bob Burns, John Swor, Louise Mackintosh.

Título original: The Rising of the Moon
Año: 1957
Duración: 81 min.
País: Irlanda
Dirección: John Ford
Guion: Frank S. Nugent (undefined: Frank O'Connor, Martin J. McHugh, Lady Gregroy)
Música: Eamon O'Gallagher
Fotografía: Robert Krasker
Reparto: Tyrone Power, Maureen Connell, Eileen Crowe, Cyril Cusack, Maureen Delaney, Donal Donnelly, Frank Lawton, Edward Lewy, Jack MacGowran.

Sigo, lentamente, mi camino fordiano, el de la visión de todas sus películas, que no son pocas, ciertamente, pero, si el covid-19 y otros por venir me respetan, no quiero cerrar este Ojo sin haber cumplido este objetivo, a mi entender loable, y profundamente placentero. De una tacada, en días sucesivos, añado tres más a la colección. Dos de ellas pertenecen a los primeros momentos del sonoro, en esa eterna primera época de Ford que es como una inagotable mina de oro…con algo de ganga del aprendizaje inevitable del «oficio», y la tercera se rodó cinco años después de El hombre tranquilo, aunque, rodada en blanco y negro en su Irlanda querida y mitificada, parece preceder en dos décadas por lo menos a esa joya indiscutible que tanto ha contribuido a forjar su reputación de padre fundador del Séptimo Arte.
La primera, El intrépido, es la única «tosca» de las tres. Hay una creación del personaje central, el gángster a quien el Fiscal, pendiente de la reelección, le cambia una pena de cárcel por alistarse en el Ejército y participar en la Primera Guerra Mundial. Ello da pie a un tramo de la película, la parte militar, en Francia, en la que Ford ensaya la vena cómica que tanto le tiraba y en cuya clave rodó películas inmortales, por más que no haya pasado a la posteridad como autor de comedias, sino de westerns, básicamente, y de películas «con» aventureros y falsamente «de aventuras».
El jefe de la banda vuelve de la Guerra mundial para enterarse de que quienes quedaron en Usamérica han tomado decisiones gravosas para su reputación y para la vida de personas allegadas a él, como su propio cuñado, cuya muerte jura vengar, a pesar de las súplicas de su hermana, su ojito derecho, para que no arriesgue su propia vida y libertad por vengarse. Hay una inverosimilitud radical en la caracterización de  Edmund Lowe como un gánster italiano Loui Beretti, adorado por sus padres y su hermana y mimado por su madre, siguiendo todos los tópicos predecibles. La película tiene un ritmo muy vivo, para poder contar tanta historia en tan poco tiempo y su mejor tramo es, sin duda, el del reclutamiento del gánster y sus «hazañas» en Francia. Después, tiene momentos de excelente cine negro, como el enfrentamiento entre el jefe y su lugarteniente, el impecable Warren Hymer, de cuya biografía sorprende que, dado el papel de bruto e ignorante que le reservaba siempre Ford, fuera un graduado por la Universidad de Yale, cuando quedan en la barra del bar habitual de la banda y se disparan, fuera de plano, a un metro de distancia a través de las respectivas gabardinas… Esas soluciones propias de un genio de la realización.
La segunda, Río arriba -y es raro un título de película de Ford con «río» y que no sea un western-, tiene la particularidad de reunir en el reparto a dos «jóvenes», Spencer Tracy y Humphrey Bogart, ambos debutantes ante las cámaras con papeles de relieve, tras sus primeras apariciones irrelevantes en pantalla. Estamos ante una comedia que Ford saca adelante con una especial atención no tanto a los gags propiamente dichos, que los hay, sino al ambiente general de historia coral en la que las perspectivas cómicas se multiplican. El arranque, con un desfile del Ejército de Salvación y un extraordinario Warren Hymer lanzando un torpe discurso de converso para evitar que otros caigan en el pecado, y que se cierra con una pelea de la mejor ley cuando identifica al delincuente rival, nos introduce enseguida en la prisión donde va a transcurrir buena parte de la historia, una suerte de institución familiar en la que la hija del alcaide se pasea con su mascota por la prisión y se relaciona con los condenados como si se tratara de un fuerte militar en un western. En la vida de esa cárcel es más importante la celebración del inminente partido de béisbol de la liga intercarcelaria que cualquier cumplimiento de pena que atente contra él. La historia de amor de Bogart con una interna -la cárcel es de hombres, pero justo al lado está la de las mujeres y entre ellos se arreglan para comunicarse ingeniosamente- tendrá su continuación con la escapada de sus dos amigos y el intento de acabar con quien quiere chantajearlo para apropiarse de los ahorros de su madre, una señora encantadora a quien le parecen también encantadores, ¡y aun distinguidos!, los dos amigos de su hijo que pasarán el fin de semana con ellos. Resuelto el «caso», vuelven a la cárcel justo el día en que se celebra el gran partido, para el que ambos, sobre todo Tracy, son «determinantes». Forma parte de la mejor tradición fordiana este tipo de películas corales con secundarios magníficos que consiguen una atmósfera popular que a mí me recuerda el mejor cine español de los 50. No están muy lejos de esa atmósfera las películas de Capra, con las que comparte Ford la bonhomía y esa suerte de aire de cuento de hadas en el que, aun tratándose de una prisión, en este caso,  es imposible que el mal aparezca por las pocas esquinas que hay en una película tan redonda. Aunque no estamos en presencia del Ford de su mejores conquistas, como La diligencia o la mismísima El hombre tranquilo, tampoco estamos lejos de la que él consideraba su mejor obra: Siempre brilla el sol en Kentucky, aunque aun hay un trecho que le faltaba por recorrer al maestro en el dominio de sus recursos. Secuencias como las del partido de béisbol, con las gradas llenas de presos entonando las canciones de apoyo a su equipo o la llegada de los nuevos condenados a la prisión, sometidos a la revista que de ellos hacen los veteranos, nada tienen que envidiar a las de las mejores películas de Ford.
Finalmente, le toca el turno a una película que, al parecer de los cinéfilos, es poco menos que una obra maestra que ha pasado desapercibida. La salida de la luna es un conjunto de tres piezas breves, de temáticas muy distintas que constituyen un fresco muy fiel y bien humorado de la Irlanda mitificada por el Maestro. Presentadas por Tyrone Power como una suerte de introducción al mundo irlandés para el público norteamericano, lo cierto es que su presencia no estorba ni tampoco se alarga tanto como para que nos dé tiempo a desear que desaparezca su sosa presencia y podamos continuar con lo verdaderamente sustancial: las tres historias mediante las cuales John Ford vuelve a mostrarnos la idiosincrasia irlandesa, con su entrañable inglés de acento irlandés inconfundible y tan gracioso para los no duchos en los muchos reparos que los espectadores le ponen a esos acentos en las películas. De hecho, una de las mayores habilidades de los actores anglosajones es la de ser capaces de hablar, con toda naturalidad, en el acento del sur de Usamérica, en el cockney de la clase trabajadora londinense, el highbrow de los licenciados por Eton u Oxford o el “salvaje” -que diría Samuel Johnson- acento escocés… Como Ford no pudo contar con estrellas de relieve mundial para esta película, la presencia de actores nativos permite esa homogeneidad con total fidelidad. No son pocos los secundarios de El hombre tranquilo que aparecen en estos tres cuentos irlandeses de Ford.
El hecho de que la película fuera rodada en blanco y negro, frente al deslumbrante colorido de El hombre tranquilo, la avejenta, en el sentido de que el espectador, yo mismo, la cree anterior a la otra, cuando fue rodada cinco años después. La elección del blanco y negro, así pues, es estética, y se corresponde con ese carácter tradicional de las historias que expresan la idiosincrasia profunda de un pueblo por el que no hace falta recordar que Ford sentía un afecto extraordinario e incondicional, dada su condición de hijo de emigrantes irlandeses en Usamérica. De hecho, en la tercera de las historias, sobre uno de los héroes de la lucha por la independencia de Gran Bretaña, este se llama Curran, que fue, curiosamente, el apellido de soltera de la madre de Ford. Por otro lado, es posible que el proyecto no fuera del agrado de los productores, que siempre los buscan con grandes estrellas para mejorar su beneficio, y tuviera alguna dificultad para financiarla. Es curioso, pero en el mundo del cine, ni siquiera la maestría demostrada, como en el caso de Ford, Hitchcock, Buñuel y tantos otros, te garantiza acceder a la financiación para un proyecto.
El primer corto, protagonizado por Cyril Cusak, The Majestuosity of the Law, quien interpreta a un policía que le lleva una orden de detención a un viejo propietario que vive prácticamente en la miseria, y que ha de ir a prisión por la denuncia de un vecino con quien se peleó y a quien golpeó seriamente, es un ejercicio de nostalgia de los buenos tiempos perdidos. A los dos protagonistas se les suma un par de vecinos zascandiles que hacen las veces de diminuto y alegre coro griego de la nada trágica situación en que se encuentra el «hidalgo», quien se comporta con el policía con la hidalguía propia de su condición. La anécdota está tratada desde la vertiente descriptiva y, por lo tanto, llena de pequeños detalles que afloran en la conversación o en las acciones de los personajes, como cuando, delante de todos, el propietario levanta una baldosa del suelo para enseñarles que tiene dinero con qué pagar la multa en vez de ir a la cárcel, pero que su sentido del honor, que le indica que no ha cometido ninguna fechoría, prefiere arrostrar la pena de la condena que reconocer un delito no cometido. Incluso el agredido aparece al final ofreciéndose a pagar la multa de su bolsillo, para que no ingrese en prisión, pero el viejo propietario, fiel a sí mismo, se deja escoltar por el comisario para cumplir su pena
Está claro que una crítica no puede ni debe reproducir escenas de la película, ¡faltaba más!, pero me gustaría convencer a los escépticos sobre esta joya de Ford, de que en los meandros de conversaciones sin aparente trascendencia asistimos al desnudamiento de una idiosincrasia muy cercana al propio Ford. Algo así ocurre en el segundo episodio, A Minute’s Wait, de Martin J. McHugh, en el que un tren para en la pequeña estación del ficticio pueblo de Dunfaill, un pueblo olvidado cuya cantina, cuando paran los trenes, se convierte poco menos que un club social, a juzgar por la animación de la misma. Cuando llega el tren, una pareja de ingleses, entrados en años, a quienes el mozo de la estación toma por recién casados, por uno de los constantes equívocos que se producen en el tiempo infinito de la parada, es invitada a abajar para tomar un té, diciéndoles que el «minuto» de parada que anuncia el revisor es tan elástico como para eso y para más. Y así ocurre, durante una «eternidad» se suceden diminutos acontecimientos sociales que no excluyen ni siquiera un extraordinario romance entre la cantinera y un ferroviario, con un ritmo coral sostenido con ágiles movimientos de cámara que más nos dan a entender que estamos en una asamblea popular que en una estación de tren en la que se hacen los arreglos necesarios para seguir su camino. También se logran acuerdos matrimoniales, se recuerdan viejas historias de los antepasados, etc. A mí me ha recordado al tea-party de Alicia con la liebre de marzo…, y está claro que, sin llegar a las adivinanzas carrollianas, «¿en qué se parece un cuervo a una mesa de escritorio?», hay tal cantidad de ingenio, ¡sin olvidar la música!, además, que difícilmente puede pasar desapercibida una muestra tan brillante como la resumido en la poca duración de este cuento del auténtico carácter irlandés. Nos da, el cuento, tal sensación de vida, tal impronta de naturalidad casi documental, que seguimos con la sonrisa permanentemente en los labios la sucesión inacabable de minutos de espera que lanzan a os pasajeros de los vagones a la cantina y viceversa.
El tercero relato, The Rising of the Moon, de Lady Gregory, toma el título de una vieja canción revolucionaria con la que Ford abre la película. Decir «irlandeses» y que no haya canciones y cervezas de por medio, usualmente de tipo nostálgico, muy sentimentales, es decir un desvarío. Un héroe de la resistencia contra el dominio inglés en Irlanda espera en una celda el momento de ser colgado de la horca. La repentina aparición de la hermana monja del condenado variará los planes previstos por las autoridades, porque, con la complicidad pasiva e ingeniosa de los irlandeses que trabajan para los británicos en la Administración de la isla, cuando esas dos monjas salgan se habrá dado «el gran cambiazo», huyendo el condenado y quedando en la celda una ciudadana usamericana que exhibe ufana su pasaporte como una suerte de salvoconducto que la exonera de su acción delictiva. A partir de ese momento, la historia se mezcla con una representación teatral y, dada la orden de cerrar toda la ciudad, el prisionero ha de hallar el modo como burlar a las autoridades para escapar vía marítima. La acción se centra, dese el punto de vista de los personajes cotidianos que protagonizan los tres cuentos, en el matrimonio que forman un policía que custodia una de las puertas de la ciudad llamada, por cierto, Spanish Arch, y su mujer, quien le lleva la cena. Y ahí lo dejo. Eso sí, la querella matrimonial entre ambos es una delicia…
Los tres cuentos, por consiguiente, son una suerte de loa emocionada a un pueblo que Ford idealizaba y cuya pequeña mentalidad provinciana le parecía insufrible a otro gran intérprete del mismo: James Joyce. De todos modos, ambos creadores nos han legado un retrato fidedigno del mismo en obras inmarcesibles, por su belleza intrínseca y por su interés humano. Le recomiendo muy vivamente a quienes no hayan visto esta joyita olvidada que no pierdan el tiempo y la vean esta misma noche en que lean estas líneas (si alguien las lee, claro, que esa es otra…). La tienen en Filmin, ¡dónde, si no!

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